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TRANSFORMAR LA PAREJA

Roxana Gaudio  

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Fragmento

INTRODUCCIÓN

La idea de escribir sobre las vivencias llenas de sentido que comparto a diario en la clínica me ha motivado desde siempre. El espacio de encuentro que se da con esa persona que —sufriendo, preocupada o detenida por una fuerza extraña disfrazada de temor— consulta, genera un momento de preciado descubrimiento que intento atesorar. El formato de la terapia es la excusa, lo importante es esa instancia de conexión que se construye en el vínculo.

El sufrimiento trae consigo inquietudes, aprendizajes, desafíos y preocupaciones que en alguna medida vivimos todos y son parte importante de lo que me impulsó a escribir.

Me preocupa el modo en el que nos vinculamos en general, y específicamente en la pareja. Los dolores que se viven desde la más profunda soledad. Los ruidos del afuera, que impiden que nos encontremos de un modo auténtico. La necesidad de controlarlo todo y “digitar” las relaciones. El afán de construir el envase que gusta, que es exitoso y requerido por un mundo más preocupado por parecer que por ser.

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Es natural que las personas trabajemos por querernos, priorizarnos y estar bien cada uno consigo mismo primero, para poder ayudar, compartir, disfrutar, acompañar o apoyar al otro.

No obstante, los extremos suelen ser malos, y muchas veces esa necesidad de estar bien se exacerba hasta transformarse en una apuesta que no incluye a quien tenemos cerca. Cuando pasa a ese nivel, tiene bastante más que ver con el afán por mostrar y demostrar que estoy bien yo, que hago lo que quiero —independientemente de lo que eso genere en el otro— casi a cualquier costo.

Esta realidad parecería no traer consigo la finalidad de la dimensión vincular, comunitaria, familiar, sino una egoísta autopercepción que atenta contra valores que nos hacen humanos, como la solidaridad, el respeto, la fidelidad, la empatía, el compromiso con el bienestar del otro; en definitiva, el amor. Cuando esto sucede, el dolor se hace carne y los vínculos se descuidan muchas veces sin consciencia.

¿Estamos juntos cuando estamos juntos? El paradójico sentimiento de desamparo que genera el estar en pareja, pero viviendo la soledad más profunda, toca continuamente a la puerta de mi consultorio y es otro factor importante que me ha motivado a escribir.

El vínculo afectivo es el que mayoritariamente intentaremos trabajar en este libro. Nos centraremos en el gran grupo de parejas que día a día presentan diferencias que en su mayoría pueden ser negociables, con mayor o menor consciencia de ello, cuando todavía se está a tiempo de recomponer una relación.

Precisamente, cuándo las parejas están “a tiempo” es una inquietud que intentaré ir dilucidando.

Desde ya les adelanto que para poder dar ese paso es necesario tener la capacidad de hacer una pausa y mirarnos. Una tarea que no es fácil, porque nos cuesta estar en el aquí y en el ahora. Vivimos apurados, distraídos. Damos por descontado que nuestros afectos son y están porque sí, y nos sorprendemos cuando algo nos recuerda por un instante que los vínculos no operan de ese modo.

El libro se gesta en la experiencia de trabajo en clínica durante veinte años. En los últimos diez, trabajando en equipo con mis compañeros y amigos del Celae (Centro de Logoterapia y Análisis Existencial), un grupo de profesionales profundamente humanos liderado por Marcela Arocena y Alejandro De Barbieri. En lo personal, en los últimos años he trabajado con mayor énfasis en las parejas, siendo desde ese espacio que surgen los cuestionamientos, aprendizajes y reflexiones que compartiremos.

En la experiencia recogida puedo afirmar que en muchas oportunidades las parejas, o un miembro de ellas, llegan a la consulta cuando los vínculos se han dañado de tal forma que el repararlos se hace muy difícil, a riesgo de generar un perjuicio mayor.

