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Noticia

Cuarentena de Leonardo Borges

Publicada el 15/04/2020

Cuarentena
Leonardo Borges

Corría el año de nuestro señor de 1377 en la zona de Ragusa. Un joven comerciante se esconde y pasa hambre en una zona perdida, entre tupidos bosques de robles y caminos peligrosos, en las afueras de Dubrovnik, en la zona de Dalmacia. Es un paria, un enfermo, un hombre que ha sido condenado en la tierra por los pecados de los hombres, ha sido expulsado de su pueblo por llevar consigo los signos de la peste. Los síntomas de aquella enfermedad eran fáciles de distinguir. La piel oscura era uno de los síntomas primarios, la tos, la sangre, los problemas al respirar, las bubas malolientes creciendo sin medida en la ingle, debajo de los brazos, ese olor y la muerte. La inevitable muerte. Las olas de la peste -llamada la muerte negra- sacudían todos los rincones de Europa, desde que había llegado -nadie supo bien de donde- en el año de 1348. Azotaban sin distinción de clase, ciudades grandes, pequeñas, poblados solitarios entre las montañas o puertos repletos de extranjeros. Ragusa era uno de esos puertos florecientes del Adriático, y este joven, uno de los principales dueños de flotas comerciales. Era un hombre rico, respetado por la comunidad que ahora lo expulsaba. Era un hombre duro, enfocado en sus negocios, nunca sonreía. Sonreír era signo de debilidad para este implacable hombre de negocios.      

Aquella peste había convertido al joven comerciante -otrora influyente ciudadano- en un excluido para su comunidad, que lo expulsó de inmediato. Desde ese día habían corrido diez días, desde que sus propios vecinos, sus amigos y hasta su secreto amor, lo habían echado a patadas del puerto. De allí en más se había introducido en el bosque, intentando sobrevivir y pasar desapercibido. El olor insoportable por las bubas en su cuerpo y su piel que de repente se puso oscura y una tos que hacía brotar un mar de sangre cada vez que carraspeaba, era difícil esconderse. Pero lo había logrado en esos días, esperando algo, esperando un milagro quizás.

A los once días, el joven vio desde lejos a un hombre misterioso que cruzaba el bosque camino a la ciudad tirando un carro. El hombre tapaba todo su cuerpo y su boca. ¿Será un flagelante? Pensó desanimado. Pero no. No era un flagelante, esos penitentes que cruzaban las ciudades pidiendo perdón por los pecados, repletos de cenizas, azotándose con látigos, sino un doctor de la peste. Me salvé, pensó el joven comerciante, que sentía que todavía tenía una chance de sobrevivir. No se sentía tan mal, salvo que cada pocas horas vomitaba sangre. Los doctores de la peste vestían de forma extraña, casi demoníaca, se cubrían de la peste con extraños ropajes y siniestras máscaras, aunque en general terminaban por contagiarse.

El joven comerciante analizó la situación brevemente. Darse a conocer podía representar su muerte inmediata. En aquellos días, junto a los flagelantes iban grupos que asesinaban sin piedad, hacían montañas de cadáveres y los prendían fuego. Ardían durante días. Judíos, moriscos, enfermos, todos ardían de la misma forma. Pero la desesperación era enorme del joven comerciante con la peste.

Buenos días, exclamó el joven. Buenos días, contestó el doctor de la peste, menos sorprendido de lo que imaginaba el joven comerciante. El doctor traía un enorme carro lleno de gente, apestados de diferente condición.  Inclusive el joven encontró en aquel siniestro grupo alguien que le parecía familiar. ¿Hacia dónde llevaba el doctor a este grupo de enfermos? Se preguntó el joven. ¿hacia dónde se dirigen? Preguntó. Súbase, replicó el doctor. Vamos a la trentina y usted claramente tiene la peste. ¿Y eso qué es?, increpó el joven. Pasarán treinta días confinados, lejos del resto de la ciudad.

El pueblo en cuarentena antes de que el vocablo aun existiera. Una cruel cuarentena, pesada e implacable. ¿Por qué entre aquellos bosques de robles y un puerto hermoso y abierto al Mar Adriático, aquella ciudad de poco más de diez mil habitantes tomaba aquella decisión?

Aquello repercutió de forma extraña en el joven. Aislarlos suponía estar juntos. Había estado solo, escondiéndose y con temor hasta ese momento. Aislarse era compartir por lo menos hasta el final, algo con alguien. Nos quieren esconder, no aguantaremos treinta días, dijo un viejo desde dentro del carro, al que ya no le quedaba mucho más. Ragusa había creado la primera cuarentena de la historia, aunque al principio, en forma de trentina, 30 días recluidos en las afueras de la ciudad. Más adelante la trentina pasó a quarantina y de allí llega el término a nuestros días. Irracional como casi todo, el cuarenta está relacionado con la biblia. Cuarenta años vagaron los judíos junto a Moisés por el Sinaí, los cuarenta días de la cuaresma, la duración del diluvio o los días que Jesús vagó por el desierto.   

El misterioso doctor era Jacobo de Padua, quien había ideado aquel sistema para frenar la peste. La trentina se convirtió rápidamente en cuarentena.

El joven no dudó y subió al carro. Era por lejos quien mejor estaba de aquel grupo, el hedor era insoportable, se sintió afortunado por un momento y sonrió.    

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