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REDENCIóN

Gonzalo Cammarota  

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Fragmento

CAPÍTULO 1
Ni olvido ni perdón

La leyenda, escrita con sangre, llamaba la atención de quienes la estaban contemplando.

Todos la conocían, todos la vieron infinidad de veces grafiteada en paredes o pintada en pancartas, todos presenciaron alguna marcha donde la consigna era cantada por los manifestantes.

Ni olvido ni perdón era el reclamo de un amplio sector de la sociedad uruguaya para con los militares y civiles que cometieron crímenes de lesa humanidad durante la dictadura militar de los setenta y parte de los ochenta.

Los más de treinta años que pasaron desde la vuelta a la democracia hacían que ese reclamo fuera poco a poco despareciendo, de la misma manera que iban despareciendo, con la ayuda de la biología, la mayoría de los protagonistas de aquellos años. Y sin embargo ahí aparecía un nuevo ni olvido ni perdón, esta vez escrito con sangre, esta vez dentro de una casa, más específicamente sobre el respaldo de la cama de la víctima; compartiendo espacio (no sin cierta ironía) con un enorme rosario que estaba clavado en la pared.

–Una frase que acompaña muy bien las enseñanzas de Cristo.

–Yo diría lo contrario, Francisco.

–Y yo diría que sos un pelotudo que no entiende una ironía, Julito.

–Perdón si estando frente a un hombre torturado y asesinado pierdo el sentido del humor.

–Estás perdonado, yo soy un buen cristiano.

–No sos cristiano y no te estaba pidiendo perdón, era irónico.

–¿Pero no era que la escena de un crimen violento te sacaba las ganas de hacer humor?

Como respuesta Julio Hermida se alejó varios pasos, sabía que su compañero y amigo Francisco Perrone podía estar con ese juego durante horas. Julio observó cómo en el delgado y anguloso rostro de su compañero se dibujaba una sonrisa triunfadora. Por un momento se imaginó agarrando la negra cabellera de su compañero y estampándole la cabeza contra la pared. Si bien Francisco era un hombre de metro ochenta de estatura, nada tenía para hacer frente a los casi dos metros de su compañero. Pero el enojo al Oso Hermida le duraba poco y ni que hablar de reaccionar violentamente; si alguien le daba la cabeza contra la pared a alguien ese sería Francisco y no él. Francisco sí que tenía reacciones explosivas y por eso era bastante frecuente ver su brazo en cabestrillo o hasta enyesado, producto aquellas veces que de manera absolutamente irracional dirigía su ira contra paredes o puertas.

A Perrone no había cosa que le gustara más que ver aquellos ciento y-vaya-a-saber-cuántos kilos derrotados por su retórica; nada disfrutaba más que ver aparecer aquellos pequeños hoyuelos en los cachetes de su compañero, que delataban el pesar y la resignación en su rostro.

–Esta película ya la vi, fines de los sesenta, Francisquito, los sediciosos nos querían robar el país y hacer una nueva Cuba.

Quien habló era el médico forense Juan Carlos Elizalde, profesional al servicio del Poder Judicial desde hacía décadas, tantas que algunos juraban que había llevado adelante la autopsia de Juan Díaz de Solís, el explorador español asesinado por indígenas en tierras uruguayas en 1516.

–Cobardes, asesinar y torturar a una persona de esta manera.

–Todo vuelve, Elizalde.

Francisco le contestó por delicadeza, y en parte para que se quedara contento y se callara. Hay personas que cuando se les da la razón se envalentonan y siguen hablando y otros que satisfechos se llaman a silencio; Elizalde era de los segundos y Perrone lo sabía, como tantas otras cosas que sabía de aquel médico a quien le profesaba un gran cariño pese a que algunas de sus ideas lindaban con el fascismo. Lo importante en ese momento era el silencio, un investigador de homicidios como Francisco en la escena del crimen necesita concentrarse o por lo menos eso era lo que él necesitaba.

Desde hacía casi un año Perrone y Hermida habían abandonado la estructura del Departamento de Homicidios y respondían directamente a Lorenzo Pérez, antiguo jefe de Homicidios y actual jefe de Policía de Montevideo.

