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SEREMOS RECUERDOS

Elísabet Benavent  

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Fragmento

1

La nueva vida de Macarena Bartual

Empujé la pesada puerta del restaurante y un par de chicos que bebían junto a la entrada la sujetaron con amabilidad.

—Gracias.

—Las que tú tienes, morena.

—No te creas, es relleno. —Le sonreí con cierto sonrojo al que estaba más cerca y había escuchado mi contestación, y seguí andando hasta la mesa sin mirar atrás.

Jimena me miraba como si estuviera viendo cómo me abducían; Adriana arqueaba las cejas. Por un momento me sentí incómoda dentro de mi ropa, pero tras un par de pasos me erguí, reafirmándome. A la nueva Macarena no debía importarle arrastrar un par de miradas.

—¿Quién eres tú y qué has hecho con mi amiga? —escuché preguntar a Jimena mientras me sentaba.

—¿Por?

—¿¡Por!? —exclamó volviendo en sí—. Pero ¡si pareces la jodida Kendall Jenner!

Me eché un vistazo. Pantalones de cuero sintético, sandalias de tacón, camiseta básica negra de tirantes a través de la que se intuía un sujetador de encaje del mismo color. Me encogí de hombros.

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—Renovarse o morir.

—¿Dónde está la Macarena que pensaba que era mejor ser invisible que…?

Me atusé el pelo, recién cortado por los hombros en un long bob, y puse los ojos en blanco.

—Tengo que ser discreta en el trabajo y lo voy a ser, pero… me he cansado de que no me vean ni en mi propia vida. A partir de ahora, fuera los «qué pensarán si…».

—¿Por eso vas vestida de perra? —preguntó Jimena.

—¿De perra? Jime, por Dios. Llevas la blusa abrochada hasta el cuello y la que está siendo una perra eres tú juzgando. Nosotras no hablamos así. Estoy cómoda. Ya no tengo de qué esconderme. Aunque os daré un consejo: el cuero sintético no transpira lo suficiente como para ponérselo a estas alturas del año. —Apoyé los codos en la mesa y les sonreí—. Qué bienvenida más rara. Cualquiera diría que hace días que no nos vemos.

—Estás guapísima —dijo a modo de disculpa Adriana, acercándose y dándome un beso en la mejilla—. Sea lo que sea que haya pasado desde el viernes…, te ha sentado bien.

—Ponnos al día —pidió Jimena acercándose para darme otro beso en la mejilla.

—No, no. ¡Vosotras primero! El misterio de Samuel, por favor. Me tiene en un sinvivir. ¿Qué pasó?

—¿Y lo de Leo? No, no. Habla tú primero.

Eché un vistazo hacia Adri.

—¿A ti te lo contó?

—¿Lo de Samuel? —me preguntó—. Qué va. Parecía que sí, pero en mitad de la historia se echó atrás.

—No podía contárselo solo a una —se justificó—. No podía arriesgarme a que ella te lo contara por teléfono y me perdiera tu reacción genuina.

—¡¡Por Dios!! Pero ¿qué hizo? ¿Fue modelo erótico? ¿Ex prisionero de guerra con síndrome de estrés postraumático? ¿Le gusta follarse a los cojines del sofá?

—Ahora os lo cuento, por favor… Dadme un rato. Empieza tú, anda. Por cierto, hemos pedido tres cervezas.

Eché un vistazo a la carta y me metí en la boca una de las aceitunas que habían puesto como aperitivo. Las cervezas llegaron, me saqué el hueso de la boca y después di un buen trago, dejando una huella de carmín en el borde del vaso. Las dos me miraban sosteniendo sus cervezas, sin beber.

—¿Qué?

—¡¡¿Empiezas ya o te mato?!!

Hice una mueca.

—Pues… a ver… En realidad hay poco que contar. Leo me pidió perdón. Y le perdoné. Fin de la historia.

—Ya, sí —musitó Jimena, alcanzando las aceitunas y evitando mirarme.

—Sí, Jimena, le perdoné. Estaba ya harta de cargar con ese peso.

—¿Y cómo sabes que le has perdonado?

—Porque el sábado me probé mi vestido de novia y no me morí. Ah, y el domingo lo colgué en Wallapop a ver si me saco un dinerillo con él. Escribiendo el anuncio no sabía si morirme de pena o de risa: «Se vende vestido de novia sin estrenar. Talla pitufo». —A las dos se les escapó una risa, pero Jimena me lanzó otra mirada de desconfianza—. No sabes lo que puede cambiar la vida desembarazarse de un lastre emocional, Jimena. Prueba a hacerlo —insistí.

—Yo no tengo lastres emocionales.

—¿No? Porque lo del amante muerto…

—Y dale con el amante muerto. Santi no tiene nada que ver con ninguno de mis problemas actuales.

—A ver… —Crucé los brazos sobre la mesa y esperé a que lo contara, pero como respuesta solo me lanzó un hueso de aceituna.

—¿Puedes terminar de contar tu historia? Después no quiero ni media interrupción.

—¿Pedimos mientras tanto? —supliqué con las manos juntitas—. Me muero de hambre.

Jimena se giró, agarró al camarero por el mandil y tiró de él.

—Solete, perdona las formas, pero estamos teniendo la conversación más abrupta habida en este grupo. ¿Crees que podrías tomarnos nota antes de que decida apuñalar a mis amigas? ¿Sí? Apunta: croquetas, una tablita de quesos y… pollo… Seguro que tenéis pollo rebozado de alguna manera, ¿a que sí? Pues ale. Marchando eso. Y no te molestamos hasta los postres.

Adriana, literalmente, se colocó el bolso por encima de la cabeza para esconderse.

—Si fuera camarera y me tocase atenderte, escupiría en tu plato sin lugar a dudas —le recriminé—. Pero ¿qué formas son esas?

—¿Puedes terminar tu historia?

—Si tantas prisas tenías por compartir la tuya, ¿por qué cojones me obligas a mí a hablar primero?

—Sigue, por favor. Se le está hinchando la vena de la frente y me da miedo —me pidió Adriana.

