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REINA DE SOMBRAS (TRONO DE CRISTAL 4)

Sarah J. Maas  

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Fragmento

CAPÍTULO 1

plecap

Algo aguardaba en la oscuridad.

Era antiguo y cruel… Y se paseaba por las sombras adueñándose de su mente.

No pertenecía a este mundo y lo habían traído para llenarlo con su frío primigenio. Todavía los separaba una especie de barrera invisible, pero ésta se desmoronaba un poco más cada vez que la cosa la recorría a todo lo largo, poniendo a prueba su fuerza.

No podía recordar su nombre.

Eso fue lo primero que olvidó cuando la oscuridad lo había envuelto hacía semanas o meses o eternidades. Luego olvidó los nombres de otros que habían significado mucho para él. Podía recordar el horror y la desesperanza sólo gracias a ese momento solitario que interrumpía la negrura, como el batir constante de un tambor: unos cuantos minutos de alaridos, sangre y viento congelado. En esa habitación de mármol rojo y cristal había personas que él amaba; la mujer había perdido la cabeza…

Perdido, como si la decapitación hubiera sido su culpa.

Una joven hermosa, con manos delicadas como palomas doradas. No fue culpa de ella, aunque él no pudiera recordar cómo se llamaba la mujer. Fue culpa del hombre en el trono de cristal, el que dio la orden de que la espada de ese guardia cercenara carne y hueso.

No había nada en la oscuridad más allá del momento cuando la cabeza de la mujer cayó con un golpe seco al suelo. No había nada salvo ese momento, una y otra y otra vez, y ese algo que caminaba cerca, esperando que él se rompiera, que cediera, que lo dejara entrar. Un príncipe.

No podía recordar si él era príncipe o si había sido un príncipe. No era probable. Un príncipe no hubiera permitido que le cortaran la cabeza a una mujer. Un príncipe hubiera detenido la espada. Un príncipe la hubiera salvado.

Pero él no la había salvado y sabía que nadie vendría a salvarlo a él.

Todavía existía el mundo real más allá de las sombras. El hombre que ordenó la ejecución de esa hermosa mujer lo había obligado a participar en ese mundo. Y cuando lo hacía, nadie se daba cuenta de que se había convertido en poco más que una marioneta, luchando por hablar, por actuar a pesar de los grilletes impuestos en su mente. Los odiaba por no darse cuenta. Ésa era una de las emociones que aún reconocía.

No se suponía que debería amarte. La mujer dijo eso, y luego murió. No debía haberlo amado y él no debería haberse atrevido a amarla. Se merecía esta oscuridad, y cuando la frontera invisible se rompiera y esa cosa agazapada se abalanzara, se infiltrara y lo inundara… se lo merecería.

Así que permaneció atado a la noche, testigo del grito y la sangre y el golpe de la carne sobre la roca. Sabía que debía luchar, sabía que había luchado en esos últimos segundos antes de que le pusieran el collar de roca negra alrededor del cuello.

Pero algo esperaba en la oscuridad y en poco tiempo tendría que dejar de resistir.

CAPÍTULO 2

plecap

Aelin Ashryver Galathynius, heredera de fuego, amada de Mala la Portadora de la Luz, y reina legítima de Terrasen, se recargó en la barra de roble desgastado y escuchó con cuidado los sonidos del salón del placer, entre los gritos, los gemidos y las canciones obscenas. A pesar de haber tenido varios dueños en los últimos años, esta guarida subterránea del pecado conocida como los Sótanos seguía siendo la misma: demasiado caliente, con un tufo a cerveza rancia y cuerpos desaseados, y llena hasta el tope de malvivientes y criminales de carrera.

En varias ocasiones algún joven lord o el hijo de un comerciante entró orgulloso por las escaleras de los Sótanos y nunca volvió a ver la luz del día. A veces se debía a que presumían su oro y plata frente a la persona equivocada. A veces, a que eran tan vanidosos o estaban tan borrachos que pensaban poder meterse a las Arenas de pelea y salir vivos de ahí. A veces trataban mal a alguna de las mujeres en venta en las alcobas que flanqueaban el espacio cavernoso y aprendían, por las malas, quiénes eran realmente valorados por los dueños de los Sótanos.

