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UN TANGO CON EL DRAGóN

Nicolás Santo  

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Fragmento

Introducción

El ascenso de China será el motor de las transformaciones globales más importantes de, al menos, los próximos cincuenta años. No importa nuestra nacionalidad, profesión o lugar de residencia, China impactará profundamente en nuestras vidas. Esto me lleva a plantearle al lector dos preguntas. La primera, ¿cuánto sabemos de China? La segunda, ¿cuánto ignoramos de China?

China es hoy el principal socio comercial del Uruguay y de muchos otros países latinoamericanos. No solamente fue la fuerza detrás de la relativa prosperidad de la que gozó América Latina en la última década, sino que también es la mayor oportunidad de desarrollo que se le ha presentado a la región en toda su historia. Esto por la capacidad de inversión de China y el tamaño de su mercado. Con modelos de intercambio inteligente y bien informados, América Latina podría lograr que China fuera un socio estratégico aún más importante de lo que es hoy.

Sin embargo, el conocimiento sobre China del uruguayo y del latinoamericano medio es todavía bastante limitado y no se condice con la importancia que China tiene para nuestro futuro. Este libro tiene por objetivo presentarle China al lector con una perspectiva familiar y embarcarlo en un proceso introspectivo que lo lleve a cuestionarse de qué manera la nueva China impactará en su vida, así como también en las organizaciones de las que es parte. También explorará los caminos que pueden seguir los países latinoamericanos para llevar sus relaciones comerciales con China a un nuevo nivel.

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Quienes vivimos en China sentimos que el proceso de cambio por el que está transitando este país no es un simple capítulo más del devenir de la historia. Lo que está ocurriendo aquí es singular. Caminando por las calles de las principales ciudades chinas es posible vibrar al ritmo de una energía especial que no se siente en otros lados. La energía propia de un lugar en el que se está forjando una nueva forma de hacer las cosas y de una sociedad con ambiciones globales.

Observar el fenómeno chino desde adentro es adrenalina pura. Es tan apabullante que, desde que llegué a este país a cursar una maestría en agosto de 2011, me sentí en la obligación de dejar registro de mi experiencia y transmitirles a compatriotas y hermanos latinoamericanos cuánto tiene para ofrecernos el gigante asiático.

Las páginas que siguen recogen algo de lo que aprendí sobre China a lo largo del camino desde las distintas posiciones en las que me encontré en esta gran nación. Como miembro de una unidad del gobierno chino, como emprendedor y como estudiante. Como uruguayo en China y como latinoamericano representando a China en el exterior.

Estas líneas fueron escritas alrededor del mundo, mientras perseguía mi propio sueño chino en distintas aventuras. Surcando los cielos de Guangzhou y navegando por aguas del mar del Sur de China. Caminando por los pasillos del Capitolio en Washington DC y por los del Gran Salón del Pueblo en Beijing. Sorprendiéndome con las maravillas tecnológicas de Shenzhen y cayendo en la cuenta de que no tenían nada que envidiarle a las de Silicon Valley. A un ritmo frenético, hechizado por las luces de Shanghái, y en calma total contemplando las montañas del Tíbet.

Estas páginas también son fruto de conversaciones con individuos chinos y extranjeros con historias notables que, de una manera u otra, tienen perspectivas únicas sobre el gigante asiático. Desde presidentes, magnates y ministros, a periodistas, diplomáticos y académicos, pasando por estudiantes, trabajadores, campesinos y hasta estrellas del fútbol.

La República Popular China tiene dimensiones continentales. Es un país diverso, con 56 grupos étnicos oficialmente reconocidos por el gobierno. Si bien la civilización china tiene miles de años, lo que hoy conocemos como China existe como tal solamente desde 1912, año en que se produjo la caída del sistema imperial y se fundó la República de China. Ya promediando el siglo XX, el Partido Comunista Chino se hizo con el poder. Partido Comunista Chino que –con aciertos y errores– dirige los destinos de la nación china hasta hoy.

China es la mayor economía del planeta o la segunda, según la forma de medirla. Es el mayor exportador. Es el mercado que todos quieren conquistar. Es la potencia turística número uno. El segundo mayor inversor internacional. Es una potencia tecnológica a la vanguardia en materia de inteligencia artificial, robótica y supercomputadoras. Pero de cómo es el dragón por dentro en América Latina sabemos poco y nada.