—Lo perdoné y…, y ya está. Y fue todo como se supone que deben ser estas cosas…, de película. Nos cabreamos, nos vinimos arriba y él se vino abajo, y nos dimos cuenta de que no quedaba nada de lo que fuimos. Me marché a Valencia a recordarme por qué debía darlo por zanjado, por qué tiene que ser el punto y final, y funcionó. Incluso hablé con mi hermano. Me sentía mal porque… —me aparté el pelo de la frente y evité sus miradas— era como si me hubiera interpuesto entre dos mejores amigos y les hubiera obligado a elegir entre su amistad o yo. Lo último que sabe Leo de mi hermano es la hostia que se llevó puesta a Londres. —Levanté los ojos y sonreí—. Y ahora que Antonio se casa…

Esperé la reacción de Jimena. Si no se ponía a gritar, dar palmas o rompía platos como en una boda griega, significaba que definitivamente no me estaba escuchando. Pero no. Vi sus cejas finas elevarse y su mentón bajar casi hasta el pecho.

—¿Que Antonio qué?

—Que se casa.

—¿¡Qué dices!? —preguntó otra vez.

—Se nos ha hecho mayor. —Sonreí—. Se casa…, cágate lorito…, en la basílica de la Macarena.

Jimena se echó a reír, pero a reír de verdad, como lo hice yo después de atragantarme cuando me lo contó comiendo en nuestro restaurante preferido. Adriana arqueó las cejas.

—¿A qué viene tanta risa?

—Mi hermano es lo menos católico que te puedas imaginar —le expliqué—. En el instituto decía que quería ser satanista.

—El amor todo lo puede —se burló Jimena.

—Y tanto.

—Esa Ana me cae bien. Un día le meterá un dedo en el culo y le dará vueltas.

—Era lo que necesitaba, una tía con un buen par de ovarios. Está supercentrado —asumí—. Se le ve muy feliz.

—Como no me invite a la boda le monto un circo —anunció Jimena.

—Por eso no creo que tengas que preocuparte. —Sonreí para después desviar la mirada, evitando la suya—. Quiero que invite también a Leo.

La risa cesó de golpe y las dos me miraron; Adriana lo hizo con cara de circunstancias y Jimena con incredulidad total.

—Superado de la hostia, ¿eh, Macarena? Tan superado que ya estás forzando el reencuentro.

Puse los ojos en blanco.

—El reencuentro será en Madrid el día menos pensado. No voy a echarlo de la ciudad ni voy a mandar que lo cacen y lo disequen. ¿Fingir que no existe es superarlo? Yo diría que todo lo contrario. Lo que quiero es devolverle a mi hermano su mejor amigo.

Adri me cogió la mano y puso carita de emoción.

—Eso es precioso, Maca.

—Es lo justo. Por cierto…, ¿habéis visto qué pechugas me hace este sujetador con relleno?

Saqué pecho, orgullosa de la leve curva que lucía en el canalillo y de haber podido exponer el tema de Leo con tanta sencillez y sin sufrir una úlcera.

—Déjate de rellenos. —Jimena me echó un vistazo—. Ostras, es verdad. ¡¡Deja de liarme!! —me increpó—. ¿Y Pipa? Dijiste que creías que te habías despedido del trabajo pero…

—Y me despedí. —Sonreí—. Mira que soy nula con las estrategias, pero esto… me salió redondo.

El lunes pasé de ir a trabajar, a pesar de que el día anterior había cogido el tren de vuelta a Madrid a toda prisa, acobardada. Tenía intención de empezar la semana sentadita en mi puesto de trabajo como una buena chica. Pero cuando me sonó el despertador, una fuerza chulesca sin parangón me hizo apagarlo, darme la vuelta y seguir durmiendo… ¡hasta las once! No había sido una chiquillada ni una chulería que se me había ido de las manos. No tenía por qué pedir perdón…, es más, era yo la que tenía que recibir una disculpa por parte de Pipa, de modo que a la mierda la antigua Macarena, la que siempre era responsable aunque se extralimitara en sus funciones hasta fundir el respeto que se debía a sí misma. Ahora era otra y en el mundo hay que predicar con el ejemplo.

Pipa llamó a las tres de la tarde completamente fuera de sí, mientras yo me comía un túper de arroz al horno que me había preparado mi madre (uno de los diez mil, concretamente). Estaba indignada, me dijo nada más descolgar.

—Pues para estar indignada, a buenas horas llamas… —respondí con un ojo puesto en el reality de las Kardashian que estaban echando en la tele.

—¡Pues a las que he podido pasarme por el despacho! ¡Y sorpresa! ¡Aquí no hay nadie ni lo ha habido en toda la mañana! ¿Se puede saber dónde estás y qué haces?

—Estoy en casa, comiendo arroz al horno con embutido. La morcilla de arroz está que te cagas.

—¡Qué asco, por Dios, Macarena! ¡Te dije que estuvieras aquí el lunes a primera hora de la mañana!

—Y yo que no iba a volver. —Ni siquiera estaba segura de habérselo dicho, pero supongo que quedó bastante claro cuando la mandé a tomar por el culo y le indiqué diligentemente que su novio gay podía enseñarle la técnica.

—Pero, vamos a ver…

—¿Qué necesitas? ¿Que te avise con quince días de antelación? ¿En serio? —Me miré la mano que no sujetaba el teléfono…, me temblaba. Me senté sobre ella. A tomar por culo.

—¿Todo esto por qué, Macarena? ¿Por qué? ¿Sabes a qué suenas? A niña desagradecida que ha descubierto que los Reyes Magos no existen.

—Todo esto, Pipa, por tres años de humillaciones continuas, por cargarme con más trabajo del que es capaz de sacar un humano sin doparse, por hacerme daño deliberadamente con un tema que sabías que me destrozaba y porque tienes un máster en tomarme el pelo. Te lo dije en Milán, Pipa, eso se tenía que acabar. ¿Y qué hiciste tú? Regalarme un bolso que te daba asco por si lo había tocado alguien antes que tú, creerte que soy tonta y seguir haciendo lo que te sale del mismísimo mejillón.

Se quedó callada. Creí que iba a gritarme que era una ordinaria, pero no lo hizo. Arrugué el ceño, extrañada, pero me mantuve en silencio y alerta.

—Esto no se hace, Maca. Creía que teníamos confianza como para hablar las cosas —argumentó a la desesperada.

—Por eso las hablé contigo, pero cuál fue mi sorpresa cuando tuve que asumir que la situación no iba a cambiar. Tú no vas a cambiar. Y yo no tengo ganas de seguir siendo infeliz. Quiero hacer de mi vida algo de lo que sentirme orgullosa y tú eres un impedimento.

Pipa ahogó una exclamación. Me pregunté si alguna vez en la vida alguien le había hablado tan claro. No es que se me diera fenomenal, la verdad. Solo yo sé cómo me temblaba el cuerpo mientras hablaba y el regusto amargo de la bilis en mi garganta. Pero hay cosas que, sencillamente, hay que hacer.