Aelin dio sorbos al tarro de cerveza que el tabernero sudoroso había deslizado en su dirección momentos antes. La bebida estaba rebajada con agua y era pésima, pero al menos estaba fría. Aparte del olor a cuerpos sucios, le llegó el aroma de carne asada y ajo. Su estómago protestó, pero no era tan tonta como para ordenar comida. En primer lugar, la carne por lo general era cortesía de las ratas del callejón de arriba; en segundo, los clientes más ricos solían encontrarla adicionada con algo y terminaban despertando en dicho callejón con los bolsillos vacíos. Eso en caso de que despertaran.

Su ropa estaba sucia aunque era lo bastante fina como para convertirla en el objetivo de algún ladrón. Así que examinó su cerveza con cuidado, la olisqueó y después le dio pequeños sorbos antes de decidir si era segura. Tendría que buscar alimento pronto; antes debía averiguar lo que buscaba en los Sótanos: qué demonios había pasado en Rifthold durante los meses que ella no estuvo. Y quién era el cliente que Arobynn Hamel tenía tantas ganas de ver, en el caso de que se arriesgara a reunirse con él ahí, en especial considerando que había una jauría de guardias brutales uniformados de negro patrullando la ciudad como lobos.

Había logrado escabullirse de una de esas patrullas durante el caos del embarcadero, pero alcanzó a ver que sus uniformes tenían bordado un guiverno de ónix. Negro sobre negro: tal vez el rey de Adarlan ya se había cansado de fingir que no era una amenaza y había emitido un decreto real para abandonar el tradicional rojo y dorado de su imperio. Negro por la muerte; negro por sus dos llaves del Wyrd; negro por los demonios del Valg, que ahora estaba usando para construirse un ejército imparable.

Sintió un escalofrío subir por su espalda y se terminó de un trago el resto de la cerveza. Cuando dejó el tarro sobre la barra, el movimiento hizo que su cabello cobrizo reflejara la luz de los candeleros de hierro forjado.

Saliendo de los muelles, se había apresurado a llegar directamente al Mercado de las Sombras junto al río, donde se podía conseguir cualquier cosa, ya fueran artículos raros, contrabando o mercancía común. Compró un poco de tinte para el cabello. Le pagó al comerciante una pieza de plata adicional con el fin de que le permitiera usar la pequeña habitación de la parte trasera de la tienda para teñirse el cabello, que le llegaba apenas a la clavícula. Si los guardias hubieran estado monitoreando los muelles y la hubieran logrado ver a su llegada, estarían buscando a una joven de cabello dorado. Todos estarían buscando a una joven de cabello dorado cuando se supiera en unas semanas que la campeona del rey había fracasado en su tarea de asesinar a la familia real de Wendlyn y robar sus planes de defensa naval.

Hacía unos meses, había enviado una advertencia a los reyes de Eyllwe para que tomaran las debidas precauciones. Pero aún quedaba una persona bajo riesgo antes de que pudiera echar a andar su plan: la misma persona que podría explicar la presencia de nuevos guardias en los muelles, y por qué la ciudad estaba notablemente más callada, más tensa. Apagada.

Si quería averiguar información sobre el capitán de la guardia y si se encontraba a salvo, estaba en el sitio correcto. Sólo era cuestión de escuchar la conversación oportuna o de sentarse con los compañeros de cartas adecuados. Por lo tanto, fue una afortunada coincidencia que se hubiera topado con Tern, uno de los asesinos favoritos de Arobynn, cuando lo encontró surtiéndose de su veneno preferido en el Mercado de las Sombras.

Lo siguió a la taberna justo a tiempo para ver a varios asesinos de Arobynn reunidos ahí. Nunca lo hacían, a menos que su maestro estuviera presente. Por lo general, sólo cuando éste iba a reunirse con alguien muy muy importante. O peligroso.

