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REDENCIóN

Gonzalo Cammarota  

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Fragmento

CAPÍTULO 1
Ni olvido ni perdón

La leyenda, escrita con sangre, llamaba la atención de quienes la estaban contemplando.

Todos la conocían, todos la vieron infinidad de veces grafiteada en paredes o pintada en pancartas, todos presenciaron alguna marcha donde la consigna era cantada por los manifestantes.

Ni olvido ni perdón era el reclamo de un amplio sector de la sociedad uruguaya para con los militares y civiles que cometieron crímenes de lesa humanidad durante la dictadura militar de los setenta y parte de los ochenta.

Los más de treinta años que pasaron desde la vuelta a la democracia hacían que ese reclamo fuera poco a poco despareciendo, de la misma manera que iban despareciendo, con la ayuda de la biología, la mayoría de los protagonistas de aquellos años. Y sin embargo ahí aparecía un nuevo ni olvido ni perdón, esta vez escrito con sangre, esta vez dentro de una casa, más específicamente sobre el respaldo de la cama de la víctima; compartiendo espacio (no sin cierta ironía) con un enorme rosario que estaba clavado en la pared.

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–Una frase que acompaña muy bien las enseñanzas de Cristo.

–Yo diría lo contrario, Francisco.

–Y yo diría que sos un pelotudo que no entiende una ironía, Julito.

–Perdón si estando frente a un hombre torturado y asesinado pierdo el sentido del humor.

–Estás perdonado, yo soy un buen cristiano.

–No sos cristiano y no te estaba pidiendo perdón, era irónico.

–¿Pero no era que la escena de un crimen violento te sacaba las ganas de hacer humor?

Como respuesta Julio Hermida se alejó varios pasos, sabía que su compañero y amigo Francisco Perrone podía estar con ese juego durante horas. Julio observó cómo en el delgado y anguloso rostro de su compañero se dibujaba una sonrisa triunfadora. Por un momento se imaginó agarrando la negra cabellera de su compañero y estampándole la cabeza contra la pared. Si bien Francisco era un hombre de metro ochenta de estatura, nada tenía para hacer frente a los casi dos metros de su compañero. Pero el enojo al Oso Hermida le duraba poco y ni que hablar de reaccionar violentamente; si alguien le daba la cabeza contra la pared a alguien ese sería Francisco y no él. Francisco sí que tenía reacciones explosivas y por eso era bastante frecuente ver su brazo en cabestrillo o hasta enyesado, producto aquellas veces que de manera absolutamente irracional dirigía su ira contra paredes o puertas.

A Perrone no había cosa que le gustara más que ver aquellos ciento y-vaya-a-saber-cuántos kilos derrotados por su retórica; nada disfrutaba más que ver aparecer aquellos pequeños hoyuelos en los cachetes de su compañero, que delataban el pesar y la resignación en su rostro.

–Esta película ya la vi, fines de los sesenta, Francisquito, los sediciosos nos querían robar el país y hacer una nueva Cuba.

Quien habló era el médico forense Juan Carlos Elizalde, profesional al servicio del Poder Judicial desde hacía décadas, tantas que algunos juraban que había llevado adelante la autopsia de Juan Díaz de Solís, el explorador español asesinado por indígenas en tierras uruguayas en 1516.

–Cobardes, asesinar y torturar a una persona de esta manera.

–Todo vuelve, Elizalde.

Francisco le contestó por delicadeza, y en parte para que se quedara contento y se callara. Hay personas que cuando se les da la razón se envalentonan y siguen hablando y otros que satisfechos se llaman a silencio; Elizalde era de los segundos y Perrone lo sabía, como tantas otras cosas que sabía de aquel médico a quien le profesaba un gran cariño pese a que algunas de sus ideas lindaban con el fascismo. Lo importante en ese momento era el silencio, un investigador de homicidios como Francisco en la escena del crimen necesita concentrarse o por lo menos eso era lo que él necesitaba.

Desde hacía casi un año Perrone y Hermida habían abandonado la estructura del Departamento de Homicidios y respondían directamente a Lorenzo Pérez, antiguo jefe de Homicidios y actual jefe de Policía de Montevideo.