Lorenzo siempre había sido un gran estratega, un policía con increíbles dotes para hacer política y además para leer a la opinión pública, y si había algo que se había dado cuenta que sensibilizaba a la opinión pública eran los homicidios. No todos, a la mayoría de la población no le interesaban los ajustes de cuentas entre narcos, no ahora que eran unos pocos, quizás si algún día llegan a aparecer treinta personas decapitadas en una fosa común, ahí sí el grueso de la población se sienta horrorizada, pero por el momento eso no pasaba. La población era especialmente susceptible a los crímenes que recaían sobre personas aparentemente inocentes. Esos eran los que Lorenzo, en su nuevo rol de jefe de Policía, le solicitaba a sus subordinados que se investigaran primero. Pero dentro de estos casos había un grupo más reducido aún, que quizás no llegaban a la decena de homicidios al año, que eran los famosos casos sonados, aquellos homicidios que conmocionan a la opinión pública y se vuelven apertura de noticiero, tapa de diario y, con el paso de los años, hasta historia para un libro recopilatorio de crónica roja. Esos eran sus casos principales, esos eran los casos que lo podían dejar sin trabajo, no necesariamente porque de no resolver uno le pidieran su renuncia, sino porque el fracaso en esos casos se volvía un fracaso frente a la ciudadanía, y eso más temprano que tarde se pagaba. Él mismo había ascendido por la pésima gestión del anterior jefe en el caso Jonathan Núñez, un joven futbolista asesinado a la salida de un partido. Prevenido de esta situación, decidió reservar a sus dos mejores investigadores, Francisco Perrone y Julio Hermida, para que atendieran esos homicidios especiales y que respondieran directamente a su persona.

Y aquel era uno de esos casos.

Un oficial de la Fuerza Aérea asesinado en su hogar y con pistas que apuntan a radicales de izquierda como los ejecutores era, definitivamente, un caso sonado. Más aún si se contemplaba que muchos de los principales integrantes del gobierno habían sabido ser radicales de izquierda.

Un silencio solemne rodeaba la habitación del muerto, el aire estaba viciado y Perrone lo sentía. Los olores de una escena de crimen. La loción after shave de Elizalde, el penetrante aroma a desinfectante de los productos químicos de la Policía Científica y el inconfundible olor de la muerte.

Lo primero que llamó la atención de Francisco era la edad del militar en relación a la consigna de ni olvido ni perdón. La víctima debía rondar los cuarenta y cinco años, por lo que a la salida de la dictadura debería tener unos quince. Parece raro que un adolescente estuviera involucrado en violaciones, torturas, secuestros y asesinatos de presos políticos. Era más raro aún si se toma en cuenta el hecho de que todos esos crímenes se cometieron en los primeros años del golpe de Estado, por lo que, salvo que existiera una especie de maternalito de presos políticos y que el mismo fuera regenteado por militares de cinco años, las posibilidades de que aquel hombre tuviera algo que ver con los crímenes de la dictadura eran nulas.

–Disculpame que te haga esto, pero tenés algo acá dentro –quien hablaba era Elizalde, que parecía estar sacando algo de la boca de la víctima– pobre el calladito, tener que estar pasando por todo esto. Tiene un papelito… a ver… tiene algo escrito, ¿vos alcanzás a leer, Francisquito?, porque yo sin los lentes no veo nada.

Enfundado en sus guantes de látex, el investigador tomó el pequeño trozo de papel que Elizalde extrajo de la boca del militar. Estaba escrito con caligrafía clara, sobre una papel cualquiera y con una lapicera de color azul.

–Pagaron nuestros hijos, ahora pagarán los suyos –leyó Francisco para todos los presentes.

–¡¿Qué te dije?! Estas ratas vuelven a las andadas. No les alcanza con haber mandado una punta de buenos hombres a la cárcel, hombres de bien que defendieron al país de la ola comunista, pero no, no les alcanza, ahora buscan venganza con los hijos.

–¡Tiempo, tiempo! Me estoy perdiendo de algo ¿este hombre es hijo de alguien importante?

–Es Augusto Puig, hijo de Juan Andrés Puig –le respondió Julio a Francisco.

–¿El milico que está en cana por tirar al Río de la Plata a los cinco militantes del Partido Comunista?

–Ese mismo.

–Una medalla le tendrían que haber dado, pero no, lo metieron preso.

–Un día le van a pegar un fierrazo, Juan Carlos; guarde esos comentarios para las reuniones del club de amigos del Plan Cóndor.

–Tenés cada salidas, Francisco –respondió el foren

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