¿Cuál es el riesgo de ignorar los factores que han convertido a China en la fuerza de la naturaleza que es hoy? Pues no es otro que dejar escapar grandes oportunidades. Oportunidades que podrían modernizar nuestros países. Oportunidades que podrían hacer que nuestras sociedades fueran menos desiguales. Oportunidades que podrían cambiar, radicalmente, el curso de nuestras vidas.

Todo ciudadano del Siglo XXI tarde o temprano se cruzará con China. Tendrá que entenderla y aprender a cautivarla. El ascenso de China desafía la lógica y nos obliga a repensar conceptos que siempre dimos por sentados. Desde la forma de posicionar los continentes en el mapa, hasta los contenidos de los programas educativos escolares y las recetas para el crecimiento económico. La historia universal que estudiarán nuestros hijos deberá prestarle mayor atención a la vieja Ruta de la Seda, para entender mejor a la nueva. Lenta pero inexorablemente, nos iremos familiarizando con marcas, tradiciones y expresiones chinas.

“Si pasas en China un día, probablemente puedas escribir un libro. Si pasas en China un mes, una página. Pero si pasas en China un año, será tanto lo que te asombre que seguramente no podrás escribir nada”. Con este sabio consejo me dio la bienvenida a China Wang Chenguang, exdecano de la Escuela de Leyes de la Universidad Tsinghua. Debo reconocer que en el momento no le presté mucha atención, pero a medida que avanzaba en la elaboración de este libro, las palabras de Wang se daban una vuelta por mi cabeza para recordarme lo difícil que era elegir las historias más representativas de tantos años en China. ¡Vaya si la vida en China es intensa!

Deseo sinceramente que esta combinación de anécdotas y análisis le permita al lector uruguayo acercarse a China a través de una mirada con la que se pueda identificar. Acercamiento que hoy resulta impostergable, porque día tras día se torna más evidente que el camino que puede llevar al Uruguay a la prosperidad duradera está pintado de dos colores: rojo y amarillo.

CAPÍTULO I

UNA CHINA EN EL CAMINO

País lejano, sueños cercanos

北京- Beijing, octubre de 2016. El cansancio era visible en la cara del presidente Xi Jinping (习近平) cuando se retiraba del Salón Oeste del Gran Salón del Pueblo, uno de aquellos en los que tenían lugar las cenas de Estado con dignatarios extranjeros. Aquel con el cuadro de las montañas que rodeaban el río Yangtzé que solía verse en las fotos publicadas por la prensa. La recepción ofrecida en honor del presidente Tabaré Vázquez había apenas finalizado. Para el uruguayo, la jornada no podría haber sido mejor. La República Popular China y la República Oriental del Uruguay habían elevado el estatus de su relación a la categoría “asociación estratégica”, lo que abría nuevas y promisorias oportunidades de cooperación en comercio, inversiones, turismo, educación y hasta en fútbol.

Mientras tanto, aún dentro de esa misma sala y con una enorme sonrisa en el rostro, contemplaba la pantalla de mi teléfono móvil, con el que había registrado ese momento que tanto llevaba esperando. A lo largo de toda la velada había sentido que si bien no sería fácil, esa noche, nada más ni nada menos que en el Gran Salón del Pueblo (中国人民大会堂), tendría la oportunidad que tanto buscaba. Finalmente, fortuna mediante, la tuve: pude presentarme ante el presidente de China y contarle, brevemente, algo del trabajo que, desde el gobierno chino, había estado haciendo para acercar al resto del mundo a esta maravillosa nación.

¿Cómo logra un joven uruguayo llegar a China sin nada más que un sueño y, tan sólo un lustro después, acabar conversando con el presidente chino en el edificio más representativo del gobierno de este país? Para responder esta pregunta, es necesario remontarse a setiembre de 2004.

Por ese entonces, tenía 16 años y era estudiante de quinto año del liceo San Pablo, en el Prado, el barrio más verde de Montevideo. Desde mucho antes, mi padre me había inculcado el hábito de leer la sección de noticias internacionales del diario de los domingos. Y, a decir verdad, los asuntos globales me apasionaban. Una tarde mientras leía el periódico, me crucé con la noticia de que Hu Jintao (胡锦涛), por entonces presidente chino, estaba de gira por América Latina y, durante una parada en el congreso brasileño, había anunciado con bombos y platillos que pretendía llevar el comercio con la región a US$ 100 mil millones por año en 10 años.1 Si bien en ese momento eran pocos los que hablaban de China por nuestras latitudes, esas páginas encendieron en mí una luz.