Lorenzo siempre había sido un gran estratega, un policía con increíbles dotes para hacer política y además para leer a la opinión pública, y si había algo que se había dado cuenta que sensibilizaba a la opinión pública eran los homicidios. No todos, a la mayoría de la población no le interesaban los ajustes de cuentas entre narcos, no ahora que eran unos pocos, quizás si algún día llegan a aparecer treinta personas decapitadas en una fosa común, ahí sí el grueso de la población se sienta horrorizada, pero por el momento eso no pasaba. La población era especialmente susceptible a los crímenes que recaían sobre personas aparentemente inocentes. Esos eran los que Lorenzo, en su nuevo rol de jefe de Policía, le solicitaba a sus subordinados que se investigaran primero. Pero dentro de estos casos había un grupo más reducido aún, que quizás no llegaban a la decena de homicidios al año, que eran los famosos casos sonados, aquellos homicidios que conmocionan a la opinión pública y se vuelven apertura de noticiero, tapa de diario y, con el paso de los años, hasta historia para un libro recopilatorio de crónica roja. Esos eran sus casos principales, esos eran los casos que lo podían dejar sin trabajo, no necesariamente porque de no resolver uno le pidieran su renuncia, sino porque el fracaso en esos casos se volvía un fracaso frente a la ciudadanía, y eso más temprano que tarde se pagaba. Él mismo había ascendido por la pésima gestión del anterior jefe en el caso Jonathan Núñez, un joven futbolista asesinado a la salida de un partido. Prevenido de esta situación, decidió reservar a sus dos mejores investigadores, Francisco Perrone y Julio Hermida, para que atendieran esos homicidios especiales y que respondieran directamente a su persona.

Y aquel era uno de esos casos.

Un oficial de la Fuerza Aérea asesinado en su hogar y con pistas que apuntan a radicales de izquierda como los ejecutores era, definitivamente, un caso sonado. Más aún si se contemplaba que muchos de los principales integrantes del gobierno habían sabido ser radicales de izquierda.

Un silencio solemne rodeaba la habitación del muerto, el aire estaba viciado y Perrone lo sentía. Los olores de una escena de crimen. La loción after shave de Elizalde, el penetrante aroma a desinfectante de los productos químicos de la Policía Científica y el inconfundible olor de la muerte.

Lo primero que llamó la atención de Francisco era la edad del militar en relación a la consigna de ni olvido ni perdón. La víctima debía rondar los cuarenta y cinco años, por lo que a la salida de la dictadura debería tener unos quince. Parece raro que un adolescente estuviera involucrado en violaciones, torturas, secuestros y asesinatos de presos políticos. Era más raro aún si se toma en cuenta el hecho de que todos esos crímenes se cometieron en los primeros años del golpe de Estado, por lo que, salvo que existiera una especie de maternalito de presos políticos y que el mismo fuera regenteado por militares de cinco años, las posibilidades de que aquel hombre tuviera algo que ver con los crímenes de la dictadura eran nulas.

–Disculpame que te haga esto, pero tenés algo acá dentro –quien hablaba era Elizalde, que parecía estar sacando algo de la boca de la víctima– pobre el calladito, tener que estar pasando por todo esto. Tiene un papelito… a ver… tiene algo escrito, ¿vos alcanzás a leer, Francisquito?, porque yo sin los lentes no veo nada.

Enfundado en sus guantes de látex, el investigador tomó el pequeño trozo de papel que Elizalde extrajo de la boca del militar. Estaba escrito con caligrafía clara, sobre una papel cualquiera y con una lapicera de color azul.

–Pagaron nuestros hijos, ahora pagarán los suyos –leyó Francisco para todos los presentes.

–¡¿Qué te dije?! Estas ratas vuelven a las andadas. No les alcanza con haber mandado una punta de buenos hombres a la cárcel, hombres de bien que defendieron al país de la ola comunista, pero no, no les alcanza, ahora buscan venganza con los hijos.

–¡Tiempo, tiempo! Me estoy perdiendo de algo ¿este hombre es hijo de alguien importante?

–Es Augusto Puig, hijo de Juan Andrés Puig –le respondió Julio a Francisco.

–¿El milico que está en cana por tirar al Río de la Plata a los cinco militantes del Partido Comunista?

–Ese mismo.

–Una medalla le tendrían que haber dado, pero no, lo metieron preso.

–Un día le van a pegar un fierrazo, Juan Carlos; guarde esos comentarios para las reuniones del club de amigos del Plan Cóndor.

–Tenés cada salidas, Francisco –respondió el forense entre risas, lo que evidenciaba que lejos de sentirse agraviado parecía haber tomado el comentario del investigador como un halago.

