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TUS HIJOS, LOS LíMITES Y EL BIENESTAR

Natalia Trenchi  

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Fragmento

INTRODUCCIÓN
Y ADVERTENCIAS

No pretendo venderles espejitos de colores. No encontrarán acá ni fórmulas mágicas ni links a aplicaciones milagrosas. Todo lo que tengo para ofrecerles da trabajo: a nivel del pensamiento, de las emociones y el hacer. Pero si están leyendo este libro es porque tienen hijos, sobrinos, nietos o alumnos que les importan mucho y todos los días enfrentan los consiguientes dilemas de este mundo complejo, potencialmente maravilloso, pero que también nos sopapea feo. Por eso, sé que no se van a asustar del esfuerzo.

Mi intención es darles pistas que los ayuden a entender y, por consiguiente, a poder tomar las decisiones que les parezcan mejor a ustedes. Quiero ayudarlos a trabajar mejor por lo que desean para sus pequeños. Sueño con que puedan responderse con más convencimiento algunas de esas preguntas que a todos nos asaltan cuando criamos niños con responsabilidad: ¿Me pongo firme o aflojo? Si se la dejo pasar, ¿perdí la autoridad? Si lo frustro, ¿me va a odiar?…

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Ustedes saben lo importante que es criar niños y la enorme responsabilidad de erigirlos felices, fuertes y buenos. Por eso es que vamos a hablar de lo que necesitan los cachorros humanos para crecer plenamente en salud y bienestar, pero también de lo que necesitan los adultos que se ocupan de criarlos. Unos y otros tienen necesidades que hay que contemplar y articular, y para eso abordaremos maneras de poner límites que fortalezcan a todos y hagan de la familia el lugar al que siempre queremos volver.

La primera constatación es que poner límites hoy encierra otros desafíos bien distintos a aquellos a los que nos enfrentábamos incluso apenas diez años atrás. Iremos viendo caminos para adaptarnos.

Pero lo que más me interesa es trabajar el para qué de los límites en la crianza y su verdadero significado, y desde ya les adelanto que no es para que se porten bien, sino para un fin mucho más rico y profundo: los niños necesitan de esos límites para crecer bien regados y sentirse en armonía consigo mismos.

Finalmente, pretendo que este se libro enfoque en ustedes, los padres y adultos en general, para que puedan hacer su propio discernimiento personal, en cuanto a que educamos (delimitamos, guiamos) con el ejemplo; por eso es una necesaria invitación a alcanzar ustedes también ese bienestar que, como ellos, merecen.

Recorrer los años de vida compartidos con los hijos es la experiencia más gloriosa y más crucial. Hagamos todo lo posible para que sea una etapa memorable y nutritiva para el adentro de todos, fortalecedora de esos lazos invisibles que duran para siempre.

No quiero darles la idea falsa de que si hacen todo bien no tendrán problemas. Lamentablemente la vida es muy complicada y hay muchos casos en los cuales otras variables además de la crianza (genes, situaciones de vida y vaya uno a saber cuántas cosas más) influyen para que cada uno termine siendo quien es. Hay personas naturalmente fuertes y otras naturalmente más vulnerables. Pero todos merecemos la oportunidad de crecer en un entorno que nos convoque a ser nuestra mejor versión. De eso se trata.

Hoy no les podemos prometer a nuestros hijos muchas certezas ni estabilidades.

Vivimos en un mundo loco que se mueve a una velocidad a la que no estábamos acostumbrados. Pero sí es nuestro deber prometerles que vamos a hacer lo mejor que podamos para lograr lo mejor de ellos y, por ende, mejorar la sociedad en la que todos vivimos.

Ustedes saben por experiencia que criar hijos cuesta esfuerzo, generosidad y capacidad para postergarse. Tratar de hacerlo de la mejor manera, articulándolo con el trabajo, las obligaciones y la vida personal requiere de malabarismos y magias varias. El objetivo no es lograr una familia perfecta ficticia donde nunca pasa nada, sino mantener y fortalecer el bien-estar de cada uno de la familia. Ese tiene que ser nuestro objetivo cotidiano sostenido contra vientos y mareas: el bienestar, que poco tiene que ver con el concepto de felicidad como un estado de excitación ruidosa, sino con algo que nace de bien adentro y que nos hace sentir bien con nosotros mismos en nuestro lugar y nuestra piel.

Así que en este libro no voy a darles abracadabras infalibles, sino información, fruto de la lectura ávida de las montañas de investigaciones que afortunadamente estamos teniendo en neurociencias y salud mental, reflexiones y conclusiones de tantos años de experiencia atendiendo niños y familias, viéndolos crecer, desarrollarse y tejer su vida.

La intención es la misma que en todos mis libros, mis charlas, mis encuentros con ustedes: ayudarlos a entender lo que pasa, a conectarse con los hijos y hacer de esta aventura familiar una celebración de la vida.