—Maca, venga… seamos razonables.

—Te deseo lo mejor, Pipa, de corazón. No te guardo rencor. Un abrazo.

—¿¿¡¡Le dijiste todo eso!!?? ¡No me lo puedo creer! —aplaudió Adriana muerta de la risa.

—Si te soy sincera…, ¡yo tampoco me lo creo! Pero me salió solo. Creo que por fin he aprendido a hacerme valer.

—¿Y qué te dijo? —Jimena se metió dos aceitunas en la boca.

—Me llamó el martes por la tarde. —Comedí una carcajada—. Tardó un día…, ¡veinticuatro horas!, en darse cuenta de que no sabe hacer nada sola. Creo que solo le cogí el teléfono por el placer de escuchárselo decir.

—¿Y lo dijo?

—Me pidió…, ¡suplicó!, que impusiera mis condiciones para volver.

—¿Y?

—Me negué. —Le di un traguito a la cerveza—. ¿Hemos pedido agua? Esto no me quita la sed.

—Ahora, cuando sirvan la cena. Tú sigue…

—Me negué. Le dije que aquello era como el cuento de Pedro y el lobo, que no la creía y que no pensaba volver. Insistió hasta la exasperación argumentando que todos tenemos un precio.

—¿Has vuelto?

—Sí —asentí—. Sorprendentemente, he descubierto que también tengo mi precio. Me sube el sueldo quinientos euros al mes, contrata una ayudante, me da la opción de trabajar desde casa hasta dos días a la semana si quiero…

—¡Joder!

—Aún no he terminado. —Levanté el dedito—. Más paga extra en verano y tres días más de vacaciones.

—Te debe días del año pasado…, ¿tú te lo crees?

—¿Te refieres a los días que me voy a coger junto a mis vacaciones de agosto? —Sonreí—. Me lo ha dado por escrito. Hemos firmado un contrato.

Me di a mí misma dos besos en la mejilla y sonreí como una bendita.

—¡Bien hecho! —Adri chocó la mano conmigo y las dos bailoteamos en nuestra silla.

—¡¡Por fin voy a trabajar en condiciones dignas!!

—No te fíes demasiado. Las rubias tienen siempre un as en la manga —añadió Jimena.

—¿Qué tendrá eso que ver con el color de pelo?

—Tú hazme caso.

—Mal iría si te hiciera caso. —Suspiré—. ¿Sabéis qué? Que con todo esto he descubierto que quiero que mi trabajo sea motivo de orgullo para mí. Voy a probar con esto, pero por primera vez no esquivo la idea de ir buscándome la vida por otro lado. Quiero recuperar la pasión.

—Suena bien —sentenció Jimena con sinceridad.

—Sí, suena bien, pero no te escaquees y escupe… ¿Qué es lo que pasa con Samuel?

Jimena nos miró con sus enormes ojos claros y se mordió el labio.

—No sé ni cómo empezar.

—No será tan grave.

—El problema es que desde el viernes por la noche me debato entre si lo es o no. Un rato pienso que es una chorrada y quiero llamarle… y al siguiente me convenzo de que es una locura total.

—¿Ha matado a alguien?

Acercó una uña a sus dientes y la mordisqueó. La llegada de una tabla de quesos con nueces, biscotes, arándanos y un par de mermeladas la ayudó a ganar un poco de tiempo. Pero, aun con los carrillos llenos de tostaditas con queso, tanto Adriana como yo la miramos inquisitivamente, esperando que desvelara la solución al misterio.

—Su anterior pareja…, esa con la que estuvo siete años. Enamoradísimo, por cierto. La persona que le enseñó a follar y a querer…

—Sí, sí, venga… —la apremió Adri mientras untaba mermelada en un trozo de pan y le ponía un dado de queso encima.

—Esa persona… era un tío.

Adri le dio un delicado mordisquito a su montadito y me miró. Yo fruncí el ceño.

—La expareja de Samuel es un tío —anuncié para aclararme.

—Un tío. Con su polla y todo —aclaró Jimena.

Tuve que taparme la boca para no escupir lo que estaba masticando.

—¿Ves? ¡¡Os estáis riendo!!

—¡Yo no! —se quejó Adriana—. Lo que estoy es flipando.

—Ya lo sé, tía. No dejo de pensar…: ¿daba o le daban?

—¡¡Jimena!! —la increpé a carcajadas—. A ver…, entiendo que estés sorprendida, que sea un tema delicado, pero… ¡¡es una tontería!!

—Ale, ya llegó la moderna. —Puso los ojos en blanco—. Pues para ser una tontería bien que te ríes.

—¡Me he reído de lo de «con su polla y todo!» A ver, es chocante, pero… ¿a ti qué más te da? Quiero decir, si te hace sentir bien, si eres feliz, si en la cama te llena…

—Como para no llenarme. La tiene como un purasangre.

—Ya estamos con las comparaciones equinas… —se quejó Adri—. ¡Tía! ¡Tú eres una retrógrada! ¡No te tenía por alguien… así!

—¿Así? ¡¡Mi amante se montaba a un tío antes que a mí!! —vociferó.

El grito recorrió el salón del restaurante e hizo que muchas personas volvieran la cabeza, pero las chicas de la mesa de al lado mantuvieron los ojos clavados en nosotras con bastante poca educación y algún que otro comentario.

—¿¡Qué!? —les gritó Jimena.

—Tu chico es gay. Deja de darle vueltas.

—¿¡¡Y tú qué sabrás!!? —exclamé yo—. ¡Más atención a lo que pasa en tu mesa!

—¡Pues dejad de gritar!

Adriana me dio un codazo para que no respondiese, pero yo señalé la espalda de la desconocida antes de decir:

—Eso, Jimena, es ser una zorra: no llevar pantalones de cuero.

Gracias a Dios, no me escucharon. Lo último que necesitábamos era salir del garito agarradas del pelo de unas extrañas en plena riña de gatas.

—¿Desde cuándo eres una camorrista? —se quejó Adriana mirándome indignada.

—Es una etapa de la ruptura —asumí—. Como el corte de pelo y el cuero.

—Como la crisis de Ross en Friends —aclaró Jimena—. Ya se le pasará. Ha tardado tres años en asumir la ruptura, no te digo más.

Le tiré el trozo de pan con el que iba a comer más queso y acerté en medio de su frente.

—¿¡¿Qué hago?!? —Hizo caso omiso a lo que le había arrojado y se llevó las manos a la cabeza—. ¿Y si esa zorra tiene razón? ¿Y si Samuel es gay y se está autoconvenciendo conmigo?

