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TORMENTA DE ESPADAS (CANCIóN DE HIELO Y FUEGO 3)

George R.R. Martin  

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Fragmento

Prólogo

El día era gris; hacía un frío glacial, y los perros se negaban a seguir el rastro.

La enorme perra negra había olfateado una vez las huellas del oso, había retrocedido y había vuelto a la jauría trotando con el rabo entre las patas. Los perros se apiñaban en la ribera del río con gesto triste mientras el viento los sacudía. El propio Chett notaba cómo el viento le atravesaba varias capas de lana negra y cuero grueso curtido. Hacía demasiado frío, tanto para los hombres como para las bestias, pero allí estaban. Torció la boca y casi pudo notar cómo enrojecían de rabia los forúnculos que le cubrían las mejillas y el cuello.

«Tendría que estar a salvo en el Muro, cuidando de los condenados cuervos y encendiendo hogueras para el viejo maestre Aemon.» El bastardo Jon Nieve era quien le había quitado todo aquello; él y su amigo, el gordo de Sam Tarly. Por culpa de ellos estaba congelándose las pelotas con una jauría de sabuesos en lo más profundo del bosque Encantado.

—Por los siete infiernos. —Dio un feroz tirón a la traílla para que los perros le prestaran atención—. Buscad, cabrones. Esa huella es de un oso. ¿Queréis carne o no? ¡Encontradlo!

Pero los perros gimotearon y se limitaron a estrechar filas. Chett hizo chasquear el látigo corto sobre las cabezas de los animales, y la perra negra le enseñó los dientes.

—La carne de perro sabe tan bien como la de oso —la amenazó; el aliento se le congelaba a cada palabra.

Lark de las Hermanas estaba de pie con los brazos cruzados sobre el pecho y las manos metidas bajo las axilas. Llevaba guantes negros de lana, pero siempre se quejaba de que se le congelaban los dedos.

—Hace demasiado frío para cazar —dijo—. Que le den por culo a ese oso, no vale la pena que nos helemos por él.

—No podemos volver con las manos vacías, Lark —gruñó Paul el Pequeño a través del bigote castaño que le cubría casi toda la cara—. Al Lord Comandante no le va a hacer ninguna gracia.

Bajo la aplastada nariz de dogo del hombretón había hielo, allí donde se le congelaban los mocos. Una mano enorme, dentro de un grueso guante de piel, agarraba firmemente el asta de una lanza.

—Que le den por culo al Viejo Oso también —dijo el de las Hermanas, un hombre flaco de cara huesuda y ojos nerviosos—. Mormont estará muerto antes de que amanezca, ¿no lo recordáis? ¿A quién le importa lo que le haga gracia o se la deje de hacer?

Paul el Pequeño parpadeó con sus ojillos negros.

«Puede que se le haya olvidado», pensó Chett; era tan estúpido como para olvidarse de casi cualquier cosa.

—¿Por qué tenemos que matar al Viejo Oso? ¿Por qué no nos limitamos a irnos y lo dejamos en paz?

—¿Crees que él nos dejaría en paz? —preguntó Lark—. Nos daría caza. ¿Quieres que te den caza, cabeza de chorlito?

—No —dijo Paul el Pequeño—. No, eso no. No.

—Entonces, ¿lo matarás? —preguntó Lark.

—Sí. —El hombretón clavó el extremo del asta de la lanza en la orilla congelada—. Lo mataré. No nos tiene que dar caza.

—Yo insisto en que tenemos que matar a todos los oficiales —dijo el de las Hermanas volviéndose hacia Chett y sacando las manos de las axilas.

—Ya lo hemos discutido —replicó Chett, que estaba harto de aquello—. El Viejo Oso tiene que morir, así como Blane de la Torre Sombría. Grubbs y Aethan, también; mala suerte que les haya tocado el turno de guardia; Dywen y Bannen, para que no nos persigan, y Ser Cerdi, para que no envíe cuervos. Eso es todo. Los mataremos en silencio mientras duermen. Un solo grito y seremos pasto para los gusanos, todos y cada uno de nosotros. —Tenía los forúnculos rojos por la ira—. Cumplid vuestra parte y ocupaos de que vuestros primos cumplan la suya. Y, Paul, a ver si se te mete en la cabeza: es la tercera guardia, no la segunda, no te olvides.

—La tercera guardia —dijo el hombretón a través del bigote y el moco congelado—. Piesligeros y yo. Me acuerdo, Chett.

Aquella noche no habría luna, y habían organizado las guardias para que ocho de sus cómplices estuvieran de centinelas, mientras otros dos custodiaban los caballos. Las circunstancias no podían ser mejores. Además, los salvajes iban a caerles encima cualquier día. Y antes de que llegara aquel momento, Chett tenía toda la intención de estar bien lejos de allí. Tenía la intención de vivir.

Trescientos Hermanos Juramentados de la Guardia de la Noche habían cabalgado hacia el norte, doscientos del Castillo Negro y ciento más de la Torre Sombría. Era la mayor expedición que se recordaba, casi la tercera parte de los efectivos de la Guardia. Su objetivo era encontrar a Ben Stark, a Ser Waymar Royce y a los demás exploradores que habían desaparecido, y descubrir el motivo por el que los salvajes estaban abandonando sus asentamientos. Y no se encontraban más cerca de Stark y Royce que cuando dejaron atrás el Muro, pero habían averiguado adónde se habían ido todos los salvajes: bien arriba, a las gélidas alturas de los Colmillos Helados, aquellas montañas dejadas de la mano de los dioses. Por Chett, se podían quedar allí hasta el final de los tiempos, que no se le reventaría ni un forúnculo.

