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VIDA DE GALLOS

Tomas De Mattos  

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Fragmento

La raleada sonrisa de la vida

«La rue de la Seine!», ha pensado con un suspiro apenas audible el doctor Juan Bautista Jiménez Larrobla cuando el mismísimo dueño de La Confianza, don Jacinto Arnaud, con quien suele compartir recuerdos de París, le ha rendido el excepcional homenaje de servirle personalmente el desayuno, con sapientes movimientos.

«Paris, Paris, mon Paris!», ha clamado interiormente el doctor al contemplar abstraído la refinada vajilla de porcelana de Mennecy, por más que deplore que los bizcochos que acompañan las jarras de leche y café sean tres cañoncitos de pan con grasa, en vez de las magdalenas que cada domingo acostumbra hornear madame Arnaud, quien hoy ha abandonado la cocina para velar a un muerto.

«La rue de la Seine! Oh! là là!». ¡La caprichosa vida! ¿Por qué se emperra en dar pan a quien carece de dientes, mientras que a quien sí los tiene no le acerca la más pequeña hogaza apetecible?

El París que atesora su memoria es el de los heroicos días de la Comuna, que incendió para siempre su corazón con brasas libertarias; pero también el de las mórbidas curvas de Montmartre y el de los erráticos y placenteros paseos por el bois de Boulogne. ¡Cuántas delicias parisinas —desde muchachas en flor a manjares delicadísimos— debió contemplar sin el gozo de la apropiación, porque escapaban a sus esmirriados bolsillos de estudiante austeramente mantenido por las cautas y alternadas remesas de sus dos abuelos! Y ahora, en esta polvorienta, minúscula y agobiante Villa de San Fructuoso, sin Banco confiable en el que depositar sus crecientes ahorros, carga bajo la levita, encerradas en el interior de su cinto, que también sostiene la pistola, suficientes libras esterlinas para adquirir o alquilar lo que desee, pero sin que nada ni nadie —o casi nadie— le plazca. Ya no le es consuelo que la austeridad impuesta por la ramplona cotidianidad de la Villa leude, hora tras hora, el caudal de sus ahorros. Desea recompensas inmediatas y concretas para sus afanes cotidianos.

Esa madrugada, al filtrarse las primeras luces del día por la ventana, supo que el vasco Echavarren acababa de dejar de respirar; que ya estaba muerto y que la familia no se había dado cuenta. Casi dos años de ejercicio de la profesión le han enseñado cuál es la forma más adecuada a la que puede recurrir el médico para dar la noticia. Mejor que las palabras es acercarse al ya finado, tomarle el pulso y cerrarle los párpados, con o sin suspiro previo, todo depende de la imagen más cercana a la sensibilidad o a la profesionalidad que convenga procurar. Recién entonces se puede desplazar una mirada serena por los semblantes de todos los deudos y pronunciar, con voz apenas audible, alguna sobria frase de circunstancias: «Créanme que lo siento mucho», o algo por el estilo. Luego corresponde acercarse al principal miembro de la familia y tenderle la mano o besarle la mejilla, según sea el sexo y la mayor o menor intimidad del vínculo que ya estuviera entablado. Por último, retirarse de la pieza y de la casa, con paso entre cansino y apesadumbrado.

A pesar de que los puños yertos del vasco, en cumplimiento de alguna aberrante tradición, sostenían todavía los cirios encendidos, se las arregló para hurgarle el pulso de la diestra. No era momento todavía para despojarlo de las velas y apagarlas; tampoco era él quien debía hacerlo. Se limitó a llevar sus índices a los ojos abiertos y procedió a desplegar los párpados. Fue entonces que lo sorprendió una acuosidad imprevista. ¿Lágrimas?

El vasco era un hombre recio, de los que gustan parecer de piedra. ¿Hasta qué punto el láudano y la morfina que lo deslizaron en artificiosa pendiente hacia la muerte, muy cauta para que no fuera advertida por sus deudos, le obnubilaron la conciencia? ¿Es posible que la cera derretida sobre el dorso de su mano le haya advertido que su familia lo estaba preparando para la muerte inminente? Si así fuera, no perdió el temple, porque no profirió ningún gemido. Solo que no habrá podido contener las lágrimas.

En la confitería, aparte del médico, hay únicamente otro cliente: el acicalado Juan Rodríguez, el sastre extremeño que monopoliza la confección de las prendas masculinas de la Villa.

Don Jacinto, desde la caja berlinesa que trajo consigo de París, escruta de tanto en tanto a los dos caballeros, sin preocuparse por la ausencia de otros concurrentes habituales. Bien sabe la causa y por eso está atento, tanto al reloj de péndulo de su salón como a los ruidos de la calle. Ensimismado el sastre en la lectura de El Heraldo, la única y mínima aprensión de monsieur Arnaud la genera el médico que, flaco y ojeroso, ha comenzado a frotar obsesivamente, con sus respectivos pulgares, los largos índices de cada mano. También baja y sube, aunque con levedad, su descuidado bigote, trasuntando que la lengua está abocada a parecido prolijamiento de las encías

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