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VEINTE PREGUNTAS PARA GLORIA

Martyn Bedford  

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Fragmento

Pregunta 1 (P1):

Empecemos por el principio, ¿te parece?

INSPECTORA JEFA KATHARINE RYAN

Esta entrevista quedará registrada en una grabación de audio y vídeo, con consentimiento de los progenitores y autorización de la entrevistada. Nos encontramos en la sala de entrevistas número uno de la comisaría de Litchbury, con fecha 14 de junio. Hora: diez y doce minutos de la mañana. Yo misma realizaré la entrevista: soy la inspectora jefa Katharine Ryan, de la comisaría de policía de West Yorkshire. También se encuentra presente, como adulto de apoyo para la adolescente entrevistada, la madre de la misma. ¿Puede decir su nombre, por favor?

SEÑORA ELIZABETH ELLIS

Oh, claro. Liz... Quiero decir [se aclara la voz], señora Elizabeth Mary Ellis.

INSPECTORA JEFA RYAN

Recibe antes que nadie historias como ésta

Gracias. Voy a entrevistar a... ¿Podrías decir tu nombre completo, por favor?

GLORIA ELLIS

Gloria Jade Ellis.

INSPECTORA JEFA RYAN

Genial. ¿Cuántos años tienes, Gloria?

 

GLORIA

Quince. Cumpliré dieciséis en octubre.

INSPECTORA JEFA RYAN

¿Te gusta que te llame Gloria? Es que como tu madre te llama Lor...

GLORIA

Gloria está bien.

INSPECTORA JEFA RYAN

Bien. Vale, como ya te he explicado, Gloria, esto es una entrevista, no un interrogatorio. Estás aquí por voluntad propia, porque tú lo has decidido libremente...

 

GLORIA

Ya sé lo que significa «voluntad propia».

 

INSPECTORA JEFA RYAN

No quería parecer una sabelotodo, solo quería evitar cualquier malentendido sobre la naturaleza de lo que estamos haciendo hoy aquí. Así que, como he dicho, estás aquí por voluntad propia para ayudarnos a averiguar qué ha ocurrido. Eso es todo. ¿Te parece bien?

GLORIA

[Asiente en silencio.]

 

INSPECTORA JEFA RYAN

Dilo en voz alta para la grabación, por favor.

 

GLORIA

Sí, me parece bien.

 

INSPECTORA JEFA RYAN

Disculpa. [Presiona el botón del intercomunicador.] ¿Está bien ajustado el volumen, Mike?

 

TÉCNICO DE GRABACIÓN

[Solo se oye su voz.] Sí.

 

GLORIA

¿El técnico de grabación se llama Mike? ¿Como un «micro»?

 

INSPECTORA JEFA RYAN

¿Cuántas veces te han hecho bromitas con tu nombre, Mike?

 

TÉCNICO DE GRABACIÓN

Ochocientas sesenta y tres. Y eso solo este mes. [Risas.]

 

INSPECTORA JEFA RYAN

Lo creas o no, tenemos un sargento llamado Pete Sargent y un adiestrador de perros que se llama David Dog.

 

GLORIA

Se lo está inventando.

 

INSPECTORA JEFA RYAN

Diez horas y quince minutos. La entrevistada acusa a la entrevistadora de mentirosa. [Risas.] Vale, está todo bien. Bueno, Gloria, gracias por estar aquí esta mañana. Hace menos de veinticuatro horas que has vuelto a casa e imagino que lo último que te apetece es estar aquí sentada para recordarlo todo y responder a un montón de preguntas. Señora Ellis, a usted también le agradezco su colaboración.

 

SEÑORA ELLIS

Solo queremos saber lo que él...

 

INSPECTORA JEFA RYAN

Debe de ser maravilloso tenerla de nuevo en casa.

 

SEÑORA ELLIS

Sí que lo es. Sí que lo es. [Inspira con fuerza.] Lo siento, me prometí a mí misma no hacerlo.

 

INSPECTORA JEFA RYAN

Tómese su tiempo. [A Gloria.] ¿Y tú qué dices, te alegra volver a estar con tu madre y con tu padre?

 

GLORIA

[No responde.]

 

INSPECTORA JEFA RYAN

Seguramente te apetece mucho más dormir bien, darte una buena ducha y cambiarte de ropa.

 

GLORIA

Oiga, ya sé que tiene que ser simpática, ganarse mi confianza y todo eso, pero ¿cree que podríamos ir al...?

 

INSPECTORA JEFA RYAN

Se llama «espacio de confianza». Al tratarse de alguien de tu edad, se supone que debo preguntar qué música te gusta, cuál es tu película favorita, la asignatura que mejor se te da en el colegio, cuáles son tus aficiones.