–¿Ya sabe de qué murió?

–Muy en principio diría que por la corriente eléctrica, pero tengo que investigar mejor –dijo el galeno impostando cierto aire académico.

–¿Y la sangre? –preguntó Francisco mientras cabeceaba en dirección a la inscripción de la pared para remarcar de qué hablaba.

–No hay rastros de sangre por ningún otro lado, debe de tener algún corte que no estamos viendo. Igual en la autopsia vamos a poder mirar mejor –concluyó el médico en una clara señal de que se quería ir.

–¿Hora de la muerte? –se apuró a lanzar Francisco antes de que el viejo emprendiera la retirada.

–Siempre apurando, vos… –el forense volvió a mirar a la víctima y luego se tomó unos segundos donde pareció evaluar la información adquirida– …yo diría que entre la noche del sábado y la madrugada del domingo. De noche tipo diez, once, no antes. Mañana a la mañana hago la autopsia, si querés date una vuelta y comemos unos bizcochitos mientras vemos los resultados.

Desde que se conocieron el policía y el forense se entabló esa costumbre de comer unos bizcochos tomando mate mientras comparten los resultados de una autopsia. A Francisco le llevó tiempo el poder acostumbrarse a ver a alguien comer junto a un cadáver abierto como un pollo. Con los años se acostumbró. Francisco despidió al forense con un apretón de manos y de inmediato siguió con la observación del cuerpo.

Era claro que había sido torturado durante unas cuantas horas. Las quemaduras en su piel delataban que le habían dado choques eléctricos en varias partes del cuerpo. Cerca de la sien tenía una hinchazón importante. Por el aprendizaje adquirido en varias sesiones con Elizalde, Francisco supuso que aquel debía de ser el primer golpe, el que dejó a la víctima aturdida para que sus captores pudieran reducirlo y atarlo a la cama.

El trabajo de nudos y la elección de las cuerdas lanzaba una conclusión inmediata: profesionalismo. Los lazos que sujetaban las cuatro extremidades eran idénticos, lo que revelaba que quien los hizo estaba acostumbrado a hacerlos. Por otro lado, la elección de la cuerdas también denotaba experiencia: eran cuerdas nuevas y de lo más ordinarias, de las que se pueden comprar en cualquier ferretería, por lo que adelantó que nada podrían obtener de su análisis. Estos no eran unos estúpidos que usan elementos poco comunes y que pueden estar en manos de unas pocas personas, lo cual facilita una enormidad el trabajo policial.

Todo el panorama hizo que a Francisco le comenzara a doler la cabeza y lo embargara una gran desazón; su intuición le decía que ese era un trabajo cuidado y que lo más seguro era que no pudieran obtener buenas pistas desde donde apoyar la investigación.

Decidió dar una pequeña recorrida por la casa para ver si cambiaba su suerte. Lo primero que llamó su atención fue el tamaño de la casa; si bien al llegar le pareció una casa bonita, ahora que la recorría reafirmaba esa percepción y más aún tratándose de la casa de un militar.

El lugar estaba tan ordenado que parecía que ahí no viviera nadie. Únicamente en la entrada había un pequeño recibidor que estaba en el piso, y Francisco dedujo que sería el lugar donde la víctima recibió el golpe en la cabeza que lo dejó inconsciente. La cerradura de la puerta de calle no estaba forzada, por lo que dibujó dos posibles escenarios: o tenían llave y entraron o les abrió la propia víctima. Al estar el recibidor por el suelo Francisco se afiliaba más a la segunda teoría, tocan timbre, abre y lo golpean. Luego lo arrastraron hasta el dormitorio que hizo las veces de mazmorra y ahí lo ataron a la cama. Fin de la historia.

Había artículos religiosos por doquier, repartidos aquí y allá, en cada rincón de la casa, al punto que más que la casa de un piloto parecía la de un sacerdote.

Volvió al cuarto y llamó a su compañero.

–¿Viste algo interesante, Julito?

–Nada –expresó lacónico el gigante policía–. Y supongo que eso es lo interesante. Parece que cuidaron todos los detalles.

–Y bueno, es evidente que estamos ante el crimen perfecto –concluyó Francisco con cara de resignación–. ¿Vamos a almorzar?

–No seas pelotudo.