Pero no. Habían iniciado el descenso. Por el curso del Agualechosa.

Chett levantó la vista y lo vio. Las orillas rocosas del río estaban cubiertas de hielo y sus aguas blancuzcas fluían inagotables desde los Colmillos Helados. Y Mance Rayder y sus salvajes seguían el mismo cauce. Thoren Smallwood había vuelto tres días atrás a galope tendido. Mientras informaba al Viejo Oso de lo que habían visto sus exploradores, uno de sus hombres, Kedge Ojoblanco, se lo contó a los demás.

—Están todavía en lo alto de las laderas —dijo Kedge mientras se calentaba las manos al fuego—, pero vienen. Harma Cabeza de Perro, esa ramera con la cara picada de viruelas, encabeza la vanguardia. Goady se acercó sigilosamente a su campamento y la vio junto a una hoguera. El tonto de Tumberjon quería abatirla de un flechazo, pero Smallwood tuvo más sentido común.

—¿Cuántos crees que son? —dijo Chett al tiempo que escupía en el suelo.

—Muchos, muchísimos. Veinte, treinta mil; te puedes imaginar que no nos quedamos allí para contarlos. Harma tenía unos quinientos en la vanguardia, todos a caballo.

Los hombres sentados en torno a la hoguera intercambiaron miradas de preocupación. Ya era muy raro encontrar a una docena de salvajes a caballo, así que a quinientos...

—Smallwood nos mandó a Bannen y a mí a rodear a la vanguardia para echar un vistazo al grueso de las fuerzas —prosiguió Kedge—. No tenían fin. Se mueven despacio, como un glaciar, una o dos leguas por día, y no parece que quieran regresar a sus aldeas. Más de la mitad eran mujeres y niños, y llevaban su ganado por delante: cabras, ovejas y hasta uros que tiran de trineos. Van cargados con pacas de pieles y tiras de carne, jaulas de pollos, mantequeras y ruecas para hilar, todas sus malditas pertenencias. Las mulas y los pequeños caballos de tiro llevan tanta carga que parece se les va a partir el espinazo; igual que a las mujeres.

—¿Y siguen el curso del Agualechosa? —preguntó Lark de las Hermanas.

—¿No te lo he dicho ya?

El Agualechosa los llevaría a las proximidades del Puño de los Primeros Hombres, el antiquísimo fuerte circular donde la Guardia de la Noche había montado su campamento. Cualquier persona con una pizca de sentido común se daría cuenta de que había llegado el momento de abandonar la misión y regresar al Muro. El Viejo Oso había reforzado el Puño con estacas, zanjas y espinos, pero aquello no serviría de nada contra semejante ejército. Si se quedaban allí, los engullirían y arrollarían.

Y Thoren Smallwood quería atacar. Donnel Colina el Suave era el escudero de Ser Mallador Locke, y la noche anterior, Smallwood había visitado la tienda de campaña de Locke. Ser Mallador opinaba lo mismo que el anciano Ser Ottyn Wythers e instaba a regresar al Muro, pero Smallwood quería convencerlo de lo contrario.

—Ese Rey-más-allá-del-Muro no nos buscará nunca tan al norte. —Aquello había dicho, según el relato de Donnel el Suave—. Y ese enorme ejército suyo no es más que una horda que se arrastra, llena de bocas inútiles que no saben por qué extremo se coge una espada. Solo con un golpe se les acabarían las ganas de pelear y huirían aullando a sus guaridas para quedarse allí los próximos cincuenta años.

«Trescientos contra treinta mil.» Para Chett, aquello era, sencillamente, una locura, y el hecho de que Ser Mallador se dejara convencer era una locura incluso mayor, y los dos juntos estaban a punto de convencer al Viejo Oso.

—Si esperamos demasiado, podemos perder esta oportunidad; quizá no se nos vuelva a presentar —le decía Smallwood a todo el que quisiera oírlo.

—Somos el escudo que protege los reinos de los hombres —objetaba Ser Ottyn Wyther—. No se tira el escudo sin una buena razón.

—En un combate a espada —replicaba Thoren Smallwood—, la mejor defensa es la estocada rápida que aniquila al enemigo; no encogerse tras un escudo.

Sin embargo, el mando no estaba en manos de Smallwood ni de Wythers. El comandante era Lord Mormont, que esperaba a sus otros exploradores: a Jarman Buckwell y los hombres que habían ascendido por la Escalera del Gigante, y a Qhorin Mediamano y Jon Nieve, que habían ido a tantear el Paso Aullante. Sin embargo, Buckwell y Me diamano tardaban en regresar.

«Lo más probable es que estén muertos. —Chett se imaginó a Jon Nieve tirado en la cima de una montaña, azul y congelado, con la lanza de un salvaje clavada en su culo de bastardo. La idea lo hizo sonreír—. Espero que también hayan matado a su lobo de mierda.»

—Ahí no hay ningún oso —decidió, de forma repentina—. Es una huella vieja, nada más. Volvemos al Puño.

