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Noticia

Una voz me susurró bajito, una vez... Me calmó el dolor de parto que iniciaba una nueva etapa cósmica en mi vida. ¿Fue un vuelo de mi imaginación o fue presencia etérea hecha melodía? Eran las voces de mis abuelas y bisabuelas, mis Fidelas, mis Emilias, mis Saturninas. Viejas de manos sabias que me recordaron el poder sanador de la palabra hecha canto, hecha hierba, hecha manto de nanas y oraciones.

Las mismas abuelas que, si vivieran hoy, serían la población más vulnerable frente a esta pandemia. Pero Guardianas me enseñó que suelen tener mayores recursos que la población más "fuerte".

Estas sabias ancianas son mujeres que rompen olas gigantes de certezas. Se mueven sigilosas en la penumbra de un olvido ficticio, esperan con sus colchas de retazos los inviernos y descifran un destello lunar con alquimia.

Desde que supe que había estado con alguien que había estado con alguien que estuvo en el famoso casamiento, tembló mi cuerpo y tomé medidas. Extrañas y antipáticas para muchxs con quienes me crucé desde el 14 de marzo; hoy, sensatas.

El contexto en el que leemos las acciones del otrxs cambian segundo a segundo. Nuestras calles se vacían de voces, cuerpos y cantos para transformarse en escenarios desiertos donde una vez fuimos libres. Los medios y las redes saturan de información que multiplica el miedo. Como adictos a él, encendemos la máquina, alimentándola. Compartimos información sin chequear veracidad, como si fuera lo último que haríamos antes de una extremaunción digitada desde lo profundo de una matrix que parece conocernos más que nosotrxs mismxs.

No hay salida. Porque si encendemos la radio el tema invade, la televisión agrega y, si decidimos apagarla, ya no hay más compañía que la de lxs otrxs reales, de carne y hueso, que respiran tanto miedo como nosotrxs.

Encontrarme nuevamente con ellxs no fue un desafío para mí, que vengo trotando el camino de la militancia por encuentros más reales que virtuales. Pero entiendo el vacío de muchxs que sienten que las redes ya no lxs colman, devoran, sí, pero no sacian un hambre de encuentro que sueñan.

Un encuentro que no es solo con otrxs, sino con el viento fresco de la mañana en la cara o una garúa de otoño ensopando la ropa recién tendida, o las marcas de patas embarradas de aquel perro amado, la caricia de esa hierba que transformamos en infusión. Añoramos lo que nunca tuvimos quizás, como una utopía que nos mantiene vivxs, latiendo al son de la esperanza hecha comunidad de humanxs encerrados y controladxs.

Volver a mí. Volver a casa. Habitarla es mucho más que colgar un cuadro lindo en la pared. Habitarla es respirar junto a sus paredes, llorar en la ducha, dormir sobre un libro de poesía de Circe Maia. Habitarla es dejar que se derritan las horas del día en un vapor hecho eucaliptus. Proponerme limpiar ese piso como una meta solidaria, organizar y administrar las pequeñas alegrías de un parate forzoso donde ensayo ser maestra, profesora, enfermera, madre, ama de casa, escritora, mujer y ser humana. Todo en una, una para todos. Recalcular los acuerdos cotidianos de convivencia. Sostener límites -con amor y a veces sin el- mientras crío en modo "coronavirus".

El momento de mayor conexión conmigo misma, para no perder el sano juicio de una adulta referente en un hogar donde moran escolares, liceales y dos perras; ha sido reencontrarme con mis escritos de Guardianas. Releerlos, hacerlos caricia al alma. Gracias a estas pausas de lectura y revisión ¡reconecté con la naturaleza que llevo dentro, el poder de autosanación que portamos toditxs!

Curo la piel de mi pequeño con un ungüento hecho por una de mis viejas sabias, tomo un té de hierbas potentes para el sistema inmunológico sugerido por otra. Tomo agua, mucha agua. Si la tristeza me seduce abro una naranja y le agradezco al jugo su existencia. Mido lo que digo, mido lo que escucho, como si leyera la letra chica de los ingredientes de un envase de comida procesada. Rezo, sí, ¡yo que dejé de rezar hace tiempo! Inventé varios rezos de mi propia autoría para unirme a ese hilo sutil de la grandeza. Estas son huellas de mis guardianas.

Lo más difícil de esto es sobrevivir al susto de reconocernos solxs de nosotrxs mismos. Una vez pasada esa barrera que pretende imprimirnos este tiempo postmoderno: tomar el hilo delgado, finito, que dejaron caer las abuelas. Tomarlo firme. Dejarse honrar por él, como metáfora o como quieran, pero eso si: no soltarlo nunca más.

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