NATALIA

Nota: Cada vez que escribimos o hablamos, nos topamos con la diversidad que nos ofrece nuestra lengua en cuanto al uso de femeninos y masculinos. Soy visceral defensora del lugar de la mujer en el mundo desde siempre y detesto que se nos invisibilice con el uso genérico del masculino. ¡Pero qué incómodo es tener que mencionar “madres y padres”, “hijo o hija”, “niño o niña” en cada frase! Así que en este libro van a encontrar que a veces los menciono a ambos, a veces uso el masculino, a veces el femenino… En fin, tanta palabrería para decir que les hablo a todos, madres y padres, mujeres y hombres, porque todos somos igualmente importantes.

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¿QUIÉN “MANDA” EN CASA?

LOS NIÑOS NO SON
MÁQUINAS DE OBEDECER

Los padres no estamos en el mundo solo para que nuestros hijos lleguen en hora a la clase de canto, ni tampoco únicamente para que obedezcan. Estamos para ayudarlos a construirse a sí mismos plenamente, para que se transformen en personas integrales e íntegras, siendo ellos mismos. Nuestro objetivo es que consigan ser la mejor versión de cada uno. Y para eso necesitamos tiempo de conexión, vida compartida, vibraciones emocionales conjuntas. Nada de eso se consigue corriendo ni dando órdenes.

Por eso, ¡qué pregunta la del título! Seguramente la que termina “mandando” finalmente es la vida, que nos va planteando el juego. Nosotros después decidimos qué hacer con esa realidad que siempre es diferente a la que soñamos y planeamos. Y ahí es que, como dijo el poeta, vamos haciendo camino al andar.

Con esta interrogante intento provocarlos en un tema que suele preocupar a muchos adultos y también a los niños. Seguramente escucharon esta frase dirigida de un pequeño a un adulto: “Vos no me mandás porque no sos mi padre ni mi madre”, que refleja claramente cuál es el rol que nuestros hijos creen que tenemos. Seguro que fuimos nosotros quienes les hicimos pensar que somos los que mandamos. No me gusta nada esa idea. Preferiría que dijeran: “No me eduques, que para eso tengo padres”. Pero mandar… es un verbo que implica una orden y una respuesta obediente. No es lo que quiero para la crianza de seres plenos y pensantes.

Los padres no tenemos que “mandar”, sino educar.

Me gusta pensar que en una familia, además de protección, cuidado, amor y alegría, también hay cierto orden y roles claros. No dudo que somos los adultos los que tenemos la experiencia, la madurez y la sabiduría para ser los directores de orquesta en este grupo siempre diverso, vivo y dinámico que es la familia. Pero no es mandando que se consigue educar a los hijos. Si lo que queremos es aportar para que se construyan como personas fuertes y buenas, lo que tenemos que hacer es enseñarles a pensar, fortalecer su autorregulación y su pensamiento ético. Esa es nuestra responsabilidad, y afortunadamente también nuestro deseo. ¿A qué más podemos aspirar que a ser quienes guíen a nuestros hijos en la construcción de sí mismos?

YO, EL ADULTO

Estoy convencida de que uno en la vida hace lo que puede. Cada uno de nosotros carga una mochila que a veces le facilita la marcha y otras veces se la complica. Por suerte, si es necesario, esa mochila es modificable y podemos alivianarla cuando encontramos la manera.

Pero para tener hijos no alcanza con ordenarse uno los petates. Necesitamos a otro. Y ahí, a la nuestra, se suma otra mochila igual de importante, compleja y dinámica, ambas cargadas con nuestras experiencias de vida. Articular pasados, cultura e historia de cada uno implica trabajo y paciencia. Esa es la base que sostendrá (o no) a la nueva familia en ciernes.

“Cada casa es un mundo”, dice una frase popular, y es absolutamente cierto. Cuando dos personas se unen, lo hacen dos culturas y dos mundos internos que vienen de la historia de cada uno. Si bien es poderoso, el legado familiar no es inmodificable.

Por suerte, las personas tenemos la chance de no ser fotocopias de nuestros padres ni rehenes de nuestro pasado. Adhiero con entusiasmo al decir de Jean Paul Sartre: “Lo importante no es lo que han hecho de nosotros, sino lo que hacemos con lo que han hecho de nosotros”. No se crean eso de “si el padre fue violento, el hijo va a ser violento”, como si fuera una máxima inevitable. No lo es gracias a que uno es capaz de cambiar y aprender. Así que defiendan el derecho a escribir su propio guion para la vida. No se dejen dominar por lo que otros esperan de ustedes. Elíjanse. Sean lo que quieren ser. Esto es lo que nos va a dar el tan ansiado estado de bienestar. Ese estado de paz que no viene ni de ser rico, ni de tener poder y ni siquiera de ser sano, sino de sentirse en armonía con uno mismo.

