Loading...

SERáS MíA O DE NADIE

Diego Fischer  

0


Fragmento

Cuatro disparos y un siglo de silencio

Hace años me preguntaron cuándo iba a escribir la biografía de Delmira Agustini. “No tengo pensado hacerlo”, respondí. “¿Por qué no?” “Porque ya se ha escrito todo sobre ella.” Con el transcurso del tiempo y luego de haber publicado en 2008 Al encuentro de las Tres Marías, la biografía de Juana de Ibarbourou, varias personas me dijeron: “La próxima es Delmira”. “No está en mis planes hacer nada sobre ella”, comenté una y otra vez. Pero todo puede cambiar y así sucedió. Cuatro años atrás, en una cena familiar, una prima política nacida en Florida me transmitió algunos recuerdos de su infancia y varias de las historias que su madre le contaba de la familia de Enrique Job Reyes. Habían sido vecinos de toda la vida. Vivían en casas pegadas en la calle Rodó de Florida. Ella misma tenía muy presente a Alina e Isabel, las hijas mujeres del clan. Aquella familia sencilla, capitaneada por la criolla doña Jacinta Díaz, tempranamente viuda del español Ginés Reyes y madre de tres hijos, había cobrado notoriedad sin quererlo ni proponérselo en agosto de 1913, cuando Enrique, su hijo varón, se casó con Delmira Agustini. Poco después fue objeto de todo tipo de dimes y diretes, cuando se conoció la noticia de la muerte de Delmira y el suicidio de Enrique.

Recibe antes que nadie historias como ésta

Esas historias despertaron mi curiosidad por saber qué no se había escrito sobre Delmira y por qué se sabía tan poco de Enrique Job Reyes. Fue así que me dediqué a repasar algunas noticias biográficas sobre la poetisa. Comencé con la primera y reveladora investigación de Ofelia Machado de Benvenuto, editada en 1944; continué con la monografía de Clara Silva, que data de 1968; seguí con la compilación de las cartas íntimas realizada por Arturo Sergio Visca en 1969, para luego detenerme en las cartas de amor, recopiladas y comentadas por la periodista Ana Inés Larre Borges y publicadas en 2006 en un libro prologado por Idea Vilariño. Luego de leerlas me surgieron gran cantidad de preguntas y de dudas. “A mí juego me llamaron”, me dije y empecé una investigación periodística por los lugares donde creí que podía encontrar material.

Cuando uno comienza una investigación tiene un punto de partida, pero nunca un lugar de llegada. Son los propios hallazgos los que van pautando el rumbo del trabajo y señalando el sinuoso camino de final desconocido. Y vaya si en este periplo hubo sorpresas. Desde textos inéditos de Delmira, historias contadas por descendientes de personas que tuvieron relación con la familia Agustini, pasando por un cuidadoso estudio de los dos expedientes judiciales de su divorcio —porque fueron dos los juicios y no uno como hasta ahora se dijo—, sin dejar de lado breves pero claves comentarios en la prensa de la época, que en la enorme cobertura periodística que tuvo su muerte pasaron inadvertidos para la mayoría de los investigadores. Fue también fundamental la lectura y relectura de una enorme cantidad de documentos del archivo de Delmira, depositado y muy bien cuidado en el Archivo Literario de la Biblioteca Nacional. Allí hay material no solo de la autora de Los cálices vacíos, sino también de sus padres, don Santiago Agustini y doña María Murtfeldt, personajes imposibles de obviar si se quiere entender su vida y lo que verdaderamente motivó la tragedia.

SERÁS MÍA O DE NADIE ve la luz cuando se van a cumplir cien años de la muerte de Delmira y Enrique. Un siglo desde que la joven poetisa de indudable talento pasó a ser un mito y una leyenda no solo en el Uruguay, sino también fuera de fronteras.

SERÁS MÍA O DE NADIE aporta una mirada diferente sobre la vida y la muerte de Delmira, pero no sobre su poesía. Una mirada sin fanatismos, preconceptos ni medias verdades repetidas hasta el hartazgo.

SERÁS MÍA O DE NADIE procura darle al lector nuevos elementos surgidos de documentos hasta hoy desconocidos, para que sea él quien saque sus propias conclusiones de lo que realmente fue la vida de una mujer que escandalizó a la sociedad montevideana del Novecientos con sus poemas eróticos y sus presuntos amoríos. Y también de un hombre al que la historia condenó sin un juicio previo.

