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SIN MAQUILLAJE

Fernanda Muslera  

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Fragmento

1.


Todo viene de más lejos y va más lejos que nosotros

A modo de prólogo

Aprendí por fin que los caminos que recorrí no fui yo quien los había trazado. Sin saber cómo, ahora mismo en medio de uno nuevo, me sorprendo escribiendo unas palabras a modo de prólogo que nunca imaginé me pedirían.

Asumo este compromiso con el orgullo de un veinteañero, de la misma manera que hace 41 años, cuando después de haber sido distinguido por medio de un concurso como nuevo integrante del elenco estable de la Comedia Nacional, subí la escalinata del Teatro Solís dispuesto a luchar contra molinos de viento y a besar tras una máscara la mano de Julieta.

¿Por dónde comenzar? ¿De qué manera reencontrarme con los actores y las actrices que entonces me recibieron? ¿Cómo estrechar sus manos con las manos de quienes hoy tienen la responsabilidad de mantener vivas las llamas que aquellos antes encendieron?

Los sueños no responden, la realidad, sí.

La Comedia Nacional no deja de ser para nuestro país una conquista en términos políticos y sociales. Surge como la necesidad de afirmar la creación uruguaya ante el aluvión de propuestas venidas de otras latitudes, surge en una época de efervescencia cultural e intelectual que admitía que un grupo de actores iba a reforzar el bastión de la ciudadanía cultural de un pueblo, de una sociedad. Sí, son los actores, como ejes de la creación teatral, y la fuerza de un elenco más allá de sus crisis, avatares, fragilidades y certezas, quienes signan el espíritu y la misión que el gobierno de la ciudad de Montevideo supo otorgarles hace ya 70 años.

Haber convivido con distintas generaciones de grandes intérpretes, algunos de ellos fundadores,1 haber comulgado con la tradición sin dejar de animar nuevas estéticas y técnicas expresivas; ser partícipe de la defensa de los valores institucionales durante el nefasto período político que transitamos, y de las imprescindibles transformaciones que se llevaron a cabo en su transcurrir, me obliga a defender aquellos valores de los que somos depositarios y transmitirlos como vívido legado.

La realidad nos puso de cara al fuerte compromiso que vio la luz en 1985 y que dimos en llamar «Participación».

Participación avalada por la recomendación relativa a la condición del artista, que en 1980 había efectuado la Conferencia General de la ONU, para la Educación, la Ciencia y la Cultura, sobre la necesidad de tener en cuenta la opinión de los artistas en la formulación y ejecución de las políticas culturales, porque en la medida que el artista participa en los proyectos de transformación y consolidación, la noción de cultura adquiere un mayor sentido de vivencia y pertenencia».2

Participación que entonces asumimos reglamentando su organización en la constitución de un Consejo integrado por los miembros del propio elenco, devenidos nuestros representantes mediante elección interna frente a quien eventualmente ejerza la dirección general y artística.

Participación orgánica en la cual se profundiza la imprescindible discusión de la presentación de candidaturas al referido cargo jerárquico, de la definición de la programación y, por consiguiente, de la distribución de las distintas responsabilidades artísticas sin descuidar jamás las administrativas, dado que en lo funcional también estamos comprometidos porque tenemos clara conciencia de que un mal desempeño en este aspecto envilecería los fundamentos de la tarea, desdibujándonos como institución.

Trazamos nuestros objetivos hace 32 años y fuimos profundizando en ellos e incorporando al equipo de gestión los roles del productor ejecutivo y del responsable de comunicación, manteniéndonos siempre en las coordenadas del teatro público, con el cual estamos comprometidos en la formulación y ejecución de políticas culturales en las que el ciudadano es el mismísimo centro, alejándonos de ser un teatro oficial, privado o comercial.

Nuestro elenco estable es un espacio provisto de contenidos de privilegio y de responsabilidad artística y ciudadana; a partir de dramaturgia nacional y universal es ineludible que incentive culturalmente a los nuevos hacedores de teatro a través de investigaciones, experiencias, nuevos lenguajes técnicos expresivos, lo que lleva a que de una vez y por siempre cada conquista artística se reafirme en las raíces precedentes. La tradición nos lo reclama.

Este libro le rinde homenaje a los 70 años de la Comedia Nacional.