Para lograr corregir mandatos de otros y elegir nuestro propio camino posible, viene bárbaro tomarse el tiempo necesario para pensar quiénes queremos ser en realidad y frente a los ojos de nuestras crías. Porque esa imagen que reflejaremos en la cotidianeidad los va a ir educando, formando y guiando sin que nos demos mucha cuenta.

Ya sé que hay mil cosas de la vida que no podemos elegir. Pero es sorprendente todo lo que sí podemos. Parece que fue James Dean quien dijo: “No puedo cambiar la dirección del viento, pero sí ajustar mis velas para llegar siempre a mi destino”. ¡Esa es la actitud! No dejarnos encandilar por lo que no podemos cambiar, sino ajustar nuestra mirada, nuestra manera de tomarnos las cosas y de responder a lo que nos pasa.

¿Qué quiero transmitirle a mi niña?

¿Qué quiero que recuerde de mí?

¿Quién soy desde los ojos de este niñito?

Muchos de ustedes seguramente dedican buena parte de sus energías a que sus hijos logren un buen rendimiento escolar sobre el entendido de que el futuro de sus niños depende fundamentalmente de la educación académica que reciban. Y hacen el esfuerzo que sea necesario para enviarlos a la mejor escuela que puedan, llevarlos a clases particulares, corregirles los deberes y asegurarse de que estudien. Otros ponen más el acento en ofrecerles a sus hijos una infancia “feliz” en la que abundan los regalos, las diversiones y los permisos para hacer lo que se tiene ganas en ese momento. Otros se preocuparán fundamentalmente de protegerlos y cuidarlos de los peligros manteniéndolos cerca y vigilados. Y todos corren del trabajo a la casa, al club, al pediatra y al ortodoncista, a la casa del amigo y a elegir las sorpresitas para el festejo del cumpleaños. Y entre tantas corridas, muchas veces vamos dejando de lado lo más importante, que no es ni la escuela ni la fiesta de cumpleaños ni tener los dientes derechitos.

Pero recuerden, los padres no estamos en el mundo solo para eso. Y lo que verdaderamente importa no se consigue mandando, sino dando el ejemplo y mostrándoles el camino.

EL PODER DE MADRES Y PADRES

A pesar de que tantas veces nos sentimos el último orejón del tarro de la vida, las madres y los padres somos seres poderosos.

Es enorme la influencia, para bien y para mal, que tenemos en la existencia de los chiquilines. No solo les transmitimos genes, sino también una suerte de burbuja de vida que los rodea y acompaña. Un ecosistema en el que está nuestra familia, nuestros amigos, la música que escuchamos, la comida que comemos, el tono de voz que usamos, las mil manías y costumbres cotidianas de cada uno de nosotros. El niño crece impregnándose de todo ello, absorbiendo la cultura familiar y transformándose en uno más de esa manada que le tocó en suerte.

El sello de los padres perdura en los hijos de muchas maneras, porque —nos guste o no, lo merezcamos o no— tenemos una gran influencia natural en ellos.

Hay una experiencia clásica en psicología experimental que me gusta compartir con padres y docentes para sensibilizarlos con un fenómeno crucial. En esta prueba se pone a gatear a un bebé sobre una mesa que, hacia la mitad del recorrido, simula acabarse. En realidad, la totalidad de la mesa está construida en un potente material transparente, y solo la mitad de ella tiene, adherida por debajo, una pieza de madera. Cuando el niño la recorre gateando, llega a la parte traslúcida y ve el suelo, por lo que cree que no hay sostén. En el otro extremo de la mesa se coloca su mamá, que no le habla al niño, sino que solo se expresa con gestos faciales. ¿Qué sucede? El bebé, que se había largado a gatear, cuando llega a ese aparente borde se detiene e inmediatamente mira a su madre. Instintivamente busca la respuesta en ella. Si ella pone cara de susto, el bebé retrocede. Si, en cambio, ella le sonríe confiada, a pesar del aparente peligro que el bebé percibió, este se aventura a atravesar eso que parecía un abismo. Y lo hace simplemente por la señal de la madre, y por su confianza ciega en ella. ¡Qué poder!

Es absolutamente fantástico que los bebés vengan cargados con ese software que los hace buscar y aceptar con seguridad y alegría la referencia del adulto en quien confían. La naturaleza nos dice muy claramente: “Tú, adulto, sos la referencia del niño. Tú sos el capitán de este barco, el guía en el bosque. Es tuya esa responsabilidad”.

