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UNA FRACCIóN DE SEGUNDO

David Baldacci  

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Fragmento

Título original: Split Second

Traducción: Mercè Diago y Abel Debritto

1.ª edición: agosto, 2016

© 2016 by Columbus Rose, Ltd.

© Ediciones B, S. A., 2016

Consell de Cent, 425-427 - 08009 Barcelona (España)

www.edicionesb.com

ISBN DIGITAL: 978-84-9069-500-5

Diseño de cubierta: IBD/Alejandro Colucci

Fotografía de cubierta: © Getty Images

Diseño de colección: Ignacio Ballesteros

Maquetación ebook: Caurina.com

Todos los derechos reservados. Bajo las sanciones establecidas en el ordenamiento jurídico, queda rigurosamente prohibida, sin autorización escrita de los titulares del copyright, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, así como la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamo públicos.

 

 

 

 

 

A mi padre, la mayor inspiración para un hijo

Contenido

Portadilla

Créditos

Dedicatoria

 

Prólogo

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Epílogo

Agradecimientos

Prólogo

Septiembre, 1996

Todo ocurrió en un abrir y cerrar de ojos.

Sin embargo, al agente del Servicio Secreto Sean King le pareció el segundo más largo de la historia.

Estaban siguiendo la campaña en el salón de un hotel anodino, en un lugar perdido de la mano de Dios. Sentado detrás de su protegido, King escrutaba a los asistentes, mientras por el auricular recibía de vez en cuando información irrelevante. En la gran sala, llena de un público emocionado que agitaba banderolas con el lema «Vota a Clyde Ritter», hacía un calor bochornoso. Había unos cuantos niños que intentaban acercarse al sonriente candidato. King odiaba estas situaciones, porque cualquier niño podía servir de escudo para un arma de fuego hasta que ya era demasiado tarde. No obstante, seguían llegando y Clyde los besaba a todos, mientras King tenía la sensación de que se le iban formando úlceras en el estómago mientras observaba este espectáculo potencialmente peligroso.

La multitud se fue acercando, hasta llegar a los soportes del cordón de terciopelo que habían colocado para ordenar la cola. King reaccionó acercándose a Ritter. Había apoyado la mano en la espalda del candidato, que pese a ir en mangas de camisa sudaba profusamente, para apartarlo con rapidez si pasaba algo. No podía situarse delante de él, puesto que aquel hombre era el candidato «del pueblo». La rutina de Ritter nunca cambiaba: dar la mano, saludar, sonreír, encontrar un momento para introducir una declaración en las noticias de las seis y luego hacer carantoñas y dar un beso a algún bebé gordinflón. Y mientras tanto King observaba a la multitud en silencio, con la mano apoyada sobre la camisa sudada de Ritter y atento a cualquier amenaza posible.

Alguien dijo algo desde el fondo de la sala. Ritter respondió con su habitual sentido del humor y la multitud rió afablemente, o por lo menos la mayoría. Había gente que odiaba a Ritter y todo lo que él representaba. Las caras no mentían, al menos para quien supiera leerlas, y King sabía interpretar una expresión, tanto como disparar un arma. Eso es lo que había hecho toda la vida: leer el corazón y el alma de hombres y mujeres a través de sus ojos, de sus tics físicos.

Se fijó en dos hombres en particular, a tres metros de distancia a la derecha. Tenían aspecto de ser un peligro potencial, aunque ambos llevaban camisas de manga corta y pantalones ceñidos que no permitían esconder un arma, lo que reducía su nivel de peligrosidad muchos enteros. Los asesinos suelen llevar ropa holgada y pistolas pequeñas. Aun así, masculló unas palabras al micrófono, comunicando su sospecha. Luego pasó a fijarse en el reloj de la pared trasera. Eran las 10.32 de la mañana. En cinco minutos habrían llegado a la siguiente población, donde se repetirían los mismos saludos, las mismas declaraciones para el informativo, los mismos besos a los bebés y la misma lectura de caras.

Un nuevo sonido y una nueva visión llamaron la atención de King. Era algo totalmente inesperado. Como estaba frente a la multitud y tras el atareado Ritter, fue el único de la sala que lo vio. Se quedó mirando durante un segundo, dos, tres, demasiado tiempo. Pero ¿quién le iba a culpar por no ser capaz de apartar la mirada de aquello? Todo el mundo, según se comprobó, incluido él mismo.

King oyó el disparo, que sonó como un libro al caer. Sintió la humedad en la mano que tenía apoyada en la espalda de Ritter. Y ahora la humedad no era sólo de sudor. Sintió un escozor en la mano, en el punto en que la bala salió del cuerpo llevándole un trozo del dedo corazón antes de alcanzar la pared que tenía detrás. Mientras Ritter caía, King se sintió como un cometa que avanzara a una velocidad de mil demonios y, no obstante, tardara mil millones de años en llegar a su destino.

Entre la multitud se alzaron gritos que parecían fundirse en un único lamento impersonal. Las caras se convertían en imágenes de las que sólo se veían en las casetas de feria. Acto seguido, el desconcierto le golpeó con la fuerza de una granada al explotar; los pies se movían, los cuerpos se agitaban y los gritos llegaban de todas direcciones. La gente empujaba, se abría paso y huía como podía. Recordaba que en ese momento pensó: no hay peor caos que el que se produce cuando una muerte violenta llama de pronto a la puerta de una multitud desprevenida.

Y entonces descubrió que el candidato presidencial Clyde Ritter yacía a sus pies sobre el entarimado con un disparo que le había atravesado el corazón. King apartó la vista del cadáver y dirigió la mirada hacia el asesino, un hombre alto y elegante con una chaqueta de tweed y gafas. La Smith & Wesson del 44 del asesino aún apuntaba al lugar que había ocupado Ritter, como si esperara que su víctima se levantara para volver a dispararle. La multitud, presa del pánico, impedía el acceso de los guardas que luchaban por abrirse paso, de modo que King y el asesino eran los únicos que quedaban en la fiesta.

King apuntó con su pistola al pecho del asesino. No le avisó, ni l

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