Para que los datos y la información que brinda este libro tuvieran, además del imprescindible respaldo documental, un fundamento científico, recurrí al reconocido y prestigioso médico y catedrático de Medicina Legal Guido Berro Rovira y a la psicóloga y grafóloga Andrea Jordan. Ellos hicieron, en sus respectivas áreas, estudios específicos sobre varios temas de esta historia. Dichos documentos pueden ser leídos en el anexo documental.

SERÁS MÍA O DE NADIE no es un libro más sobre Delmira. Tampoco es ni aspira a ser la verdad revelada. Es un estudio veraz que proporciona nuevos elementos para tratar de saber, entender y comprender el qué y el porqué de lo sucedido el 6 de julio de 1914, cuando sobre las seis de la tarde se oyeron cuatro detonaciones de arma de fuego en una pequeña habitación ciega de la calle Andes 1206.

Diego Fischer Requena

Noviembre de 2013

Un retrato como de Rembrandt

El fogonazo actuó como un rayo. Sus ojos claros y su mirada más triste y ausente que nunca se extraviaron en la nube que invadió por unos segundos toda la habitación. Transcurrieron unos momentos. Ella seguía sentada en la silla, en su mundo, perdida. El segundo disparo la encontró en la misma posición, inmutable.

—Será mejor que lo hagamos con luz natural —dijo don Santiago y corrió los pesados cortinados que cubrían los ventanales.

Era el 2 de julio de 1914 y, pese al intenso frío que azotaba Montevideo desde mediados de abril, esa tarde el sol había dado una tregua. En un instante invadió la amplia sala de la casa de la familia Agustini, en el Centro de Montevideo.

—Nena, ¿te pasa algo?

Delmira no respondió. Ni la generosa luz que hizo brillar la enorme marina de Graner que presidía la sala logró sacarla de su ensimismamiento.

—Nena, ¿te sentís bien? —reiteró su padre al tiempo que se ponía en cuclillas y le tomaba las manos con suavidad.

—Sí, papá. Solo estaba pensando.

—¿Pensando en Enrique?

Los ojos de Delmira se humedecieron y, antes de que las lágrimas surcaran su rostro redondo y sin maquillaje, se oyó crujir una puerta.

—Se despertó mamá de la siesta —dijo ella nerviosa.

—Así parece —comentó resignado don Santiago.

Ambos, padre e hija, se pusieron de pie.

—Vamos a sacar otra. Estoy seguro de que hoy voy a tomarte el más lindo retrato que jamás te haya hecho.

Delmira esbozó una sonrisa.

—¡Otra vez sometiendo a la Nena al calvario de los retratos! —dijo doña María con su voz gruesa y su tono marcial.

—No es un calvario, mamá. Papá es un artista y los artistas precisan practicar para lograr su mejor obra.

—¡¡¡Artista!!! —exclamó María—. No me hagas reír. Artista, una gran artista sos vos. —Y agregó—: Para eso dediqué mi vida, para que fueras lo que sos: la poetisa más famosa y admirada de América.

—Mamá, no es para tanto.

—Nena, no me contradigas, sabés bien que no me gusta. Las discusiones me traen jaquecas. No hago más que decir la verdad. Vos sos la más grande escritora que nació en este continente y pronto te reconocerán también en Europa. Gracias a mí.

Don Santiago se hacía el que no oía y preparaba su máquina para tomarle nuevas fotos a su hija. Tenía dos pasiones: la plata y la fotografía. A acrecentar su fortuna le dedicaba la mayor parte de su vida, pero desde el nacimiento de Delmira encontraba tiempo y espacio para hacer retratos. Estudiaba en libros, catálogos y artículos de las revistas que llegaban de Europa y practicaba con una máquina alemana que había comprado en la casa Pablo Ferrando, de la calle Sarandí. No solo tomaba las fotos sino que también las revelaba él mismo, en un pequeño laboratorio que había montado en el altillo de su casa. Era su lugar privado, en el que pasaba largas horas. Además, su estratégica ubicación impedía que su mujer entrara. Para llegar al altillo había que subir por una escalera caracol de hierro, cosa que a doña María le resultaba imposible.