Después de que Tern y los demás entraron a los Sótanos, esperó unos minutos en la calle, escondida entre las sombras, para ver llegar a Arobynn, pero no tuvo suerte. Seguramente ya estaba dentro.

Así que entró mezclada con un grupo de borrachos, hijos de comerciantes, localizó el sitio donde estaba Arobynn e hizo su mejor esfuerzo por pasar inadvertida y no llamar la atención mientras esperaba en la barra y observaba.

La capucha y ropas oscuras que traía puestas le servían para estar encubierta y no llamar demasiado la atención. Pero si alguien fuera lo suficientemente tonto como para intentar robarle, en su opinión eso la justificaría para robarle a su vez. Ya se estaba quedando sin dinero.

Suspiró por la nariz. Si la gente pudiera verla: Aelin del Incendio, asesina y ladronzuela. Sus padres y su tío probablemente estarían revolcándose en la tumba.

Aun así. Algunas cosas valían la pena. Aelin hizo una seña con uno de sus dedos enguantados al tabernero calvo para que le sirviera otra cerveza.

—Yo me moderaría con la bebida, niña —se burló una voz a su lado.

Lo miró de reojo y vio que era un hombre de talla mediana que se había acercado a ella en la barra. Lo hubiera reconocido por su sable antiguo de no haberlo hecho por su rostro increíblemente común. La tez rojiza, los ojos pequeños y las cejas pobladas: una máscara insípida que ocultaba al asesino hambriento que existía debajo.

Aelin recargó los antebrazos en la barra y cruzó un tobillo sobre el otro.

—Hola, Tern.

Era el segundo de a bordo de Arobynn, o al menos era el puesto que ocupaba hacía dos años. Era un vil calculador, siempre más que dispuesto a hacer el trabajo sucio de Arobynn.

—Me imaginé que era sólo cuestión de tiempo para que alguno de los perros de Arobynn me olfateara.

Tern se recargó contra la barra y le dedicó una sonrisa demasiado radiante.

—Si no mal recuerdo, tú siempre fuiste su perra favorita.

Ella rio mirándolo de frente. Eran casi de la misma estatura y Tern, con su complexión delgada, tenía una habilidad perversa para colarse en los sitios mejor vigilados. El tabernero, al ver a Tern, mantuvo una distancia prudente.

Tern ladeó la cabeza sobre el hombro e hizo un gesto para señalar la parte trasera del espacio cavernoso que se ocultaba entre sombras.

—La última banca recargada contra la pared. Está terminando con un cliente.

Ella echó un vistazo en la dirección indicada. Ambos lados de los Sótanos estaban bordeados por varias particiones donde trabajaban las prostitutas, separadas de la multitud apenas por una cortinilla. Aelin pasó por encima de cuerpos contorsionándose, por encima de mujeres de rostros delgados y ojos ausentes que esperaban ganarse la vida en la podredumbre de ese agujero de mierda, por encima de la gente que vigilaba las actividades desde las mesas más cercanas: guardias, voyeristas y proxenetas. Pero en ese sitio, escondidos en las paredes adyacentes a las particiones, había varios gabinetes de madera.

Exactamente los que había estado observando discretamente desde su llegada.

Y en uno de los más alejados de las luces… el brillo de unas botas de cuero pulido que sobresalían debajo de la mesa. Un segundo par de botas, desgastadas y lodosas, estaban recargadas en el piso frente a las primeras, como si el cliente estuviera listo para salir corriendo. O, si fuera estúpido en verdad, para pelear.

Ciertamente había sido lo bastante estúpido para dejar que su guardia personal permaneciera visible: señal que alertaba a quien prestara atención sobre algo importante que estaba sucediendo en ese último gabinete.

La guardia del cliente, una mujer delgada, con capucha y armada hasta los dientes, estaba recargada contra un pilar de madera cercano. El cabello sedoso y oscuro le llegaba a los hombros y brillaba bajo la luz, mientras vigilaba con cuidado el salón de vicio. Estaba demasiado seria para ser parte de la clientela normal. No traía uniforme, ni colores de casa, ni emblemas. Nada sorprendente, dada la necesidad de su cliente de permanecer oculto.