–¿Sabés quién lo encontró? –Francisco retomó el tono sobrio que requería una situación como esa.

–La esposa, hoy de mañana. Lo estaban esperando en un hotel en Colonia y como no llegaba ni contestaba el teléfono se volvió a ver qué pasaba.

–¿Dónde está ella ahora?

–Nos está esperando en la barbacoa del fondo.

–¿Barbacoa? No conozco muchos milicos que vivan en Punta Gorda en una casa con barbacoa.

–Estos Puig son una familia de plata, me parece.

Cruzaron los treinta metros de pasto en silencio. El fondo era una continuación de lo que habían visto dentro de la casa; orden, buen gusto, decoraciones clásicas y más orden. Quizás la única diferencia es que en el espacio abierto no había ninguna imagen religiosa, salvo en la entrada de la barbacoa, donde se encontraron con un pequeño nicho que dentro tenía una imagen de la virgen María.

No fue necesario que golpearan la puerta ventana para ser recibidos, ya que desde adentro una mujer les hizo señas para que pasaran.

Definitivamente Francisco no esperaba que la esposa de un militar fuera una mujer como aquella. Pese a estar rojos e hinchados por el llanto, quedó deslumbrado por el intenso azul de sus ojos. Llevaba su hermoso pelo color castaño recogido, lo que la hacía lucir de manera elegante. Y ese quizás era el principal adjetivo que podía definirla, elegante, incluso hasta en la manera de sufrir. Pese a que no quedaban dudas de que estaba conmocionada, mantenía una entereza inusual en estas circunstancias, propia de personas que fueron criadas bajo la premisa de que las explosiones emocionales en público son de mala educación. Se imaginó que aquella mujer se crió bajo una férrea doctrina religiosa, de ahí las tantas imágenes cristianas que había en la casa. Incluso al observarla bien, Francisco intuyó cierto origen aristocrático en aquella mujer.

De las presentaciones formales supo que se llamaba Florencia y confirmó que fue ella quien encontró el cuerpo sin vida de su esposo hacía tan solo unas horas.

–…llegó del Congo el sábado, se vino de apuro por un tema médico –su voz era clara y segura.

–¿Le alcanzó a decir qué era? –preguntó Francisco.

–No, porque no lo vi.

–¿Yo entendí mal o me dijo que llegó el sábado?

–Sí, a última hora, me llamó para decirme que había llegado bien, pero no hablamos mucho más. Yo estaba con los chicos en un hotel en Colonia del Sacramento. Él me pidió que nos fuéramos unos días toda la familia, la idea era que se sumara el domingo de noche, pero nunca llegó –Florencia tuvo que hacer una pausa para recomponerse al evocar el encuentro que nunca sucedió–. Cuando hoy amaneció y no había ninguna señal de Augusto me preocupé y me vine para acá, previa parada en lo de mis padres para dejar a los chicos. Tenía un feo presentimiento.

–¿O sea que Augusto llegó del Congo el sábado por motivos médicos que usted desconoce?

–Sí.

–¿Y qué estaba haciendo en el Congo?

–Integra el cuerpo de cascos azules de Naciones Unidas. Estaba desde hacía seis meses y lo esperábamos para fin de año.

–Yo imagino que no debe de ser frecuente que los soldados se vuelvan antes de tiempo, corríjame si me equivoco –dijo Francisco.

–Está en lo correcto, oficial.

–Entonces podemos suponer que la dolencia de su marido era de gravedad, ¿no?

–Yo pensé lo mismo, por eso le pregunté hasta el cansancio qué le pasaba y él me dijo que estaba muy estresado como única respuesta.

–¿Usted le creyó?

–¿Por qué no habría de creerle?

–¿Cuándo le comunicó que se volvía?

–El miércoles pasado.

–¿O sea que prácticamente se lo dijo desde arriba del avión?

–Se podría decir.

–¿Quién más sabía que su marido volvía? Porque lo que pasó en su casa no fue algo improvisado, quienes hicieron algo así lo prepararon y para prepararlo tenían que saber que su marido volvía.

–De seguro sabían sus superiores, y si saben los superiores no es descabellado suponer que lo saben en el ministerio y de ahí a que un tupamaro se lo cuente a otro hay un paso, capaz deberían preguntar por ahí –por primera vez en el interrogatorio la mujer daba ciertos signos de incomodidad o molestia.

–¿Amigos y familiares?