Don Santiago era prestamista y pignoraba alhajas. No obstante, se presentaba como estanciero y hombre de negocios que invertía en la bolsa. Lo de estanciero venía porque eran varios los hacendados que, a cambio de dinero en efectivo, le habían cedido la renta de sus campos, especialmente en el departamento de Salto. Lo de negocios en la bolsa respondía a que en una ocasión montó una brillante y muy redituable operación financiera por la que le entregó una formidable suma de dinero al cónsul de Brasil en Montevideo, afecto al juego y a la farra, que terminó pagando a lo largo de años la Legación Brasilera. En sus papeles había anotado esta operación como “empréstito brasileño” y cada semestre ponía a un costado los cuantiosos intereses que cobraba.

A pesar de su afán por hacer plata, Agustini tenía inclinaciones artísticas. Era un hombre al que le gustaba la pintura. Admiraba las obras de Rembrandt y sostenía que algún día conseguiría hacer un retrato fotográfico tan perfecto como los que había pintado con su paleta el maestro holandés en el siglo XVII. “¿Por qué una fotografía no puede tener la sensualidad y el misterio de un lienzo?”, comentaba siempre. Por eso, cuando recién se casó, retrataba a su mujer, María Murtfeldt. No adoptó la misma actitud con su hijo varón, Antonio Luciano, llegado al mundo en 1882, diez meses después del casamiento. Nacida Delmira, se propuso plasmar en fotografías a aquella niña hermosísima, que conservó su belleza siempre. Al principio María no ocultó sus celos. Se sentía desplazada. Su marido tenía ojos y palabras solo para su hija. De pelo muy rubio que se fue oscureciendo a medida que creció, Delmira tuvo siempre enormes ojos azul claro que reflejaban e irradiaban luz.

—Son los de mi familia —repetía siempre con orgullo don Santiago.

—La inteligencia y el talento los heredó de mí —contestaba con sorna doña María.

Delmira rondaría los ocho años la tarde en que don Santiago bajó del altillo con unas fotografías recién reveladas y entusiasmado le entregó a su mujer los retratos que le había hecho el día anterior. Doña María los miró, hizo una mueca y con fuerza los rompió.

—Esa no soy yo —dijo y lanzó por el aire los pedazos de cartón.

—Mamá, sí sos vos. Yo estaba cuando papá te los sacó.

—Desde hoy no habrá más retratos en esta casa —sentenció.

Las fotos no solo mostraban a una mujer que había perdido cualquier rasgo de belleza, si alguna vez lo tuvo, sino a un ser de aspecto paquidérmico y siniestra expresión. Por entonces doña María, con 35 años, medía 1,58 y pesaba 160 kilos. Los síntomas de una neurastenia de larga data se agudizaban.

Debieron transcurrir algunos meses hasta que don Santiago pudo volver a fotografiar a su hija. Nunca más lo hizo con su mujer. Y la única imagen posterior a ese incidente que se conserva de doña María en su casa es la del casamiento de Delmira, en la que aparece cerca de los novios y casi en segundo plano, con familiares y amigos.

—A ver, Nena, ponete de frente, mirándome a mí.

Delmira trataba de complacer a su padre, pero era inútil: la tristeza de su rostro resultaba inocultable.

Hay quienes sostienen que a través del lente de una cámara se ve mucho más que a simple vista. Ese día, a don Santiago le llamó la atención cómo su hija se había amatronado en tan poco tiempo. Había transcurrido menos de un año desde su casamiento y su físico no parecía el de una joven de 27 años, sino el de una mujer mayor. O el de una madre luego de haber dado a luz. O el de una mujer embarazada. ¿Serían la angustia y los nervios del divorcio?, pensó, aunque en el fondo le preocupaba que su hija hubiera heredado los genes de doña María y fuera camino a parecerse a ella.

Solo un mes y días había durado el matrimonio de Delmira, celebrado con toda la pompa que correspondía a una joven escritora reconocida en el Río de la Plata y a una familia de buena posición económica con relaciones en Montevideo y en Buenos Aires, de donde era oriunda su madre. Las marchas y contramarchas de su separación devenida en divorcio consumieron casi diez de los nueve meses que los separaban de aquel 14 de agosto de 1913, cuando la Nena y Enrique Job Reyes se juraron amor eterno, en ceremonias consecutivas, ante la ley y ante Dios. Fue en esa misma sala en la que ahora don Santiago quería obtener un retrato de su hija a imagen y semejanza de una obra de Rembrandt.

