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Noticia

Balconeando de Ignacio Alcuri

Publicada el 22/04/2020

 Balconeando

No es necesario que lo expresen a viva voz. No es necesario que saquen un instrumento musical e intenten llamar la atención de todo el vecindario. Los vende la sonrisa, la pose tranquila y los lentes negros. Están alardeando de sus balcones.

No tendrán piscinas climatizadas ni extensos jardines (en este barrio nadie los tiene), pero por capricho de algún arquitecto tienen la posibilidad de salir al mundo exterior, de abandonar sus apartamentos por un rato y colocar sus reposeras en superficies bañadas por la luz del sol y ventiladas por el aire libre de smog. Porque a esta altura del partido la mayoría de las industrias y de los vehículos se han detenido.

El arquitecto de mi edificio decidió, hace décadas, que no era necesario. Que para qué sacarle un cacho al living, si alcanza con bajar las escaleras o el ascensor (que se rompe cada dos por tres) para disfrutar del "afuera". En el peor de los casos, está la terracita lavadero.

La terracita lavadero es un espacio de dos metros cuadrados que da al pozo de aire. Uno de esos metros cuadrados está ocupado por el lavarropas y al otro solamente se puede acceder agachado, porque a partir del metro de altura se encuentra el enorme armatoste del aire acondicionado. Como no tengo balcón, necesito de un electrodoméstico que periódicamente renueve el aire enviciado que respiro.

Es imposible escapar de la visión de los balcones de enfrente. Después de dos horas en la que el objeto más lejano que miran mis ojos es un televisor que podría tocar con el brazo si el encierro no me hubiera hecho perder flexibilidad, es necesario ejercitar los músculos de ver de lejos. Y la única vista desde mi ventana (salvo que sacara medio cuerpo hacia afuera, como improvisando un balcón virtual) es la de estos privilegiados que vencen la cuarentena psicológica a la que estamos sometidos desde hace meses. O años, ya he perdido la noción del tiempo. 

Ellos también me miran a mí, pero como ni siquiera tengo una ventana que llegue hasta el piso, solamente ven una cabeza flotante, eternamente mirando en dirección al monitor de la computadora, apenas moviéndose para los costados cuando el resto del cuerpo necesita acomodarse. Porque no tengo ni balcón ni una silla como la gente en la que sentarme a teletrabajar. El aire está fresquito acá adentro, eso sí.

Algún día esto se terminará y podremos dejar nuestros apartamentos. Balconeros y no balconeros dejaremos atrás nuestras diferencias y nos dedicaremos a aquellas actividades que nos unen: llenar las calles de soretes de perro y hacer firmas locas en las paredes para que otros vean qué locos que somos.

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