—Vamos a ver…, ¿tú sabes de verdad cómo va la cosa? A los gais les gustan las personas de su propio género. ¿Cómo iba él a darte los meneos que te da si no le gustases?

—¿Es bisexual? —Arqueó las cejas—. Mi padre siempre dice que no se cree a los bisexuales.

—Tu padre no se cree que Elvis esté muerto, Jimena —insistí.

Eché un vistazo a Adriana, que miraba fijamente a nuestra amiga sin añadir nada.

—Adri, dile algo.

—Es que estoy sin palabras. Pensaba que eras un poco más empática, Jime… —bufó—. ¿Se puede saber cómo reaccionaste delante de él?

—Pues ¿cómo reaccionarías tú si ahora Julián te dice que es pansexual? ¡Por Dios! ¡Pero si al principio pensé que me estaba diciendo que le gustaba meterla en los paquetes de pan de molde!

—Te lo estoy diciendo en serio, Jimena. No me haces gracia.

Tuve que mirar al suelo porque lo del pan de molde… a mí me había hecho un poco de gracia, la verdad.

—¿Y qué quieres que haga? —le recriminó Jimena.

—¿Practicar la empatía? Ese chico te cuenta algo tan personal y tú… ¿haces bromas sobre el pan?

—No hice ninguna broma. Se puso borde, yo me ofendí y me fui de su casa.

—Eso tiene pinta de ser una de tus verdades a medias —tercié.

—Lo es —admitió—. Pero mencionó a Santi y yo tenía la cabeza embotada. No supe reaccionar. Y ahora tampoco sé qué pensar.

—Haz el favor de quedar con él y habladlo —le pedí—. Puede que le hayas hecho daño.

—¿Cómo voy a llamarle? —Bajó la mirada a la mesa—. Si cuando me lo dijo fue en una especie de declaración de amor.

—Ay, Dios… —Adri se tapó la cara.

—No sé. —Jimena movió la cabeza—. Estoy hecha un lío. Samuel me gusta. Me gusta muchísimo.

—Entonces ¿cuál es el problema?

—Que no entiendo muy bien cómo es posible que pasara siete años metiéndose en la cama con un hombre y ahora tenga ganas de meter la cabeza entre mis piernas cada veinte minutos.

—¿La cama es el problema? —Arqueé las cejas.

—No. O sí. No lo sé. El problema es que no entiendo nada.

—Pues entonces, si tienes preguntas, lo mejor es que las hagas —soltó la pelirroja a la vez que dejaba caer los cubiertos sobre la loza de su plato.

Adriana se quedó muy seria después de decir aquello. Mucho. Cuando llegaron las croquetas y Jimena nos pidió por favor que hablásemos de cosas frívolas, Adri siguió meditabunda. Y… no sé por qué ni a cuento de qué, me acordé de mi viaje a Milán, de cuando creí que el avión se caía y de todo lo que se me cruzó por la cabeza sobre las personas a las que quería. Una de aquellas certezas era sobre ella, pero algo en mi mente la borró en cuanto se sintió a salvo. Eso o… me miré demasiado el ombligo con todo lo de Leo.

«Vas a morirte sin hacerle saber a Adriana que estás a su lado, aunque no quiera a su marido, aunque no acepte quién es».

Pasé un rato pensando en ello. Luego me dije a mí misma que no era nadie para meterme donde mi amiga no me había llamado. Después, que meditaría sobre ello con calma, en casa, sola, cuando dejase de notar que el chico mono de la barra miraba mucho hacia nuestra mesa. La nueva vida de Macarena implicaba despertar también a aquellas cosas.

2

Prejuicios

Por si alguien se lo pregunta, la noche con las chicas fue bien, pero… sin eróticas consecuencias para ninguna de las tres. El chico mono que miraba desde la barra se animó a hablarme cuando salíamos. Me preguntó dónde íbamos a estar y si me importaría que él y sus amigos pasaran por allí. Con una sonrisa y una caída de pestañas más bien torpe (lo de ligar no es mi fuerte) le dije que estaríamos en el Café de la Luz hasta que cerrase, tomando algo mientras decidíamos dónde terminar la noche, pero antes de que llegaran tuvimos que replegar velas: Jimena se cogió un mondongo de agárrate y no te menees, y Adriana y yo nos vimos en la obligación de dejarla en casa.

Cuando la tumbamos en su amado sofá, se echó a llorar.

—Todo se mueve y Samuel es gay.

—Todo se mueve porque te has bebido en dos horas el equivalente a dos piscinas olímpicas, y Samuel NO es gay —le respondió Adri con mal humor.

—Toy mu malita —balbuceó—. Dejadme sola.

Le dejamos una palangana junto al sofá, la tapamos con una mantita y dejé sobre la mesa un vaso de agua y un ibuprofeno para el día siguiente.

—Esta tía es imbécil —farfulló Adri mientras salíamos del piso.

—Ey… —La agarré del codo en la oscuridad del rellano y la paré justo cuando iba a entrar en el ascensor—. ¿Estás bien?

—Sí. Es que… me enerva.

—Ya sabes cómo es. Es muy exagerada y…

—Y muy histriónica. Lo que le pasa es que es muy histriónica, Maca.

—Adri, ¿estás bien?

Se apartó el pelo de la frente y la luz de los fluorescentes del ascensor le dio un brillo mortecino a su piel, agravando sus ojeras.

—Sí. Es que últimamente duermo mal y estoy irascible.

—Si te pasa algo… sabes que puedes confiar en mí, ¿verdad?

—Verdad, Maca —respondió con un tono que dejaba claro que se le estaba terminando la paciencia—. Solo quiero llegar a casa y meterme en la cama.

Jimena ni siquiera se dio cuenta de la hostilidad de Adriana; me quedó claro cuando la llamé al día siguiente para asegurarme de que no había muerto ahogada en su propio vómito.

—Tía… —lloriqueó—. ¿Qué narices bebí yo ayer? Tengo una central nuclear a pleno rendimiento entre las cejas.

—Te lo bebiste todo.

—Jo, Maca…, qué vergüenza. Hace unos dieciséis años que no me ponía así.

—Alguno menos, según mis cálculos —bromeé.

—Lo siento, en serio. Luego llamo a Adri para pedirle perdón también. Soy una amiga beoda e insufrible.

—No te preocupes por eso. ¿Por qué no llamas mejor a Samuel y os vais a tomar algo?

—Buff —resopló—. Es complicado.

