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TUS HIJOS, LOS LíMITES Y EL BIENESTAR

Natalia Trenchi  

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Fragmento

INTRODUCCIÓN
Y ADVERTENCIAS

No pretendo venderles espejitos de colores. No encontrarán acá ni fórmulas mágicas ni links a aplicaciones milagrosas. Todo lo que tengo para ofrecerles da trabajo: a nivel del pensamiento, de las emociones y el hacer. Pero si están leyendo este libro es porque tienen hijos, sobrinos, nietos o alumnos que les importan mucho y todos los días enfrentan los consiguientes dilemas de este mundo complejo, potencialmente maravilloso, pero que también nos sopapea feo. Por eso, sé que no se van a asustar del esfuerzo.

Mi intención es darles pistas que los ayuden a entender y, por consiguiente, a poder tomar las decisiones que les parezcan mejor a ustedes. Quiero ayudarlos a trabajar mejor por lo que desean para sus pequeños. Sueño con que puedan responderse con más convencimiento algunas de esas preguntas que a todos nos asaltan cuando criamos niños con responsabilidad: ¿Me pongo firme o aflojo? Si se la dejo pasar, ¿perdí la autoridad? Si lo frustro, ¿me va a odiar?…

Ustedes saben lo importante que es criar niños y la enorme responsabilidad de erigirlos felices, fuertes y buenos. Por eso es que vamos a hablar de lo que necesitan los cachorros humanos para crecer plenamente en salud y bienestar, pero también de lo que necesitan los adultos que se ocupan de criarlos. Unos y otros tienen necesidades que hay que contemplar y articular, y para eso abordaremos maneras de poner límites que fortalezcan a todos y hagan de la familia el lugar al que siempre queremos volver.

La primera constatación es que poner límites hoy encierra otros desafíos bien distintos a aquellos a los que nos enfrentábamos incluso apenas diez años atrás. Iremos viendo caminos para adaptarnos.

Pero lo que más me interesa es trabajar el para qué de los límites en la crianza y su verdadero significado, y desde ya les adelanto que no es para que se porten bien, sino para un fin mucho más rico y profundo: los niños necesitan de esos límites para crecer bien regados y sentirse en armonía consigo mismos.

Finalmente, pretendo que este se libro enfoque en ustedes, los padres y adultos en general, para que puedan hacer su propio discernimiento personal, en cuanto a que educamos (delimitamos, guiamos) con el ejemplo; por eso es una necesaria invitación a alcanzar ustedes también ese bienestar que, como ellos, merecen.

Recorrer los años de vida compartidos con los hijos es la experiencia más gloriosa y más crucial. Hagamos todo lo posible para que sea una etapa memorable y nutritiva para el adentro de todos, fortalecedora de esos lazos invisibles que duran para siempre.

No quiero darles la idea falsa de que si hacen todo bien no tendrán problemas. Lamentablemente la vida es muy complicada y hay muchos casos en los cuales otras variables además de la crianza (genes, situaciones de vida y vaya uno a saber cuántas cosas más) influyen para que cada uno termine siendo quien es. Hay personas naturalmente fuertes y otras naturalmente más vulnerables. Pero todos merecemos la oportunidad de crecer en un entorno que nos convoque a ser nuestra mejor versión. De eso se trata.

Hoy no les podemos prometer a nuestros hijos muchas certezas ni estabilidades.

Vivimos en un mundo loco que se mueve a una velocidad a la que no estábamos acostumbrados. Pero sí es nuestro deber prometerles que vamos a hacer lo mejor que podamos para lograr lo mejor de ellos y, por ende, mejorar la sociedad en la que todos vivimos.

Ustedes saben por experiencia que criar hijos cuesta esfuerzo, generosidad y capacidad para postergarse. Tratar de hacerlo de la mejor manera, articulándolo con el trabajo, las obligaciones y la vida personal requiere de malabarismos y magias varias. El objetivo no es lograr una familia perfecta ficticia donde nunca pasa nada, sino mantener y fortalecer el bien-estar de cada uno de la familia. Ese tiene que ser nuestro objetivo cotidiano sostenido contra vientos y mareas: el bienestar, que poco tiene que ver con el concepto de felicidad como un estado de excitación ruidosa, sino con algo que nace de bien adentro y que nos hace sentir bien con nosotros mismos en nuestro lugar y nuestra piel.

Así que en este libro no voy a darles abracadabras infalibles, sino información, fruto de la lectura ávida de las montañas de investigaciones que afortunadamente estamos teniendo en neurociencias y salud mental, reflexiones y conclusiones de tantos años de experiencia atendiendo niños y familias, viéndolos crecer, desarrollarse y tejer su vida.

La intención es la misma que en todos mis libros, mis charlas, mis encuentros con ustedes: ayudarlos a entender lo que pasa, a conectarse con los hijos y hacer de esta aventura familiar una celebración de la vida.

