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ÉRAMOS TRES NIñOS PERDIDOS EN LA NIEBLA

Ruperto Long  

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Fragmento

INTRODUCCIÓN
EL ÚLTIMO VERANO

Estación balnearia de Yaremcha, montes Cárpatos,

Polonia (hoy Ucrania), setiembre de 1938

Cuando estalló la tormenta, los tres amigos estaban en el bosque: Lizzy, su prima Riki y Alex.

No fue una tormenta habitual, de esas de fines del verano. Fue mucho más inquietante, amenazadora. En un instante el cielo se oscureció, y comenzaron a caer las primeras gotas: pesadas, gordas, oscuras.

Los jóvenes corrieron a guarecerse en su lugar preferido: una casita de madera colgada de un árbol, en un bosque de hayas y abetos a orillas del río Prut, que les había construido el abuelo de Alex, al que todos llamaban el Gran Abuelo. No bien entraron, pareció que el cielo se venía abajo. La lluvia era torrencial y el fuerte viento sacudía el precario refugio.

Tuvieron miedo. Pero no solo de la tormenta.

En realidad se sintieron desamparados, asustados, en un mundo en el que estaban ocurriendo extraños sucesos que no entendían. Escuchaban hablar a los adultos; de algún modo ellos mismos intuían lo que se estaba gestando, pero no podían comprenderlo.

Fue entonces que surgió la idea. Fue Riki quien la propuso.

Justamente ella.

***

Se habían encontrado en Yaremcha, en las montañas, como todos los años. Allí iban con sus padres a pasar las vacaciones de verano. A pesar de ser tan jóvenes, tenían bien presente el lugar y esperaban ansiosos ese momento durante todo el año... ¡Y cómo se divertían!

Los tres eran hijos únicos y estaban muy unidos entre sí, casi como si fueran hermanos. Lizzy tenía 7 años, vivía en Hamburgo, Alemania, y su nombre de familia era Wintz. Su prima Riki era más grande, tenía 11 años. De familia italiana, originaria de Florencia —de apellido Finzi—, hacía mucho que vivía en Belgrado, capital del Reino de Yugoslavia, donde había nacido. Alex era un poco menor, tenía 6. Las primas lo consideraban «su príncipe»: rubio, simpático, inteligente, quizá no muy alto, pero a Lizzy le gustaba. Y Riki no le significaba una competencia ya que era demasiado grande.

La familia de Alex era polaca, de la ciudad de Stanislawow. Estaba considerada como gente de buena posición. Su abuelo Saúl, apodado el Gran Abuelo, un hombrón de cerca de dos metros, corpulento y fuerte, era el dueño de una importante curtiembre. A pesar de ser un hombre muy ocupado, se hacía tiempo para los chicos. Y el cochero de su charrette, Maxim, estaba siempre muy pendiente de los niños para cuidar que nada malo les pasara.

A los tres niños les encantaba jugar a las escondidas en el bosque. Muchas veces se sumaban otros amigos, formando una pandilla ruidosa y divertida. La casita del árbol se había constituido en su «escondite secreto» (que todos conocían), y los baños en el río —con sus peligros— eran los momentos más emocionantes de los veraneos.

Pronto hicieron buenas migas con los tradicionales pobladores de los Cárpatos, los hutsules, de ropas coloridas, ojos grises y amor por la música. Les divertía visitar a Volodymyr, un viejito con un gran mostacho y un enorme instrumento musical alargado que llegaba hasta el suelo. A él le gustaba tocar para ellos, aunque a veces se enojaba porque hacían demasiado ruido; entonces se ponía un sombrero negro con unos cuernos y los corría de su cabaña a los gritos…

***

Maxim era un ucraniano cincuentón que admiraba y quería a don Saúl. Y estaba orgulloso de ello:

—Si bien él es polaco y yo ucraniano, no me importa, ¡y eso no es poco decir! —solía ufanarse.

Y tenía razón. No era para nada común en aquellos tiempos de odio y rencor.

Al llegar el verano, don Saúl le encomendaba los jóvenes a Maxim:

—Que no les falte nada. Y vigílalos bien, que no vayan a hacer locuras.

«¡En qué lío me metió otra vez el Gran Abuelo!», pensaba Maxim. Pero no tenía alternativa. Porque don Saúl era don Saúl. Se entiende, ¿no es así?

Así que el pobre se pasaba todo el verano corriendo tras los niños. Al joven Alex ya lo conocía bien, porque muchas veces acompañaba a don Saúl a la fábrica, y sabía comportarse. Pero cuando se juntaba con sus compinches, las primas Riki y Lizzy, se alborotaban los tres. Y cuando se reunía toda la barra de amigotes, no había quien pudiera con ellos.

El joven Alex era de pensar mucho todo. Y tenía cada ocurrencia… Un día venían los tres en la charrette —Maxim conducía, Alex y su abuelo iban sentados atrás—, cuando de repente el niño le dijo a don Saúl:

—Gran Abuelo, cuando sea grande quiero ser fabricante como tú.

El abuelo lo miró con curiosidad. Alex continuó:

—Como tienes dos nietos, y mi prima Gabriela es más pequeña que yo, y además es una niña, pienso que el día que te mueras deberías dejarme la fábrica a mí. A ella le puedes dejar la charrette con el caballo, y con Maxim.

