Loading...

¡QUE NUNCA FALTE!

Mauricio Rosencof

0


Fragmento

MR: Hoy no tenemos invitados, hoy es una reunión de amigos. Los mismos amigos que durante tres meses, todos los días a las nueve y media de la mañana, nos juntábamos para grabar, teclear y sacar adelante un libro que anda por ahí, en la vuelta. Hoy no se trata del libro, se trata de historias que están en el libro y de muchas que no están. Un buen día, cuando terminamos con toda la faena —se habrán dado cuenta de que estamos con Seregni y con Butazzoni—, nos propusimos ir a tomar un vino —porque en la casa de Seregni estuvimos a puro mate—, y dijimos: «Hay que ir a tomar un vino a tal boliche, o a tal otro. No, a aquel no; ahí te fajan». Por fin decidimos: «Vamos al programa, que el vino es gratis» (risas).

Una de las historias que contabas, Seregni —creo que eras teniente entonces—: ibas a caballo, cruzabas Uruguay; te encontraste con un comisario achinado, de quepis y de sable, en la época en que andaban con sable. ¿Cómo es esa historia?

Recibe antes que nadie historias como ésta

LS: Yo iba de Tacuarembó a Salto, por el camino viejo —esto fue hace sesenta años—; no recuerdo si fue en el 41 o el 42, al final de un verano. Para el que no conoce esas zonas, se trata de Arerunguá, el valle del arroyo Sopas, donde supieron estar los indios…

MR: Territorio charrúa, seguro.

LS: Territorio charrúa.

MR: Para ahí iba Artigas cada vez que tenía que meditar…

LS: Si hay un lugar en el país donde de repente aparece todavía un indio detrás de una maciega, es ahí. En aquellos valles preciosos… Acorto el cuento: iba a caballo, tuvimos que hacer mediodía y nos arrimamos al arroyo. Había un camino secundario, un paso, una casa con azotea que era de ramos generales, la comisaría al lado y el señor comisario, que era un chino, digamos, de bigote caído, grande, imponente el hombre. Allí me contaron que él tenía la seccional en la mano, una seccional en la cual había mucho peón de estancia, en donde se reunían los sábados a bailar. Piso de tierra, palangana con agua con sal, para que no se levantara mucha tierra, y ahí empezaba el bailongo. Empezaba temprano. Lo que pasa es que cerca de la frontera la caninha brasilera corría…

MR: La caña blanca…

LS: La caña blanca, sí, que corría y corría, mucho más que el arroyo (risas). Entonces el cuento es el siguiente: estaban más o menos todos pintones. Piensen en el comisario: señor elegante, imponente, bigotes caídos, que a las doce en punto —ya lo tenía como un rito—, daba una voz: «Muchachos, a deschalarse». Y el «deschalarse» era sacarse la ropa; ponerse, como se dice, en pelotas, hombres y mujeres. Ahora, el comisario también lo hacía; pero después de que quedaba totalmente desnudo, se ponía las botas y otra vez la correa maestra con el sable, y la gorra, para mantener la autoridad en el baile. Y seguían bailando hasta la madrugada…

MR: En otra oportunidad charlaremos sobre esos indios que se asomaban detrás de las maciegas en Arerunguá. ¿Te encontraste con indios o era una imagen?

LS: Era poético, intentaba emularte a ti…

FB: Eso te iba a decir, el poeta es él (risas).

MR: Sí, mirá quién lo dice. Vos, que a los quince años ordeñabas como peón de tambo, con tu hermano.

FB: Sí. Mi hermano, que tiene unos años más que yo, es un hombre muy emprendedor que supo tener de jovencito criadero de cerdos y de pollos. Terminó con un pequeño tambo arrendado, con once o doce vacas. Un caballo, un carro y Fernando, que estaba ahí haciendo tareas vinculadas a la explotación de ese pequeño tambo que quedaba en las afueras de Las Piedras, exactamente atrás de donde estaba Inlaca, que era una industria láctea para el departamento de Canelones.