NATALIA

Nota: Cada vez que escribimos o hablamos, nos topamos con la diversidad que nos ofrece nuestra lengua en cuanto al uso de femeninos y masculinos. Soy visceral defensora del lugar de la mujer en el mundo desde siempre y detesto que se nos invisibilice con el uso genérico del masculino. ¡Pero qué incómodo es tener que mencionar “madres y padres”, “hijo o hija”, “niño o niña” en cada frase! Así que en este libro van a encontrar que a veces los menciono a ambos, a veces uso el masculino, a veces el femenino… En fin, tanta palabrería para decir que les hablo a todos, madres y padres, mujeres y hombres, porque todos somos igualmente importantes.

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¿QUIÉN “MANDA” EN CASA?

LOS NIÑOS NO SON
MÁQUINAS DE OBEDECER

Los padres no estamos en el mundo solo para que nuestros hijos lleguen en hora a la clase de canto, ni tampoco únicamente para que obedezcan. Estamos para ayudarlos a construirse a sí mismos plenamente, para que se transformen en personas integrales e íntegras, siendo ellos mismos. Nuestro objetivo es que consigan ser la mejor versión de cada uno. Y para eso necesitamos tiempo de conexión, vida compartida, vibraciones emocionales conjuntas. Nada de eso se consigue corriendo ni dando órdenes.

Por eso, ¡qué pregunta la del título! Seguramente la que termina “mandando” finalmente es la vida, que nos va planteando el juego. Nosotros después decidimos qué hacer con esa realidad que siempre es diferente a la que soñamos y planeamos. Y ahí es que, como dijo el poeta, vamos haciendo camino al andar.

Con esta interrogante intento provocarlos en un tema que suele preocupar a muchos adultos y también a los niños. Seguramente escucharon esta frase dirigida de un pequeño a un adulto: “Vos no me mandás porque no sos mi padre ni mi madre”, que refleja claramente cuál es el rol que nuestros hijos creen que tenemos. Seguro que fuimos nosotros quienes les hicimos pensar que somos los que mandamos. No me gusta nada esa idea. Preferiría que dijeran: “No me eduques, que para eso tengo padres”. Pero mandar… es un verbo que implica una orden y una respuesta obediente. No es lo que quiero para la crianza de seres plenos y pensantes.

Los padres no tenemos que “mandar”, sino educar.

Me gusta pensar que en una familia, además de protección, cuidado, amor y alegría, también hay cierto orden y roles claros. No dudo que somos los adultos los que tenemos la experiencia, la madurez y la sabiduría para ser los directores de orquesta en este grupo siempre diverso, vivo y dinámico que es la familia. Pero no es mandando que se consigue educar a los hijos. Si lo que queremos es aportar para que se construyan como personas fuertes y buenas, lo que tenemos que hacer es enseñarles a pensar, fortalecer su autorregulación y su pensamiento ético. Esa es nuestra responsabilidad, y afortunadamente también nuestro deseo. ¿A qué más podemos aspirar que a ser quienes guíen a nuestros hijos en la construcción de sí mismos?

YO, EL ADULTO

Estoy convencida de que uno en la vida hace lo que puede. Cada uno de nosotros carga una mochila que a veces le facilita la marcha y otras veces se la complica. Por suerte, si es necesario, esa mochila es modificable y podemos alivianarla cuando encontramos la manera.

Pero para tener hijos no alcanza con ordenarse uno los petates. Necesitamos a otro. Y ahí, a la nuestra, se suma otra mochila igual de importante, compleja y dinámica, ambas cargadas con nuestras experiencias de vida. Articular pasados, cultura e historia de cada uno implica trabajo y paciencia. Esa es la base que sostendrá (o no) a la nueva familia en ciernes.

“Cada casa es un mundo”, dice una frase popular, y es absolutamente cierto. Cuando dos personas se unen, lo hacen dos culturas y dos mundos internos que vienen de la historia de cada uno. Si bien es poderoso, el legado familiar no es inmodificable.

Por suerte, las personas tenemos la chance de no ser fotocopias de nuestros padres ni rehenes de nuestro pasado. Adhiero con entusiasmo al decir de Jean Paul Sartre: “Lo importante no es lo que han hecho de nosotros, sino lo que hacemos con lo que han hecho de nosotros”. No se crean eso de “si el padre fue violento, el hijo va a ser violento”, como si fuera una máxima inevitable. No lo es gracias a que uno es capaz de cambiar y aprender. Así que defiendan el derecho a escribir su propio guion para la vida. No se dejen dominar por lo que otros esperan de ustedes. Elíjanse. Sean lo que quieren ser. Esto es lo que nos va a dar el tan ansiado estado de bienestar. Ese estado

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