—Bien, me parece justo —le respondió don Saúl sin alterarse—. Pero ya que vas a ser el dueño de la fábrica, tienes que empezar a cuidarla.

Desde ese momento, Alex acompañó a su abuelo en las recorridas por el inmenso predio, hasta conocer todos sus rincones, incluso los más peligrosos. Se llevaron unos cuantos sustos, pero el chico aprendió a cuidarse.

Mas los tiempos fueron cambiando. Los niños continuaron jugando en el bosque y chapoteando en el río, tan inocentes como antes. Pero ahora una oscura sombra se agitaba sobre ellos: el fantasma de la guerra y sus horrores. Porque ellos, aunque de orígenes geográficos diferentes, eran todos judíos.

Un día, Maxim los vio jugando a las escondidas, como tantas veces. Pero esa vez unos hacían de «nazis» y otros de «judíos». Los «nazis» corrían a los «judíos» con unas varas. La idea fue de Lizzy, la alemana. Maxim se puso muy nervioso. Tanto que interrumpió el juego y los regañó:

—Esos son asuntos de grandes, con eso no se juega.

Porque ya se sabía que aquello no era un juego. Muchos acontecimientos nunca antes vistos estaban sucediendo.

***

El 1938 había sido un año terrible.

Los niños siempre deseaban volver a Yaremcha, pero nunca tanto como ese año. Cuando se reencontraron fue una gran alegría para todos.

La mamá de Lizzy había tenido que dejar de ser actriz unos años antes. Se lo prohibieron cuando la niña aún era muy pequeña, hasta el punto que nunca la había visto actuar en un teatro, lo que le daba mucha pena. Pero a veces, de vacaciones en Yaremcha, la mamá se animaba a montar una obra para niños, con algunos amigos. La preferida de Lizzy era La Sirenita. Aunque todo debía ser representado a puertas cerradas, solo para los amigos más cercanos. Porque estaban fuera de Alemania, pero nunca se sabía qué podía pasar.

Su papá era médico de niños. A fines del año anterior le prohibieron trabajar en la Krankenkasse, el programa estatal de seguros médicos. Fue un gran golpe, casi se quedó sin trabajo. Sin embargo, de a poco le surgieron clientes particulares. Otros alemanes judíos y buenos amigos no judíos que querían ayudarlo en las malas.

—Ya ven ustedes —les dijo a Lizzy y su mamá, con su eterno optimismo—, siempre hay gente de buena voluntad.

El mazazo vino después, cuando muy felices preparaban las valijas para irse de vacaciones: algo que llamaron el Cuarto Decreto de la Ley de Ciudadanía del Reich le quitó su licencia para ejercer como médico. El hombre sintió el impacto, pero no se entregó. Esa noche, durante la cena, le habló a su familia:

—Ahora nos vamos de vacaciones. Nadie nos va a robar ni un solo minuto que podamos pasar juntos —dijo, mientras los miraba con infinita ternura—. Al regresar veremos qué camino tomamos.

***

Nadie supo bien cómo sucedió.

Los niños estaban asustados por los truenos y los relámpagos, pero se sentían protegidos en la casita del árbol. Se tomaron de las manos, y a medida que avanzaba el atardecer, comenzaron a hablar. Contaron historias que nunca antes se habían atrevido a relatar. A nadie.

Lizzy les dijo que a sus padres los nazis los echaron del trabajo por ser judíos y que tal vez se tuvieran que ir de su país, Alemania. Eso le daba mucho miedo, no sabía dónde irían a parar. Y Riki les habló de unas milicias que vagaban por las calles de Mostar persiguiendo a niños como ella. En varias ocasiones, había tenido que salir corriendo para poder escapar y se salvó por muy poco. Alex les contó sobre las peleas con otros niños polacos en el parque de su ciudad, Stanislawow, y lo que le gritaban:

—¡Váyanse a Palestina, judíos de mierda!

De repente, se sintieron mejor. Sacar todas aquellas vicisitudes para afuera les hizo bien. Y la tormenta había amainado.

Fue entonces Riki que les propuso:

—Hagamos un pacto de sangre: que cuando todo esto termine, nos volveremos a encontrar. Los tres.

Lizzy y Alex la miraron, sorprendidos.

—¿Y cómo es eso?

—Nos hacemos un pequeño corte en un dedo de una mano y unimos nuestras sangres —les respondió Riki, muy suelta de cuerpo—. Así nunca nadie podrá separarnos.

Quedaron espantados. Pero sabían que en pocos días regresarían cada cual a su país. El horror volvería a sus vidas. Y Yaremcha quedaría lejos, muy pero muy lejos…

Aceptaron. Aunque Alex no pudo evitar pensar qué diría Pepa, su mamá, una profesora de la Universidad, si se enteraba de semejante pacto.

Lizzy, la más valiente, estiró la mano.

—Por nuestra amistad.

Alex no pudo ser menos, a fin de cuentas era el varón del grupo.

—Nadie podrá separarnos.

Los tres estiraron sus brazos y se agarraron bien fuerte de la mano cortada. Riki selló el pacto:

—Amigos para siempre.

PRIMERA PARTE
LIZZY

I
«DETENGAN A LA POLICÍA»

Antiguo Ayuntamiento de Múnich, Alemania,

anochecer del 9 de noviembre de 1938

Alois Brunner, SS-Haup

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