—No lo es tanto. Seguro que prefiere que lo acribilles a preguntas a tu silencio.

—¿Tú… lo ves normal? Quiero decir…, ya sé que «normal» es una palabra con poco significado. Pero ¿tú crees que es coherente? ¿Y si…?

—Jime, lo único que tengo claro sobre el ser humano es que no es coherente. No somos máquinas. Tenemos sentimientos y a veces son extraños, poco manejables o resultan ininteligibles para los demás. Date una oportunidad para entender.

No sé si quedó muy convencida, pero hice lo que creía que debía hacer. Si Jimena no llamaba a ese chico, iba a arrepentirse de todas todas.

El lunes, como por arte de magia, todas estábamos como siempre, dando los buenos días y contando chascarrillos matutinos en nuestro grupo de WhatsApp «Antes muerta que sin birra». Jimena no nos contó si había decidido llamar a Samuel; Adriana no mencionó su mal humor; yo no volví a hablar de trabajo ni de Leo porque, para mí, eran temas pasados y mi vida, un lienzo en blanco.

El reto de la página en blanco va mucho más allá de la página en sí. Es el reto de empezar a escribir algo cuyas palabras hemos pensado demasiado. A veces se atascan, claro que sí. Otras dan miedo.

He oído muchas veces a gente hablar sobre lo duro que es sentarse delante del ordenador con un documento níveo, virgen, y ver cómo el cursor parpadea sin ninguna palabra que lo acompañe. Y lo entiendo porque, a pesar de que mi experiencia con las letras se limita a los trabajos que tuve que entregar en la universidad y a los posts sobre moda que escribo para Pipa, la vida es algo así como el documento word y nuestras decisiones las palabras con las que lo llenamos.

La pregunta es… ¿la página en blanco es un problema o una oportunidad?

Para mí, quitarme el peso de la espalda de quince años de historia entre los dos fue… como descubrir que soy ligera. Quitarme de encima el error que fuimos durante tanto tiempo para tanta gente. Y es que tuve tanto pasado a cuestas que nublé mi futuro. Al final, una aprende a ser indulgente consigo misma cuando toca y entiende que no hay pecado en equivocarse…, solo el de no hacerlo nunca.

Donde no hay nada escrito puede escribirse cualquier cosa. No era la nada, el vacío, lo que me esperaba. Era el todo. Yo escogía. Donde me cerré tantas puertas, de pronto las encontraba todas abiertas.

Llegaron trescientos currículos a la oferta de trabajo como asistente para Pipa…, y eso que no dijimos en ningún momento que era para ella. En realidad era para mí, ¿no? Asistente de la asistente. Pero lo decoramos un poco más. Yo misma redacté la oferta con las necesidades que creía convenientes, Pipa le dio el visto bueno y la subimos a un solo portal. Las trecientas respuestas llegaron en el mismo día.

Hice una criba intensa. No eliminé juzgando la foto o el año de nacimiento. Quise hacerlo bien. Fui dejando fuera a las personas que no hablasen inglés con soltura, las que no supieran de Photoshop más que su nombre y, a petición de mi jefa, las que incluyesen su blog de moda en el currículo. Aun así, nos quedaron más de ciento cincuenta. Teníamos que ser más exigentes.

Fotografía, edición digital, que no dijeran de sí mismas que su peor defecto era ser demasiado perfeccionista o autoexigentes. Ciento veinte resultados. Me lo tomé muy en serio. Aquello era el primer paso en mi nuevo objetivo laboral: iba a acoger bajo mi «protección» a alguien a quien trataría genial y a quien le dejaría en «herencia» todo lo que había aprendido en los últimos tres años. Era el primer paso para convertir mi trabajo en un motivo de orgullo; a la nueva Macarena aquello le importaba.

Mandamos un mail a las supervivientes de la escabechina pidiéndoles un artículo de tema libre y un máximo de mil palabras, para asegurarnos de que sabían editar textos, no tenían faltas de ortografía y podrían hacerse cargo de los posts del blog cuando yo estuviera a otras cosas. Ochenta pasaron mi examen…, cincuenta el de Pipa, que era mucho más exigente que yo. A estas, se les pidió incorporación inmediata y se les indicaron las condiciones económicas y laborales: las treinta que no tenían problemas con ello fueron citadas a lo largo de dos días en nuestra oficina para una entrevista personal.

El primer día, a media mañana, recibí un certero flechazo laboral con una de las candidatas. Era educada, discreta, vestía sin estridencias pero elegante, tenía una sonrisa sincera y hablaba fenomenal. Además, tenía experiencia en producción en una promotora audiovisual, por lo que no se asustaría con nada de lo que Pipa pudiera pedirnos. Pero era una monada…, guapa de verdad, sin artificios, y creo que ese fue su pecado: ser potencialmente más guapa que la jefa.

—A esa no la quiero —me anunció nada más quedarnos solas.

—¿¡Por qué!? Pero ¡si es perfecta para el puesto!

—Es más de pueblo que una boina.

Era de una capital pequeña, como yo, lo que para Pipa debía de ser indigno.

El segundo día, una segunda candidata volvió a dejarme con la boca abierta: se llamaba Candela, hablaba tres idiomas, había hecho prácticas en una importante revista de moda y tenía muchas ganas de empezar a trabajar porque llevaba en paro casi un año. A Pipa tampoco le gustó:

—¿Esta también es de pueblo? —le pregunté con desdén.

—No. Esta es una marisabidilla.

Después de comer, fue Pipa la que se enamoró de una de las chicas entrevistadas. Carlota Fernández-Casas Santa María. Toma ya. Rubia, alta, delgadísima, cutis impecable, pero ostensiblemente menos guapa que Pipa (tenía la nariz un poco aguileña y torcida). Se presentó ataviada con un vestido de marca, unos zapatos de tacón de más marca todavía y un bolso que valía lo mismo que el edificio donde estaba mi piso.

Tenía un hablar engolado, como de persona que disfruta escuchándose a sí misma. La tez superbronceada para aquellas alturas del año. La manicura perfectamente hecha… Pipa y ella bromearon sobre lo ordinario que era llevarlas pintadas de ciertas maneras. Anunció que comía poco, que a veces con un batido detox le valía para todo el día. En resumidas cuentas…, mira que era difícil, pero encontramos una mini Pipa.

¿Lo peor? Que no pude negarme a su contratación porque no era justo: hablaba dos idiomas, francés e inglés, a la perfección (estudió en el Colegio Americano y su madre era de una bonita ciudad, no sé si os sonará, llamada París), dominaba el Photoshop, hecho que nos demostró ratón en mano, y escribía bien. Muy bien, de hecho.