Se giró con presteza para regresar y los perros estuvieron a punto de hacerlo caer. Quizá creían que les iban a dar de comer. Chett no pudo contener la risa. Durante tres días no los había alimentado, para que estuvieran hambrientos y feroces. Aquella noche, antes de escaparse al abrigo de la oscuridad, los dejaría sueltos entre los caballos, después de que Donnel el Suave y Karl el Patizambo cortaran las riendas.

«Habrá perros enfurecidos y caballos aterrorizados por todo el Puño; correrán entre las hogueras, saltarán la muralla circular y derribarán las tiendas de campaña.» Con toda aquella confusión, pasarían horas antes de que alguien se diera cuenta de que faltaban catorce hermanos.

Lark habría querido llevarse al doble, pero ¿qué se podía esperar de un estúpido con un aliento que apestaba a pescado, como el de las Hermanas? Una palabra en el oído equivocado, y antes de que uno se dé cuenta ha perdido la cabeza. No, catorce era un buen número, suficientes para lo que tenía que hacer, pero no tantos como para que no pudieran guardar el secreto. Chett había reclutado personalmente a casi todos. Paul el Pequeño era uno de ellos, el hombre más fuerte del Muro, aunque fuera también más lento que un caracol muerto. En cierta ocasión le había partido la espalda a un salvaje de un abrazo. También tenían con ellos al Daga, a quien apodaban así por su arma preferida, y al hombrecito gris al que los hermanos llamaban Piesligeros, quien en su juventud había violado a un centenar de mujeres y se jactaba de que ninguna lo había visto ni oído antes de que se la metiera hasta el fondo.

Chett había preparado el plan. Él era el listo; había sido el mayordomo del viejo maestre Aemon durante cuatro años, hasta que el bastardo de Jon Nieve lo desplazó para que su puesto lo ocupara el cerdo grasiento de su amiguito. Cuando aquella noche diera muerte a Sam Tarly, tenía planeado susurrarle al oído: «Dale recuerdos de mi parte a Lord Nieve». Lo haría un instante antes de cortarle la garganta para que la sangre saliera a borbotones entre todas aquellas capas de sebo. Chett conocía a los cuervos, por lo que no tendría el menor problema con ellos, no más que con Tarly. Un toque con el cuchillo y aquel miserable se mearía en los calzones y se pondría a implorar por su vida. «Que implore, no le servirá de nada.» Tras rajarle la garganta, abriría las jaulas y espantaría a los pájaros para que no llegara ningún mensaje al Muro. Piesligeros y Paul el Pequeño matarían al Viejo Oso; el Daga se ocuparía de Blane, y Lark y sus primos silenciarían a Bannen y al viejo Dywen, para que no pudieran seguirles el rastro. Llevaban dos semanas acumulando alimentos, y Donnel el Suave, junto con Karl el Patizambo, tendrían listos los caballos. Una vez muerto Mormont, el mando pasaría a manos de Ser Ottyn Wythers, un hombre viejo, agotado y con problemas de salud. «Antes de que se ponga el sol estará huyendo en dirección al Muro y no mandará a nadie en nuestra persecución.»

Los perros tiraron de él mientras se abrían camino entre los árboles. Chett divisó el Puño, que asomaba allá arriba, entre la vegetación. El día era tan oscuro que el Viejo Oso había ordenado encender las antorchas. Ardían sobre la muralla circular formando una enorme circunferencia que coronaba la cima de la abrupta colina rocosa. Los tres hombres cruzaron un arroyuelo. El agua estaba espantosamente fría, y en la superficie flotaban placas de hielo.

—Iré hacia la costa —les confió Lark de las Hermanas—. Con mis primos. Nos haremos una nave y pondremos proa de regreso a las Hermanas.

«Y allí sabrán que sois desertores y os cortarán vuestras estúpidas cabezas», pensó Chett. Una vez pronunciado el juramento, no había manera de abandonar la Guardia de la Noche. En cualquier rincón de los Siete Reinos lo atrapaban a uno y lo mataban.

Ollo Manomocha hablaba de regresar navegando a Tyrosh donde, según aseguraba, los hombres no perdían las manos por cometer algún robo honrado, ni los enviaban a congelarse de por vida a tierras lejanas si los encontraban en el lecho con la esposa de algún caballero. Chett había considerado la posibilidad de ir con él, pero no conocía la lengua apocada y afeminada de aquel lugar. Y ¿qué haría él en Tyrosh? No se podía decir que tuviera ningún oficio, pues había crecido en Pantano de la Bruja. Su padre se había pasado la vida escarbando en campos ajenos y recogiendo sanguijuelas. Se desnudaba hasta quedar con solo un grueso taparrabos de cuero y vadeaba las aguas turbias. Cuando salía, estaba totalmente cubierto de bichos, desde las tetillas hasta los tobillos. A veces hacía que Chett lo ayudara a arrancarse las sanguijuelas. En una ocasión, un bicho se le pegó a la palma de la mano y él, asqueado, lo reventó contra un muro. Su padre le pegó hasta hacerle sangre. Los maestres compraban las sanguijuelas a penique la docena.