Los motivos de esas rupturas, en un número importante de los casos, no tienen que ver con grandes conflictos o heridas “insalvables”, sino que encuentran su anclaje en la sucesión de micropeleas o decepciones que generan distancia, y van dañando ese preciado espacio de la relación donde se expresa el dolor y el amor en forma lenta, gradual, casi que en cuentagotas. Ese desgaste termina malogrando un lazo que creíamos indestructible.

El proceso de “desenamoramiento”, cuando se evidencia y hace presente con dolor, expresa el distanciamiento. El vacío en el vínculo que, al darse lentamente, suele pasar desapercibido para la gran mayoría de nosotros, genera un enorme sufrimiento al tomar contacto con lo que de hecho sucedió, y cómo se instaló.

Intercalaré a lo largo del libro historias verdaderas de parejas que acompañé, porque me importa que el lector pueda sentirse identificado con casos reales, o verse reflejado en alguna faceta de estas peripecias simples, llanas, comunes, terrenales, pero profundas a la vez.

Intentaremos conectar —mediante viñetas clínicas o relatos puntuales de historias de vida— con el sufrimiento que genera el constatar que la felicidad o la tranquilidad que creíamos haber alcanzado se cuela como agua entre los dedos, lo que siento como un ejercicio sanador, que nos despierta y enfrenta a decidir y tomar acción en lo que realmente nos importa. Visualizaremos la pareja como un delicado y apreciado enlace que para mantenerse vivo depende en gran medida de lo que hagamos y de cómo lo hagamos.

El libro se estructura en los primeros capítulos con el análisis de los vínculos en general, recorriendo la importancia del cuidado de estos, para luego profundizar en el de las parejas en particular, acompañado de ejemplos y ejercicios prácticos.

El modo de relacionarnos está en crisis. Vivimos corriendo, preocupados, tan apurados por llegar al final y por cumplir objetivos que a veces perdemos de vista el día a día, lo chiquito. Perdemos nuestros nexos, la contención, lo importante que va transcurriendo aunque no lo veamos, en un proceso que en ocasiones nos conduce a una convivencia resignada y en otras a una separación, que parece sorprender como un enemigo oculto.

Considero que hacer foco en los vínculos es vital para recomponernos, porque somos en esencia seres vinculares. Con los vínculos sana nuestra alma; con lo que esa otra persona me nutre y “presta de sí”, y a quien yo respondo y correspondo con todo lo que tenga y pueda dar.

Creo inminente el desafío de procurar potenciar valores que nos hagan más humanos y nutran el alma. El respeto por las ideas y diferencias, la solidaridad, la confianza, el cuidado de la dignidad, aspectos todos esenciales para la vida y conformación de relaciones sanas.

El vínculo de pareja en particular nos expone por excelencia a una relación —al menos en nuestra cultura— que implica postergaciones, entrega, flexibilidad, paciencia, respeto, solidaridad, humildad; valores inherentes al ser humano, y en crisis actualmente.

Por otra parte, una pareja es en muchas ocasiones la unidad base de la conformación de una familia, independientemente de sus características o particularidades. En este sentido, es importante tener presente que esa relación de pareja sentará las bases y el modo de “ser familia” de un grupo de personas. Mirándolo desde esta perspectiva, me parece vital replantearnos, o al menos revisar, el modo en el que nos vinculamos y la incidencia de ello en los lazos que creamos con nuestro entorno y en particular con las personas que más queremos.

Este libro aspira a ser una invitación a cuestionarnos cómo vivir nuestros vínculos, y específicamente el de pareja, en términos de dignidad, humildad y protagonismo. A no quedarnos paralizados. A pelear con todas nuestras fuerzas por hacer de nuestra vida la mejor que podamos vivir, y que nuestra relación sea un reflejo de ello.

Desde luego, no hay una pareja igual a la otra. No hay respuestas absolutas ni recetas mágicas.

Cada quien hace lo mejor que puede, y lo cierto es que todos deseamos estar bien, o lo mejor posible.