El cliente probablemente pensaba que era más seguro reunirse ahí, aunque este tipo de reuniones se realizaban por lo general en la fortaleza de los asesinos o en una de las posadas de dudosa reputación, propiedad del mismo Arobynn. No tenía idea de que éste también era socio mayoritario de los Sótanos y de que sería suficiente que el exjefe de Aelin hiciera un ademán con la cabeza para que las puertas metálicas se cerraran, y el cliente y su guardia nunca salieran del lugar.

Aún faltaba averiguar por qué Arobynn había accedido a reunirse con él ahí.

Por eso Aelin miraba al otro lado del salón, en dirección al hombre que había destrozado su vida de tantas maneras.

Sintió un nudo en el estómago, pero le sonrió a Tern.

—Ya sabía que la correa no llegaba tan lejos.

Aelin se separó de la barra y avanzó entre la multitud antes de que el asesino pudiera responderle. Podía sentir la mirada de Tern justo entre sus omóplatos, consciente de que ansiaba clavarle el sable ahí.

Sin molestarse en mirar atrás, le hizo una seña obscena por encima del hombro.

La retahíla de malas palabras que profirió fue mucho más divertida que la música vulgar que estaban tocando del otro lado de la habitación.

Ella observó con cuidado el rostro de cada persona frente a la cual pasó, cada mesa con juerguistas, criminales y trabajadores. La guardia personal del cliente ya la estaba observando y deslizó una mano enguantada hacia la espada ordinaria que colgaba a su lado.

No es tu asunto, pero buen intento.

Aelin se sintió tentada a sonreír burlonamente a la mujer. Lo hubiera hecho de no ser porque estaba concentrada en el rey de los asesinos. En lo que aguardaba en aquel gabinete.

Estaba preparada, al menos tanto como podría estarlo. Pasó suficiente tiempo haciendo un plan.

Aelin se había permitido pasar un día en el mar descansando y extrañando a Rowan. Gracias al juramento de sangre que ahora la vinculaba eternamente con el príncipe hada, y a él con ella, percibía su ausencia como una extremidad fantasma. Todavía se sentía así, a pesar de que tenía mucho por hacer, a pesar de que extrañar a su carranam era inútil y de que él sin duda le daría una paliza si se enterara.

El segundo día después de separarse le ofreció al capitán del barco una moneda de plata para que le diera una pluma y un montón de papel. Se encerró en su atiborrado camarote y empezó a escribir.

Dos hombres en esta ciudad eran responsables de haber destruido su vida y a la gente que ella amaba. No se iría de Rifthold hasta haberlos enterrado a ambos.

Así que escribió página tras página de notas e ideas, hasta que elaboró una lista de nombres, lugares y objetivos. Memorizó y anticipó cada paso; finalmente quemó las hojas con el poder que ardía en sus venas, asegurándose de que los restos quedaran reducidos a cenizas; luego las tiró por la ventana de su camarote para verlas perderse flotando en el océano vasto y oscuro en la noche.

Aunque estaba preparada, no pudo evitar sentir un sobresalto semanas después cuando el barco pasó una marca invisible al acercarse a la costa y su magia desapareció. Todo ese fuego que había pasado tantos meses dominando cuidadosamente… desa­pareció como si nunca hubiera existido: ni siquiera una brasa quedó encendida en sus venas. Advirtió en su interior una nueva especie de vacío, distinto al hueco que la ausencia de Rowan dejó en ella.

Abandonada en su piel humana, se hizo ovillo en un catre y recordó cómo respirar, cómo pensar, cómo moverse en su maldito cuerpo sin la gracia inmortal a la cual se había acostumbrado y con la que contaba. Había sido una imbécil irresponsable por permitirse depender de esos dones, por dejarse sorprender cuando se los volvieron a quitar. Rowan sin duda le habría dado una paliza por eso, una vez que él mismo se recuperara por la pérdida. Era motivo suficiente para sentirse mejor, de haberle pedido que se quedara.