MR: Hay una frase tuya en la que decís: «A los quince años me hice tupita».

FB: Sí, me hice tupita, porque a los quince años solo se puede poner el diminutivo, ¿no?

MR: Después vamos a hablar de cuando llegaste a tupa entero, de cuando te graduaste; ya llegará el momento.

Seregni, hay una historia maravillosa tuya —que Fernando siempre recuerda—, que tiene que ver con cuando te envían a México para estudiar las estrellas, para fijar un punto en la Tierra, que es una imagen formidable.

LS: Es que no es una imagen, es una realidad, porque yo hacía astronomía geodésica. ¿Qué es eso? Es observar las estrellas y, en función de las estrellas, fijar puntos sobre la superficie terrestre.

MR: Estamos en México, estamos con Guillermo Haro, que era el director del observatorio…

LS: No, era jefe de observadores.

MR: Jefe de observadores. Se produce entonces ese hecho tremendo que fue la bomba atómica de Hiroshima. Contame qué sentiste en ese momento, qué sintieron junto con Haro y qué decidieron.

LS: Allí estudiamos astrofísica, en el observatorio, y tenía mucho que ver con el estudio del átomo y la química ultraestructural y todo eso, así que siempre pensamos en la fusión y la fisión del átomo en términos científicos, pensando en cómo podía ser aplicado todo eso para bien de la humanidad, incluso con problemas ligados con la medicina. Hete aquí que viene la bomba de Hiroshima, y como era un centro científico los periodistas fueron a preguntar, y pasamos un día muy inquieto porque nos hacían preguntas sobre aquella catástrofe. Llegó la noche y nos quedamos con Guillermo conversando; para nosotros había sido una frustración tremenda. Siempre pensamos, te repito, en esas investigaciones orientadas a la vida, para activar la vida, y hete aquí que la primera aplicación que se hace pública es con 100.000 muertos en Hiroshima…

MR: En el año 45 fue eso, ¿no?

LS: Aquello fue en el 45.

MR: Y tras cartón, la de Nagasaki.

LS: Y después Nagasaki; pero todo viene a propósito, incluso la primera. La otra fue una acentuación del drama. Pero con Haro nos reunimos esa noche y Haro dijo: «Mira, Liber, hemos de hacer algo, ¿qué podemos hacer?». «Guillermo, siempre luchamos por la vida, vamos a hacer algo por la vida, a reivindicar ahora, en este momento de muerte, la vida». Y nos surgió a los dos: «Vamos a plantar un árbol». Y al otro día nos levantamos y, en los jardines del observatorio, plantamos un árbol entre los dos.

MR: ¿Cómo se llama en mexicano ese árbol?

LS: Ellos lo dicen con suavidad, acentuando las vocales. Nosotros decimos «jacarandá», y Guillermo me decía: «Hombre, no sea bruto, no se llama “jacarandá”; es una “iacaranda”». Entonces plantamos una «iacaranda», que creció fantástica. Guillermo, que después de jefe de observadores fue director durante mucho tiempo, siempre le inculcó al personal del observatorio, a todos, que aquel árbol era un legado de nosotros dos y que tenía que ser cuidado por sobre todas las cosas. Y fíjate tú que cuando recuperé la libertad, a finales del 85, inicié un viaje. Estaba invitado a ir a México. Me invitaron del observatorio, porque querían hacer una inauguración. Bueno, llegué al observatorio otra vez, cuarenta años después. Allá estaba el árbol, grandioso. Pero debajo del árbol habían hecho los mexicanos un pequeño monumento muy simple; eran dos cuñas de concreto, que se entrecruzaban en la tierra y estaban unidas con una especie de puente, donde se decía: «En recuerdo de Guillermo y de Liber, que hicieron una apuesta a la vida en aquel tiempo».

MR: ¿Te das cuenta? Tuvo hijos, ahora tiene libro, y plantó dos cosas: plantó el «iacaranda» y plantó el Frente.

¿Qué horarios tenías para el ordeñe, Fernando? ¿A las cuatro de la mañana?