Eso da lugar a esta relación tan asimétrica que se establece entre padres e hijos: el adulto es el poderoso, el que cuida, guía y protege al cachorro. El adulto queda ubicado en un lugar jerárquico por mandato biológico, pero no en una jerarquía de dominio y de poder, sino de amor natural. El amor fluye en ese vínculo: el adulto cuida con amor y el cachorro acepta gozoso la dependencia mientras la necesita. Es cuando se ha sentido cuidado y protegido en las primeras etapas de su vida que aprende a confiar y empieza a despertarse en él el deseo natural de ganar la tan saludable autonomía.

Sí, la naturaleza está de nuestro lado en esto. Nosotros solo debemos respetarla y nutrirla, cumpliendo eficientemente nuestro rol de amorosa jerarquía.

PARA FORTALECER NUESTRA INFLUENCIA

Si, por el motivo que sea, no estamos a la altura del mandato natural de ser la referencia sana que nuestros hijos necesitan, todo se complica. No tener padres que cuidan amorosamente hace todo mucho más difícil.

Es cierto que, en otro ejemplo de generosidad, la naturaleza nos reserva nuevas oportunidades. No son mayoría, es cierto, pero hay muchos seres humanos que han crecido muy fuertes y buenos sin la presencia sana de sus progenitores o con familias francamente disfuncionales. Son las excepciones, pero existen y son ejemplo.

En situaciones más convencionales, donde hay adultos dispuestos a comprometerse en la titánica tarea de criar hijos, nuestro primer consejo es que recibamos con emoción y respeto ese mandato de la naturaleza de ser referentes en la vida de los niños, y honrar ese rol con dedicación, generosidad y sabiduría a cada momento de la vida.

Los adultos somos los capitanes del barco, pero no tenemos una jerarquía de poder, sino de amor.

Ello implica muchas cosas. Una bien importante es ser lo suficientemente sensible como para captar qué es lo que los niños van necesitando. Cuando son tan chiquitos y dependientes que no sobreviven sin nosotros, nuestra tarea es satisfacer absolutamente todas sus necesidades, tanto físicas como emocionales. Necesitarán que los alimentemos, los abriguemos, los abracemos cada vez que lo necesiten, sin miedo a malcriarlos.

No es malcriarlos el hacerlos recuperar el estado de bienestar. En esta etapa “malcriar” es justamente lo contrario: desoír sus necesidades e imponerles las nuestras. No teman tenerlo en los brazos y arrullarlo, si eso es lo que el bebito necesita para recuperar la calma. Ya vendrán otros tiempos en que vamos a tener que enseñarle otras cosas.

Es más adelante, y poco a poco, que vamos a irle enseñando a dormir de noche y estar despierto de día, a comer a la hora de la comida y a poder esperar un poco si se demora en entibiar la mema.

Siguen creciendo y tenemos que seguir avanzando en las lecciones de vida que solo se aprenden por experiencia. Tenemos que estar preparados para los cambios normales, esperables y deseables del desarrollo.

Un momento crítico es cuando dejan de ser esos bebitos complacientes y fáciles que se dejan dar la mema y cambiar los pañales, y empiezan a descubrir que sus deseos no siempre coinciden con los de su mamá o papá, que pueden oponerse y hacer lo que no se les permite. ¡Qué momento! Si esa etapa no nos encuentra bien parados y preparados, se puede empezar a complicar la vida. Si nos sentimos desautorizados o entendemos el desafío como un desajuste, seguro que vamos a reaccionar equivocadamente.

No es con rezongos ni con rigidez ni con abusos de poder que vamos a lograr sortear estos momentos de colisión de intereses. Ese es un mal camino, que nos aleja en lugar de acercarnos.

Es solo a través de la conexión y el vínculo que logremos establecer con ellos que vamos a fortalecer nuestro natural poder de influencia. No hay otra manera.

Si nos quedamos solo con la superficie visible (que puede ser una negativa a abrigarse o una pataleta), reaccionamos a lo menos importante. Si, por el contrario, logramos entender lo que de verdad está pasando (no está tolerando la frustración, o está ejercitando su poder y autonomía), nuestra respuesta va a ser mucho más adecuada, saludable y constructiva.

Cuando nos enojamos, levantamos la voz y nuestra mirada larga flechas de bronca, lo que conseguimos es que el niño “se cierre” como manera de protegerse. Si ustedes lo amedrentan, la prioridad para él o ella va a ser defenderse, salvarse, evitar el daño. Es el peor de los escenarios para aprender cosas buenas o fortalecer el vínculo.

En cambio, cuando en mitad de uno de esos conflictos logramos mirarlo a los ojos, en calma y con empatía para expresar con serenidad y firmeza lo que queremos expresar, vamos a provocar que el niño “se abra”, que entre en “modo receptivo”. Sin sustos ni peleas, sin renunciar a lo que es necesario, pero a través de la conexión mente a mente, persona a persona.

