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SIETE MOTIVOS PARA NO QUERERTE

María Border  

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Fragmento

CAPÍTULO 1

—¿Conocías la situación de tu padre? —preguntó desconcertado. Llevaba más de media hora escuchando el relato de Gabriela sobre lo ocurrido en la oficina del abogado.

—No —respondió—, no tenía idea. No sospeché nada. Él seguía viviendo en su departamento, manejaba su coche, me llevaba a cenar a los mismos restaurantes selectos de siempre. No noté nada diferente. O el problema es reciente, o supo ocultarlo muy bien.

—Es casi imposible que no te dieras cuenta —insistió su novio—. Los negocios no se desmoronan de un día para el otro. Tu viejo tenía una posición acomodada. Algo debió indicarte que estaba prácticamente en bancarrota. No puede ser que te enteres cuando estás heredando más deudas que activos.

Pero así era. Estaba recibiendo una pesada carga. Su vida tranquila, de la noche a la mañana, se convertía en un sinfín de reclamos, miradas reprobatorias, deudas, responsabilidades. Miró a Renzo buscando fuerzas y solo encontró dudas. Agradeció que su madre se separara de Sebastián Arredondo cuando todavía era un hombre de un pasar más que acomodado. Beatriz no hubiera soportado hacerse cargo de la nueva situación. En el divorcio consiguió la casa donde moraba, el auto que la movilizaba y el negocio de ropa femenina con el que se sustentaba. Todo prolijamente detallado y suficiente como para dejarla contenta. Como hija, ella no había recibido nada en aquel momento, y ahora ya no quedaba qué repartir excepto cargas. Subieron al auto de Renzo, detectó la tensión imperante, cerró los ojos y regresó en el tiempo.

Sebastián Arredondo y familia paseando por San Ignacio, por Disneyland, cruzando el Sena, disfrutando del carnaval de Venecia. Una infancia plagada de imágenes bellas, una adolescencia signada por la abrupta separación que no dejó más que incógnitas.

«¿Por qué se habían separado?» Ninguno de los dos quiso jamás comentarle los motivos. La dejaron con su abuela para irse de viaje solos y al regresar ya no eran un matrimonio. Ninguna explicación, ningún motivo expuesto. Solo la contundencia de la ruptura, el cambio de vida, y mamá y papá en casas diferentes. Una semana con él, otra con ella. Quince días de vacaciones en Pinamar con mamá y quince con papá en algún lugar del mundo. Así, hasta que fue mayor de edad. Y aunque ahora tenía veinticinco años, el padre se llevó a la tumba sus razones, y la madre… si no había hablado antes, mucho menos lo haría ahora.

—Podés renunciar a tus derechos —explicó Renzo rompiendo el silencio.

—No entiendo.

—Seamos claros, Gabriela. Tu padre te dejó un muerto difícil de levantar. Vos no tenés idea del rubro, no conocés el mercado. Te vas a terminar endeudando más de lo que se endeudó él.

—Vos sí entendés de negocios —intentó—. Podrías ayudarme. Necesito que me enseñes, que me expliques. Puedo aprender…

—No, Gabriela. Para salir de este lío necesitás capital. ¿Tenés capital de resguardo? —preguntó, pero no esperó la respuesta—. No, no tenés.

—Cuento con mi departamento…

—Un dos ambientes diminuto en Almagro no te alcanza ni para pagar los sueldos del personal. Y yo no invertiré dinero en un negocio que a las claras está fundido. Olvidate de todo, rechazá la herencia, o mejor dicho, rechazá la deuda y seguí dedicándote a lo tuyo. Con eso te entretenés y pagás tus gastos.

Volver el tiempo atrás. Eso quería. Regresar tan solo unos años. Abrir más los ojos para descubrir aquel momento donde todo se inició e intentar que sus padres no se separaran sin una explicación. Detectar dónde Sebastián Arredondo equivocó el rumbo y la empresa comenzó a desmoronarse, para así buscar los pilares con los cuales sostenerla ahora. Volver a aquella noche en Punta del Este en la que Renzo la besó, la enredó con sus brazos y creyó que la envolvía en una capa de protección y contención indestructible, duradera.