FB: Las vacas se ordeñan muy temprano en la mañana y después se ordeñan de tarde. Pero el tema no era de horarios, era de pericia o de falta de pericia para hacer las tareas.

Vos sabés que me quedé pensando. Me salgo del guion. Me quedé pensando en el cuento del general, en el árbol que plantaron en Tonantzintla, en el observatorio en México. Yo lo he escuchado ya tres o cuatro veces y cada vez que lo escucho me emociono, porque realmente esa apuesta a algo que parece insignificante, que es una plantita, o una semilla, que después se convierta, como él dice, en algo grandioso y vivo es maravilloso.

MR: Tenemos que cerrar este bloque, y lo voy a hacer con algo que tiene que ver con lo último que estábamos diciendo, y es sobre Einstein: «Albert Einstein se siente como si su propia mano hubiera apretado el botón; él no hizo la bomba atómica, pero la bomba atómica no hubiera sido posible sin sus descubrimientos. Ahora Einstein quisiera haber sido otro, haberse dedicado al inofensivo oficio de reparar cañerías o levantar paredes, en vez de andar averiguando secretos de la vida que otros usan para aniquilarla. Einstein creía que la ciencia era una manera de revelar la belleza del universo. El más célebre de los sabios tiene los más tristes ojos de la historia humana».

***

MR: Ahora voy a dar un pase, como aquellos que hacía Artime, el centrofóbal de Nacional…

FB: El Artillero…

MR: El Artillero, tú lo has dicho (risas). De tambero a artillero, este hombre se hizo un periplo durante la dictadura o durante aquellos días…

LS: Me hacía la competencia en artillería (risas).

MR: Te fuiste asilado a Chile, de Chile te fuiste para…

FB: Cuba, fui para Cuba…

MR: «Hombre corto y flaco». Estoy hablando de Sandino; así lo describe, así lo cuenta Eduardo Galeano, que con esto, de alguna manera, también está presente en esta mesa. «Hombre corto y flaco, fideo fino, lo volaría el ventarrón si no estuviera tan plantado en tierra de Nicaragua. En esta tierra, su tierra, Augusto César Sandino se alza y habla, hablando cuenta lo que su tierra le ha dicho. Cuando Sandino se echa a dormir sobre su tierra, ella le secretea hondas penas y dulzuras. Sandino se alza y cuenta las confidencias de su tierra invadida y humillada, y pregunta: “¿Cuántos de ustedes la aman tanto como yo?”. Sandino anda en un burrito blanco».

¿Cómo llegaste a Nicaragua? Fue en un operativo poco conocido y que yo estoy seguro de que va a impactar cuando lo cuentes, porque ni Seregni —que las sabe todas—, ni yo —que sé algunas—, lo teníamos.

FB: No es secreto, es algo poco conocido, porque hay asuntos que la historia a veces escribe de una manera y otros que los pone como con notas al pie. Nicaragua vivía desde hacía cuarenta años una dictadura terrible, feroz, implantada por los norteamericanos. Somoza era a su vez el hijo del otro Somoza, el primer dictador, que había sido asesinado en un atentado, y Somoza tenía a su vez a su delfín preparándose para asumir la Presidencia cuando él muriera, que era Tachito Somoza Portocarrero, oficial del Ejército de Nicaragua, de la guardia nacional.

