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RELATOS DEL 900

Soledad Gago  

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Fragmento

En 1899 se fundó el Club Nacional de Fútbol. En 1900, la compañía de tranvías de la Unión y Maroñas adquirió dos terrenos y creó dos canchas de fútbol en el barrio La Blanqueada, en el mismo lugar donde había estado la quinta de una paraguaya cuando José Gervasio Artigas fue nombrado Jefe de los Orientales. El 27 de mayo de ese mismo año, Nacional usó por primera vez uno de aquellos terrenos, que luego se convertirían en su estadio, el Gran Parque Central. El 4 de marzo de 1918, Abdón Porte, capitán histórico del club, volvió a jugar tras una larga ausencia en las canchas.

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En cada encuentro que Nacional disputa en el Gran Parque Central, en la tribuna Oeste, la del Indio, la que lleva su nombre, se puede ver una bandera. En la bandera, se puede ver su cara. Entre dos franjas azules, hay una blanca. En la franja blanca hay letras rojas. En las letras rojas, está escrita la leyenda: “Por la sangre de Abdón”.

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El amor siempre puede ser tan hermoso como cruel, tan gratificante como desgraciado, tan placentero como doloroso. Y esta es una historia de amor. Cien años después, no quedan dudas de eso. No quedan dudas, tampoco, de que el amor puede adoptar diferentes formas y que, cualquiera sea su estructura, siempre puede ser tan puro como el amor a la vida misma.

El amor por los colores existe. Aunque no se entienda, aunque se cuestione, aunque se ponga en duda o se agradezca, aunque sea egoísta e irracional (el amor siempre es irracional, ¿no?), existe. Por algo, cien años después de su muerte, aún flamea una bandera en la tribuna que lleva su nombre: “Por la sangre de Abdón”, dice. Es que la de Abdón Porte es, en primera instancia y ante todo, una historia de amor por una camiseta. Después, es la de una leyenda.

El nombre Abdón Porte carga con una historia que supera los límites del tiempo y el espacio y que dejó una marca imborrable en los hinchas del Club Nacional de Football, en los devotos de este deporte, en los apasionados de las historias épicas, en la historia del Uruguay y, lo más importante, en el césped del Gran Parque Central.

Se dice de Abdón que era aguerrido, potente, buen cabeceador. Que jugaba de volante central. Que era el cinco que le gusta al fútbol uruguayo, el jugador que representa lo más auténtico de la garra charrúa. Eso sí, era incapaz de pegarle a un contrario. Abdón era de juego limpio y prolijo, dueño de una técnica excepcional. Respetado por sus oponentes y admirado por sus compañeros, el Indio, como le llamaban, era un tipo que conversaba poco pero que tenía una nobleza enorme. Era amigo de todos y tranquilo en la cancha. Era humilde, respetuoso y respetado. Buen defensa y colaborativo en el ataque, era el capitán que se entregaba por la camiseta. El yo que se entrega por el todo. El círculo central de la cancha era su lugar, más que ningún otro.Y así lo será eternamente.

Para siempre, Abdón.

Por eso, por su amor, por su entrega, por su muerte y por su sangre, podría decirse que la de Abdón Porte es una historia épica, de esas que suceden una única vez en un espacio y en un tiempo y transforman al ídolo en leyenda y con la leyenda lo inmortalizan. “Por la sangre de Abdón” reza la bandera que los hinchas de Nacional hicieron en su honor.

Para siempre, Abdón.

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Llegó a Montevideo desde Durazno en 1908 con quince años para empezar su carrera futbolística en el (ahora desaparecido) Colón Fútbol Club. El 12 de marzo de 1911, Abdón Porte se puso por primera vez la camiseta del Club Nacional de Fútbol. Ese día el Indio jugó de lateral derecho en un partido frente al Club Dublín. Ese día, aunque él no lo supiera, aunque nadie lo supiera, empezó una comunión que sería eterna.

El 1911 fue un año determinante para el Club Nacional de Football. No solo por la incorporación al plantel de quien sería su máxima leyenda, sino también porque significó un punto de inflexión en la composición de su cuadro.

Para entonces el fútbol aún constituía un deporte de elite para la sociedad uruguaya, que practicaban los ingleses, los alemanes y los uruguayos cultos y de clase alta. Sin embargo, en 1911, tras la solicitud de un grupo de albañiles y obreros de la construcción de formar parte del plantel, la dirigencia de Nacional llegó al acuerdo de incorporarlos. De esta forma, muchos de los jugadores que integraban hasta entonces el equipo tricolor se retiraron de forma abrupta y fueron sustituidos por nombres como Abdón Porte, Ángel Romano o Alfredo Foglino, otro “caballero” del fútbol y de Nacional.