Agradezco a la joven autora, que primero lo soñó y que luego, aunque sin merecerlo, me honrara encomendándome esta tarea, porque me permite recordar y hacer partícipe a su creador, Justino Zavala Muniz, que en el Teatro Solís el 2 de octubre de 1947 inaugurara la primera temporada de nuestra compañía; al elenco fundador,3 del cual recibimos el privilegio y también la responsabilidad de mantener viva la llama de los sueños; a los actores, actrices y técnicos que en el año 1973,4 como verdaderos militantes del arte y con firmes principios republicanos, nos enseñaron a cerrar filas contra al avance de la dictadura, impidiendo cualquier tipo de intervención, ejemplo que debemos honrar y jamás olvidar poniendo siempre a nuestra institución por encima de veleidades y de toda estrategia política. «Los gobiernos cambian, los ministros van y vienen, pero la cultura es un proceso permanente cuya orientación debe ser ininterrumpida», dijo Justino Zavala Muniz.

Las páginas de este libro registran entrevistas a compañeros que conozco en el trabajo, con quienes comparto alegrías, tristezas, triunfos, también fracasos, que en la plena búsqueda de un lenguaje propio y definiendo su personalidad artística, están escribiendo hoy una nueva etapa en nuestra historia, sabiendo que como nosotros, son herederos de una fuerte y rica tradición teatral.

Tradición cimentada en 1793 con la creación de la Casa de Comedias, sostenida por los visionarios de comienzos del siglo XX, y vertebrándose en 1937 con la fundación del Teatro del Pueblo, la Casa del Teatro en 1945, la Agrupación Uruguaya de Teatro Vocacional El Tinglado y la Federación Uruguaya de Teatros Independientes (FUTI) en 1947 y en 1949, la Institución Teatral El Galpón.

Estos primeros 70 años de la Comedia Nacional, que, casi, casi, son los míos, me invitan a la celebración y a la imprescindible reflexión.

Conocí a los Maestros, y gracias a ellos aprendí que el teatro es ejercicio de libertad, juego del alma libre.

No tengo justificaciones por la valentía que quizás a veces me faltó, la voz que otras tantas veces levanté y el abrazo que no di.

Soy afortunado, nunca perdí la ilusión.

Tengo aún mucho que aprender; de nada puedo quejarme y mucho menos aún puedo vanagloriarme por los cargos de responsabilidad con los que mis propios compañeros me honraron y gracias a los cuales espero haber servido a nuestra institución.

Confío en las nuevas generaciones de teatristas, en cuyas manos quedará la responsabilidad y también el privilegio de seguir cultivando nuestro arte.

Y sé que todo viene de más lejos y va más lejos que nosotros…

LEVÓN

1 Alberto Candeau, Enrique Guarnero, Horacio Preve.

2 Del libro Comedia Nacional. Crónica del acontecer de su vida institucional, de Oscar Serra (actor e integrante, junto a Susana Bres, Dumas Lerena y Eduardo Schinca, del primer Consejo Asesor, presidido por Jaime Yavitz como director artístico).

3 Flor de María Bonino, Maida Calvo, Carmen Casnell, Martha Castellanos, Zelmira Daguerre, Mora Galián, Cotina Jiménez de Aréchaga, Mary Marchissio, Rosa Miranda, Blanca Stiger, Rómulo Boni, Carlos Calderón de la Barca, Alberto Candeau, Héctor Cuore, José O. Fernández, Enrique Guarnero, Guzmán Martínez Mieres, Miguel Moya, Nelson Nazzari, Humberto Navarro, Ramón Otero, Horacio Preve, Constante Scartaccini.

4 Nelly Antúnez, Estela Castro, Estela Medina, Maruja Santullo, Marina Sauchenco, Nelly Weissel, Elena Zuasti, Camilo Bentancur, Alberto Candeau, Delfi Galbiati, Juan Jones, Omar Giordano, Enrique Guarnero, Dumas Lerena, Alberto Mena, Mario Palisca, Horacio Preve, Domingo Pistoni, Claudio Solari, Eduardo Schinca, Jorge Triador, Jaime Yavitz.

2.


Recordar y mantener lo efímero

Introducción y agradecimientos

Desde chica siempre me fascinó el teatro. Me encantaba, más que nada, la idea del teatro, porque a decir verdad no iba a verlo. De niña, con la escuela, recuerdo haber ido a ver una obra. Nunca tuve buena visión y tengo memoria de divisar a lo lejos un par de títeres de gran tamaño, tal vez Carozo y Narizota. A inicios de mi adolescencia comencé a leer teatro en el liceo; textos como Fuenteovejuna, Prohibido suicidarse en primavera, La cantante calva y El centroforward murió al amanecer. Volví a fascinarme. Hasta hice un taller de actuación durante un año, en el que no pasamos de la improvisación. A mí lo que siempre me gustó fue escribir y entonces me anoté a estudiar Ciencias de la Comunicación en la Universidad de Buenos Aires, ya que soy nacida en Montevideo pero criada en la capital porteña. Regresé a Uruguay en 2011.