Los sandinistas estaban en Nicaragua, el Frente Sandinista, conformado por un montón de muchachos como nosotros, como los que estábamos en Cuba… Estaban luchando para derrocar a Somoza. Llegó un momento en que Somoza era realmente una especie de trabazón política internacional muy seria, por los horrores de su dictadura, por la complejidad regional en América Central, porque había intereses políticos, incluso dentro de la política norteamericana y del gobierno norteamericano —no hay que olvidar que estaba Carter en el poder, que era un demócrata con un discurso internacional muy distinto al discurso republicano—. Y bueno, nosotros allí en Cuba, siguiendo de cerca lo que pasaba en Nicaragua, ya habíamos tenido algunas conversaciones con compañeros sandinistas. Algunos de ellos, que después fueron los principales dirigentes de la revolución, andaban buscando apoyo. Y allí hubo una conjura, que es a la que vos te referís, Mauricio, que es poco conocida… Había uruguayos, había argentinos, había chilenos. Había uruguayos… Perdón, voy a hacer una aclaración: había uruguayos y uruguayas, había argentinos y argentinas, había chilenos y chilenas, había salvadoreños y salvadoreñas… Y después estaban los que decidieron impulsar esa voluntad nuestra de contribuir con Nicaragua para sacarse a ese espanto de sangre que era Tacho Somoza, que eran algunos de los jefes de Estado. De manera secreta, se reunieron algunos de sus emisarios y acordaron que cada uno iba a poner un poquito, un granito de arena…

MR: Es decir que en ese operativo participaron ¿quiénes?

FB: Participó José López Portillo, que era el presidente de México.

MR: ¿Qué facilitó?

FB: Facilitó, por ejemplo, documentación falsa mexicana…

MR: ¿Quién más?

FB: Fidel Castro, el presidente de Cuba, que ahora te cuento lo que facilitó él…

MR: Documentación no creo (risas).

FB: Facilitó armas de artillería, que fue lo que le permitió al Frente Sandinista, con esa artillería que llegó a Nicaragua, fijar determinadas posiciones y forzar a Somoza a negociar una salida del poder. ¿Por qué? Porque el Frente Sandinista, con artillería, tenía la capacidad de estancar una situación bélica casi te diría que indefinidamente, y Somoza se quedaba sin aire.

Participó el ya fallecido general Torrijos, quien dio facilidades para que los aviones cargados con armas y con municiones aterrizaran en Panamá. Y participó el presidente de Costa Rica, el presidente Rodrigo Carazo, buen amigo del general Seregni.

LS: Mira, a todos ellos los conocí; fueron amigos, y fueron todos, en la época en que estábamos presos, grandes campeones de la lucha por la vuelta de la democracia en Uruguay y por mi libertad.

MR: ¿Y el quinteto? ¿Cómo culmina esa delantera?

FB: Y el quinteto culmina esa delantera con Jimmy Carter, el presidente de Estados Unidos.

MR: Casi nada… Es decir que había una entente entre Fidel, Carter, López Portillo, el costarricense Carazo y Torrijos para…

FB: … para derrocar a Somoza…

MR: Digámoslo con otras palabras, parafraseando la estancia astronómica de Seregni. La artillería era para fijar puntos en la Tierra para llegar a una estrella, ¿no?

FB: La libertad. Y quiero agregar algo: esos cinco, ese quinteto —Fidel, Carter, López Portillo, Torrijos y Carazo—, en más de una ocasión tuvo que resistir presiones de otros presidentes latinoamericanos, no tan democráticos y no tan elegidos, que procuraban una salida que no implicara la pérdida del poder por parte de Somoza.

MR: ¿Cómo valorás todo aquel operativo, Liber?

LS: Esto no lo sabía —que se hubieran unido—, y me parece muy, muy importante, sobre todo por el papel de Carter. No hay que olvidarse de que la dictadura en Nicaragua —tú lo dijiste recién— fue prohijada, hecha, llevada a cabo por las fuerzas norteamericanas que coadyuvaron, facilitaron el asesinato de Sandino, montaron una trama también y luego pusieron gobiernos a su antojo, después de la ocupación de Nicaragua.

FB: Yo te voy a decir algo muy breve. Esta situación duró pocos meses, porque rápidamente ganó Ronald Reagan la Presidencia de Estados Unidos y ahí la tortilla se dio vuelta radicalmente; se acabó la democracia.