Así que respiró el aire salado y la madera, y se recordó a sí misma que la habían entrenado para matar con las manos mucho antes de haber aprendido a derretir huesos con su fuego. No necesitaba la fuerza adicional, ni la velocidad, ni la agilidad de su forma de hada para derrotar a sus enemigos.

El hombre responsable de ese brutal entrenamiento inicial, quien había sido su salvador y su tormento, pero que jamás se definió como su padre o su hermano o su amante, ahora se encontraba a unos pasos de distancia, hablando todavía con ese cliente tan importante.

Aelin se sobrepuso a la tensión que amenazaba con paralizar sus extremidades y mantuvo sus movimientos fluidos como los de un felino al acercarse los últimos cinco metros que los separaban.

Hasta que el cliente de Arobynn se puso de pie, dijo algo con tono de voz brusco al rey de los asesinos y salió furioso en dirección a su guardia.

Incluso con la capucha, Aelin reconoció la manera en que se movía. Lo supo por la forma de la barbilla que se asomaba entre las sombras del cuello de la capa y por la manera en que rozaba la funda de su espada con la mano izquierda.

Pero no traía la espada con la empuñadura en forma de águila colgada a su costado.

Y no vestía uniforme negro, sólo ropas color café, sin adornos, salpicadas de tierra y sangre.

Ella tomó una silla vacía y la acercó a una mesa de jugadores de cartas antes de que el cliente diera dos pasos. Se deslizó en el asiento y se concentró en respirar, en escuchar, a pesar de que las tres personas sentadas en la mesa estaban frunciendo el ceño por lo que acababa de hacer.

No le importó.

Con el rabillo del ojo vio a la guardia mover la barbilla en su dirección.

—Denme mis cartas —murmuró Aelin al hombre que estaba a su lado—. Ahora.

—Estamos a la mitad de un juego.

—A la siguiente ronda, entonces —dijo ella. Relajó su postura y dejó caer los hombros cuando Chaol Westfall miró en su dirección.

CAPÍTULO 3

plecap

Chaol era el cliente de Arobynn.

O bien necesitaba algo del exmaestro de ella con tanta urgencia que se arriesgó a reunirse con él ahí.

¿Qué demonios había sucedido mientras ella no estuvo?

Miró las cartas que estaban poniendo sobre la mesa húmeda de cerveza, aunque sentía la atención del capitán fija en su espalda. Deseaba poder ver su rostro, ver cualquier cosa en la penumbra debajo de esa capucha. A pesar de la salpicadura de sangre en su ropa, se movía como si no estuviera herido.

El peso que llevaba meses enroscado y oprimido en el pecho de Aelin empezó a aflojarse en ese momento.

Estaba vivo, pero ¿de dónde venía la sangre?

Sin duda él no la consideró una amenaza porque simplemente le hizo una señal a su compañera para que avanzara y ambos caminaron hacia la barra… No: se dirigieron a las escaleras y más allá. Él se movía a un paso constante e indiferente, aunque la mujer a su lado estaba demasiado tensa como para pasar por alguien despreocupado. Afortunadamente para todos, nadie miró en su dirección cuando salieron y el capitán tampoco lo hizo.

Aelin se había movido con suficiente rapidez y él no alcanzó a detectar quién era. Bien. Bien, aunque ella lo hubiera reconocido a él en movimiento o quieto, con capucha o sin ella.

Ahí iba, por las escaleras, sin siquiera mirar hacia abajo, mientras su compañera la continuaba observando. ¿Quién demonios era? No había ninguna mujer guardia en el palacio cuando ella se fue, y estaba bastante segura de que el rey tenía una regla absurda que prohibía a las mujeres formar parte de su guardia.

Ver a Chaol no cambiaba nada, no por el momento.

Aelin apretó el puño, muy consciente de su dedo sin anillo en la mano derecha. No lo había sentido desnudo hasta ese momento.

Una carta aterrizó frente a ella.

—Tres platas para entrar —le dijo el hombre calvo y tatuado que estaba a su lado mientras repartía las cartas y señaló con la cabeza una pila de monedas acomodadas en el centro.

Reunirse con Arobynn. Nunca pensó que Chaol fuera est

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