Lark podía volver a su casa si quería, igual que el jodido tyroshi, pero Chett, no. Ya había visto demasiadas veces el maldito Pantano de la Bruja, no necesitaba volver a verlo jamás. Le había gustado el aspecto del Torreón de Craster. Craster vivía allí arriba, como un señor; ¿por qué no podía él hacer lo mismo? Aquello sí que estaría bien. Chett, el hijo del de las sanguijuelas, convertido en un señor con un torreón. Su blasón podía ser una docena de sanguijuelas sobre campo rosa. ¿Y por qué contentarse con ser un señor? Quizá debiera erigirse en rey.

«Mance Rayder comenzó siendo cuervo. Yo podría ser rey, igual que él, y tener varias esposas.» Craster tenía diecinueve, sin contar las jóvenes, las hijas que todavía no se había llevado al lecho. La mitad de aquellas esposas eran tan viejas y feas como Craster, pero aquello no le importaba. Chett pondría a las más viejas a trabajar para él: a cocinar, limpiar, recoger zanahorias y cebar cerdos, mientras las más jóvenes le calentaban la cama y le parían hijos. Craster no pondría la menor objeción, sobre todo después de que Paul el Pequeño le diera un abrazo.

Las únicas mujeres que Chett había conocido eran las putas a quienes había pagado en Villa Topo. Cuando era más joven, a las chicas del pueblo les bastaba con echar una mirada a su rostro lleno de forúnculos y espinillas para volver la cara con asco. La peor era aquella guarra de Bessa. Se abría de piernas para todos los chicos del Pantano de la Bruja, por lo que había pensado que por qué no lo iba a hacer también para él. Hasta se pasó una mañana recogiendo flores silvestres, pues había oído decir que le gustaban, pero ella se le había reído en la cara y le había dicho que antes se metería en la cama con las sanguijuelas de su padre que con él. Dejó de reírse cuando le clavó el cuchillo. La expresión de su rostro le gustó, por lo que sacó la hoja afilada y se la volvió a clavar. Cuando lo atraparon cerca de Sietecauces, el viejo Lord Walder Frey ni siquiera se molestó en asistir al juicio. Envió a uno de sus bastardos, a Walder Ríos, y lo siguiente que supo Chett era que iba de camino hacia el Muro con aquel demonio hediondo de Yoren. Como pago por un momento de placer, le habían quitado la vida entera.

Pero estaba decidido a recuperarla y, de paso, a quedarse con las mujeres de Craster.

«Ese viejo salvaje tenía razón. Si quieres que una mujer sea tu esposa, tómala, nada de darle flores silvestres para que no te mire los granos.» Chett no tenía la intención de volver a cometer el mismo error.

Todo iba a salir bien, se prometió por enésima vez. «Siempre que podamos escapar sin contratiempos. —Ser Ottyn se dirigiría al sur, a la Torre Sombría, el camino más corto hacia el Muro—. No se ocupará de nosotros, no sería propio de Wythers, lo único que quiere es regresar sano y salvo. —Seguro que Thoren Smallwood insistiría en atacar, pero Ser Ottyn era extremadamente cauteloso y estaría al mando—. De todos modos, eso no importa. Cuando nos hayamos largado, Smallwood puede atacar a quien le plazca. ¿Qué más da? Si ninguno de ellos regresa al Muro, nadie vendrá en nuestra búsqueda; pensarán que hemos muerto con los demás.» No se le había ocurrido antes aquella idea y, durante un momento, lo tentó. Pero tendrían que matar a Ser Ottyn y también a Ser Mallador Locke para que Smallwood asumiera el mando, y esos dos estaban siempre bien protegidos, de día y de noche... No, el riesgo era excesivo.

—Chett, ¿qué hacemos con el pájaro? —preguntó Paul el Pequeño mientras avanzaban por un sendero rocoso entre centinelas y pinos soldado.

—¿De qué pájaro de mierda hablas? —Lo que menos necesitaba en aquel momento era un cabeza de chorlito preocupado por un pájaro.

—Del cuervo del Viejo Oso —dijo Paul el Pequeño—. Si lo matamos, ¿quién va a darle de comer a su pájaro?

—¿Y a quién coño le importa? Si quieres, mata también al pájaro.

—No quiero hacerle daño a ningún pájaro —dijo el hombretón—. Pero es un pájaro que habla. ¿Y si cuenta lo que hicimos?

Lark de las Hermanas se echó a reír.

—Paul el Pequeño, tienes la mollera más dura que la muralla de un castillo —se burló.

—Cállate, no digas eso —dijo Paul, amenazador.

—Paul —intervino Chett antes de que el hombretón se enfadara del todo—, cuando encuentren al anciano tirado en un charco de sangre con la garganta abierta, no les hará falta ningún pájaro para saber que alguien lo mató.

—Eso es verdad —aceptó Paul el Pequeño tras meditar aquello un instante—. ¿Puedo quedarme con el pájaro? Me gusta mucho ese pájaro.

—Todo tuyo —dijo Chett, solo para hacerlo callar.

—Si nos entra hambre, siempre nos lo podemos comer —sugirió Lark.

—Más vale que no se te ocurra comerte a mi pájaro, Lark —dijo Paul el Pequeño, cabreado de nuevo—. Más te vale.

Chett alcanzó a oír voces entre los árboles.

—Cerrad el pico de una puta vez. Ya estamos casi en el Puño.

Salieron muy cerca de la ladera oeste de la colina y la rodearon hacia el sur, donde la cuesta era menos empinada. Cerca del linde del bosque, una docena de hombres se entrenaba con los arcos. Habían tallado figuras en los troncos de los árboles y les disparaban flechas.