Me puse pesada con Pipa, esa es la verdad. Le dije que no lo tenía claro, que debíamos hacer una última ronda, la final, entre Candela y Carlota: mi elección y la suya. Le dije que, quizá, podríamos elaborar un test con preguntas trampa que nos ayudaran a localizar posibles problemas futuros. Las cejas arqueadas de mi jefa me dejaron muy claro que pensaba que era una chorrada como un piano, así que me preparé para que impusiera su criterio. Sorpresa: cuando abrió la boca fue para decir lo contrario.

—Ay, Maca, por Dios. ¿Tanto rollo para una ayudante que va a ir a por batidos desnatados al Starbucks de Serrano? ¡Elige a la que quieras!

Gané la batalla…, pero no la guerra. ¿Y sabéis por qué no gané la guerra? Porque me pudieron mis prejuicios y fui tonta del culo. Ojalá hubiera contratado a la de los cuatro apellidos; me hubiera ahorrado muchas cosas. Pero no nos adelantemos.

3

La otra parte

Mis padres siempre defendieron la idea de que a la vida hay que ir a buscarla, que no encontrarás grandes cosas si esperas que sea ella la que te encuentre. Supongo que en muchos sentidos tienen razón, pero algún día debería sentarme a contarles que en ocasiones, cuando ya has perdido la fe en que ciertas cosas sucedan, son ellas las que te llaman. Fue la coincidencia la que me trajo de vuelta a Macarena; la serendipia se aseguró de que zanjáramos aquello que para tantos era una historia maldita y estaba a punto de saber que, cuando pides perdón y asumes la culpa, el karma te premia.

Estaba en mi despacho preparando el examen de una de mis asignaturas cuando empezó a sonar mi teléfono móvil. Solía ignorar las llamadas cuando estaba trabajando, pero esa la respondí, no sé por qué. Ni siquiera conocía el número desde el que me llamaban.

—¿Sí? —contesté sin despegar los ojos de mis notas.

—Hola, Leo. Aunque, según me han contado, quizá debería preguntar por el doctor Sáez.

Levanté la vista hacia la pared vacía de enfrente y me quedé sin saber qué decir. Me sonaba aquella voz grave y risueña a la vez, pero no reconocía a su propietario.

—Con Leo basta.

—No sabes quién soy.

—Perdona…, el caso es que me suena tu voz pero…

—Es normal, llevamos tres años sin hablar, y la última vez que nos vimos te di un guantazo que a lo mejor afectó a tu capacidad auditiva.

Apoyé la frente en el puño y cogí aire. Antonio.

—Joder… —resoplé—. No esperaba esta llamada.

—¿Y la sorpresa es agradable?

—Claro que lo es. Yo…, tío…, lo siento. Siento muchísimo lo que pasó.

—Ya, ya… —terció Antonio, conciliador—. No te llamo para que te disculpes.

—Pero tengo que hacerlo. He querido llamarte muchas veces en estos años, pero se me caía la cara de vergüenza.

—Plantaste a mi hermana casi en el altar; que se te caiga la cara de vergüenza es casi lo mínimo. —Sonó burlón al decirlo.

—No sabes cuánto lo siento. —Me revolví el pelo sin poder ni levantar la cabeza—. Yo…, ella…, bueno…

—No te preocupes. Me ha puesto al día.

—¿Sí? —Hice una mueca. Ahora es cuando venía el discurso de «eres un cabrón de mierda y no quiero que vuelvas a acercarte a nadie de mi familia».

—Sí. Estuvo aquí el fin de semana pasado. Me lo contó todo.

—¿Todo? —pregunté preocupado.

—Bueno, todo no. No dijo nada del polvo de despedida que estoy seguro de que echasteis. Pero lo que a mí me importa es que la vi bien. Por fin la vi bien.

No me di cuenta de estar conteniendo la respiración hasta que noté cómo salía de entre mis labios un montón de aire.

—Me alegra mucho escucharte decir eso.

—Sí, a mí también. Hacía años que no la veía tan… ella. Le irá bien.

—Eso espero. Es una mujer increíble.

Una sensación de presión se instaló en la boca de mi estómago. Era una mujer increíble que ya jamás sería nada en mi vida. Por gilipollas.

—Ya, sí. —Carraspeó incómodo—. Pero no te llamaba para hablar de ella. Maca me animó a hacerlo, es verdad, pero no es por ella. Es que…, bueno…

Qué malos somos los tíos por norma general para hablar de sentimientos, por Dios.

—¿Cómo te va? —atajé.

—Bien. Muy bien, de hecho.

—¿Sigues en la misma empresa?

—Sí. Y muy contento. Mi jefe me dio la oportunidad el año pasado de invertir algo de capital en el negocio y ser de algún modo socio. Tiene lógica… voy a ser de la familia.

Me quedé callado, intentando atar cabos.

—¿Quieres decir que…?

—Ana y yo…, salió bien. Nos casamos este año. Por eso te llamo. Uhm…, si pasas por Valencia un fin de semana de estos, estaría bien tomarnos un par de cervezas, ponernos al día y… ya de paso te doy la invitación. Nos gustaría que estuvieras con nosotros ese día.

Abrí la boca pero no sabía qué añadir.

—Han pasado tres años —conseguí decir—. Si no te sientes cómodo o no…, ya sabes, no tienes ninguna obligación, tío. Me porté mal y…

—Y te di un sopapo por ello. No me siento orgulloso, la verdad. Las cosas no se arreglan dando hostias como cuando éramos unos críos. Pero dejémoslo allí. Si mi hermana te ha perdonado, yo también puedo hacerlo, ¿no? Al fin y al cabo, ella es la implicada. Yo solo soy el hermano mayor. Y tú… mi amigo.

Y él mi mejor amigo, de hecho. Por más años que hubieran pasado, nunca conseguí pasar página. Antonio había estado a mi lado toda la vida. Habíamos crecido juntos, habíamos aprendido juntos, nos habíamos partido la cara por el otro en el patio del colegio y seguimos haciéndolo hasta que me porté como un gilipollas y salí por patas, tratando de huir de mis malas decisiones. Cuando me pasaba algo, seguía echando de menos poder contárselo. Sentarme delante de él en aquella cervecería alemana que tanto nos gustaba y escucharle hablar de chicas, de su curro, de la última película que había visto o de un grupo alucinante que tenía que escuchar... Si hubiera sabido mostrar mejor mis sentimientos, creo que hubiera llorado de alivio en aquel mismo instante.