Así fue como el equipo encaró la temporada de 1912, con un primer objetivo marcado y en la mira: recuperar el campeonato uruguayo, que había ganado por última vez en 1903. Así fue, también, como Abdón Porte empezó a vivir la historia que había soñado desde y para siempre: jugar por el honor de defender a su querido Nacional. Algo que con el tiempo se convertiría en su razón de vivir y existir.

Cuatro campeonatos uruguayos: 1912, 1915, 1916, 1917. El último, dicen, fue épico. No solo porque significó la primera copa uruguaya en propiedad de toda la historia del fútbol (que se llevaría el equipo que ganase tres uruguayos consecutivos o cinco alternados), sino porque Nacional lo obtuvo tras enfrentarse a Peñarol frente a miles de espectadores. Campeón por tres años consecutivos de la Copa de Honor Cousenier que se organizaba en conjunto entre la Asociación Argentina de Fútbol y la Asociación Uruguaya de Fútbol: 1915, 1916, 1917. Primer campeón de la Copa Aldao, en 1916, tras vencer por dos tantos contra uno a Racing, en Buenos Aires. Campeón por cinco años consecutivos de la Copa de Honor: 1913, 1914, 1914, 1916 y 1917.

Durante el período 1912-1917, con el capitanato de Porte, el Club Nacional fue amo y señor del fútbol uruguayo y de América. Tal fue la hazaña del Indio. Tal fue la razón por la que llegó a enamorarse tanto de esos tres colores, rojo, azul y blanco, hasta que se convirtieron en los de su propia sangre.

Jugó por el lateral izquierdo, por el lateral derecho, como defensa y de volante central. Abdón Porte estaba al servicio del cuadro en un momento en el que el fútbol era completamente amateur y se jugaba porque sí. O se jugaba por amor, pero nunca por dinero. No había técnicos, ni reglas que hoy sí, ni contratos millonarios, ni empresarios, ni tecnología que controlara qué pelota entraba al arco y cuál no, no había canchas de lujo ni zapatillas especiales. Al fútbol se jugaba por las ganas de jugar al fútbol. Y nada más. Y Abdón tenía en su cuerpo y en su corazón la esencia más pura del fútbol.

Dicen que cuando el tricolor juega en el Parque Central, aún hoy, cien años después de su muerte, la energía y la entrega y la cabeza y el corazón y las piernas y los brazos y la sangre de Abdón Porte le da fuerzas, lo empujan hacia el arco del rival, lo levantan del suelo. Dicen que Abdón está allí, que ese es su lugar, donde siempre estuvo y donde siempre estará. Eso, al menos, es lo que él buscaba. “Por la sangre de Abdón”, piden los hinchas en una bandera. Porque jugar como Abdón significa dejar la vida en la cancha para defender a Nacional.

Abdón Porte es una parte más de una historia que empezó a escribirse hace exactamente ciento cuarenta años; es parte importante de la construcción de la identidad de la cultura uruguaya y futbolera. ¿Acaso no somos hinchas, los uruguayos, de los futbolistas que dejan todo por la camiseta, cualesquiera sean sus colores?

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Era octubre de 1811. 8 de Octubre esquina Garibaldi. Quinta de la Paraguaya. Montevideo. Uruguay. Cientos de personas de la Banda Oriental se reunieron convocados por los jefes revolucionarios José Rondeau y José Gervasio Artigas con el objetivo de evaluar y tomar una decisión sobre el acuerdo alcanzado entre la Junta de Buenos Aires y el gobernador Javier de Elío, por el cual se levantaba el sitio que las fuerzas revolucionarias orientales habían impuesto a la Plaza de Montevideo. Artigas es nombrado Jefe de los Orientales. La reunión ocurrió en una quinta, propiedad de Juana Suárez, la Paraguaya.

Era octubre de 1878. La Blanqueada. Montevideo. Uruguay. Esa fue la génesis de toda esta historia. Allí se jugó el primer partido de fútbol en la vida del país. Un equipo improvisado creado por hombres asociados al Montevideo Cricket se enfrentó a un cuadro formado por un grupo de marineros ingleses de los buques que llegaban al puerto de la ciudad. Podría decirse que ellos, los ingleses que desembarcaban en los barcos de guerra en la costa montevideana en las últimas décadas del siglo XIX, fueron los exportadores de este deporte que, tantos años, tantas historias, tantas pelotas, tantos jugadores y tantas jugadas después, seguimos venerando. Y así contagiaron las ganas a los locales, que rápidamente quisieron probar de qué se trataba aquello que se jugaba en un rectángulo, en el que once hombres le pegaban, a veces con piedad, otras con prolijidad y otras sin pudor, a una pelota, para buscar colocarla debajo de los tres palos del equipo contrario. Superficialmente, eso es fútbol, ¿no?