Horas más tarde, durante la cena, le dije a mis padres que quería comenzar estudios de mandarín. “¿Mandarín?”, preguntó mi madre sorprendida. “Han de ser los genes de tu abuelo”, atinó a decir. Es que mi abuelo, de origen ruso, había pasado casi 30 años de su vida en China luego de que su tía lo enviara a casa de sus abuelos en Harbin (哈尔滨 al norte de Beijing) temiendo que su madre hubiera muerto, al no haber regresado esta de un viaje en la fecha esperada. Para desgracia de mi abuelo, su madre retornó un día después de que a él lo enviaran a China. Pero esto es material para otra historia.

Hoy, casi 15 años después de aquella noche, el comentario de mi madre me es de utilidad para explicar cómo fue que terminé en China cada vez que alguien me lo pregunta. De hecho, es la clave para entender por qué, teniendo la posibilidad de llevar una vida relativamente cómoda en mi país, decidí desarrollar mi carrera, literalmente, en el otro lado del mundo.

Cuando tomé la decisión de venir a China no lo hice pensando ni en mi abuelo –a quien, lamentablemente, no pude conocer porque falleció antes de que yo naciera– ni en nada ligado al pasado. Lo hice pensando pura y exclusivamente en el futuro. En un futuro en el que Asia sería el centro de poder desde el cual se moverían los hilos de la economía global. Un futuro en el que se pondría en entredicho todo lo que habíamos aprendido sobre dinámicas globales. Un futuro que, poco más de una década después veía cómo, lenta pero inexorablemente, se convertía en presente.

Hoy, cuando por trabajo me encuentro en Nueva York, Dubái, Buenos Aires o Milán, leo las secciones internacionales de los periódicos locales –que todavía me encantan– y me regocijo al ver que China copa la agenda mundial. Como suele decir Stephen Schwarzman, fundador de Blackstone –uno de los mayores fondos de inversión del mundo–, vivimos en tiempos en los que “China ya no es un curso electivo, sino que forma parte del plan de estudios principal”.

Aquella apuesta de una noche de primavera montevideana me llevaría por caminos que jamás imaginé…

El inicio

Corría el mes de diciembre de 2010 y, gracias a una beca otorgada por el gobierno chino, me encontraba en Beijing participando de un seminario sobre políticas de planificación del cambio climático para países en desarrollo. Conversando con los funcionarios del Ministerio de Comercio chino encargados de la organización de la actividad, les pedí que me dijeran cuáles eran, a su criterio, las mejores universidades del país. “Tsinghua y Pekín”, dijeron sin dudar. Horas después comencé a recabar información sobre los programas académicos dirigidos a extranjeros de cada una de ellas y, a los pocos días, tenía agendada una reunión con la responsable de la oficina de la Maestría en Derecho (L.LM) de la Escuela de Leyes de la Universidad Tsinghua (清华大学法学院).

La señora Liu –así se llamaba la responsable del departamento en cuestión– me había dado instrucciones precisas: a las 10 a.m., en el Edificio Ming Li (明理楼), cuarto número 107. Tomé la Línea 13 del metro pekinés hasta la estación Wudaokou (五道口). Caminé unas cuadras y cuando giré a la derecha, vislumbré a lo lejos el gris edificio central de Tsinghua, cortejado por una flameante bandera china. Construido en la década del cincuenta, el edificio era una imponente mole de cemento. Por fuera, tenía esa forma rectangular típica del estilo soviético. Por dentro, la elegancia y sofisticación típica del art déco. Si bien ese no era mi destino final, me desvié hasta allí para tomar algunas fotografías imitando lo que hacía el resto de los transeúntes, sin ser consciente de que poco tiempo después ese mismo lugar formaría parte de mi rutina. Volví sobre mis pasos y, finalmente, arribé al sitio que buscaba originalmente. Al entrar, la señora Liu me recibió con total calidez y me explicó detalladamente los pasos a dar para completar mi postulación al programa.