***

MR: Luis Batlle…

LS: Para mí, Luis Batlle intentó una modernización de Uruguay, a mediados del siglo pasado, en los años cincuenta. Luis Batlle ocupa la Presidencia tras la muerte de Tomás Berreta. Berreta —un caudillo de Canelones, un excelente hombre— inició un proceso de reactivación del agro, empezó a importar maquinaria agrícola, tractores. Fallece, desgraciadamente, a los pocos meses, y Luis Batlle asume la Presidencia. Don Luis. Y mira que en este país de democracia y en el que no se usan títulos nobiliarios existe un título, que es el de don, que no se otorga a cualquiera, sobre todo cuando es la gente que lo trata la que se lo otorga. Bueno, don Luis era presidente de la República y llevó la industrialización sobre todo al campo ciudadano, apoyó todo un proceso y apoyó la época de los «pay», los Paylana, Paycueros: era la «paymodernización»…

MR: El textil…

LS: Todo se inicia en aquella época, y yo tuve el tremendo placer y el honor de conocerlo al señor presidente, yo como oficial que era del Ejército en ese momento. Lo que importa es esto: éramos un grupo de gente joven que quedamos entusiasmados con ese proyecto de industrialización de Uruguay, que le daba otro carácter. La gente no sabe bien que hubo una época en que creció la clase media, que fue el sustento de la democracia, y se alcanzaron los niveles salariales más altos de toda la historia del país, en el año 58.

MR: Si me permitís, tengo que cerrar el bloque con una anécdota. Pero de cualquier manera, don Liber, estás señalando a un Tomás Berreta preocupado por el desarrollo agrario y a un Luis Batlle preocupado por el desarrollo industrial. Yo voy a agregar una anécdota que me transmitieron. En los días de la guerra de Corea, había una presión muy grande de Estados Unidos para que, igual que los portorriqueños, los uruguayos fueran a pelear a Corea, y presionaron mucho a Domínguez Cámpora, que era ministro de Relaciones Exteriores, para que enviara un contingente de 4000 hombres; hubieras podido ser de la partida. En la oposición estaban El Debate y Herrera, con aquellos títulos catastróficos, en una actitud antiimperialista, que decía que los coreanos del norte eran los artiguistas. Don Luis tenía una presión muy grande, y un buen día dijo algo que tanta falta hace en estos días, como lo que acabás de contar de Luis Batlle y de Tomás Berreta. Don Luis se dijo: «No puede ser que Herrera me esté cayendo de la forma que me está cayendo, él tiene que conocer estos documentos top secret de presiones que tengo». Estaba en la casa de gobierno; juntó los papeles y salió por la puerta de atrás, agarró su auto y se fue a la quinta de la calle Larrañaga. Al llegar, le ladró el Coquito —que así se llamaba el perro de Herrera—, y este salió en mangas de camisa y tiradores. Se sentaron los dos y don Luis le puso las cartas sobre la mesa. Mientras le ponía las cartas sobre la mesa, Luis Alberto de Herrera iba asintiendo. Le dijo: «Lo que está haciendo usted, don Luis, está muy bien». «¿Y entonces por qué me critica?», le preguntó don Luis. «Ah, porque si yo estuviera en su lugar, haría lo mismo que usted. Pero si usted estuviera en el mío tendría la obligación de hacer lo que hago yo, porque no nos podemos entregar con las manos atadas».

***

MR: Acá tengo una frase que sintetiza el pensamiento de los golpistas de América. Es del año 76. Uno de los militares argentinos que dan el golpe de Estado, el general Ibérico Saint-Jean, en esta frase enuncia su programa de gobierno: «Primero mataremos a todos los subversivos, luego mataremos a los colaboradores, luego a los simpatizantes, luego a los indecisos y, por último, mataremos a los indiferentes». Me parece que una síntesis de esta naturaleza…

LS: Un programa higiénico (risas).

MR: ¿Te das cuenta?

¿Cuánto estuviste en Nicaragua, Fernando?

FB: Y estuvimos prácticamente un año…

MR: Fuiste de los primeros que entraron a Managua.