GLORIA

Me fabrico mis propios pendientes. ¿Quiere hablar sobre eso?

 

SEÑORA ELLIS

Lor, ¿por qué te comportas así? Ella está de nuestra parte.

 

INSPECTORA JEFA RYAN

No, Gloria tiene razón, deberíamos saltarnos todas estas tonterías e ir directamente al grano. Para que puedan marcharse de aquí y regresar con su familia cuanto antes.

Bien, permite que te explique el procedimiento. Dentro de un rato voy a pedirte que me hables de lo sucedido durante los pasados quince días. Tómate el tiempo que quieras. Mientras estés hablando, no te interrumpiré ni te haré preguntas, a menos que me vea en la obligación de hacerlo para asegurarme de que estoy entendiendo bien tus explicaciones. ¿Vale? Tendremos que hacer bastantes descansos, claro está. Y tú puedes interrumpir la entrevista en cualquier momento si estás cansada o lo necesitas.

Bueno. Una última cosa. Debo tener claro que sabes lo importante que es que seas totalmente sincera conmigo. Intenta recordar todo lo que puedas, con la máxima precisión posible, ¿de acuerdo?

 

GLORIA

Toda la verdad y nada más que la verdad. [Se traza una cruz con los dedos sobre el corazón.] Que Dios me asista.

 

INSPECTORA JEFA RYAN

Estoy hablando en serio.

 

GLORIA

Yo también.

 

INSPECTORA JEFA RYAN

La cuestión es que muchas personas han estado preocupadísimas por ti. Tu madre, tu padre. Todos nosotros. Una chica de tu edad desaparecida durante tanto tiempo como has estado tú... Bueno, puedes imaginar lo que habremos pensado. Y estamos encantados y aliviados de tenerte de nuevo entre nosotros. Pero, para poder entenderlo bien, necesito que me cuentes todo lo ocurrido mientras has estado fuera. Paso a paso.

 

GLORIA

Él ya me advirtió que harían esto. Que me obligarían a interpretar el papel de víctima.

 

INSPECTORA JEFA RYAN

Nadie va a obligarte a... No estamos aquí para eso, Gloria. Hay quince días en los que no sabemos qué ha ocurrido. Quince días en blanco. No puedo llenar esos espacios en blanco sin tu ayuda. Eso es todo.

 

GLORIA

[No responde.]

 

INSPECTORA JEFA RYAN

¿Crees que puedes ayudarme a hacerlo?

 

GLORIA

[No responde.]

 

INSPECTORA JEFA RYAN

Limítate a... Cuéntalo tal como ocurrió. A tu ritmo, con tus palabras. ¿Sí?

 

GLORIA

[Se encoge de hombros.]

 

INSPECTORA JEFA RYAN

¿Gloria?

 

GLORIA

[Asiente en silencio.] Sí.

 

INSPECTORA JEFA RYAN

Excelente. Bueno. Empecemos por el principio, ¿te parece?

P2:

¿Cómo se puede desaparecer de una misma?

La inspectora jefa Ryan no tiene pinta de inspectora, con sus vaqueros rotos, sus zapatillas de deporte y su camiseta negra de manga corta de Dorothy Perkins. Esa vestimenta debe de ser por mí, para que yo me sienta cómoda. Leí en algún sitio que, cuando los niños prestan declaración en el juzgado, los abogados y el juez se quitan las pelucas y las togas para parecer menos intimidatorios. La sala de entrevistas también cumple su función. En la tele siempre es un sitio con las paredes vacías, con sillas y una bombilla cubierta con una rejilla. Esta «sala de entrevistas» me recuerda al vestíbulo de un hotel: tiene una mesita de centro triangular, cómodas butacas lilas, una planta de grandes hojas en un jarrón alargado de cristal, cuadros en las paredes y un dispensador de agua de color azul, situado en un rincón, con aspecto de escultura de hielo.

Estoy tan agotada que me quedaría hecha un ovillo y me pondría a dormir. Va a hacerme falta más de una noche en mi cama para borrar las últimas dos semanas de mi memoria.

Imagina qué cara pondrían si les pidiera parar ahora, justo antes de haber empezado.

A pesar de lo mucho que sonríe, la inspectora jefa Ryan parece agotada, tensa. Quiere localizarlo, traerlo a la comisaría. Pero antes tendrá que vérselas conmigo. Me ha dicho que me tome todo el tiempo que quiera, pero percibo su impaciencia. Mis padres están igual. No es que hayan estado interrogándome desde que volví; seguramente, la policía les ha dicho que no hagan preguntas. Pero las preguntas están ahí, esperando a ser formuladas, en el aire. Mientras tanto, se conforman con tomarme de la mano, apretujarme el hombro, masajearme la espalda y besarme en la coronilla. Me preguntan si estoy bien, si me apetece algo de comer o de beber, si estoy bien abrigada o si tengo calor, o me dicen lo bueno que es volver a tenerme en casa. Eso es cuando no están mirándome el pelo rubio teñido, como si intentaran averiguar si soy una impostora que se hace pasar por su hija. O bien se limitan a mirarme como imagino que lo hacían cuando era un bebé.