Ocho meses más tarde –y gracias a una generosa beca concedida por la universidad– me encontraba sentado en el auditorio principal de la Escuela de Leyes, rodeado de profesionales de países tan diversos como Polonia, Singapur, Estados Unidos, Alemania, Mongolia y Corea del Sur, entre otros. Todos éramos ahora estudiantes de la Maestría en Derecho, y asistíamos a la ceremonia inaugural del programa. En el ambiente había mucha ansiedad. El auditorio estaba especialmente decorado para la ocasión con una gigantografía que nos daba la bienvenida y flores por doquier, de conformidad con la versión china del lujo. “En muchas universidades de Estados Unidos, no tendrán la posibilidad de conocer a personalidades de la talla de las que van a poder conocer estando aquí”, comenzó diciendo Wang Zhenmin (王振民), por entonces decano de la institución. “El fundador de Microsoft, Bill Gates, el primer ministro británico Tony Blair o el presidente estadounidense Jimmy Carter, son algunos de los que han disertado en nuestra universidad”, prosiguió. Por si los extranjeros teníamos dudas sobre la reputación de Tsinghua a lo largo y ancho de China, Wang Zhenmin se había encargado de barrerlas con sus palabras. “De hecho”, continuó, “hay quienes dicen que la ‘dinastía Tsing’ ha invadido los cargos de gobierno”. Es que figuras como los entonces presidente y vicepresidente del país, Hu Jintao y Xi Jinping, así como también Wu Bangguo (吴邦国), quien en el momento encabezaba el Comité Permanente del Congreso Nacional del Pueblo, eran egresados de esta casa de estudios.

La vida en una universidad china de élite

Fundada en 1911 en el predio imperial que durante la dinastía Qing (1644-1912) se conocía como Jardín Tsinghua (清华园), Tsinghua es conocida actualmente como el “MIT chino” por sus capacidades científicas e ingenieriles. Precisamente en el año de su fundación, la Revolución de Xinhai (辛亥革命) ponía punto final al sistema dinástico.2 Los fondos para la creación de la universidad provinieron de un programa de becas para que jóvenes chinos estudiaran en los Estados Unidos, conocido como “Indemnidad Boxer” (庚子赔款奖学金). En sus comienzos, la institución funcionaba exclusivamente como un colegio destinado a preparar a aquellos que eran enviados por el gobierno a capacitarse en aquel país. No resulta extraño, entonces, que la influencia estadounidense en la institución se hiciera sentir desde su nacimiento. De hecho, ya en 1946 más de la mitad de los docentes había realizado doctorados en el exterior. Y de esa masa, el 70% había estudiado en universidades norteamericanas de máximo nivel como Harvard, MIT, Cornell, Chicago, Columbia y Michigan.

A lo largo de su historia, Tsinghua sufrió varias reestructuraciones, fruto del difícil clima político y militar que vivió el país durante gran parte del pasado siglo. En 1952, por ejemplo, el nuevo régimen comunista, considerando la reforma de la educación superior como un paso trascendental para robustecer su poder político, relegó ciertas disciplinas por considerarlas “burguesas”. Fue así que la Universidad de Pekín (北京大学) absorbió las escuelas de leyes y artes de Tsinghua, y esta última las escuelas de ingeniería de la primera. Pero todas estas agitaciones formaban parte del pasado. La extensión total del campus –una suerte de mini-ciudad localizada en el distrito de Haidian (海淀区)– era de 389.4 hectáreas.3 En Tsinghua uno se topaba con enormes bibliotecas, auditorios, estadios, laboratorios, campos deportivos, restaurantes, supermercados, hospitales, talleres de reparación de bicicletas, centros de fotocopias, bancos, etc. La institución contaba con 20 facultades y 54 departamentos en todas las áreas del conocimiento. Más de tres mil profesores enseñaban en la universidad y casi cincuenta mil alumnos –muchos de ellos internacionales– estudiaban allí distribuidos entre pregrado, maestría y doctorado.