—Gracias, tío —acerté a decir—. De verdad. Gracias.

—No me las des a mí. Ya sabes. Ehm…, dame un toque cuando andes por aquí. Y cuídate.

Tenía programado salir del despacho con el examen terminado y el papeleo al día, pero cuando colgué, lo recogí todo, apagué el ordenador y las luces y marché. Tenía algo más urgente que hacer que ponerme cabrón con las preguntas de una prueba final.

Cuando me abrió la puerta, su cara reflejaba confusión. Tuve la tentación de decirle que sí, que yo también lo había dado por zanjado y que lo de presentarme en su casa no iba a convertirse en una costumbre, pero no tuve que hacerlo. Sonrió con bonanza una vez repuesta de la sorpresa.

—Pasa. ¿Quieres tomar algo?

—No —negué—. No te molesto; es solo un minuto.

Macarena se apoyó en el marco de manera natural y apartó de su cara un mechón de pelo mucho más corto que la última vez que la vi.

—Tú dirás.

¿Cómo agradecérselo? ¿Cómo condensar en palabras el alivio de haber resuelto el único error que durante tanto tiempo pensé que no tendría solución? ¿Cómo explicarle lo que significaba para mí que Antonio me hubiera llamado, que hubiese propuesto que nos viéramos y que me invitara a su boda? La boda era lo de menos…, era un símbolo. Una bandera blanca. Una tabla rasa.

Hubiera necesitado horas para decir cosas que no sabía explicar. Tendría que haberle abierto mi corazón de par en par de una manera que ni siquiera sabría hacer. ¿Con un «gracias» valdría?

No lo pensé. Tiré de ella y la abracé. La abracé fuerte. El olor a limpio de su pelo me invadió las fosas nasales. Las curvas de su cuerpo fueron encajando en el mío conforme los músculos se relajaron. Mis brazos hacían presa alrededor de su cintura y su espalda, pero su mano pudo acariciarme la espalda en un gesto a caballo entre la ternura y la comprensión.

—Está bien…, está bien.

Me separé y me aparté el pelo de la frente.

—Gracias.

Ni siquiera le dije por qué. Ella lo sabía de sobra. Y sonrió. Lo que sentí al ver ese gesto no tenía absolutamente nada que ver con cualquier cosa que hubiera sentido al verla o en el pasado. No fueron mariposas en el estómago, no fue un cosquilleo sexual, ni siquiera fue aquella sensación de asfixia de cuando estaba horrorosamente colgado por ella. Fue distinto…, más pacífico. Macarena sonrió y yo, sin darme cuenta, lo hice con ella.

—Era lo justo —mencionó con sus labios rojos.

—Pero no tenías por qué hacerlo y lo has hecho. Gracias.

—Solo hice lo justo, de verdad.

—Yo… —Volví a revolverme el pelo, súbitamente incómodo con la situación—. Prometo que no vuelvo a presentarme aquí sin avisar.

—No te preocupes.

—Ha sido un impulso —me justifiqué—. Me he… me he alegrado mucho de que Antonio me llamara y…

—Lo sé. Yo también me alegro de que lo haya hecho.

—Ehm…, nada. No te molesto más.

—No es molestia —insistió, amable.

Me di la vuelta para bajar por las escaleras, pero Macarena encendió la luz del rellano y me llamó de nuevo.

—Dime… —respondí agarrado ya al pasamanos.

—No quisiera meterme donde nadie me llama pero mañana voy a ver a Raquel. Vamos a coincidir en un evento y quisiera saber si… la has llamado. Sé que me preguntará y no quiero meter la pata.

—Le mandé un mensaje y me respondió que me llamaría un día de estos. Estoy esperando. —Noté que aquellas palabras tenían un sabor agrio, pero no supe por qué.

—Déjame darte un consejo, aunque no me lo hayas pedido: si ella te gusta, llámala tú. El gesto valdrá para dejarle claras tus intenciones. La respuesta que te dé, te aclarará las suyas.

Nos despedimos con un «hasta pronto» sin saber si se cumpliría, pero, por primera vez en mucho tiempo, no me preocupaba. Sabía que nos veríamos. Sabía que volveríamos a cruzarnos el día menos pensado. Sabía que ella seguiría allí, pero… ya no me preocupaba. Solamente… lo sabía.

4

No tenía ni idea

En una escala medidora de sentimientos habituales, al ver a Leo lo que sentí era algo así como un expediente X. Inclasificable. Un OENI: Objeto Emocional No Identificado. No tuve náuseas, cosquilleos, bocanadas de furia ni llamaradas de pasión. No sentí nada que pudiera ser explicado con la letra de una canción de Rocío Jurado ni una pintura de Frida ni de Pollock ni de Kandinsky. De pronto, toda la vanguardia sentimental que viví con él (o sin él) simplemente pasó de moda y solo quedó el arte más naif: la sonrisa calmada donde no hay más donde rascar.

Apareció, titubeó, me abrazó, dio las gracias, aceptó un consejo y se fue. Y al darle un consejo sobre una vida sentimental en la que yo no jugaba ningún papel, no me subió la bilis a la garganta ni nada. O estaba a un pasito de la demencia o lo de Leo estaba superado. Quince años superados con un reencuentro sorpresa, un mes de putearse y una noche de sexo y llantos. Si me lo hubieran dicho a los dieciocho no hubiera dado crédito…, aunque creo que lo de la noche de sexo y llantos me habría valido como minidrama final y me hubiese quedado satisfecha. Quise hacerme una chapa en la que pusiera: «Mundo, ya puedes dejarme en paz: Leo y yo, never more». Así, me evitaría tener que dar explicaciones a mucha gente que sé que se sentiría reconfortada al saber que no volveríamos a intentarlo.

No llamé a Jimena para compartirlo con ella porque casi podía escucharla burlándose de mí, apuntando a que todo aquello no era más que una imperiosa necesidad de justificarme cuando, qué narices…, no tenía por qué (ni de qué) justificarme. Así que, cuando cerré la puerta y dejé de escuchar los pasos de Leo escaleras abajo, me fui a la cocina, herví dos calabacines y me hice una crema para cenar. A la hora de dormir, ya ni siquiera me acordaba de que lo que viví al verlo me había hecho sentir extraña y fuera de lugar en mi propia vida. Quizá era porque para entonces ya había comprendido que no estaba fuera de lugar en mi vida, sino en los recuerdos de algo que ambos habíamos dado por terminado.

—Quiero un ligue —le dije a Jimena al día siguiente, justo antes de entrar a trabajar.