—Mirad —dijo Lark—, un cerdo con un arco.

El arquero más cercano era Ser Cerdi en persona, el gordo que le había quitado su puesto junto al maestre Aemon. Le bastó ver a Samwell Tarly para enfurecerse. La mejor vida que había conocido fue cuando trabajó como mayordomo del maestre Aemon. El anciano ciego no era muy exigente; además, Clydas se ocupaba de la mayor parte de sus necesidades. Los deberes de Chett eran sencillos: limpiar la pajarera, encender las chimeneas, preparar alguna comida… Y Aemon no le había pagado nunca.

«Se cree que puede llegar y echarme porque es de noble cuna y sabe leer. Pues a lo mejor le digo que me lea el cuchillo antes de que le abra la garganta con él.»

—Vosotros, seguid —les dijo a los demás—. Yo quiero ver esto.

Los perros tiraban, ansiosos por irse con ellos en busca de la comida que creían que los esperaba en la cima. Chett le dio un puntapié a la perra, y aquello los tranquilizó hasta cierto punto.

Observó desde los árboles como el gordo luchaba con un arco largo, tan alto como él, con la cara de bollo fruncida por la concentración. Clavadas en la tierra, frente a él, había tres flechas. Tarly colocó una en la cuerda, tensó el arco, mantuvo la tensión un instante mientras trataba de apuntar y soltó. La flecha desapareció entre la vegetación. Chett soltó una carcajada, entre complacido y asqueado.

—No habrá quien encuentre esa flecha, y me echarán la culpa a mí —dijo Edd Tollett, el sombrío escudero de pelo canoso al que todos llamaban Edd el Penas—. Siempre que se pierde algo me miran a mí, desde aquella vez que perdí mi caballo. Como si hubiera podido evitarlo. Era blanco y estaba nevando, ¿qué querían?

—El viento le ha desviado la flecha —dijo Grenn, otro de los amigos de Lord Nieve—. Trata de mantener firme el arco, Sam.

—Pesa mucho —se quejó el chico obeso, pero disparó la segunda flecha de la misma manera. Pasó muy alta, atravesando las ramas a unas cinco varas por encima del blanco.

—Creo que has acertado a una hoja de ese árbol —dijo Edd el Penas—. El otoño ya llega a toda velocidad; no hace falta que lo ayudes. —Suspiró—. Y todos sabemos qué viene después del otoño. Dioses, qué frío tengo. Dispara tu última flecha, Samwell; creo que se me está congelando la lengua y se me pega al paladar.

Ser Cerdi bajó el arco, y Chett pensó que iba a ponerse a berrear.

—Es muy difícil.

—Coloca la flecha, tensa y dispara —dijo Grenn—. ¡Venga!

Obediente, el chico cogió de la tierra su última flecha, la colocó en el arco largo, tensó y disparó. Lo hizo con celeridad, sin bizquear al apuntar, como había hecho en las dos ocasiones anteriores. La flecha se clavó en la parte inferior del pecho de la silueta del árbol y se quedó allí, oscilando.

—Le he dado. —Ser Cerdi parecía asombrado—. Grenn, ¿has visto? ¡Mira, Edd, le he dado!

—Yo diría que entre las costillas —anunció Grenn.

—¿Lo he matado?

—Quizá le habrías pinchado un pulmón, si lo tuviera. Pero, como norma general, los árboles no tienen pulmones —concluyó Tollett al tiempo que se encogía de hombros. Retiró el arco de manos de Sam y añadió—: He visto tiros peores. Incluso míos.

Ser Cerdi estaba radiante. Al mirarlo, cualquiera habría dicho que había hecho algo importante. Pero cuando vio a Chett con los perros, la sonrisa se le desvaneció de la cara.

—Le has dado a un árbol —dijo Chett—. Veremos cómo disparas cuando se trate de los hombres de Mance Rayder. No van a quedarse ahí con los brazos abiertos y las hojas susurrando, de eso nada. Irán hacia ti y te gritarán en la cara, y estoy seguro de que te mearás en los calzones. Uno de ellos te clavará un hacha entre esos ojitos de cerdo. Lo último que oirás será el ruido sordo que hará al entrarte en el cráneo.

El chico obeso estaba temblando. Edd el Penas le puso una mano en el hombro.

—Hermano —dijo con solemnidad—, que a ti te haya pasado eso no quiere decir que a Sam le vaya a suceder lo mismo.

—¿A qué te refieres, Tollett?

—Lo del hacha que te clavaron en el cráneo. ¿Es verdad que la mitad de los sesos se te quedaron esparcidos por el suelo y tus perros se los comieron?

Grenn, un patán corpulento, se echó a reír, y hasta Samwell Tarly sonrió débilmente. Chett le dio una patada al perro más cercano, tiró de las traíllas y comenzó a ascender la colina.

«Sonríe todo lo que quieras, Ser Cerdi. Veremos quién ríe esta noche. —Su único deseo era tener tiempo para matar también a Tollett—. Un idiota agorero con cara de caballo, eso es lo que es.»

El ascenso era abrupto hasta en aquella ladera del Puño, la que tenía menos pendiente. A medio camino, los perros comenzaron a ladrar y tirar de él, creyendo que pronto comerían. Sin embargo, les hizo probar sus botas, y un chasquido del látigo fue la respuesta al animal enorme y feo que le lanzó un mordisco. Tan pronto como los ató fue a presentar su informe.

