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Noticia

Historias de amor para días de encierro
Soledad Gago

Me levanto a la misma hora de siempre: 8.30. Tomo un café parada en la cocina mientras miro el celular sin activarme. Me saco el pijama pero me pongo una remera grande que me llega a las rodillas, una calza desgastada y unas chancletas de osos panda. Me lavo los dientes, me lavo las manos, preparo otro café y me voy a un escritorio en un cuarto del apartamento que alquilamos con mis cuatro hermanos en Montevideo. Tres de ellos se volvieron a la casa de mis padres en Nueva Helvecia por la suspensión de clases. El otro todavía no ha dejado de trabajar. Prendo la computadora y empiezo a escribir un perfil de Fito Páez para el suplemento del domingo. Escucho a Fito cantarme al oído, enunciarme palabras de amor, decirme que no todo está perdido.

A la una y media paro para almorzar: panchos con croquetas que mamá nos mandó de Nueva Helvecia. No estoy acostumbrada a almorzar en el apartamento y mucho menos a almorzar sola. Miro un episodio de Love, porque para tragedias ya tenemos la realidad, lavo los platos, leo los grupos de WhatsApp: coronavirus, miro Instagram: coronavirus, miro Twitter: coronavirus. Me saturo. Me lavo los dientes, me lavo las manos mientras canto una canción del Polaco para asegurarme de que el lavado sea efectivo, miro la lluvia por la ventana y pienso en que el agua quizás nos salve. Hablo por videollamada con una amiga que además es mi compañera de trabajo. Estamos escribiendo juntas una nota para el domingo y necesitamos organizarla. Nos decimos ?qué raro todo esto? y cortamos.

La tarde se pasa leyendo sobre el coronavirus para la nota, intentando entender cómo todo esto pasó de golpe y nos cambió los días y nos cambió a nosotros. Hablo con mis hermanas por WhatsApp, les pregunto cómo está todo en casa, les digo que las extraño, que avancé un capítulo de la serie que hasta ayer mirábamos juntas. Leo las recomendaciones de series, documentales y películas que hacen en el grupo mis amigas periodistas y vuelvo al coronavirus, a la pandemia, al miedo, al sinsentido, al caos, al mundo que se desarma, a los comercios que cierran, a los que están perdiendo todo, a las historias de Instagram de gente teletrabajando como yo, a las fotos de comida casera porque si estamos encerrados entonces cocinemos.

A mí no me gusta cocinar, por eso bailo. En estos días de encierro, bailo. Una vez por día me pongo música alta en los auriculares y bailo. También hablo con mis amigas más que antes, llamo a mis dos abuelas que están aisladas, les pido que no salgan y ellas me lo piden a mí. Les digo que se queden tranquilas, que yo me puedo quedar en casa. Lo mismo hago con mi madre, con mi padre. Intento no pensar en nada y por eso bailo, leo y escribo.

Termino de trabajar. Miro otro capítulo de Love porque me genera cosas lindas. Miro otro capítulo de Love porque no quiero mirar el celular. Miro otro y otro y otro y Netflix me avisa que quizás tendría que salir de la pantalla. Entonces un mensaje: ?Amigas las extraño, ¿hacemos videollamada? ¿Merendamos??. Hablo con mis amigas: el teletrabajo, el coronavirus, el encierro, el coronavirus, la limpieza, el coronavirus, los seguros de paro, el coronavirus. Qué difícil todo, amigas. El coronavirus. Las quiero, amigas. El coronavirus.

Me baño, me refriego el cuerpo como si estuviese cubierta de ácido. Pienso en que mañana me tengo que levantar más temprano para poder entregar la nota a tiempo. Me acuesto en mi cama, abro bien la ventana y me tapo con el acolchado. Leo un rato hasta que se me cansan los ojos. Miro Instagram, le pregunto a una de mis amigas si está mirando Separadas, una telenovela argentina que comentamos en los almuerzos en el diario y que miramos para frenar el cerebro y porque en el fondo somos un poco románticas y necesitamos las historias felices para sentirnos mejor. Me dice que no, que aún no han subido el capítulo nuevo.

Vuelvo al libro. Miro la hora. Doce y cuarto. Entro a YouTube, el capítulo ya está. Lo miro desde el celular con el brillo bajo porque mis ojos ya no resisten. Me digo que era mucho más productivo seguir leyendo hasta que entonces Paula abraza a Martina y yo empiezo a llorar. Y pienso en que si es cierto que esta historia se va a terminar porque los actores y las actrices no pueden grabar por el coronavirus, necesito que en el último capítulo Paula le diga a Martina que la ama y los buenos ganen. Necesito que el amor resista y nos dé un poco de eso que tanto nos falta en estos días de estar solos, de hablar a través de pantallas y de preguntarnos por qué carajos hace una semana no nos habremos abrazado con más fuerza. Quizás estaríamos menos perdidos.

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