Espero que la lectura de este libro sea esperanzadora para sus vidas, para poder pensarse y sentirse desde otros lugares y aspectos. Que contribuya a recuperar la elección real de compartir su vida con alguien, a su manera, pero por encima de todo cuidando el vínculo, que es el suelo sobre el que se asienta una relación con sentido.

Roxana Gaudio Piñeyro

1. EL FOCO EN LOS VÍNCULOS

Los vínculos pueden ser sanos o patológicos de acuerdo a la forma que adopten. Es importante identificar cómo se forman y sostienen, para poder hacer el ejercicio consciente de acercarnos y operar en ellos de un modo saludable.

“Un vínculo (del latín vincŭlum) es una unión, relación o atadura de una persona o cosa con otra. Por lo tanto, dos personas u objetos vinculados están unidos, encadenados, emparentados o atados, ya sea de forma física o simbólica.”2

Busqué muchas definiciones y me quedé con esta porque —si bien no proviene de la academia— creo que contiene muchas acepciones que pueden ser interpretadas de distintos modos, así como los vínculos en sí mismos pueden adoptar muchos significados, formas y emociones, dependiendo de las personas que ejercen su libertad de relacionarse de diversas maneras.

Otro aspecto de la definición que me pareció interesante es que incorpora desde el vamos el elemento de la subjetividad. Sin dudas, el estar emparentado con alguien, unido, encadenado o atado alude a los sentimientos que esa situación genera.

Ese vínculo puede ser sano o patológico, dependiendo de la forma que adopte, en función de las características de personalidad de quienes componen esa relación, las actitudes, acciones y elecciones que conforman un “modo de ser” de ese relacionamiento.

Puede configurarse en una red de resguardo, contención, amor, solidaridad y reciprocidad, donde quienes forman parte de esa relación sean protagonistas; o puede constituirse en una prisión en la que habitan rehenes que no encuentran la forma de liberarse, con o sin consciencia de ello.

Me centro en la parte de la definición que habla de “relación de una persona o cosa con otra”, y desde ese lugar intentaré dar una mirada sobre los vínculos.

También la relación que las personas mantenemos con los objetos puede ser sana o patológica (dinero, sustancias, comida, consumo en general…) dependiendo de varios factores que condicionan la interacción con el afuera.

Estos condicionamientos estarán dados por una multiplicidad de aspectos, entre los que inciden la estructura de personalidad, el entorno, la salud de los vínculos cercanos, la genética, los recursos protectores, las vulnerabilidades preexistentes.

La base de condicionamientos de la cual se parte incide directamente en lo que podría ser el desarrollo de un terreno fértil para un comportamiento adictivo. Si bien esto puede darse a lo largo de toda la vida, es de relevancia tenerlo especialmente presente en la adolescencia. En esta etapa el cerebro es particularmente vulnerable a las adicciones. Se ha constatado que ciertas regiones que controlan los impulsos no están completamente formadas aún. A esto se suma la enorme diversidad de opciones que tienen los adolescentes para escoger, en lo relativo a las sustancias, formación académica, tipo de relaciones, tecnologías, entre otras cosas. Esta gran variedad de ofertas se presentan en una etapa de la vida en que aún no están maduros para elegir responsablemente frente a algunas situaciones, siendo conscientes de los riesgos que representan; y ello porque están construyendo su identidad y descubriéndose en un rol adulto. A más vulnerabilidades, mayor riesgo de consumo y desarrollo de comportamientos adictivos.

No obstante esto, la actitud que las personas tomemos frente a las dificultades cuando se nos presentan, y la consciencia que tengamos de los potenciales costos y beneficios a los que nos enfrentamos, serán determinantes en la construcción de un vínculo saludable o enfermo.

Profundicemos ahora en las relaciones que las personas establecemos con otras personas y los “códigos de funcionamiento” que hacen que esos vínculos sean sanos o patológicos.