Más allá de lo que indicaban estos números fríos, Tsinghua era sinónimo de calidad educacional. Cada vez que un chino escuchaba que alguien estudiaba allí, la reacción espontánea solía ser:“¡Wow! ¡Es la mejor universidad de China!”. Claro que, para un extranjero, lograr ser admitido era bastante más fácil que para un chino. Como referencia, un amigo estadounidense contaba en su perfil de Facebook que una tarde había ido de compras con un estudiante chino, quien había comenzado a explicarle cuán competitivo era para ellos el proceso de admisión. Para graficar su razonamiento, el estudiante le comentó que, de 32 millones de personas que vivían en su provincia de origen, él era el único en haber ingresado a la universidad ese año. Este dato es más anecdótico que riguroso desde lo estadístico, pero es de utilidad para reflejar lo difícil que era acceder a una universidad de élite en China. No debe sorprendernos, pues, que en algunos casos hasta los alcaldes de las ciudades visitaran los hogares de los jóvenes que llegaban a Tsinghua para felicitarlos.

La filosofía educacional de la universidad consistía en “entrenar estudiantes con integridad”, a efectos de conservar el prestigio generado por egresados convertidos en “académicos sobresalientes, emprendedores eminentes y grandes estadistas que son hoy recordados y respetados por sus conciudadanos”. La formación de los hombres y mujeres que dirigirán y transformarán el país en el futuro es la misión que las universidades de élite chinas se planteaban como elemental. Dentro de veinte años, muchas de las personas que hoy se encuentran en estos centros de estudio tendrán a su cargo la ardua tarea de tomar decisiones que cambiarán el rumbo del mundo. Por tanto, inculcar valores como excelencia en el conocimiento técnico y defensa de la justicia social eran dos quehaceres cardinales para profesores y diseñadores de planes de estudio. No era casualidad que los lemas de Tsinghua fueran “autodisciplina y compromiso social” y “el eco de tus acciones retumba más fuerte que el de tus palabras”.4

Progresivamente, Tsinghua se fue transformando en una réplica en miniatura de la realidad política china. Durante muchos años, abundantes batallas ideológicas entre distintos bandos se libraron en su seno. Todo esto llevó a que Tsinghua sea hoy un centro de estudios que inculca vocación de gobierno a sus estudiantes. Como referencia, en la Escuela de Leyes, cerca del cincuenta por ciento de los egresados acababa trabajando para dependencias gubernamentales o en empresas y bancos estatales.5

Quizás más importante, la red de contactos de quienes allí estudiaban tenía un valor añadido. “Un análisis cuidadoso del pasado de los tecnócratas de Tsinghua demuestra que sus conexiones políticas en la universidad resultaron más influyentes que su experticia a la hora de alcanzar posiciones de liderazgo”, decía Li Cheng (李成), experto en élites chinas de The Brookings Institution. “Para un político, la pertenencia a una universidad de élite reviste mayor esencialidad que ostentar un diploma de una universidad de tales características... La inteligencia y las habilidades facilitan el avance en la carrera, pero a fin de cuentas lo que vale son las conexiones, el guanxi”, concluía.6

Paulatinamente debía acostumbrarme a mi vida en este centro exclusivo que, a decir verdad, de a ratos, se asemejaba a cualquier cosa menos a eso. Los primeros días no dejaba de fascinarme la enorme cantidad de gente que se podía ver en el campus entre estudiantes, profesores, personal administrativo y turistas curiosos que se tomaban fotos frente a todos los monumentos que contenían el nombre de la universidad. Una de las cantinas, por ejemplo, contaba con capacidad para albergar a diez mil personas comiendo en simultáneo. Se trataba de un enorme edificio en el que uno podía degustar todo tipo de comidas chinas. El menú ofrecido en el resto del campus era mucho más variado aún. Contábamos con restaurantes islámicos, cafés al estilo norteamericano, pizzerías y hasta una versión china de McDonald’s que había copiado los envoltorios de los alimentos a la perfección. Las “parrilladas chinas” (烤串) eran la vedette del lugar. Consistían en una suerte de “medio tanque” en los que se cocinaban carnes, mariscos y vegetales. Fueron varias las ocasiones en que la noche me encontró con amigos comiendo cordero y corazones de pollo en pinchos de madera similares a los utilizados en las brochettes.

Había decidido vivir en el campus y lo hacía en el Edificio N.o 21 del Complejo Zijing (清华大学紫荆留学生公寓). Mi apartamento era el 626. Se trataba de un pequeño dormitorio con un colchón más fino de lo deseable apoyado sobre una tabla de madera más dura que lo imaginable. Había una televisión vieja, paredes despintadas y un baño que tenía agua caliente sólo en d ...