—Había huellas, como dijo Gigante —informó a Mormont delante de su gran tienda negra—, pero los perros no pudieron encontrar el rastro. Era río abajo; quizá se tratara de huellas antiguas.

—Qué lástima. —El Lord Comandante Mormont tenía la cabeza calva y una gran barba blanca y enmarañada, y su voz denotaba el mismo cansancio que su aspecto—. Nos habría venido bien un buen trozo de carne fresca.

—Carne.... carne... carne —repitió el cuervo de su hombro, ladeando la cabeza.

«Podríamos hacer un guiso con los condenados perros —pensó Chett, pero mantuvo la boca cerrada hasta que el Viejo Oso le dio permiso para retirarse—. Y esta ha sido la última vez que he tenido que inclinar la cabeza ante ese», se dijo para sus adentros con satisfacción. Le parecía que hacía cada vez más frío, aunque habría jurado que era imposible. Los perros se acurrucaron, lastimeros, sobre el duro cieno congelado, y Chett se sintió tentado de meterse entre ellos. Se limitó a cubrirse la parte inferior del rostro con una bufanda negra de lana, dejando libre un pequeño espacio para la boca. Descubrió que si se movía entraba un poco en calor, por lo que hizo un lento recorrido por el perímetro con un mazo de hojamarga, compartiendo una o dos mascadas con los hermanos negros que estaban de guardia, mientras escuchaba lo que le contaban. Ninguno de los hombres del turno de día entraba en sus planes; de todos modos, creyó que no le iría mal tener cierta idea de lo que pensaban.

Lo que pensaban, básicamente, era que hacía un frío de mil demonios.

A medida que las sombras se alargaban, el viento se levantaba. Cuando pasaba entre las piedras de la muralla circular, emitía un sonido agudo y débil.

—Odio ese sonido —dijo el pequeño Gigante—, es como un bebé en el bosque que gime pidiendo leche.

Cuando terminó el recorrido y volvió donde estaban los perros, vio a Lark que lo esperaba.

—Los oficiales están otra vez en la tienda del Viejo Oso discutiendo algo con mucho interés.

—A eso se dedican, sí —dijo Chett—. Todos son de noble cuna, todos menos Blane, y se emborrachan con palabras en lugar de con vino.

—El imbécil descerebrado sigue hablando del pájaro —lo alertó Lark; se le había acercado y miraba en torno suyo para cerciorarse de que no había nadie cerca—. Ahora pregunta si hemos guardado algo de grano para el maldito bicho.

—Es un cuervo —replicó Chett—. Come cadáveres.

—¿El suyo quizá? —preguntó Lark con una mueca.

«O el tuyo.» A Chett le parecía que necesitaban más al hombrón que a Lark.

—Deja de preocuparte por Paul el Pequeño. Haz tu parte; él hará la suya.

Cuando logró liberarse del de las Hermanas, el crepúsculo avanzaba entre los árboles, y se sentó a afilar su espada. Con los guantes puestos era un trabajo durísimo, pero no tenía la menor intención de quitárselos. Hacía tanto frío que el tonto que tocara acero con las manos desnudas perdería un trozo de piel.

Los perros gimotearon cuando el sol se puso. Les echó agua y maldiciones.

—Falta media noche para que podáis disfrutar de vuestro festín.

Ya le llegaba el olor de la cena.

Dywen estaba delante del fuego donde cocinaban cuando Chett recibió un pedazo de pan y una escudilla de sopa de tocino y judías de manos de Hake, el cocinero.

—El bosque está demasiado silencioso —decía el viejo forestal—. No hay ranas junto a ese río, ni búhos en la noche. No había oído nunca un bosque más muerto que este.

—Esos dientes tuyos suenan bastante muertos —dijo Hake.

Dywen entrechocó los dientes de madera.

—Tampoco hay lobos. Antes había, pero han desaparecido. ¿Adónde creéis que se habrán ido?

—A algún sitio cálido —dijo Chett.

De la docena larga de hermanos que estaban sentados en torno al fuego, cuatro eran de los suyos. Mientras comía, le dedicó a cada uno una mirada torva e inquisitiva, para ver si alguno mostraba señales de vacilación. El Daga parecía bastante tranquilo allí sentado, afilando el arma como todas las noches. Y Donnel Colina el Suave era todo anécdotas jocosas y chistes. Tenía los dientes blancos, los labios rojos y gruesos, y unos cabellos rubios ondulados que le caían sobre los hombros formando una hermosa cascada, y aseguraba ser hijo bastardo de un Lannister. Quizá lo fuera. Chett no tenía la menor necesidad de chicos guapos ni tampoco de bastardos, pero Donnel el Suave parecía bastante competente.

No estaba tan seguro respecto al guardabosques a quien los hermanos llamaban Serrucho, más por sus ronquidos que por algo que tuviera que ver con los árboles. En aquel mismo momento, parecía tan inquieto que quizá no volviera a roncar en la vida. Y Maslyn estaba peor. Chett veía como le corría el sudor por la cara, a pesar del viento helado. Las gotas de humedad brillaban a la luz de la hoguera, como pequeños diamantes mojados. Maslyn ni siquiera comía; se limitaba a contemplar la sopa como si su olor estuviera a punto de hacerlo vomitar.