Salvo por esporádicas visitas a musicales, espectáculos de improvisación y stand ups, me alejé del teatro pero me acerqué al mundo académico, al cine y a la danza del tango. Quizás dejé de lado al teatro por todos esos otros intereses o por simple infantilismo adolescente. Mi primer amor comenzaba a estudiar actuación y yo no quería que tuviéramos la misma pasión… Como si la pasión por el arte fuera una propiedad privada.

Pasaron años y países, y en Montevideo, de la mano de mi entusiasmo por el cine y mi experiencia en temas culturales, pasé a la sección «O2» del diario El Observador a cubrir, entre otras cosas, el área del teatro.

Empecé a ir muy seguido a ver obras y a asistir regularmente a los espectáculos de la Comedia Nacional. Recuerdo que una de las primeras cosas que pensé fue: «Qué bueno sería que existiera una compañía así en Buenos Aires, a la que poder ir por un precio muy económico». Una compañía que mis profesores me recomendaran, un lugar al que un joven pueda ir aunque no sepa nada de teatro, simplemente por darse cuenta de que allí se hace teatro de calidad y a precios populares. Un lugar donde el pasado no sea tangible como el cuadro en un museo sino una experiencia casi mística, de energía que se traspasa de generación en generación a través de los cuerpos, de los tonos de voz o incluso del vestuario que usan los intérpretes. Un lugar donde lo efímero sea mágico. El lugar de lo efímero por excelencia.

Qué ecuación más atractiva hubiera sido que existiera la Comedia Nacional en Buenos Aires. Cuánta emoción y cuánta cultura podría haber recibido desde chica. Cuán importante me pareció que esa compañía no fuera invento de un privado sino que perteneciera al Estado, a un Estado que cumple con su función de velar por el desarrollo cultural de las personas como un compromiso ineludible de su existencia; que así como el Estado argentino me dio la posibilidad de estudiar en una gran universidad como es la UBA, me diera también la chance de sentir una compañía de teatro como mía. Porque está claro que existe el teatro con financiación pública en Argentina, pero un elenco estable, intuyo, significa otra cosa.

Lo cierto es que conocí a la Comedia Nacional y empecé a individualizar a sus actores, a disfrutarlos en distintos papeles, a que verlos fuera un hábito, a pensar en cuál de ellos tendría qué rol cuando se anunciara un próximo título, a enojarme con la Comedia, a emocionarme con ella, a especular con qué obra me gustaría que hiciera el elenco.

Recuerdo especialmente dos presentaciones de la Comedia durante mis primeros años en Montevideo. Una fue la puesta de Levón de La dama boba, de Lope de Vega. La otra fue Variaciones Meyerhold, de Eduardo Pavlovsky, con la dirección de Lucio Hernández. Fueron experiencias muy diferentes pero ambas me hicieron sentir un especial interés por la Comedia. En La dama boba, que se puso en escena en el Teatro Solís, estaba sentada demasiado lejos y entonces no podía ver bien a los actores, lo cual me resulta en extremo irritante, porque si hay algo que quiero en el teatro es verle la cara a los artistas. Sin embargo, la interpretación de Jimena Pérez fue tan potente, su canto tan hermoso y las palabras de Lope de Vega tan envolventes que salí absolutamente encantada con la puesta, con ganas de a la salida hablar en verso y ponerme un vestido con miriñaque. En Variaciones Meyerhold las butacas estaban arriba del escenario de la Sala Verdi, con lo cual los actores se encontraban al lado de los espectadores. De esta obra salí conmocionada, sintiendo que había visto realmente a Meyerhold, que Jorge Bolani había efectivamente logrado la transmutación.

Luego tuve la suerte de entrevistar a Levón y a Bolani para el diario y me sentí fascinada por los dos: por la mística, el respeto, el refinamiento y el ensueño de Levón; por la bondad, la sencillez, la simpatía y el talento natural, sin parafernalia, de Bolani. Haber visto esas obras, haber hablado con personas como ellos, hicieron que quisiera escribir este libro.