–Yo solo se lo conté a mis padres y no creo que Augusto se lo contara a alguien más.

–¿Algunas vez tuvieron amenazas o problemas por el trabajo de su marido?

–Mi marido es… era piloto de la Fuerza Aérea –poco a poco la emoción la invadía y tanto Perrone como Hermida temían que se quebrara antes de finalizar el interrogatorio–, muchas veces lo increpaban por las cosas que hizo su padre. Cuando lo juzgaron, Augusto lo acompañó al juzgado y hubo gente que le dijo cualquier tipo de bajezas, lo escupieron, empujaron… no se puede juzgar a un hijo por los pecados de su padre… ¿qué tenía que ver Augusto? ¿Qué les hizo?...

–¿Notó que faltara algo en la casa? ¿Algo que le llamara la atención?

–La verdad es que después de encontrar a mi marido atado y asesinado en nuestro dormitorio, no tuve muchas energías para mirar si se llevaron algo o no… creo que no… tampoco me importa.

El tono y la mirada desafiante de la mujer hizo entender a los policías que estaban llegando al límite de su paciencia. Si bien para ellos era vital hablar con ella, también era cierto que estaba recién estrenando su título de viuda y lo lógico era que se le diera cierto espacio y tiempo para asimilar la situación.

–Gracias, señora, disculpe la molestia. Puede que tengamos que molestarla otra vez así que le vamos a pedir su teléfono.

Mientras salían de la barbacoa pudieron escuchar cómo la mujer se largaba a llorar desconsolada.

–Me pondría a llorar con ella, Julito.

–¿La vez difícil?

–El olor a podrido que sale de esto es solo comparable al de tus mocasines, los que usás sin medias, esos que te querían comprar los de ISIS para usarlos como armas químicas.

–Se entendió.

–Si entendiste podrías ponerte talco en las patas, ¿no? Volviendo al tema, creo que estamos en medio de un quilombo grande. Los que hicieron esto no son ningunos improvisados y si es cierto que quieren hacer pagar hijo por hijo, vamos a estar levantando cadáveres a lo loco. Por otro lado, mucha coincidencia: vuelve un montón de meses antes, un viaje inesperado, decidido con pocas horas de anticipación…¿cómo mierda se enteraron?

–Capaz que tenían todo pronto y solo tuvieron que adelantar los tiempos.

–¿No será un tema de guita? Dijiste que estos Puig tenían plata, capaz que la mujer estaba podrida del marido y decidió sacarlo del medio.

–Vos la viste, Francisco, esta mina no salió de una villa miseria.

–Nunca descartemos al familiar que mata por plata.

–Habría que hablar con los vecinos a ver si vieron algo.

–Yo no voy a andar golpeando puerta por puerta como si fuera un testigo de Jehová, que vayan los policías de la seccional a hacer eso.

CAPÍTULO 2
Hansel y Gretel

Los investigadores salieron de la casa de los Puig y estuvieron de acuerdo en que se aproximaban días complicados y que lo mejor sería disfrutar de aquel mediodía. Antes de que su jefe los presionara buscando respuestas, antes de que la prensa estuviera a sus espaldas pidiendo primicias, antes de que los familiares abandonaran la pena del luto y desataran la furia de quien busca justicia. Antes que todo eso tenían la posibilidad de almorzar tranquilos y decidieron hacerlo en un clásico bar del barrio Malvín.

–Hacía años que no venía a este bar.

–La pizza está buenísima –y como una manera de apoyar sus palabras, Hermida se tragaba un pedazo de pizza en dos bocados.

–Bueno sería que dijeras lo contrario, ya te bajaste como cuatro porciones, Julito. Tenés que cuidarte más con las comidas.

–De algo hay que morirse, Francisco –le respondió Hermida hablando de costado, gesto que buscaba poder hablar y ocultar el bolo alimenticio a la vez.

–Nadie está hablando del cómo, yo estoy hablando del cuándo, si seguís morfando así te va a reventar una arteria en cinco, cuatro, tres…

–Perdón, ¿me está hablando de salud un hombre que se desayuna con vodka?

–¡Anda a cagar! No sé para qué mierda me preocupo por vos, ingrato. Estás a una pizza de que te agarre la bruja de Hansel y Gretel.

–¿Desde cuándo estás para los cuentos infantiles vos?