«Tendré que vigilarlo», pensó Chett.

—¡A formar! —El grito repentino surgió de una docena de gargantas y se difundió con rapidez por todos los rincones del campamento, en la cima de la colina—. ¡Hombres de la Guardia de la Noche! ¡A formar junto a la hoguera central!

Con el ceño fruncido, Chett terminó su ración de sopa y siguió a los demás.

El Viejo Oso estaba delante del fuego junto con Smallwood, Locke, Wythers y Blane, que formaban una fila detrás de él. Mormont llevaba una capa de gruesa piel negra, y el cuervo, posado sobre su hombro, se limpiaba las negras plumas.

«Esto no augura nada bueno.» Chett se metió entre Bernarr el Moreno y unos hombres de la Torre Sombría. Cuando todos estuvieron reunidos, menos los vigilantes del bosque y los que hacían guardia en la muralla circular, Mormont se aclaró la garganta y escupió. La saliva se congeló antes de tocar el suelo.

—¡Hermanos! —dijo—. ¡Hombres de la Guardia de la Noche!

—¡Hombres! —gritó su cuervo—. ¡Hombres! ¡Hombres!

—Los salvajes están bajando de las montañas, siguen el curso del Agualechosa. Thoren considera que su vanguardia estará sobre nosotros de aquí a diez días. Sus exploradores más experimentados van con Harma Cabeza de Perro en esa vanguardia. Los demás, o bien forman una fuerza de retaguardia, o avanzan muy cerca del propio Mance Rayder. Sus combatientes se extienden por toda la línea de avance en pequeños grupos. Tienen bueyes, mulas, caballos... pero pocos. La mayoría va a pie; apenas van armados y no están entrenados. Las armas que llevan son más de hueso y piedra que de acero. Transportan consigo la impedimenta: mujeres, niños, rebaños de cabras y ovejas, además de todas sus posesiones. En pocas palabras, aunque son numerosos, son vulnerables... y no saben que estamos aquí. O, al menos, debemos rezar para que no lo sepan.

«Lo saben —pensó Chett—. Puñetero viejo, montón de carroña, lo saben, tan cierto como que hay noche y día. Qhorin Mediamano no ha regresado, ¿verdad? Ni Jarman Buckwell. Si han capturado a alguno, sabes muy bien que los salvajes ya deben de haberles hecho cantar una o dos tonadas.»

—Mance Rayder tiene la intención de cruzar el Muro y llevar una guerra sangrienta a los Siete Reinos —dijo Smallwood dando un paso adelante—. Bien, a eso también sabemos jugar nosotros. Mañana le llevaremos la guerra.

—Al romper la aurora partiremos todos —dijo el Viejo Oso, mientras un murmullo recorría la formación—. Iremos hacia el norte y daremos un rodeo hacia el oeste. La vanguardia de Harma habrá dejado bien atrás el Puño cuando cambiemos de dirección. Las estribaciones de los Colmillos Helados están llenas de valles estrechos y sinuosos, ideales para emboscadas. Su columna se estirará a lo largo de varias leguas. Caeremos sobre ellos en varios puntos a la vez y haremos que juren que éramos tres mil, no trescientos.

—Los golpearemos con toda dureza y nos retiraremos antes de que sus jinetes puedan formar para enfrentarse a nosotros —dijo Thoren Smallwood—. Si nos persiguen, los obligaremos a que nos den caza largo rato, y después giraremos y volveremos a golpear la columna en un punto más lejano. Quemaremos sus carros, dispersaremos sus rebaños y mataremos a tantos de ellos como podamos. Hasta al mismísimo Mance Rayder, si nos tropezamos con él. Si se dispersan y vuelven a sus guaridas, habremos ganado. Si no, los hostigaremos todo el camino hasta el Muro y nos aseguraremos de que dejen un rastro de cadáveres tras ellos.

—Son miles —gritó alguien a espaldas de Chett.

—Todos moriremos. —Era la voz de Maslyn, que estaba verde de miedo.

—Moriremos —graznó el cuervo de Mormont, batiendo las alas negras—, moriremos, moriremos.

—Sí, muchos de nosotros —dijo el Viejo Oso—. Quizá todos. Pero, como dijo otro Lord Comandante hace mil años, ese es el motivo por el que nos visten de negro. Recordad vuestro juramento, hermanos. Porque somos las espadas en la oscuridad, los vigilantes del muro...

—El fuego que arde contra el frío. —Ser Mallador Locke desenvainó su espada larga.

—La luz que trae el amanecer —respondieron otros, y muchas más espadas salieron de sus fundas.

Y de pronto, todos desenvainaban, y había trescientas espadas en el aire y la misma cantidad de voces.

—¡El cuerno que despierta a los durmientes! —gritaban—. ¡El escudo que protege los reinos de los hombres!

Chett no tuvo más remedio que unir su voz a las de los demás. El aliento de los hombres llenaba el aire de vaho, y la luz de las hogueras se reflejaba en el acero. Le complació ver que Lark, Piesligeros y Donnel Colina el Suave se unían a los gritos como si fueran tan idiotas como los demás. Aquello estaba bien. No tenía sentido llamar la atención cuando faltaba tan poco para que llegara su hora.