—Y yo que me toque la lotería.

—Si no compras los décimos, ya me dirás cómo te va a tocar.

—Un café con leche más caliente que el infierno, por favor —la escuché pedirle al camarero del bar de debajo de su oficina—. Sí, ya sé que hace calor, pero es que así mi cuerpo regula la temperatura. ¿Que no? ¡¡Pruébalo y ya me cuentas!!

—¿Puedes atenderme? Quiero un ligue.

—Tú dices que si no compro lotería es imposible que me toque, ¿no? Pues aplícate el cuento.

—No, no…, en eso te equivocas. Voy a jugar. ¡¡Hombre, que si voy a jugar!! Estoy pensando en bajarme alguna aplicación de esas para follar.

Una señora del barrio de Salamanca se volvió indignada a mi paso y le sonreí como respuesta.

—Si te bajas una de esas aplicaciones no te va a tocar precisamente el gordo, Maca. Tú no estás hecha para esas cosas. Tú eres blandita y te gusta que te mimen y te abracen.

—Esa era la antigua Macarena. La nueva quiere vivir la vida loca. —Y fingí gruñir como una leona.

—¡Uy, qué vergüenza, por favor! Segunda adolescencia en camino.

—Segunda juventud, mejor dicho. Voy a pasármelo bien.

—Esa es una canción de Hombres G y está muy pasada de moda.

—Te lo digo en serio: quiero un ligue. Uno que no me caiga especialmente bien, con el que no quiera ni hablar.

—¿Y qué quieres de él?

—Pues que me empotre contra un armario…, tan fuerte, tan fuerte, que aparezca en Narnia cada mañana.

—En Narnia ya estás. No te bajes ninguna de esas aplicaciones. Salimos a ligar y ya está. Dentro de nada es tu cumpleaños —refunfuñó.

—¿Y me vas a regalar la visita de un señorito de compañía?

—Deberías organizar algo. Una cenita, una noche de marcha —continuó, ignorando mi propuesta—. Podríamos hasta pagar unas botellas en algún garito y gozarlas en un reservado.

—¿Desde cuándo nos gustan esas cosas?

—Desde que empezaron a llamarnos «señora» por la calle, cielo. No te prometo que nos vaya a gustar, pero, oye, tendremos que probar, que esta indefinición vital nos llevará a las inyecciones de bótox en menos de nada. Y eso sí que es peligroso.

—Lo del reservado en una discoteca no lo veo —respondí mientras buscaba las llaves de la oficina en el bolso.

—Pues nada. Tendremos que hacernos retoques estéticos hasta parecer un gato. Te dejo. Voy a subir en el ascensor y se corta la cobertura.

—Vale. Eh…, llama a Samuel, haz el favor.

—Sí, sí.

—Que no pase de hoy.

—Se… ort… a… a… amad…

—Jimena, no cuela. No se corta nada, eres tú poniendo voces. Llama a Samuel.

Jimena colgó. Después mandó un wasap diciendo que había sido la cobertura…

Al llegar al portal vi sentada en el escalón a una chica. Revisaba su móvil con cara de aburrimiento y abrazaba contra el pecho un bolso grande, de donde sobresalía una carpeta dorada. Era «mi ayudante».

—¡Hola, Candela! —saludé emocionada. Era el equivalente humano de mi prometedor futuro laboral: no iba a significar ascender, pero al menos no tendría ganas de morirme.

—¡Hola, Macarena!

—Puedes llamarme Maca si quieres. —Saqué las llaves por fin y abrí la puerta, dejándola pasar antes que yo—. ¿Qué tal? ¿Estás emocionada por tu primer día?

—Estoy nerviosa. —Se rio—. Espero estar a la altura.

—Esto es muy fácil, ya verás. Y cualquier duda, me la preguntas. Lo único con lo que hay que lidiar es con Pipa, que a veces puede ser muy especial.

Sonrió como respuesta y las dos nos metimos en el ascensor.

—Esta tarde hay un evento —le anuncié—. ¿Te apetecería venir?

—¿Un evento? —Se miró la ropa con preocupación. Llevaba un pantalón vaquero y una camisa blanca.

—Sí, pero no te preocupes. Yo iré así como voy. —Me señalé la camiseta y los jeans y le guiñé un ojo—. Es la «bienvenida al verano» de una marca de bebidas. Solo tenemos que ir a hacerle unas fotos a Pipa. La relaciones públicas nos mandará la nota de prensa del sarao para que podamos escribir el post mañana.

—¿Y necesitamos ir las dos?

—En realidad no. Pero así hoy te explico. Y las próximas veces podemos turnarnos.

—¿Te gustan esas fiestas? —Arqueó las cejas, como si mi respuesta fuera a aclarar si le gustarían a ella.

—En realidad no. No se disfruta nada. Es… trabajo. Aunque luego vas cogiendo confianza con gente del sector y ya no es tan frío. Siempre hay una cara conocida a la que saludar.

—Pero este mundo tiene que estar lleno de hipócritas, ¿no?

—Como todos. —Sonreí para infundirle tranquilidad—. También hay gente encantadora. No te dejes llevar por la impresión que te dé Pipa.

Y ese comentario, por más que me sorprendiera, no era una crítica hacia Pipa, era un aviso, un: «No la juzgues por la primera impresión». En mi fuero interno estaba segura de que no era tan imbécil como se empeñaba en parecer…, a pesar de ser una ingrata, una egoísta, una superficial, una estirada y una malcriada. Ale, menudo traje acababa de hacerle.

Entramos en la oficina y la conduje hacia la mesa que, el día anterior, habían instalado para ella. Me tapaba un poco la luz natural que bañaba el local, pero me dije que era mejor tenerla cerca para que pudiéramos hacer equipo.

—Esta es tu mesa. ¿Te gusta?

—Es genial. —Dejó sus bártulos sobre ella y miró alrededor—. Aún no me creo que vaya a trabajar para Pipa.

En realidad iba a trabajar directamente para mí, pero me dije que aquella aclaración sobraba y no me haría mejor «supervisora» o lo que fuera que iba a ser.

—Creía que no seguías mucho a Pipa. —Coloqué mi bolso en la cestita que tenía junto a mi mesa.

—Tampoco es que la siga, pero… todo el mundo la conoce. Además, estos días he estado navegando por la web para ponerme al día.

—Genial. A ver… Ahí detrás tenemos una nevera, una cafetera, el microondas y un hervidor de agua… A Pipa no le gustan demasiado los microondas. Dice que envej ...