Las obras de la Comedia, como tantas otras del teatro independiente, y las entrevistas que hice a autores, dramaturgos y directores me hicieron ver un lado y el otro del teatro. Y empecé a interesarme por sus pensamientos y a pensar en su oficio. A preguntarme por ese mecanismo que se activa en el teatro para mover la fibra de una persona. Por supuesto que el cine también lo pretende, pero además de que media una pantalla con el espectador, puede fracasar en su intento y volver a intentarlo miles de veces sin que seamos testigos de esto. El teatro, en cambio, tiene una sola chance de que todo funcione, de que no haya nada que rompa el hechizo (ni siquiera el desagradable sonido de un celular que alguien olvidó apagar), de que «baje el duende», de que la mentira se vuelva verdadera, de que me olvide de que hay algo afuera que se llama mundo, realidad, de que me transporte a una corte del siglo XVII, a la antigua Grecia, a una familia de clase media uruguaya, a un futuro distópico.

La pretensión del teatro es super grande y pequeña a la vez. ¿Qué es un breve momento de emoción en la vida de una persona? ¿Qué posibilidades tiene realmente ese momento de cambiar a alguien? ¿Es catarsis, es un golpe en la cara, es pasar un momento entretenido, es vaciar la cabeza para no pensar o llenarla para lo contrario?

«En esa función pasó, sucedió», escucho decir. Y entonces pienso en la asociación del teatro con el ritual, con la celebración colectiva, con ese «actor en estado sagrado de transformación», como dice Mauricio Kartun. Pero también siempre que pienso en el teatro pienso en el libro Zen en el arte del tiro al blanco, de Eugen Herrigel, en el que explica cómo el verdadero arte reside en abandonar la consciencia y dejarse fluir. Todas las artes tienen eso. Cuando alguien quiere bailar y se pone a racionalizar sus pasos, el baile se traba. Cuando alguien escribe y se boicotea cada dos palabras, la escritura no surge. Hay que tirarse al vacío para poder hacer arte. Y no conozco ningún arte en el que ese salto al vacío sea tan intenso como en el teatro, no solo porque es un arte colectivo y que implica la mirada de los otros, la evaluación de los otros en el mismo momento que se crea. Puede que no tenga el riesgo físico de los acróbatas de circo, pero sin duda posee una entrega mental mucho más profunda, porque el actor realmente siente que actúa cuando de alguna manera su yo desaparece para ser esa otra persona, cuando siente que no está mintiendo, o mejor dicho, que está viviendo esa mentira como si fuera verdad. Y tiene una entrega sentimental igual de intensa, porque los actores trabajan con sentimientos, con estados humanos, se entrenan para ser un muestrario de sensibilidad, y en esa entrega no es raro que de repente se encuentren contando a sus colegas algo que nunca le contaron ni al psicólogo, o desempolvando en el proceso de creación recuerdos que creían olvidados. Esta sensibilidad a flor de piel los expone, muchas veces, a la fragilidad, en un mundo que pondera lo contrario. Ese es un acto de valentía.

¿Cuánto intuimos los espectadores del trabajo de los actores? Calculo que muy poco. Quizás por eso la típica pregunta que alguien que no está en el medio le hace a un actor es «¿Cuán difícil es aprenderse la letra de memoria?». En los últimos años muchas veces me he preguntado por qué es que se sabe tan poco del oficio del actor. Me he preguntado sobre el limitado interés de los medios de comunicación de Uruguay en el teatro, y cómo la conversación sobre este arte tiene tan poco impacto en la población a nivel general, aunque Montevideo sea una ciudad en la que hay una producción y consumo importante de teatro. Basta ver la cartelera cada semana (por lo general, más de 70 obras por semana en cartel), basta saber que es el segundo país de América Latina (después de Costa Rica) en cuanto a consumo teatral por parte de sus ciudadanos.

Me resulta extraño que un país con la historia teatral de Uruguay no se haya ocupado de darle un poco más de permanencia a un arte efímero. Que grandes nombres de la Comedia y el teatro como Maruja Santullo, Enrique Guarnero, Mingo Solari, Estela Castro y Eduardo Schinca, por solo nombrar a algunos, sean muchas veces desconocidos, incluso para los propios estudiantes de teatro. Lo triste es que a aquellos que sí conocen sus nombres y quieran saber más de ellos les será difícil conocer quiénes eran en realidad esas personas que fueron claves en la cultura teatral uruguaya del siglo XX. En ese sentido, el proyecto A escena con los Maestros, producido por el Instituto Nacional de Artes Escénicas (INAE) en la última década, ayudó a reparar esta carencia histórica con una serie de entrevistas filmadas en video y editadas en DVD (luego publicadas en YouTube) a figuras como Estela Medina, Roberto Fontana, Rubén Yáñez, Héctor Manuel Vidal, Dahd Sfeir, Walter y Osvaldo Reyno, Alberto Restuccia, Beatriz Massons, Adhemar Rubbo, Graciela Figueroa y Levón, entre otros.