Durante una de las siestas, me desperté y me los encontré mirándome desde la puerta de mi cuarto. Mi padre tenía a mi madre rodeada por los hombros con un brazo, y ambos me observaban.

«Yo solo quiero que me dejen sola.» Pero no puedo decírselo a ellos.

Tenían miedo de que me hubiera marchado para siempre. Y luego aparecí. Es un milagro. Yo soy un milagro. Y no llegan a creerse del todo que no vuelva a desaparecer otra vez.

Es curioso, nunca me consideré una desaparecida. ¿Cómo se puede desaparecer de una misma?

Sí que empecé a explicarlo todo ayer, en casa, en cuanto la forense de la policía dio el visto bueno a la inspectora jefa Ryan para hablar conmigo.

No era lo que ellos creían, eso fue lo que intenté contarle a la inspectora.

Aunque no me sirvió de gran cosa. La verdad es que no ayudó mucho mi forma de hablar arrastrando las palabras, como si estuviera borracha, y tampoco que no pudiera hilar más de dos frases seguidas. La inspectora jefa decidió que yo estaba agotada. Que la entrevista podía esperar.

—Volveremos a intentarlo mañana, cuando estés más fresca. Menos confusa. —Habló con el mismo tono de una profesora que sospecha que el estudiante está mintiendo, pero le da otra oportunidad para que cuente la verdad.

Yo ya estaba en la cama cuando mi padre la acompañó a la salida. Lo oí preguntar si ella creía que estaba bajo los efectos del shock postraumático.

—Es posible. —Oí la respuesta amortiguada. Luego dijo algo que no entendí bien.

—¿El médico la ha examinado... a fondo? —preguntó mi padre—. Ya me entiende.

Creí no oír bien la respuesta de la inspectora jefa, pero debió de tomarse su tiempo para responder.

—No —dijo—. No puedo autorizar la revisión completa hasta que sepamos si el chico le hizo algo.

—¿No estará diciéndome en serio que cree que ese chico no lo hizo?

—Señor Ellis, estoy diciéndole que necesitamos que nos lo cuente Gloria.

Entonces se abrió la puerta de casa, y en el pasillo se oyó el eco del clamor de los periodistas, fotógrafos y equipos de televisión por detrás del cordón de seguridad instalado del otro lado de la calle, enfrente de nuestra casa.

Me acurruqué debajo del cubrecama, cerré los ojos con fuerza e imaginé que estaba en otro lugar.

Al parecer, mientras estuve fuera, me había convertido en un tema viral, con la etiqueta #dóndestágloria?

Ayer por la noche estaba viendo las noticias de la tele, y un periodista apareció en directo para dar su parte informativo desde la entrada de nuestra casa. Si me hubiera asomado por la ventana y hubiera descorrido la cortina, podría haberme saludado con la mano a mí misma. Es raro y da un poco de miedo pensar que tantas personas me echaban de menos, que estaban preocupadas por mí, que me buscaban. Cuando mis padres me mostraron algunas de las cosas que se habían publicado en internet y en los periódicos, me pareció que estaba leyendo algo sobre otra persona. Sobre otra Gloria.

Pero no, hablaban de mí. De lo que se ha convertido en mi historia.

Solo que «¿Dónde está Gloria?» se ha convertido en «¿Dónde estaba Gloria?» y en «¿Qué le hizo ese chico a Gloria?» y «¿Dónde está ese chico que se llevó a Gloria?».

«¿Dónde está?» Es en lo único que puedo pensar cada minuto del día desde que esto terminó.

La inspectora jefa Ryan quiere escuchar hasta el último detalle desde el principio. Supongo que se refiere al primero de los quince días; el día que desaparecí. Aunque todo empezó unas semanas antes de eso.

Empezó con una aparición, no con una desaparición.

Era un lunes normal y corriente en el colegio, y la sala de tutoría estaba muy animada; la tristeza por el inicio de semana se compensaba con la cháchara sobre lo que habíamos hecho el sábado y el domingo. El señor Brunt acababa de pasar lista. Las ventanas estaban abiertas, y entraba el rumor del cortacésped del jardín y el olor a hierba recién cortada. Lo cual había provocado que se manifestara la alergia al heno de Tierney. Incluso con los ojos rojos y moqueando está guapa. Parecía una princesa afligida. Estornudó tres veces y dejó nuestra mesa perdida.

