Loading...

REY DE PICAS

Joyce Carol Oates  

0


Fragmento

1. El hacha

 

 

 

 

 

En el aire había aparecido el hacha. Por alguna razón se alzaba y caía en un vaivén desenfrenado, en dirección a mi cabeza, mientras yo intentaba alzarme de mi posición en cuclillas y perdía el equilibrio, por la desesperación de querer escapar, al tiempo que me fallaban las piernas y se oía una voz ronca que suplicaba «¡No! ¡Por favor, no!» (¿era la mía, irreconocible?), por cuanto, a pocos centímetros de mi cabeza, la cuchilla se estrellaba y se hundía en el escritorio, del que saltaban astillas; para entonces ya había caído yo pesadamente al suelo, un suelo duro y rígido debajo de la deshilachada alfombra oriental. Forcejeaba para enderezarme, detener el hacha, apoderarme de ella con manos que se agitaban en la ceguera de la desesperación, mientras una voz (¿mi voz?, ¿la de mi agresora?), muy aguda y casi sin resonancias humanas, suplicaba «¡No! Nooo»; un vislumbre pasajero de los rechonchos dedos de la mujer, de sus brazos con músculos como cuerdas y de una blancura cadavérica dentro de las vaporosas mangas del camisón, y la mezcla de grito y gruñido en una combinación de furor y esperanza de triunfo; y de nuevo el terrible alzarse del hacha, el resplandor mate de la tosca hoja, y la curva descendente de la Muerte, imparable una vez iniciada, irremediablemente hundida en un cráneo humano, tan fácil de partir como un melón, sin otra protección que una piel relativamente gruesa, hasta dejar al descubierto la pastosa materia gris del cerebro entre un torrente de sangre arterial.

Y todavía la voz que se alzaba, incrédula No no no.

2. «Rey de Picas»

 

 

 

 

 

Los problemas empezaron de la manera más inocente cinco meses, dos semanas y seis días antes. No había ninguna razón para sospechar que «Rey de Picas» tuviera nada que ver.

Porque aquí en Harbourton no había nadie que dispusiera de información sobre «Rey de Picas»; tampoco ahora. Ninguna de las personas cercanas a Andrew J. Rush: ni mis padres, ni mi mujer, ni mis hijos, ni nuestros vecinos, ni mis amigos más antiguos de los tiempos del instituto.

Aquí, en esta comunidad residencial de una zona rural de Nueva Jersey donde nací hace cincuenta y tres años, y donde he vivido con Irina, mi querida esposa, durante más de diecisiete, se me conoce como «Andrew J. Rush», tal vez el más famoso de los residentes locales, autor de novelas superventas de suspense y misterio con un toque macabro. (No un toque excesivo, ni repugnante ni malintencionado, ni tampoco perturbador. Nunca obsceno, ni siquiera machista. En mis libros se trata con amabilidad a las mujeres, aparte de unas cuantas actuaciones obligatoriamente «negras». Los cadáveres, por lo general, son de varones adultos de raza blanca.) Con motivo de mi tercer gran éxito comercial de los años noventa se empezó a decir de mí en los medios de comunicación que Andrew J. Rush era el Stephen King de los caballeros.

Me sentí halagado, por supuesto. Las ventas de mis novelas, aunque hayan llegado a sumar millones de ejemplares después de un cuarto de siglo de esfuerzos, se sitúan aún en las decenas y no en las centenas de millones, como sucede con las de Stephen King. Y aunque se han traducido nada menos que a treinta idiomas (toda una sorpresa para mí, que solo sé uno), estoy seguro de que las de Stephen King se han traducido todavía a más, y con mayores beneficios. Solo tres de mis novelas se han llevado al cine (películas muy pronto olvidadas), y solo de dos se han hecho series de televisión (aunque no para prestigiosos canales de pago), a diferencia de King, de cuyas obras se han realizado incontables adaptaciones.

Por lo que toca al dinero, no existe comparación posible entre Andrew J. Rush y Stephen King. Pero cuando se han ganado ya, descontados los impuestos, más de treinta millones de dólares, sencillamente se deja de pensar en dinero, de la misma manera, quizás, en que un asesino en serie deja de pensar en cuántas personas ha matado después de unas cuantas docenas de víctimas.

(¡Perdónenme! Creo que acabo de hacer una observación desafortunada que —estoy seguro— haría que mi querida Irina me diera una patada en la espinilla por debajo de la mesa para regañarme, como hace a veces cuando digo inconveniencias en público. No era mi intención mostrarme insensible sino solo «ingeni

Recibe antes que nadie historias como ésta