Puede que estemos enojados en ese momento, o desilusionados o heridos; pero nada de eso justifica la descarga masiva y descontrolada de nuestros dolores sobre alguien que recién está aprendiendo a vivir. Con o sin enojo, el objetivo sigue siendo el mismo: enseñar a pensar y a hacer las cosas mejor.

Para fortalecer mi influencia:

Rigidez Rezongos Trabajar la conexión y el vínculo

No debería sorprendernos que funcione mejor la conexión que el enfrentamiento hostil. Nos pasa también a los adultos. ¿O ustedes se enriquecen y avanzan cuando alguien les grita o los amenaza? ¿Por qué entonces seguimos haciéndolo con nuestros niños? Porque lo traemos cargado de antes. Pero esto es una de las tantas cosas que afortunadamente podemos modificar.

Si queremos cumplir dignamente nuestro rol de adulto responsable y guía, cuidemos el tipo de vínculo que establecemos con ellos. Cuidemos específicamente lo que hacemos. No alcanza con quererlos infinitamente; hay que demostrarles, además, otras cosas con hechos: la aceptación, el respeto y la empatía.

Cuando hay un buen vínculo siempre vamos a estar cerca; incluso ellos nos van a buscar en sus recuerdos, aunque no estemos físicamente.

SE VAN A ALEJAR:

si los juzgamos todo el tiempo si solo marcamos los errores, y somos ciegos a lo que hacen bien si los avergonzamos si respondemos con enojo desbordado si confundimos lo que hacen con lo que son

SE VAN A ACERCAR:

si saben que nos importa entenderlos, no juzgarlos si saben que siempre estamos disponibles para ayudarlos en lo que sea necesario si saben que les respetamos su derecho a equivocarse si saben que no corren peligro aunque no hagan lo que queremos si saben que, aunque nos enojemos, no pierden ni nuestro amor ni nuestro respeto

La calidad del vínculo es crucial en esta fórmula, pero no alcanza por sí sola: ellos también necesitan guía y orientación. Necesitan conocer y entender las reglas, generar estrategias para aceptarlas y ajustarse a ellas. Y ahí también tenemos que estar nosotros, mostrando los caminos, enseñando a elegir.

Si lo asusto, se cierra.

Si logro la conexión, se abre y podemos entendernos.

SIN MIEDO A LA AUTORIDAD

Mi padre contaba que cuando él y sus hermanos iban más allá de lo que su padre consideraba adecuado, una sola mirada suya bastaba para detener lo que fuera. ¡Una sola mirada! ¿Se imaginan? Ríos caudalosos de envidia y admiración debe provocar en muchas y muchos que saben de su infructuosa lucha para lograr que sus hijos hagan caso.

Claro que no todo lo que brilla es oro. Una buena pregunta sería: ¿Qué había detrás de aquella mágica mirada? Porque si lo que provocaba era miedo, esa aparente obediencia automática que conseguía no la queremos. No es nada difícil lograr que los niños hagan caso por miedo al castigo, pero el precio que se paga es dolorosamente alto. Nada justifica que se use el miedo para controlar el comportamiento de los niños, jamás.

Prefiero pensar que aquella mirada era mágica porque estaba embebida de un ingrediente noble y valioso: la autoridad.

La familia es un grupo unido por fuertes lazos invisibles, que conforman una microsociedad democrática. Este grupo vivo y cambiante tiene roles, derechos y obligaciones y son los adultos quienes deben ocupar el lugar de jerarquía democrática. Subrayo la palabra democrática porque no estamos pensando en funciones autoritarias, sino en una autoridad que respeta los derechos de todos.

Muchos adultos llegan a ocupar ese rol tan crucial sin ser conscientes de todo lo que implica. Algunos pueden equivocadamente creer que es suficiente con encargarse de que sus hijos tengan las necesidades físicas cubiertas. Y cuando la vida les demuestra que ese no es el camino, se preguntan amargamente: “¿Qué pasó? ¡Si siempre tuvo TODO!”. Y es que no entendieron que el “todo” es mucho más que casa, comida, colegio y diversión. Lo que requieren es presencia y conexión con madres y padres comprometidos, que no necesitan estar veinticuatro horas con ellos físicamente, pero que no abandonan su rol de guía jamás.

La autoridad en la familia no se hereda ni se compra; solo es posible ganarla con el comportamiento de cada día.

En la vida familiar pasan muchas cosas —invisibles y sin ruido— que, sin embargo, son nutrientes indispensables de la fortaleza emocional de los niños. Una de ellas tiene que ver con cómo los padres y las madres ejercen su rol de adulto a cargo.