Cuando hablamos del modo de vincularnos con otros, siempre hay un porcentaje que es propio. Siempre una parte depende de uno mismo. Estar conscientes de esta realidad genera una enorme libertad, así como también la responsabilidad de asumir nuestra cuota y salirnos del lugar de víctima.

Cuando hablamos del modo de vincularnos con otros, siempre hay un porcentaje que es propio, que depende de uno mismo.

Somos quienes somos por nuestra genética, el ambiente en el que crecimos, los modelos que tuvimos cerca, las cosas que nos tocaron vivir, y sin duda nuestra capacidad de sobreponernos a las dificultades y potenciar nuestras fortalezas.

Dado nuestro protagonismo en los vínculos —por el cual naturalmente asumimos desde quiénes somos y cómo nos vemos—, considero importante hacer algunas referencias al concepto de autoestima, vital a la hora de relacionarnos, de cuidarnos y cuidar al otro, desde un lugar de dignidad y equidad.

Para mí es ilustrativo visualizar la autoestima como un círculo dinámico que se construye en nosotros, en retroalimentación con nuestro entorno en los primeros años de vida. En esa etapa, el rol protagónico es de las personas que tenemos cerca y conforman nuestros primeros modelajes.

Esta dinámica genera una forma de querernos y valorarnos, de tratarnos y tratar a otros. Cuando somos pequeños no depende de nosotros solamente, sino que está en manos de quienes tenemos cerca: nuestros padres, familiares y referentes cercanos. Esta realidad nos trasciende, ya que estamos sujetos al modo en el que los otros nos quieran y nos enseñen a querernos y valorarnos, desde las fortalezas y debilidades que ellos posean, y que vean en nosotros.

En la enorme mayoría de los casos los padres siempre intentan hacer lo mejor que pueden, solo que no todo vale en nombre del amor, y a veces con el mayor cariño del mundo se provocan, sin quererlo, heridas profundas que luego podrán ser reparadas en la medida en que se hagan visibles y se trabaje para ello.

Claro que no todo depende de quienes tenemos cerca cuando somos pequeños. Obviamente también está la genética y la estructura de personalidad que ese niño tiene y que lo hará único e irrepetible, más allá de que crezca en una familia con determinadas características.

La buena noticia es que la autoestima es una construcción dinámica que está en permanente intercambio con el afuera y que se nutre también con la mirada del otro. Se alimenta día a día con los desafíos que nos propongamos, los logros que alcancemos y la capacidad que desarrollemos para incorporar el error y la frustración como parte de un desarrollo y crecimiento natural, que nos hace fuertes y humanos.

A medida que crecemos, las personas vamos —o sería deseable y sano que fuéramos— asumiendo cada vez más protagonismo, de la mano de la libertad y responsabilidad en nuestra vida.

Si no logramos hacerlo, nuestra estructura será frágil y los vínculos que generemos tendrán esa impronta. Estarán signados más por la necesidad de contar con la aprobación del otro que por el deseo genuino y libre de vincularnos desde lo que somos y tenemos para dar y recibir en el encuentro con otros.

Con una autoestima frágil, generaremos vínculos frágiles.

La elección y construcción de vínculos sanos tendrán mucho que ver en el fortalecimiento de esa mirada de uno mismo, con autocrítica y aceptación. Con reconocimiento de nuestras potencialidades y también de nuestras debilidades, promoviendo dignidad y respeto tanto para con uno mismo como para con el entorno.

La construcción del entramado vincular sólido y sano resulta medular en nuestra conformación. Somos seres en construcción.

2- Definición de “vínculo” en Definición.de [en línea]. Word Press. Disponible en: ‹https://definicion.de/vinculo/›.