–Era lo único que estaba fuera de lugar en la casa de los Puig, un libro para colorear de Hansel y Gretel. Eso y un mate nuevo que estaba al lado –lo dijo en un tono despreocupado, restándole importancia al hecho.

–Te digo que si esos son los regalos que trajo después de estar seis meses en el Congo el Augusto este debía ser bastante piojo.

–Yo si fuera hijo de él me preocupo si me regala ese libro.

–¿Por?

–¿Cómo por? ¿No lo leíste? El sorete del padre los deja en el bosque para que se mueran porque no tiene para darles de comer.

–¿Ese no es Pulgarcito? ¿El de las miguitas de pan?

–No, los del pan son Hansel y Gretel. El sorete del padre, manijeado por la yegua de la esposa, los deja dos días seguidos en el bosque. El primero vuelven siguiendo un camino de piedras y el segundo dejan las migas de pan que se comen los pájaros. Vos sabés, Julito, que a mí las feministas me cascan las pelotas, pero es increíble cómo en este cuento la mala resulta la madrastra y la bruja y nunca se habla de caracagada del padre.

–Qué raro todo ¿no?

–Son cuentos para niños…

–¡No, boludo! Qué raro lo del milico.

Las palabras de Hermida fueron seguidas de un silencio prolongado por parte de su compañero, que en realidad ya no le prestaba atención porque se distrajo mirando algo en el televisor que estaba colgado en una de las paredes del bar, escoltado por las camisetas de los dos clubes más importantes del barrio. Julio también se interesó en ver lo que estaba en la televisión y se dio la vuelta justo en el momento en que la presentadora del noticiero anunciaba que ese mismo día, como todos los 20 de mayo, tendría lugar una nueva Marcha del Silencio, una movilización que recuerda a las víctimas de la dictadura.

–¿Coincidencia?

–Cuando salte la noticia de Puig va a ser todo una locura. No lo puedo creer, Julito. Vos pensá que los milicos acá nunca tuvieron problema para andar por la calle, esto no es Argentina. Acá nunca los acosaron, nunca les gritaron cosas, algún escrache en la puerta de la casa como mucho, pero nada más. Y de golpe aparece un comando de justicieros que se pone a matar a los hijos de los milicos por cosas que pasaron hace cuarenta años. Es muy raro.

–¿Y qué otra posibilidad tenemos? –preguntó Julito mientras hábilmente montaba un pedazo de fainá sobre uno de pizza.

–Para empezar, la esposa. A mí esta mina me da bien de madrastra de Hansel y Gretel. Era la que sabía que el marido estaba acá y además justo se va para Colonia, suena bien a coartada –Francisco buscaba sonar seguro tanto para convencer a su compañero, como para convencerse a sí mismo–. Además, es muy raro que sabiendo que tu marido está enfermo no lo vayas a esperar al aeropuerto.

–Lo de la enfermedad es otra coincidencia interesante, ¿justo se enferma cuando hay quilombo en el Congo?

–¿Cómo que hay quilombo en el Congo?

–La cosa está media complicada.

–Hasta donde yo sé siempre está complicada la cosa ahí.

–Sí y no. Complicado está desde hace un tiempo, por eso están los cascos azules, pero ahora viene empeorando, por lo menos eso dicen los noticieros.

–¿Te parece que se fue por miedo?

–¿Vos no te irías de un país que no es el tuyo si estalla una guerra civil?

Francisco miró a los ojos a su compañero y luego volvió a perder su vista en el televisor; es muy difícil competir en atención con una pantalla. Sin embargo esta vez no prestó la menor atención a lo que hablaban en el noticiero, su cerebro lo llevó a las lejanas tierras de África, se imaginó una espesa selva, gorilas, leones y hombres negros semidesnudos portando machetes. No, no le gustaría estar en un lugar así y calculaba que a ninguno de los militares uruguayos que van les debe hacer mucha gracia servir en aquel país lejano, pero lo cierto es que pocas veces un militar que gana menos de quinientos dólares al mes tiene la posibilidad de aumentar en tres o cuatro veces sus ingresos. Para la mayoría es lo más parecido a sacarse la lotería.

La situación de Puig parecía ser distinta, era un oficial, un soldado de carrera y que venía de una familia acomodada, ¿cuál sería su motivación?