La autoridad es una cualidad intangible que no se hereda ni se compra: solo es posible ganarla. Y eso se logra solamente a través del vínculo que establezcamos con los hijos y nuestra propia conducta cotidiana. No se consigue ni con gritos atemorizantes, ni con amenazas y ni siquiera con discursos convincentes y teóricamente irreprochables. Solo nuestra actitud, honesta y real, es la que nos va a dotar del valor y del prestigio que necesitamos que nuestros hijos vean en nosotros.

Si equivocadamente basamos nuestra “autoridad” en el poder que tenemos sobre ellos, estamos tomando por una calle cerrada. ¿Durante cuánto tiempo podrán seguir apagándole la computadora, sacándole el celular o mandándolo en penitencia? No mucho. Indefectiblemente llega el momento en que esas malas estrategias claudican y nos quedamos sin libreto.

“¿Qué hago? No puedo con él / ella”, dicen muchos adultos desesperados. Mala cosa. Si los vienen criando a fuerza de órdenes y amenazas, premios y castigos mecánicos, no les templaron adecuadamente a sus hijos la capacidad de pensar por sí mismos y tomar buenas decisiones. Peligro. Hay que cambiar el sistema.

¿Cómo nos ganamos el prestigio necesario en nuestro rol? Cuidando algunos aspectos de nuestro accionar cotidiano: nuestra coherencia al actuar, la incondicionalidad de nuestro amor, nuestro respeto a los derechos de todos, incluido el propio.

Buena parte de la fuerza para hacerlo surge de este real respeto que debemos sentir por nosotros mismos y por el rol que desempeñamos. Recuerden que están siendo modelos —queriéndolo o no— de cómo ser persona adulta y cómo ser “capitán del barco”.

Si los niños comprueban que lo que siempre nos anima es el buscar el bien común de la familia, y hacer lo mejor por los cachorros, si nos ven defender nuestros derechos con convicción y calma, si ven que no tratamos mal a nadie pero tampoco dejamos que lo hagan con nosotros, si ven que sabemos administrar nuestro enojo y nuestros impulsos por voluntad propia, irán impregnándose naturalmente de un estilo humano y asertivo de andar por la vida.

Trabajar por ganarnos un buen lugar de autoridad sana implica también remontar la crisis del concepto de adulto respetable, del adulto con autoridad. Los niños hoy escuchan demasiadas quejas y demasiadas historias de la gente que hace las cosas mal. Tendríamos que esforzarnos por mostrarles también los buenos ejemplos: el mundo está lleno de personas de bien, aunque no salgan en la televisión ni les den premios.

OJO CON EL ENOJO

Si ustedes creen que se puede criar hijos y no enojarse nunca, están muy equivocados. Los niños normales hacen macanas, travesuras, transgreden reglas, cometen errores y son capaces de alterar nuestros más preciados planes. Y como ninguno de nosotros es un monje tibetano profundamente entrenado, seguro que nos vamos a enojar, con razón, miles de veces. Pero eso no es lo malo. El asunto es cómo expresamos el enojo.

En nuestra cultura latina deben existir muy pocos casos de madres o padres que nunca hayan gritado, que nunca hayan mirado a sus hijos echando fuego por los ojos o que no hayan tenido ganas de pegarles. Afortunadamente, gracias a la capacidad humana de razonar y controlar los impulsos, la mayoría no pasamos de eso, de las ganas. Lo terrible acontece cuando el enojo sobreviene a quien no puede o no quiere o no sabe echar mano al freno para evitar pasar a la acción. Es una tremenda tristeza que lamentablemente algunas personas den rienda suelta a sus impulsos y descarguen físicamente en sus hijos su rabia o frustración (por legítima que sea esta). Nunca sale nada bueno de eso. Quizás a la corta consigamos lo que queríamos a través de la palmada o el tirón de pelo, y los juguetes que estaban desparramados por el piso vayan a pasar a ser ordenados entre llantos, angustia y rabia, pero las consecuencias emocionales, aunque no se vean inmediatamente, siempre son nocivas y duraderas.

Estas huellas de lo que se vive con una madre o un padre amenazantes van quedando grabadas en la matriz de pensamientos y sentimientos de ese niño, lo que termina complicándole la vida para siempre. Aunque no nos demos cuenta enseguida o aunque nos engañemos con excusas y negaciones. La evidencia prueba que con violencia podemos efectivamente controlar su comportamiento inmediato, sí, pero no por el camino de volverlos mejores personas, sino seres débiles y vulnerables. No es lo que queremos.

Aristóteles lo dijo mucho antes que nosotros: “Enojarse es fácil. Lo no tan fácil es enojarse con la persona indicada, en la magnitud justa, en el momento oportuno, por el motivo correcto y de una buena manera”.¿Hay una buena manera de enojarse con nuestros hijos, si es que queremos que ellos crezcan como seres responsables, empáticos y éticos?

