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TODO LO QUE SABíAMOS SOBRE PSICOLOGíA Y RESULTó EQUIVOCADO

Alberto Chertok  

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Fragmento

INTRODUCCIÓN

En mi calidad de psiquiatra clínico, dedicado desde hace décadas al estudio del comportamiento, he aprendido a ser cauteloso al formular diagnósticos de personalidad: no me fio de las primeras impresiones. Con frecuencia reviso y ajusto mi percepción inicial del paciente a medida que lo conozco y observo cómo reacciona ante los desafíos que le presenta la vida. Por eso me sorprendo cuando alguien interpreta con absoluta certeza las acciones de un desconocido o afirma con gran convicción cuáles son sus móviles o sus propósitos inconscientes.

Claro que la conducta humana no es la única disciplina que nos invita a «dictar cátedra»: casi todos sabemos cómo debe formar nuestro equipo de fútbol mejor que el técnico y ni que hablar de la Selección; nos convertimos en críticos de cine al analizar la película que acabamos de ver y ofrecemos soluciones ideales a la economía nacional con mayor solvencia que cualquier economista. Y es inevitable opinar sobre estos temas, ya que no es necesario convertirse en especialista para compartir las propias ideas y puntos de vista, en particular cuando se trata de temas populares y asuntos de actualidad. Pero es bueno recordar que en el caso de las disciplinas técnicas –y la psicología sin duda lo es–, existen diferentes escuelas; los profesionales no se ponen de acuerdo en todos los puntos ni interpretan la conducta del mismo modo. Veamos un ejemplo clásico.

La teoría de que la perturbación emocional es el resultado de conflictos inconscientes, los cuales es necesario resolver para superar el trastorno, no es universalmente aceptada. De hecho, ni siquiera es la más aceptada actualmente, lo que no significa que sea totalmente cuestionada, sino que existen puntos de vista alternativos. Esto no debe sorprender, ya que cualquier hipótesis que pretenda ser científica debe estar abierta a considerar los datos que la cuestionan y mantenerse, por eso mismo, en permanente revisión.

Pese a ello, las opiniones populares sobre el comportamiento humano invocan con frecuencia intenciones ocultas o conflictos inconscientes. Se formulan diagnósticos apresurados sobre las acciones de otras personas y se aplican eslóganes prefabricados como los siguientes:

Las mujeres que forman pareja con hombres mayores están buscando al padre ausente de su infancia.

Las fobias representan temores inconscientes: es necesario descubrir qué representa el objeto o la situación temida para superar el miedo.

Las adicciones como el alcoholismo o el tabaquismo son en realidad autoagresiones: reflejan el deseo del sujeto de hacerse daño o lastimarse, un odio o desprecio dirigido hacia sí mismo.

La impotencia masculina es fruto de un «complejo de Edipo no resuelto» –faltaba más– debido al conflicto entre el deseo por la propia madre y el temor a ser castigado; o tal vez es la expresión de una homosexualidad latente.

Las obsesiones contrarias a la propia moral, como las ideas de muerte de seres queridos o imágenes sexuales que resultan aberrantes, reflejan los auténticos deseos y sentimientos del sujeto.

Los hábitos inconvenientes como la postergación o el incumplimiento se mantienen precisamente porque en el fondo (?) uno no quiere hacer esas

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