Su mirada se perdió en las dos casacas deportivas que decoraban la pared: la de Malvín y la de Unión Atlética. Clubes del mismo barrio, lo que provoca que familias, vecinos y amigos queden enfrentados por la rivalidad deportiva. Y lo hace pensar en que quizás no es muy distinto a lo que sucede en el Congo con las luchas tribales, luchas que él nunca entendió, pero de las cuales ha escuchado hablar muchas veces, luchas que la mayoría de las veces se llevan adelante con machetes.

–¿Pido la cuenta?

–A mí me importa muy poco si estaba enfermo o no –Francisco volvió a la realidad retomando la conversación en el punto que a él le interesaba–, lo importante es que se vino de vuelta, si estaba enfermo o estaba cagado que lo investigue San Pedro cuando lo tenga en la puerta del cielo pidiendo entrar.

–Yo tengo el presentimiento de que no debemos pasar eso por alto.

–Ahora que pienso, San Pedro hace el mismo laburo que hago yo en el boliche, porque al final es medio portero patovica él, ¿no? Disculpame pibe, con este pecado no podés entrar y dejame la puerta libre, por favor.

–Ya veo que te chupa un huevo lo que yo te digo. ¿Pido la cuenta?

–Qué católicos que parecen estos Puig, ¿no? –dijo Francisco saltando nuevamente de tema y de alguna manera ratificando implícitamente la afirmación que hizo su compañero sobre la poca atención que le otorgaba a sus comentarios.

–Sí, tenían cruces por toda la casa. ¿Estás pensando que alguien tan católico sería raro que mienta?

–La verdad que no, pero si vos querés mantener tu candidez y creer que los católicos no mienten, en el ratón de los dientes y en Papá Noel, creé tranquilo, en mí no vas a encontrar alguien que te juzgue, Julito.

–¿Pido la cuenta?

–Sí.

Salieron del bar y disfrutaron del aire frío que llegaba de la rambla, que estaba a unos pocos metros. El invierno estaba a la vuelta de la esquina y por esos días se alternaban días templados con otros de frío intenso.

Otro invierno, pensó Francisco, el primero desde el asesinato de Jonathan Núñez. Un año desde que la impunidad tomó un nombre, el nombre de Santiago Mantero. No hay día que el recuerdo de lo sucedido no lo acompañe, no hay día que no maldiga el haber quedado con las manos atadas.

Los primeras semanas fueron muy difíciles para Francisco, también para su compañero Hermida, pero este aceptó de otra manera lo sucedido, quizás confiando en que las malas acciones tarde o temprano se pagan, como una suerte de karma que organiza el mundo.

Francisco no.

Él cree que para el asesinato –el acto más terrible que puede cometer un hombre– él es la última línea de defensa, el obstáculo entre la justicia y la impunidad. Si él falla la gente queda libre y es por eso que no puede aceptar su derrota como algo sin importancia. Durante un tiempo consultó a un psicólogo a escondidas y este le decía que pensara en los cirujanos, profesionales a quienes permanentemente se les morían pacientes y sin embargo tenían herramientas para seguir adelante, poder continuar con su vida sin atormentarse por ello. Lo intentó. Intentó poner cierta distancia con sus casos, pero le fue imposible. El médico, pensaba Francisco, solo tiene que lidiar con la muerte del paciente. Él tiene que hacer lo mismo, pero encima vivir sabiendo que el responsable de esa muerte está libre y disfrutando de la vida. Mientras una vida se perdió, y con ella la vida de otras tantas personas que quedarán marcadas para siempre por la muerte de su ser querido, el responsable puede seguir con su vida lo más tranquilo. ¿La culpa? Qué le importaba a él que vivieran con culpa, la culpa no era condena suficiente. No para Mantero, pensó, que vive con su familia en una mansión en el Lago di Como, un hombre que ni siquiera debe de conocer lo que es ese sentimiento.

Fueron meses complejos para Francisco y el verano le dio un pequeño respiro, pero las pocas señales de vida que da la ciudad en los meses del otoño lo pusieron melancólico. Encontraba a la ciudad más gris que nunca, un gigante bloque de hormigón gris. Los árboles, casi sin hojas, son como ancianos atrapados al salir después de una ducha, que sin sus ropas uno alcanza a ver toda su fragilidad y los estragos que hizo el paso del tiempo en ellos. Las montañas de hojas marrones y amarillas que formaban como una especie de alfombras en las calles y las veredas habían perdido toda la magia que les encontraba cuando era un niño, cuando disfrutaba de caminar por sobre ellas para escucharlas crujir bajo sus pies. Ahora solo veía la muerte que ellas representaban. Se sentía rodeado de muerte y eso lo empuja hacia la oscuridad, a la culpa, al autoflagelo y a sus drogas, el alcohol, el café, la marihuana, la cocaína; necesita cada una de ella para poder vivir cada día.