EL ENOJO CON CALMA

Aceptar el enojo como una emoción legítima (sin culpa ni vergüenza). Expresarlo adecuadamente: comunicándonos honestamente con palabras y gestos, con el objetivo de trabajar por una solución. Sin adjetivos ni etiquetas. Evitar todo tipo de explosión o desborde violento. Ni gritos, ni insultos, ni amenazas, ni golpes. Si no logran controlarse, aléjense y recuperen la calma. Avísenles que luego hablarán del asunto.

Una vez más seremos ejemplo y guía. En esto no hay atajos, no hay manera fácil ni doble clic que lo consiga. Lo que es necesario es ofrecerles un clima familiar y un modelo de acción coherente que se sostenga a lo largo del tiempo. Les vamos a enseñar con nuestro ejemplo vivo que nos podemos enojar, pero que también sabemos expresarlo y transformarlo en algo productivo.

Como siempre que hay algo difícil para aprender, también es necesario que ellos practiquen, que se enfrenten a situaciones que los frustran y enojan y que los ayudemos a resolverlo de la mejor manera. De a poco. Esto no lo consigue un bebé, y el avance se va deslizando naturalmente sobre la maduración y la experiencia.

Aprender a “enojarse bien”: sin desbordes violentos.

Dar el ejemplo. Enseñarles a frustrarse. Saber insistir de manera productiva.

No repriman el enojo, ni el propio ni el de los niños. Es una emoción tan respetable como la alegría o la esperanza. Ayúdenlos a entenderlo y gestionarlo. Está muy bien que aprendan desde siempre que es posible enojarse por cosas que a uno le pasan, porque así es la vida, llena de situaciones inesperadas. Pero que también somos dueños de nosotros mismos.

Veamos un ejemplo frecuente de crianza: una madre o padre que se enoja por algo que hicieron sus hijos y se desborda, grita y amenaza y se genera una situación familiar bien fea. Al rato las aguas se calmaron y la madre o padre se arrepiente en parte de su desborde. Entonces se acerca a sus hijos, a veces se disculpa, pero agrega: “Me hicieron perder la paciencia”, o “Lograron que les pegara”. Uy. Pésimo mensaje. Les estamos diciendo en realidad que es el otro el que domina nuestras emociones y acciones, y seguro que no es eso lo que queremos enseñarles. Lo que queremos que incorporen es que en realidad nadie puede enojar-te. Pueden molestarte, provocarte o invitarte al enojo, pero sos tú quien elige o no enojarse, y sos tú el que elige qué hacer con su enojo. Así que, en lugar de depositarles a ellos la culpa de nuestro desborde, es mucho más sano hacernos cargo de nuestra pasajera debilidad. Subrayo la palabra “pasajera” porque, si esto pasa muy poco, solo prueba que somos humanos imperfectos. Pero si pasa la mayor parte del tiempo, no hay palabras que eviten el daño.

¿Qué hacemos en la práctica, entonces, cuando por milésima vez encontramos la toalla húmeda y la ropa que se sacó tirada en el piso del baño?

No está mal demostrarles enojo. Pero sin violencia. Nuestro tono de voz y el lenguaje gestual van a acompañar a las palabras. Se puede decir firme y claramente en voz alta lo que nos enoja: “Hay que colgar la toalla y poner la ropa en la silla, y lo sabés perfectamente”. No es necesario agregar etiquetas (“desconsiderado”, “irresponsable”, “descuidado”, etcétera) ni amenazas, ni dramas de madre sacrificada. Y enseguida debemos expresar lo que queremos: “Quiero que la cuelgues ya”. En esta actitud tiene que haber firmeza, convicción y autoridad (de la buena, la democrática, la que respeta los derechos de todos). De esta manera, hay enojo también, pero sin abandonar el respeto ni el buen trato.

Más tarde, cuando ya haya pasado un tiempo considerable y estemos en un momento de interacción tranquila, puede ser bueno plantearle: “¿Cómo podemos solucionar el tema de la toalla? ¿Cómo podemos hacer para que te acuerdes?”. Pensar juntos en la solución tiene muchas ventajas: no solo más probablemente lleguemos a donde queremos, sino que además se pone al niño en un lugar activo de quien participa en la búsqueda de soluciones y no solo obedece órdenes, fortaleciendo su autoconcepto, su capacidad de autorregulación y su responsabilidad.

Hay veces en que el enojo es tan grande que nos damos cuenta de que vamos a explotar mal. Peligro. Reconozcamos las señales y respondamos a ellas: lo mejor es alejarse, tomar la distancia posible que nos permita respirar y recuperar un poco la calma antes de intervenir. Incluso podemos decirle: “Hablamos después porque ahora estoy demasiado enojada”. Así le estaremos dando otro muy buen ejemplo de conciencia de uno mismo y autocontrol. ¿Que no es fácil? No, claro que no. Pero tampoco es imposible. Solo requiere voluntad, esfuerzo y práctica. Pero ¿no es eso lo que queremos enseñarle?