Pensé, entonces, en que me gustaría escribir algo sobre los actores de hoy, para que sus voces quedaran registradas, para que cuando alguien quiera saber sobre ellos pueda tener un lugar en el cual consultar. Más allá de que hoy es más fácil acceder a algunas entrevistas a través de internet, lo cierto es que son muy pocas las que se les han hecho a los actores de la Comedia Nacional, algunos incluso nunca hablaron anteriormente con la prensa. También me pareció interesante pensar a la Comedia como un todo, ver cuáles fueron sus procesos, los caminos y las personas que la han llevado a ser lo que es hoy, que la han hecho permanecer durante estos 70 años, período en el que naufragaron cientos de iniciativas culturales en un país que durante ese tiempo incluso perdió la condición democrática. Creo que vale la pena reflexionar sobre una institución que pudo sobrevivir a la dictadura, a las crisis económicas y a aquellos que pensaron que lo mejor sería desmantelarla.

Una vez que comencé a pensar en la posibilidad de escribir un libro sobre la Comedia me encontré con que en 70 años de historia había pocas cosas escritas sobre la compañía. Afortunadamente me topé con tres libros que fueron de gran ayuda para esta investigación. El primero es La historia de la Comedia Nacional, de Juan María Vanrell Delgado, escrito en 1987, luego de un concurso realizado por la Intendencia de Montevideo para su realización. La publicación se centra sobre todo en el surgimiento del elenco departamental en 1947, y luego comprende las fichas técnicas de las obras que se hicieron desde ese año a 1987. Este libro, que explica bien la paradoja del nacimiento de la Comedia (un elenco que nació con pretensión nacional pero terminó siendo municipal, pues recibió apoyo del entonces intendente de Montevideo Andrés Martínez Trueba y no del Estado),5 no tiene entrevistas. En 1997 la institución editó una publicación por los 50 años de su fundación, con artículos escritos por algunas personalidades destacadas del teatro uruguayo como China Zorrilla, Antonio Larreta, Osvaldo Reyno o Rubén Yáñez. Por último, el exintegrante del elenco Oscar Serra publicó en 2004 el libro Comedia Nacional. Crónica del acontecer de su vida institucional, que se centra en los aspectos políticos y administrativos de la compañía en su primera década de vida. Por lo tanto, nunca se había escrito un libro sobre la Comedia Nacional basado en la palabra de sus protagonistas, y entonces me pareció una buena idea hacerlo.

Para que esa idea fuera posible decidí centrarme en el siglo XXI, pero siempre conectando los actores de hoy con esos otros del pasado, aquellos a los que ellos admiraron, de los que aprendieron, a los que quisieron copiar y de los que quisieron diferenciarse, aquellos con los que incluso llegaron a compartir escenario. Decidí centrarme en los procesos que llevaron en los últimos años a la Comedia Nacional a ser el elenco que es hoy. Decidí contar una historia de la Comedia en el siglo XXI con raíces profundas en el siglo XX.

Entre la bibliografía que me ayudó en esta investigación también se destaca la producción académica dirigida por Roger Mirza en la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación; los tomos enciclopédicos de Jorge Pignataro y María Rosa Carbajal, buena herramienta de consulta para críticos e investigadores; las pesquisas de Cecilia Pérez Mondino, Mercedes Orticoechea y David Telias sobre la Comedia Nacional publicadas en la web del elenco; las biografías de actores como Alberto Candeau y Julio Calcagno, y algunos ensayos históricos como los de Walter Rela y Juan Carlos Legido.

Pero yo partía con una contra: no haber visto gran parte de las obras de las que habla mi libro, por la sencilla razón de que aún no vivía en el país. No obstante, vi numerosos espectáculos del elenco en los últimos años y pude acceder a algunos videos que me prestó el Centro de Información y Documentación de las Artes Escénicas (CIDDAE), situado en el Teatro Solís, y a otros que me dieron la Comedia y el actor Jorge Bolani a partir de filmaciones realizadas por Enrique Sosa.

De todos modos, el periodismo es una maravillosa herramienta para reconstruir cosas que ya no están y mi intención con el libro, más que dar mi punto de vista, es contar las historias artísticas, de vida, las anécdotas, los éxitos, los fracasos, los problemas y las dicotomías de los actores de la Comedia Nacional. Quiero que este libro sea sobre todo la voz de los artistas (intérpretes, directores, dramaturgos, diseñadores de los más diversos rubros) a la vez que una ventana a la mirada periodística sobre sus trabajos, porque considero a la crítica de teatro como parte muy importante del acontecer teatral.

Es importante que el periodismo en general deje de mirar con recelo al tea

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