Era mayo de 1899. Casa del Doctor Ernesto Caprario. Centro de Montevideo. Uruguay. Ese el inicio del club por el que Abdón Porte se entregaría en cuerpo y alma. Socios, jugadores y dirigentes de los clubes Uruguay Athletic Club, con sede en la Unión, y Montevideo Football Club se fusionan para crear el Club Nacional de Football, primer equipo criollo de América Latina.

Era mayo de 1900. Montevideo. Uruguay. Ante el incipiente interés de aficionados al fútbol, las compañías de transporte montevideanas decidieron invertir en canchas alejadas del centro de la ciudad. La estrategia era lógica: jugadores y público tendrían que trasladarse a zonas alejadas para jugar o ver fútbol.

Fue así que la Compañía de Tranvías de la Unión y Maroñas adquirió dos terrenos que destinó a construir dos canchas de fútbol. La más grande y principal sería para el uso exclusivo del Deutscher Fussball Klub, que pertenecía a la comunidad alemana que vivía en Uruguay.; la segunda, más pequeña y conocida como “la internacional”, quedaba a disposición de los marinos ingleses y extranjeros que llegaran a la ciudad y a los clubes locales que la solicitaran.

El 25 de mayo de 1900 quedó inaugurado oficialmente el Gran Parque Central, ubicado en 8 de Octubre y Garibaldi, (justo en la quinta de la paraguaya, donde Artigas fue nombrado Jefe de los Orientales). La fiesta del fútbol se dio con un partido entre el Deutscher Fussball Klub y el CURCC (Central Uruguay Railway Cricket Club). Dos días después de la inauguración, el Club Nacional de Football, que tenía poco más de un año, solicitó el uso de esa cancha para un partido entre el Deutscher que terminó con un empate uno a uno. Luego de un año, llegaría el debut oficial de Nacional y del Parque Central en la Copa Uruguaya.

Una vez más, el 1911 no fue un año más para Nacional. Las historias de los ídolos de nuestro fútbol casi siempre tienen, por esencia, algunos matices que las hacen más épicas. Por eso, como si el destino estuviera haciendo una jugada maestra para que Abdón Porte y el Parque Central fueran para siempre uno, como gambeteando las trabas y los obstáculos para que sus historias estuviesen unidas eternamente, el año que el Club Nacional de Fútbol consiguió el uso exclusivo del Parque Central fue el mismo en el que Abdón empieza a ser parte del equipo tricolor.

Cuesta pensar que pudo haber sido una coincidencia. Podría haber sido un año antes o un año después. Lo cierto es que en 1911 la historia de Abdón Porte y su Gran Parque Central, empezaba a escribirse sin anunciar su final.

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Quizás haya sido él el precursor de la cultura futbolera uruguaya. Esa que hasta hoy celebramos y alentamos y veneramos, esa que nos marca y nos hace reconocernos en el mundo. Quizás haya sido él que, sin saberlo, empezó a construirnos a todos. Porque, a decir verdad, sean cuales sean los colores, todos, en algún momento, nos identificamos con Porte, todos, jugadores, hinchas y simples charrúas, nos reconocemos en un hombre humilde, que se hizo de abajo, que se ganó un lugar en el equipo del que era hincha, que lo llevó a lo más alto del continente y que nunca perdió el amor.

Era 11 de noviembre de 1917. Nacional acababa de ganar su tercer Campeonato Uruguayo consecutivo, por lo que se convertía en el primer equipo en llevarse una copa en propiedad. El torneo fue reñido. Nacional y Peñarol ganaron todos los partidos y estuvieron peleando por la punta hasta el final. El clásico de la primera fase lo ganó Nacional por cuatro tantos contra cero. Fue una victoria aplastante, de esas que animan a los hinchas a presumirse campeones. El segundo clásico terminó cero a cero. En este caso, para los tricolores, empatar significó finalmente coronarse campeones uruguayos una vez más.

Tras la victoria, los jugadores fueron llevados en una carrosa desde el antiguo Estadio Parque Pereyra, donde se jugó el clásico, hasta la sede de Nacional, por entonces ubicada en la calle 18 de Julio. Más de doscientos coches y más de tres mil hinchas se juntaron por la avenida del centro de la ciudad con pancartas, banderas y canciones, para celebrar y celebrarse, para alabar a los campeones y encontrarse. Esa, la organizada por los devotos tricolores, fue la primera gran manifestación popular y masiva del fútbol uruguayo, que luego continuó por los distintos barrios de Montevideo y otras ciudades del interior del país.