—Gracias por compartirlo con nosotros, Tierney —dijo el señor Brunt—. Si vas a soltar algo más, por favor, date la vuelta, los chicos del fondo de la sala se lo han perdido.

Me gustaría pensar que entonces vi una señal, un buen augurio —la luz del sol bañaba la sala con una curiosa aurea, una mariposa azul entró volando por la ventana y se me posó en la manga—, pero no fue así en absoluto. No recuerdo qué estaría pensando (que se me habían olvidado los deberes, seguramente, o si mi madre habría firmado mi agenda), o en cómo me sentía (ausente, supongo; deseando que el día pasara, que la semana pasara), aunque me parece raro que en esos momentos la atmósfera no estuviera cargada de tensión por lo que estaba a punto de ocurrir.

El señor Brunt dio una palmada, que es lo que hace siempre justo antes de anunciar algo a la clase. Como de costumbre, después de la palmada dijo: «Bueno, clase de décimo GB, escuchad».

Desde que es nuestro tutor, el señor Brunt no ha llevado más que variaciones de marrón (trajes, corbatas, zapatos, calcetines, algún que otro jersey). Incluso sus camisas blancas se han vuelto de color beis. Debe de ser profesor desde la época en que los pupitres tenían tinteros.

Apenas había empezado a explicar qué íbamos a hacer en clase esa mañana cuando la puerta se abrió y un chico irrumpió en el aula sin esperar a que lo invitaran a entrar. Era alto y desgarbado, con el pelo muy negro y muy fino, liso y largo hasta los hombros. De tez morena, entre mediterráneo e indio del sur de la India. Si no hubiera sido por su altura, su nariz infantil y la pelusilla en la barbilla y el bigote, podría haber pasado por una chica. Y no solo por su pelo largo, sino porque había algo femenino en su forma de moverse y en su actitud. Una especie de gracilidad. El uniforme del colegio le iba demasiado pequeño y dejaba a la vista sus canillas peludas y un par de muñecas huesudas llenas de pulseras de varios colores.

No había llamado a la puerta antes de entrar. Al señor Brunt no le gustaba eso.

—¿Quién sedá? —susurró Tierney a través de sus orificios nasales irritados por la alergia, no en plan «¡Hala, qué mono!», sino más bien en plan «¿Quién es ese friki?».

Una o dos personas rieron con disimulo.

Era lo bastante alto para tener quince o dieciséis años, aunque, de haber tenido esa edad, no habría llevado uniforme. De todas formas, yo no lo reconocí, y estoy segura de que lo habría hecho si lo hubiera visto por el colegio. El chico no parecía para nada incómodo. Caminaba muy erguido y se quedó mirando el aula con mucho aplomo.

—¿Volvemos a intentarlo, jovencito? —dijo el señor Brunt.

Creí que el recién llegado iba a ignorar la pregunta. Al final, con una sonrisa de medio lado, se volvió hacia el tutor.

—¿Que intente otra vez el qué, señor?

Hablaba en plan pijo, con petulancia. Si sabía qué había hecho mal, no lo demostró.

El señor Brunt era unos centímetros más bajito que él y parecía incómodo de tener que levantar la vista para mirarlo, como si el chico tuviera la culpa de ello. El profesor hizo una señal.

—La puerta.

El recién llegado parecía sinceramente sorprendido.

—¿Qué le pasa?

—Me gustaría que tocaras antes de entrar en mi aula de tutoría.

—Pero ya estoy dentro de su aula de tutoría.

—Entonces, por favor, vuelve a salir, llama a la puerta y entra cuando yo te lo diga.

—Me resultaría en extremo fácil hacerlo, pero, si no le importa que se lo diga, señor, sería una forma muy lamentable de perder mi tiempo. Y el suyo, para el caso.

El señor Brunt emitió un sonido extraño. Todos los demás permanecíamos muy callados y quietos.

El chico siguió hablando.

—Ya ha dejado claro que prefiere que la gente llame a la puerta antes de entrar, está bien, me queda claro, ya lo sé para la próxima vez. Por lo tanto, lo que intenta es reafirmar su autoridad sobre mí haciéndome pasar por un proceso de ridiculización. —Se encogió de hombros—. Por ello, no.

Así de simple: no.

No me atrevía a respirar ni a mirar a Tierney tan siquiera, porque estaba segura de que si la miraba empezaría a reír. En cualquier caso, no podía apartar la mirada de las dos siluetas que tenía delante, cara a cara, como dos boxeadores a punto de iniciar un combate. O como un par de amantes en un culebrón de la tele. Así fue: no había agresividad ni en el tono del chico ni en su lenguaje corporal; estaba relajado, resultaba incluso seductor. Mientras yo estaba ahí sentada, hipnotizada, me lo imaginé echán ...