—Tomá —dijo y le entregó un diario a su hija—. Hacé que lo leés.

—¡Santiago, basta! ¿No ves que la Nena no está para retratos?

—Es el último. El último.

Cartas de amor para seducir a la amada

Amada mía:

Ayer le había escrito pero la carta no llegó a su destino porque lo hice algo tarde a causa de haber pasado la noche del sábado sin dormir, como también anoche gran parte de ella. ¿Cuál será la causa? Dirá usted. La causa es mi pensamiento que no la olvida ni un instante y que necesita tenerla a usted siempre presente como todo ser necesita la vida para poder existir.

De esta manera Santiago Agustini le escribía a María Murtfeldt en 1879, al comienzo de un noviazgo que se extendió por tres años y se concretó en una boda celebrada el 8 de febrero de 1882 en la catedral de Montevideo. La misma carta continúa:

Ayer Amada María, me hice o mejor dicho, me volví a retratar con el objeto que usted sea poseedora de mi retrato al principio de la edad en que las pasiones están arraigadas y no se borran jamás. Así es que en estos días le mandaré el retrato que usted ambiciona y creo que este, por haber sido hecho el mismo día que he cumplido los 25 inviernos, le será de más agrado.

Se despide de su amada.

Santiago

Agustini tenía 22 años cuando conoció a la que sería su mujer. Ella, tan solo 17. Era argentina. Su padre, alemán, hombre culto y de buena posición, debió radicarse en Buenos Aires por razones políticas, luego de haber formado parte del Senado de Bremen. Allí conoció a Delmira Triaca, con quien se casó a finales de la década de 1850. Se ignoran las razones por las cuales la familia Murtfeldt se afincó durante un tiempo en Montevideo. Lo cierto es que en dicha estadía Santiago y María se conocieron, así como también los hermanos de María tejieron lazos que los emparentaron con familias distinguidas uruguayas, como los Ramírez y los Blixen.

Amada María:

Usted se ha extrañado que le haya dicho que contemplaba su belleza y cómo no se habría de extrañar si jamás le había dicho una palabra sobre este punto. Hoy que se lo digo, lo tenía que poner en duda y me dice que no ha sido dotada de hermosura. Qué engañada está, si usted se viese sus ojos solamente un momento en otro rostro, usted exclamaría ¡no tienen rival!, pues son más hermosos que esos luceros que en la noche lo dejan a uno extasiado al verlos cómo reverberan en esa gran bóveda que llamamos cielo. Pudiera seguir sobre este asunto, mas no lo hago, no porque usted carezca de hermosura, sino por estar de acuerdo con la verdad que usted ha dicho y con la que también estoy en un todo conforme: la hermosura física con el más leve soplo se desvanece. Desgraciado aquel que ame esa hermosura. Yo amo sí, la que existe en su alma.

Santiago

Santiago era hijo de Domingo Agustini, un corso francés que contaba con orgullo que, siendo un adolescente, había participado en Trafalgar. No obstante, los documentos dan por tierra con esa historia, ya que la batalla de Trafalgar tuvo lugar el 21 de octubre de 1805 y don Domingo nació en 1808, tres años más tarde. Lo cierto es que muy joven desembarcó en Montevideo, donde se casó con Francisca Medina. Hábil comerciante, formó parte de esa diáspora de franceses que se arraigaron en el Río de la Plata y que llegaron incluso a superar a la población de criollos en Montevideo durante la Guerra Grande y después.

Santiago heredó de su padre la habilidad para los negocios, no siempre muy santos, la obsesión de anotar hasta los más mínimos detalles de una transacción comercial en pequeños cuadernos que él mismo armaba y el gusto por la pintura. ¿Era un avaro? Tal vez, pero con seguridad un hombre obsesivo para quien el dinero significaba mucho, muchísimo. Cuando adquirió la manía de tomar fotografías, también dejaba registro de todo lo que hacía o debía hacer.

En uno de esos cuadernos, en 1890, escribió:

Del retrato: ¿Cómo hacerlo?

L ...