Cuando los gritos cesaron, volvió a oír el sonido del viento que azotaba la muralla circular. Las llamas temblaban y se arremolinaban, como si también tuvieran frío y, en el súbito silencio, el cuervo de Viejo Oso volvió a graznar.

—Moriremos —dijo una vez más.

«Listo, el pájaro», pensó Chett mientras los oficiales los dispersaban, advirtiéndoles a todos que tomaran una buena cena y descansaran bien aquella noche. Chett se metió bajo sus pieles, junto a los perros, y le dio vueltas mentalmente a todo lo que podía ir mal. ¿Y si aquel maldito juramento hacía que alguno cambiara de opinión? ¿O si a Paul el Pequeño se le olvidaba e intentaba matar a Mormont durante la segunda guardia, y no durante la tercera? ¿Y si Maslyn se acobardaba, alguien los delataba o...?

Se descubrió prestando atención a los sonidos de la noche. Era verdad, el viento sonaba como los gemidos de un bebé, y de vez en cuando oía voces humanas, el relincho de un caballo, un tronco que chisporroteaba en la hoguera... Pero nada más. «Demasiada quietud.»

Visualizó el rostro de Bessa flotando delante de él.

«No era el cuchillo lo que quería meterte —quiso decirle—. Recogí flores para ti, rosas silvestres, atanasias, tulipanes dorados... Me llevó toda la mañana. —El corazón le latía como un tambor, tan alto que temía despertar al campamento. El hielo le endurecía la barba alrededor de la boca—. ¿Por qué pasó aquello con Bessa?» Antes, cada vez que pensaba en ella era únicamente para recordar el aspecto que tenía al morir. ¿Qué le estaba sucediendo? Apenas podía respirar. ¿Se había dormido? Se incorporó sobre las rodillas, y algo húmedo y frío le tocó la nariz. Chett miró hacia arriba.

Nevaba.

«No es justo —habría querido gritar. Sintió cómo las lágrimas se le congelaban en las mejillas. La nieve echaría a perder todo aquello por lo que había trabajado, sus minuciosos planes. Era una nevada copiosa; gruesos copos caían a su alrededor. ¿Cómo hallarían sus depósitos de alimentos bajo la nieve o el sendero de cazadores que pretendían seguir hacia el este?—. Si huimos por la nieve recién caída, no necesitarán a Dywen ni a Bannen para darnos caza. —Y la nieve ocultaba el relieve del terreno, sobre todo de noche. Un caballo podía tropezar en una raíz o partirse una pata en una roca—. Estamos acabados —comprendió—. Acabados antes de empezar. Estamos perdidos. —No habría vida señorial para el hijo del de las sanguijuelas; no habría un torreón que pudiera llamar suyo, ni esposas ni coronas. Solo la espada de un salvaje clavada en las tripas, y después, una tumba sin nombre—. La nieve me lo ha quitado todo... la maldita nieve...»

Nieve: aquello era lo que lo había arruinado en una ocasión. Nieve y su amigo el cerdito.

Chett se levantó. Tenía las piernas rígidas, y los copos de nieve habían transformado las hogueras distantes en un vago resplandor anaranjado. Se sentía como si lo estuviera atacando una nube de insectos pálidos y fríos. Se le asentaban sobre los hombros y la cabeza, se le metían en la nariz y los ojos... Con una maldición se los sacudió.

«Samwell Tarly —recordó—. Al menos puedo ocuparme de Ser Cerdi.» Se cubrió el rostro con la bufanda, se colocó el capuchón y comenzó a cruzar el campamento hacia el sitio donde dormía el cobarde.

La nieve caía con tal intensidad que se perdió entre las tiendas, pero finalmente dio con el pequeño refugio contra el viento que el chico obeso se había construido entre una roca y las jaulas de los cuervos. Tarly estaba enterrado bajo un montículo de frazadas de lana negra y gruesas pieles. La nieve estaba a punto de cubrirlo. Tenía el aspecto de una montaña de suaves redondeces. El acero susurró sobre el cuero con la levedad de la esperanza cuando Chett desenfundó el puñal. Uno de los cuervos graznó.

—Nieve —masculló otro, mirando a través de los barrotes con sus ojos negros.

—Nieve —añadió el primero.

Pasó junto a ellos, colocando cada pie con cuidado. Cubriría con la mano izquierda la boca del gordo para ahogar sus gritos y...

Uuuuuuuuuuuuooooooooo.

Se detuvo con un pie en alto y ahogó una maldición cuando el sonido del cuerno vibró a través del campamento, lejano y débil, pero inconfundible.

«Ahora, no. ¡Malditos sean los dioses, AHORA NO! —El Viejo Oso había apostado observadores a cierta distancia, en un anillo de árboles en torno al Puño, para que dieran la alarma si se acercaba el enemigo—. Jarman Buckwell ya ha vuelto de la Escalera del Gigante —supuso Chett—, o será Qhorin Mediamano, que regresa del Paso Aullante.» Un toque del cuerno significaba el regreso de hermanos. Si se trataba de Mediamano, Jon Nieve estaría con él, vivo.

Sam Tarly se sentó, con los ojos hinchados, y miró confuso la nieve. Los cuervos graznaban muy alto; aun así, Chett alcanzaba a oír los gemidos de sus perros.

«La mitad del puto campamento se ha despertado.» Cerró los dedos, enfunda

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