Victoria y su dificultad para relacionarse con su vida y con los hombres

La conocí una tarde de julio. Victoria tenía 29 años, pero aparentaba alguno menos. Alta, castaña y muy bonita. Seductora al encuentro, muy graciosa y entretenida en la charla. Sin embargo, cuando empecé con algunas preguntas a profundizar en parte de su relato, este comenzó a parecerse más al de otra persona que al de su propia vida, lo cual encendió una primera señal de alarma.

Victoria era la mayor de tres hermanas. Tenía una relación bastante competitiva con su madre, y un papá biológico prácticamente ausente, a quien desde muy pequeña veía con suerte una vez al año en su cumpleaños.

Si bien el padre de sus hermanas se convirtió también en uno para Victoria, el sentimiento de abandono invadió sus ojos cuando mencionó a su progenitor. Fue impactante ver cómo esa chica que se llevaba el mundo por delante quedaba sumida en una profunda angustia cuando hablaba de sus afectos más profundos.

La dejé que me contara, y cuando sostuvimos un tiempo de respetuoso silencio pregunté:

—¿Qué hay de vos, Victoria? ¿Trabajás? ¿Estás en pareja?

Con una sonrisa nerviosa dijo:

—Ya me habían contado que sos directa y que vas al grano.

—¿Te incomoda? —pregunté en tono cálido.

—No, no, para nada —respondió sonriendo otra vez—, ya vine preparada.

Hizo una pausa, y con la mirada fija en el suelo respondió:

—Mirá, la verdad es que nada de mi vida me conforma, soy un desastre, por momentos no le encuentro sentido a nada.

Empezó a llorar. Su llanto era desgarrador.

—Tranquila, vamos despacio —le dije.

—Hago las cosas mal todo el tiempo, y lo peor es que a veces me doy cuenta e igual las hago mal. La carrera debí haberla terminado hace más de cinco años y sigo dando vueltas. Trabajo en un estudio contable. Gano bien, pero no es lo que me gusta. Me siento una burra, hay algo más fuerte que yo, no avanzo. Mis amigas, la mayoría, ya están recibidas, y yo no lo logro nunca, y me aburro de las excusas que invento. Con las parejas me pasa lo mismo. Estoy llegando a los 30. No tengo nada.

—¿Cómo que no tenés nada? Me contaste que tenés una familia, claro que no es perfecta, como todas las familias —dije sonriendo, intentando quitarle tensión al momento—. Tenés amigas, sos independiente económicamente. ¿Te parece que no tenés nada? ¿O sentís que no tenés nada? Porque no es lo mismo.

—Sí, está bien. Tenés razón, es lo que siento. ¿Sabes qué pasa? Yo me imaginaba a esta edad en pareja, recibida; y después de los treinta y pocos, con un hijo, o al menos intentándolo. Y todo es tan distinto de lo que imaginé. No logré nada de lo que me había propuesto y eso me angustia mucho. Veo todo muy lejano, o directamente no lo veo. No entiendo cómo pude haberme distanciado tanto de lo que quería.

Me contó de las parejas o, mejor dicho, de los encuentros que había tenido. Uno tras otro, casi que sin tregua, como quien tira tiros por todos lados esperando casualmente dar en el blanco. Todo lo narraba muy divertido. Era como si se transformara y empezara a montar una escena. Como si fuera una enamorada del amor jugando a una seductora fatal. Con su histrionismo relataba cada una de sus aventuras. No me sorprendía lo que me contaba. La imaginaba entrando a un lugar y captando todas las miradas, despertando seducción y pasión. El problema estaba en lo que ella esperaba que sucediera, y en el modo en que procuraba que sucediera.

Su discurso era desenfadado y atrevido, pero su angustia era profundamente existencial y desgarradora. Su modo de afrontar las situaciones era descuidado e irresponsable. No usaba protección en sus relaciones sexuales y se exponía a vínculos que “la dominaran”, en los cuales se atrapaba afectivamente, sufriendo importantes decepciones, o volcándose al otro extremo, donde creía tener el control absoluto por sentirse deseada, bien tratada, pero distanciada afectivamente. Estos casos no resultaban atractivos para ella, simplemente se convertían en un entretenimiento que buscaba para no estar sola, y terminaba rompiendo las relaciones de un modo casi que despiadado.

