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SOBRE EL CIELO Y LA TIERRA

Abraham Skorka   Jorge Bergoglio  

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Fragmento

EL DIÁLOGO COMO EXPERIENCIA

por Abraham Skorka

“Y les dijo Dios…”1 Es el primer testimonio dialogal que hallamos en la Biblia. La única criatura a la que se dirige en tal sentido el Creador es el ser humano. Del mismo relato del Génesis resulta que el individuo se caracteriza por su especial capacidad para relacionarse con la naturaleza, con el prójimo, consigo mismo y con Dios.

Los referidos vínculos que tiende el hombre no conforman, por cierto, compartimentos estancos e independientes unos de otros. La relación con la naturaleza nace a partir de su observación y la íntima elaboración de lo observado; con el prójimo, a partir de las pasiones y las experiencias vividas, y con Dios, a partir de lo más profundo del ser, nutrido por todas las anteriores y como consecuencia del diálogo consigo mismo.

El verdadero diálogo demanda tratar de conocer y entender al interlocutor, y marca la esencia de la existencia del hombre pensante; como lo expresa —a su manera— Ernesto Sabato en el prólogo de Uno y el universo:2 “Uno se embarca hacia tierras lejanas, o busca el conocimiento de hombres, o indaga la naturaleza, o busca a Dios; después se advierte que el fantasma que se perseguía era Uno mismo”.

En el diálogo con el prójimo, las palabras son meros vehículos comunicantes cuyo sentido no es siempre el mismo, en ciertos aspectos, aun para todos los miembros de una sociedad que habla el mismo idioma. Hay matices propios que cada uno les otorga a muchos de los vocablos que hacen al acervo idiomático. El diálogo demanda para sus actores descubrirse mutuamente.

“La vela de Dios es el alma del hombre que revela todos los ámbitos de las entrañas.”3 Dialogar, en su sentido más profundo, es acercar el alma de uno a la del otro, a fin de revelar e iluminar su interior.

En el momento en que se alcanza una dimensión dialogal tal, uno se da cuenta de las similitudes que comparte con el otro. Las mismas problemáticas existenciales, con sus demandas y sus múltiples resoluciones. El alma de uno se refleja en la del otro. Los hálitos divinos que ambos poseen saben entonces aunarse para conformar junto a él una atadura que jamás flaqueará, como está dicho: “La cuerda de tres dobleces no ha de desmembrarse rápidamente”.4

Muchos fueron los momentos que sirvieron de acercamiento y conocimiento entre el cardenal Bergoglio y yo, y que pavimentaron una senda larga de encuentros con distintas características y circunstancias.

Cierto día fijamos lugar y fecha para sentarnos meramente a hablar. El tema era la vida misma en sus múltiples facetas: la sociedad argentina, la problemática mundial, las expresiones de vileza y grandeza que presenciábamos en derredor. Dialogar en la más absoluta intimidad, salvo la presencia de Él, que aunque no lo nombráramos asiduamente (¿acaso hacía falta?) lo sentíamos siempre presente.

Los encuentros fueron repitiéndose, cada uno con sus propios temas. Cierta vez, fijado el encuentro en mi escritorio en la comunidad, le fui comentando acerca de ciertos documentos enmarcados que adornan las paredes del despacho. Me detuve en unas hojas manuscritas del famoso pensador, el rabino Abraham Joshua Heschel, y en otros textos. Sin embargo, mi amigo se detuvo en el mensaje de salutación que había pronunciado en la sinagoga hacía unos años, en ocasión del inicio de la liturgia del año nuevo hebreo, que se encontraba colgado junto al de Heschel. Mientras acomodaba algunas cosas del siempre desordenado ámbito, lo observé parado frente a aquellas páginas firmadas y datadas por él.

La intriga me embargó. ¿Qué habrá pasado por su mente en aquel momento? ¿Qué tenía de peculiar ese gesto, más que el de cuidar y mostrar un documento que considero testimonio valioso en lo que hace al diálogo interreligioso de nuestro medio? No le pregunté. Hay silencios, a veces, que guardan en sí un dejo de respuesta.

Pasado un tiempo, fijamos nuestra reunión en su escritorio, en el Arzobispado. La conversación conllevó a discutir acerca de la presencia del sentimiento religioso en la poesía hispanoamericana. Me dijo: “Tengo una antología en dos tomos al respecto que se la presto, aguarde que voy a la biblioteca a buscarlos”. Quedé en la soledad de su pequeño estudio. Observé el armario con las fotos que lo acompañaban. Deben de ser seres muy queridos y significativos para él, reflexioné. Repentinamente distinguí entre ellas, enmarcada, una foto que le había regalado de un encuentro compartido en el que nos habíamos re

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