CAPÍTULO 3
Un padre ejemplar

Al cortar la comunicación, Francisco golpeó con todas sus fuerzas la mesa de su despacho en Jefatura. Desde que inició sus pesquisas todos fueron reveses. Empezó con la información de la viuda y su familia, los Caravia.

Ya sea por lo que le transmitió algún informante, por el material del que se disponía en la Policía y lo que él pudo encontrar en internet, todo parecía indicar que el archiconocido móvil económico se podía ir descartando: la familia era dueña de una cadena de supermercados. Sí, dueños. No accionistas, no socios mayoritarios; no, dueños. Florencia era licenciada en administración de empresas y trabajaba en el negocio familiar en un puesto de gerencia. Este nuevo dato hizo que aquella casa del barrio Punta Gorda que le pareció una mansión para un oficial de la Fuerza Aérea pasara a ser casi una tapera para gente que era dueña de una cadena de supermercados.

Para seguir con las malas noticias, porque siempre que se descarta a los familiares directos son malas noticias para un investigador, desde Colonia le confirmaban que Florencia y los dos hijos del matrimonio habían reservado dos habitaciones el pasado miércoles –esto coincidía con el día que la mujer había declarado enterarse de la llegada de su esposo–. Habitaciones que ocuparon desde el viernes hasta la mañana del domingo. La reserva contemplaba la llegada de Augusto Puig el día domingo.

Pero Perrone no estaba dispuesto a soltar ese hueso tan rápido, no sería la primera vez que unos millonarios se matan por plata, y tampoco Florencia Caravia era tan millonaria. Quizás sí la familia tenía mucho dinero, pero quizás ese dinero no le llegaba a ella, quizás había un seguro de vida sobre su marido, quizás hay un tercero en discordia, quizás, quizás, quizás. Eran muchas las posibilidades a explorar antes de abandonar la de un móvil económico en el homicidio. Por lo pronto debería pedir al juez encargado de la causa que levantara el secreto bancario de Florencia y Augusto así como también sus informes de renta.

La vibración del teléfono lo sacó de sus elucubraciones y al ver en la pantalla el nombre de su exmujer, su cerebro comenzó a emitir advertencias como debía hacerlo el de Peter Parker cuando accionaba su sentido arácnido.

–Claudia –expresó con voz tímida, casi pidiendo disculpas de antemano.

–¿Estás llegando?

–¿A dónde?

–¿Cómo a dónde? Tenías que ir a buscar a Nico al colegio, me llamaron para decir que están esperando.

–Perdón, se me pasó, estoy con pila...

–Con pila de trabajo, como siempre…, pero yo también trabajo y no dejo a mi hijo clavado en la puerta de la escuela.

–Me tomo un taxi y voy para ahí –dijo con urgencia y decisión–o mejor, pido que me lleven en uno de los autos de acá, ponemos la sirena y llegamos enseguida.

–Dejá, yo me arreglo. Como siempre.

–Claudia, Claudia...

tu tu tu tu

Había fallado otra vez. Ya perdió la cuenta de todas las veces que lo hizo en estos diez años de vida de su hijo. Pero lo que más lo entristecía no era fallar, era que su ex ya no esperaba nada de él, ya ni se enojaba, estaba resignada. Así de mal padre era.

Podría haber intentado llegar, de verdad tenía la posibilidad de subir a un vehículo de Jefatura y prender la sirena para contrarrestar su imagen de padre ausente, pero no lo hizo. Sentía cierto placer en regodearse en su miseria, como si estuviera en una competencia para ver qué tan bajo podía caer. Pero también, por increíble que parezca, Francisco veía algo de altruismo en sus acciones, ya que se consideraba un mal ejemplo para su hijo y desde que apareció Germán, la nueva pareja de su ex, ese sentimiento se había acentuado. Germán era todo lo que él no; responsable, atento, cariñoso, sabía escuchar a Nico y participaba de sus actividades, lo notaba en el entusiasmo con que su hijo lo mencionaba. Al principio con cierta timidez, pero pasados unos meses lo hacía con total naturalidad. Que Ge ...