Deseaba que la quisieran “de verdad”. No solo acostarse porque sí, por un mero deseo físico, o por satisfacer una necesidad primitiva de “estima prestada”. No estaría ni bien ni mal que lo físico fuera el motivo de encuentro con el otro; el tema es que si fuera satisfactorio para Victoria no habría conflicto y seguramente no estaría cuestionándolo. El conflicto se genera cuando uno se enfrenta a una relación en un sentido, esperando que suceda algo en el sentido casi contrario.

La percibí muy angustiada, y sentí que era importante aliviar ese primer encuentro. Le hablé de las modalidades de trabajo de algunas de las corrientes de psicología, haciendo hincapié en la logoterapia. Le conté de Viktor Frankl,3 de su historia de vida, de que fue el creador de esta corriente terapéutica, y de lo asombroso de que alguien, habiendo estado preso en un campo de concentración, hablara de libertad, responsabilidad y de la importancia de la actitud que tomemos frente a lo que nos pasa, lo cual nos transforma ni más ni menos que en protagonistas, y también genera libertad.

Le expliqué que si bien íbamos a hablar de lo que había sucedido en su vida, de su historia, porque eso también hace a la persona que es, el trabajo fuerte que emprenderíamos juntas tendría bastante más que ver con su presente y la construcción de su proyecto de vida, que es lo que daría sentido a esta.

Los porqués son importantes, le dije, pero no necesariamente saber el porqué de lo que nos pasa, o de cómo somos, alivia el dolor o la angustia que sentimos. Le propuse cuestionarnos constantemente el para qué y el cómo hacer para acercarnos a lo que era realmente importante para su vida.

Los porqués son importantes, pero no siempre alivian el dolor; el desafío es centrarse en el para qué y en el cómo hacer.

Aproveché el momento para contarle que muchos años atrás un paciente me había dicho que yo me parecía bastante a un entrenador de fútbol porque hablaba de “nosotros” todo el tiempo. Ella bromeó:

—Entiendo. Cuando me digas: “Victoria, hicimos cagada el fin de semana, ¿por qué nos acostamos con ese tipo?”, vas a hablar de mí, pero yo no me voy a sentir tan sola porque lo estoy compartiendo contigo, aunque en realidad ¡la que se acostó haya sido yo!

Me reí con ella.

—Algo así, Victoria. Vamos a ser un equipo. La idea es que podamos ir acercándonos juntas a lo que sea sano para vos, y que podamos hacer cosas distintas, para que vos vayas sintiendo alivio. La risa es una defensa para ti. El humor va a ser un aliado para trabajar algunas cosas que de no hacerlo de ese modo podrían ser muy difíciles de abordar, pero puede convertirse en una dolorosa trampa que enquiste lo que es necesario trabajar y cambiar. Sos muy joven. Estás muy angustiada. De verdad que siempre hay una salida. Aunque por momentos cueste verla, siempre la hay. Vamos a tener momentos incómodos, porque cuando uno intenta cambiar cosas se siente incómodo. Todos seguimos un principio de inercia y actuamos “de memoria”, como estamos acostumbrados a hacerlo, porque es lo fácil y práctico, pero no necesariamente es lo sano. A las personas nos deja tranquilas sentir que hacemos todo lo posible para estar bien, y a eso es a lo que intentaremos acercarnos, a que vos sientas tranquilidad y paz.

La mirada sobre uno mismo

Compartiré algunas reflexiones sobre el camino que recorrimos con Victoria, donde fue de medular importancia el vínculo que tejimos juntas. Un vínculo de confianza, de respeto y de profundo compromiso. Una relación donde yo le proponía mirar algunas cosas desde otro lugar, pensar en otras alternativas, confrontándola con sus miedos y “autosentencias” más dolorosas.