Cuando lo que los hace enojar puede cambiarse, ¡cámbienlo! No queden apegados a rutinas o costumbres irritantes que generan tensión. Y cuando no haya posibilidad de ser cambiado, hagan el esfuerzo de cambiar la manera de tomárselo. Imaginemos por ejemplo que vamos manejando y nos quedamos atrapados en un atasco que no nos permite avanzar por largo rato. Una posibilidad es prenderse de la bocina, gritar insultos indiscriminadamente y demostrar que estamos a punto de infartar del estrés. Otra posibilidad es suspirar, decir: “Bueno, veamos cómo hacer de esto algo menos molesto”, y poner música o jugar al “veo veo” con los niños. De las dos maneras el atasco se solucionará al mismo tiempo, pero el ejemplo de cómo reaccionar frente a frustraciones o dificultades es bien diferente. No podré controlar lo que me pasa, pero —¡qué bueno!— puedo controlarme a mí mismo. Otro superpoder que tenemos y a veces olvidamos.

SI SON DOS, FUNCIONEN COMO DOS

La naturaleza ha determinado que seamos dos los seres humanos involucrados en la creación de un hijo. La ciencia se está encargando de hacer trampas a esto, para bien o para mal, pero por ahora lo más frecuente sigue siendo que haya una mamá y un papá, viviendo juntos o separados. También hay niños que tienen dos mamás, dos papás, ninguno, uno solo, cuidadores, abuelos o tíos que se encargan de ellos. La variedad es mucha, y ni la felicidad ni la salud dependen de la forma de la familia, sino de los vínculos que unen a sus integrantes.

Pero cuando madre y padre existen, vale mucho la pena trabajar para que ese equipo funcione aceitadamente. Ambos son importantes. Ambos enseñan en forma diferente y eso es lo que enriquece: el coparentaje activo y comprometido.

Se necesita una buena cuota de mirada al interior de cada uno para lograr coparentar. Hay que estar seguro de uno mismo y del otro, hay que confiar, hay que saber delegar, hay que ser tolerante, hay que asumir los roles que se eligieron.

Afortunadamente venimos desde hace unas décadas caminando hacia una mayor equidad entre los padres y madres y mayor presencia de los hombres en la crianza. Aún es muchísimo lo que falta para llegar a la meta soñada. Aún es demasiado lo que recae en las mujeres, por mandato social y mandato interno; aún son muchos los padres hombres que no se implican como deberían en la crianza, y hay muchos que abandonan a sus hijos física o económicamente una vez que la pareja se separa. Pero, a pesar de todo, estamos mejor que antes. Y queremos avanzar aún más.

QUERIDOS PADRES:

Empiezo por pedirles disculpas. Los que hablamos de crianza y salud mental de los niños los hemos ignorado y subestimado históricamente. Tanto hablar de las madres y de la relación materno-filial nos ha hecho olvidar el otro pilar de la crianza de cualquier niño: ustedes.

¡Qué ocultos quedan muchas veces a los ojos de la cultura imperante! En las buenas y en las malas, no parecen importar: así como poco existen en la literatura sobre la crianza, tampoco nadie piensa en ustedes cuando un bebé aparece tirado en un contenedor o abandonado en el hospital. Todos los palos van para las madres en esos casos, como si el bebé fuera su exclusiva responsabilidad.

Muchos años de trabajo con familias han terminado de convencerme de que la presencia activa y comprometida de un buen padre marca una diferencia impresionante. Ustedes son muy importantes en la vida de sus hijos, y lo son desde el primer momento. Claro que en esas primeras etapas de vida el protagonismo fuerte lo lleva la madre porque ella tiene a su bebé creciendo dentro de su cuerpo, el mismo cuerpo que se abre como una flor (pero doliendo mucho) para dejar salir al bebé, que luego será alimentado por un líquido que mágicamente empieza a manar de sus pechos con los ingredientes perfectos y la temperatura justa. Viendo todo este proceso muy superficialmente podríamos creer que la mujer es autosuficiente en él, que no precisa nada que la naturaleza no haya pensado por ella. Nos equivocaríamos. Cuando una mujer pasa esa etapa verdaderamente acompañada por su pareja, sostenida, amada y cuidada, todo cambia para mejor. Puede parecer que el de ustedes es un rol secundario en esos tiempos, pero no se engañen: tienen un impacto enorme en la salud del bebé y de la familia. Ni que hablar de lo crucial que es la presencia de ustedes después que el bebé nace. Ahí ya salió del cuerpo de la madre y es tan de uno como del otro. Que tanto su madre como su padre se enamoren de su hijo es gloria pura para ese bebé. ¿Qué más puede necesitar que esos do ...