¿Por qué todos tenían la facultad de engañarla con tanta facilidad? ¿Cómo fue posible que jamás imaginara un solo conflicto entre sus padres y de la noche a la mañana ya no fueran una pareja? Había entrado a la oficina del abogado pensando en entregarle a Renzo las riendas de la empresa de su padre, y salió entendiendo que solo había deudas por levantar, que no tenía idea de cómo las afrontaría, y su novio le aclaraba desde el vamos que no valía la pena el esfuerzo. Se sintió incapaz, agobiada, sola.

Abrió los ojos, giró la cabeza y lo observó en detalle. Era hermoso, el hombre más hermoso que había visto en su vida. Sexy, con esa chispa risueña y aniñada en los ojos; el cuerpo trabajado. Un buen amante. Aunque su experiencia se limitara tan solo a él, en su cama se sentía plena.

«Debe estar agotado —lo excusó—, seguramente preocupado por mi situación.»

—Llevame a casa de mamá, por favor —solicitó—. Necesito entender algo de todo esto.

Renzo aceptó. Él también quería estar solo y pensar. Había imaginado un futuro diferente. Casarse con Gabriela, unir sus fortunas y vivir sin privaciones. Ella era una mujer hermosa para llevar del brazo. Culta. Reclamaba poco, investigaba menos y vivía enfrascada en sus fotografías, dejando que los días pasaran sin sobresaltos. La esposa ideal para un hombre como él, a quien le atraía la adrenalina de cambiar de cama a diario, conducir un buen auto y codearse con el grupo selecto de Buenos Aires. La quiebra de Arredondo Bienes Raíces era un hecho. La voz se correría rápido. Como economista, sabía lo difícil que sería que la situación variase drásticamente. Lo dicho; la empresa era un muerto imposible de levantar. Gabriela estaba loca aceptando la herencia y, de cualquier manera, los oídos ya le zumbaban imaginando los rumores de pasillo diciendo que si él no había sido capaz de salvar la empresa de su prometida, mucho menos lo lograría con la de un extraño. Su carrera acabada justo cuando estaba en ascenso. Ni hablar. Ella tenía que renunciar o sería el fin del futuro de ambos.

Beatriz bebió otro sorbo de su té. Sospechaba que Sebastián estaba transitando por algún inconveniente económico, pero jamás imaginó que estuviera en la ruina. Lo que su hija pretendía era una completa estupidez, no entendía de negocios, no tenía idea de lo que era un pagaré, un cheque. Gabriela solo conocía de lentes y cámaras fotográficas, de luces y sombras.

—Seguí el consejo de Renzo —dijo—. No sabés nada de bienes raíces. Te lo pasás fotografiando la naturaleza con tu camarita bajo el brazo —tenía que ser muy clara—, no podés hacerle frente a la situación. Perderás tu departamento pagando deudas. Terminarás entregándole la inmobiliaria a los empleados y acreedores y será más difícil continuar con tu vida. Sacate de encima todo ahora y evitate un disgusto y una mancha en tu legajo comercial.

—Cuando era chica —recordó ignorando a su madre—, los viernes, al salir del colegio, me llevabas hasta la inmobiliaria. Vos te quedabas hablando con Maite mientras Mario me convidaba caramelos de naranja. Cuando papá se desocupaba me dejaban apagar las luces, cerrábamos las puertas blindadas y nos íbamos al cine y a cenar. ¿Te acordás?

—Esos recuerdos solo te inyectan presión. Primera lección, en los negocios debés guiarte por el raciocinio, nunca por el corazón —indicó Beatriz sabiendo lo duro que fue para ella comprender esa regla.

—¿Por qué se separaron? —preguntó nuevamente, como desde hacía diez años.

—Lo ocurrido entre Sebastián y yo correspondió a nuestra pareja. Como padres, nuestra relación con vos no varió jamás. Ya lo hablamo

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