Ella, por su parte, se iba animando a confiar en la ilusión de que un futuro distinto era posible y que en gran parte dependía de ella. Que no era algo imposible de realizar, porque no estaba sola en el camino y porque tenía una cantidad de potencialidades a iluminar y otras muchas herramientas para aprender e incorporar a su vida, y que bien valía la pena el esfuerzo por sentirse bien consigo misma.

¿Cómo recorrimos el camino? Con Victoria nos vimos cerca de un año. No fue fácil el proceso. Ella estaba tentada todo el tiempo a poner piloto automático. Aterrada de intentarlo de verdad. Confiaba muy poco en sí misma, y no lograba quererse lo suficiente como para dejarse querer por el otro de un modo sano.

Comenzamos con aspectos que tenían que ver con su ser interno y decisiones que básicamente dependían de ella. Empezamos por el estudio, agendando semana a semana qué hacer y cuestionándonos el motivo de hacerlo. Había una clara necesidad en Victoria de recibirse, aunque su pereza y miedo de no lograrlo eran fuertemente limitantes.

Lo que estaba en mi mente era intentar ayudarla a construir pequeños objetivos que fueran medibles, cuantificables y realizables, y que de su logro pudiéramos de a poquito ir fortaleciéndonos. No es que ella tuviera una marcada vocación y disfrutara mucho de lo que hacía, eso estaba a la vista. Lo que sí tenía era una necesidad de sentirse autónoma, independiente, valorada y orgullosa de sí misma, y visualizaba el estudio como un vehículo para acercarse a ello. Por este motivo acordamos que recibirse era un proyecto que tenía sentido para ella.

Sin embargo, su objetivo a priori no podía ser terminar la carrera, porque visualizarlo así era frustrante para Victoria, además de inabordable. El planteo semana a semana nos permitía minimizar la percepción de riesgo e instaurar las acciones correctivas necesarias como para que ella pudiera sostenerlo, aceptando la frustración de que hay semanas mejores que otras, pero que eso no ponía en tela de juicio el proyecto mayor a alcanzar y la decisión tomada al respecto.

Luego sumamos el deporte, lo que no fue fácil porque se le hacía muy cuesta arriba. Cada cosa que intentábamos incorporar lo hacíamos desde el proceso de comprender la importancia de implementar ese cambio y las dificultades que ese cambio traería consigo. El deporte era un desafío en sí mismo, porque su práctica se constituye en un antidepresivo natural, junto con la risa y la vivencia de disfrute.

Cuando hacemos ejercicio físico, al igual que cuando nos reímos, generamos endorfinas y fortalecemos nuestro sistema inmunológico. Para mí era vital el objetivo de sumar el deporte a su rutina, una vez a la semana, dos, las que pudiéramos, lo que también implicaba para Victoria un contacto distinto y sano con su cuerpo.

Es que ella se sentía triste, falta de energía, y era importante que nos adelantáramos al cansancio que supondría el trabajo de actuar de un modo distinto, como yo le propondría sistemáticamente. Para eso, necesitábamos que ella se sintiera física y anímicamente mejor, más vivaz, y que fuera encontrando puntos de gratificación consigo misma que se constituyeran en combustible para avanzar.

El ser conscientes de que logramos algo que nos hace bien y lo sostenemos en el tiempo genera un sentimiento de orgullo y, naturalmente, nuestra autoestima crece.

Ese fortalecimiento hace, entre otras cosas, que podamos decir que no a algunas situaciones que decíamos que sí por quedar bien, o por no animarnos a asumir el conflicto natural que supone confrontar con el otro y no traicionarnos a nosotros mismos.

El vencer la pereza fue un desafío constante que no nos dio respiro. La pereza o la “falta de ganas” es lo más instintivo que tenemos las personas. Damos por descontado que las ganas no van a estar, pero sí debemos trabajar para que aparezca la voluntad.

En este sentido, me parec ...