Para celebrar la hazaña, el autor y compositor Gerardo Matos Rodríguez, un declarado devoto tricolor (dicen que se anunciaba diciendo “aquí llega un tricolor”), compuso el tango Nacional for ever:

“A Nacional para siempre cantó de La Cumparsita el mismo autor. Queremos hoy con toda la emoción de esa canción hacer un himno tricolor. Por Nacional este tango nació como homenaje al criollo campeón. Nacional fue quien enfrentó al inglés introductor del fútbol de Uruguay. Él fue el primer oriental que el fútbol brilló. Honor y gloria a Nacional. Viva Nacional grito yo, pues tu historia es inmortal, tu bandera la bordaron tricolor de la de Artigas giró. Viva Nacional grito yo porque sos mi religión. Todo un pueblo te acompaña tricolor y te brinda el corazón”.

No fue una victoria más para los tricolores. Tampoco lo fue para los hinchas ni para los dirigentes, ni, por supuesto, para el capitán Abdón Porte; aunque a esta altura, hablar de Porte sin referirse a Nacional resulta imposible. En ese campeonato, el Indio fue el primer volante central que logró el título de goleador en un uruguayo.

El 27 de mayo de 1917, Abdón Porte fue lesionado a los diez minutos de empezado el partido contra Peñarol. El Indio no quiso salir de la cancha y jugó hasta el final. Cosas del fútbol, dicen, pero el mismo año que significó la gloria absoluta para los tricolores y para su capitán, fue en el que se empezó a tramar el principio del final de Abdón Porte.

Por el esfuerzo que le implicó jugar durante todo el partido lesionado, el Indio estuvo afuera de las canchas durante poco más de un mes. Recuperado, volvió para jugar un clásico y, pese a la victoria tricolor, Porte no jugó como antes.

No era el de antes. Y él lo sabía.

La temporada 1918 arrancó con un recambio de jugadores. Las figuras que habían formado parte del equipo desde 1911 empezaron a ser sustituidas por jugadores más jóvenes. La temporada 1918 arrancó, ante todo, con un nuevo capitán: Alfredo Zibechi. Arrancó, también, con Zibechi como volante central.

En 1918, Abdón Porte dejaba de ser esencial para su querido Nacional, por el que tanto había hecho y con el que tanto había soñado. No solo dejaba de ser el guía de su equipo, sino que también perdía la titularidad, la mitad de la cancha ya no le pertenecía. Y, para alguien que vivía para jugar y que jugaba para ser, dejar de defender a su camiseta significaba una lesión para su honor. El honor de haber sido, digamos, el gran capitán tricolor y la lesión de un día, con o sin razón, dejar de serlo.

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209 partidos y 20 goles con el tricolor. Campeón de América con la Selección Uruguaya en 1917. Pero no alcanzaba. El Indio vivía por una sola razón: vestir su camiseta y defender a sus colores. Todo lo demás era secundario.

El disparo fue en el corazón, ni un centímetro más allá, ni uno más acá. En el corazón, porque ahí era donde guardaba su amor por Nacional. En el corazón.

“El día que deje de pegarle, me pego un tiro en el Parque Central”, decía el Indio entre sus amigos y familiares, como queriendo demostrar la pasión hacia su equipo. Como queriendo, tal vez, adelantar su leyenda.

El 4 de marzo de 1918, tras varios partidos como suplente, el Indio ingresó al equipo titular en un amistoso contra el Charley, en el que Nacional venció por tres tantos contra uno. Como era de costumbre en la época, en la noche, jugadores y dirigentes festejaron el triunfo con una cena en la sede del club, por entonces en el Centro de Montevideo.

Un ídolo, en el fútbol, es ídolo, no por los goles que hace, no por las jugadas que genera, no por lo elegante de su juego. Un ídolo, al menos para nuestro juego, el charrúa, el uruguayo, es aquel jugador que se da por entero a su cuadro, sin que importe nada más. Ese es el jugador que los hinchas y los apasionados eligen, siempre, y de a poco van convirtiendo en figura y en referente de un cuadro y de una época. Es el que juega por los demás y no por sí mismo, el que prefiere dar un pase para que alguien más haga el gol, el que levanta al equipo cuando todo parece perdido, el que le habla a sus compañeros, el que logra lo inlograble. Es aquel que es escuchado y respetado por todos, el que marca el rumbo, el que defiende con sangre, sudor y lágrimas a los suyos. Ese es el ídolo que supera las barreras de los colores, pero también las del tiempo y las del espacio.

Después de la cena con el resto del equipo, el Indio fue hasta la esquina de 18 de julio y Convención para tomarse el tranvía de la Unión. Sobre la media noche, se bajó en frente al Gran Parque Central y caminó calmo hasta el círculo central de la cancha. Esa era su posición. Ese era su lugar.

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