FB: Exactamente, entre las tropas del ejército sandinista. Yo cuento en un libro —que lo publiqué cuando volví a Uruguay, me lo publicó el Negro Raviolo— lo sucedido el 19 de julio del 79. Cuento la historia de cómo fue, porque muchas veces la gente piensa que el final de una guerra tiene algún momento mágico, y en realidad pasó casi inadvertido el momento en que el enemigo se rindió y el Frente Sandinista ganó la guerra. Estábamos en una selva perdida, allá en unos barriales, donde llovía terriblemente, y estábamos escuchando la radio nacional de Nicaragua, que era la radio oficial de Somoza, y de repente se cortó la transmisión y a los dos o tres minutos escuchamos que dijeron: «Aquí radio Sandino». Fue así que nos dimos cuenta…

MR: Es una historia preciosa… Antes de pasar a otro tema, quiero mencionar un par de nombres, en nombre de todos los que estuvieron allí. En el lote que fue contigo, muere el Meme Altesor, hijo de dirigente ferroviario, dirigente comunista con el que supimos ser medio compinches, y años después muere también un pibe entrañable, Marcos Conteris, en una emboscada. Quería mencionar eso…

FB: El Meme era un hombre fantástico, al que todo el mundo quería; su muerte fue realmente un golpe para todos. Un golpe en el sentido de ver ahí, en la realidad, los efectos devastadores que tenía la actividad que de alguna manera estábamos protagonizando…

MR: Marcos muere, tiempo después, en una emboscada de los Contras, y en su mochila tenía una insignia de «Por la tierra y con Sendic».

***

MR: Liber, ¿cómo fue tu incursión del año 73 en Buenos Aires? ¿Cómo fue el recibimiento que te hicieron?

LS: Fue fantástico, como corresponde, no con bombos y platillos, sino con mucho bombo peronista, porque ya había sido la elección en Argentina. Había ganado Cámpora, los peronistas estaban, por supuesto, eufóricos, y había una efervescencia y una gente magnífica. Había un sector de peronistas con los cuales yo tenía buena relación, incluso con uno que estaba exiliado acá, en Montevideo. Entre ellos estaba el mayor Vicente, un militar peronista que, por supuesto, se había hecho frenteamplista, no podía ser de otra manera. Ganan las elecciones y me invitan a ir a Buenos Aires. Ellos organizaron el viaje y el recibimiento, que fue en el aeropuerto. Fue un escándalo, porque se acabó el recibimiento. Fueron todos los muchachos peronistas con sus bombos y sus cantos. Estaban en medio de plenas medidas de seguridad, entonces se les ocurrió que fueran un montón de forzudos a hacer una cadena humana. Estaba prevista una ceremonia en el aeropuerto con conferencia de prensa, algo bien organizado; pero se empezó a descoyuntar desde el principio, porque me agarraron en la escalera del avión. Poco menos que medio en andas, salí en el lomo de aquellos, que ya agarraron velocidad en el camino. Ahí fue cuando aprendí lo que siempre he dicho: las cadenas humanas, en vez de proteger, provocan violencia; hay una cuestión de acción y reacción. Entre cadenas humanas, entramos al aeropuerto. Estaban los periodistas, las cámaras… y aquello barrió con periodistas, con cámaras de televisión, con el estrado…

MR; ¿Qué era lo que te cantaban?

LS: «Atención, atención, acá viene un tupamaro que es amigo de Perón» (risas). Lo cual sirvió después como una pieza fundamental en la acusación, por haber aceptado que me cantaran eso…

MR: Que investiguen al letrista.

FB: Aunque nunca encontraron el arma del delito, porque el bombo no lo pudieron presentar como prueba (risas).

MR: ¿En qué año pegaste la vuelta, Fernando?

FB: Yo volví a Uruguay en el 85, en cuanto pude. Así como te decía que para llegar a Managua corrí con ventaja, para llegar a Montevideo corría con desventaja, porque yo había hecho prácticamente Las Piedras, Santiago de Chile, La Habana, sin escalas. Llegué a un país que conocía poco, sin ningún tipo de contactos personales ni profesionales… Pegué la vuelta en el 85, como digo siempre, con cien dólares en el bolsillo y tres o cuatro amigos, que no tenía, que me hice en la vuelta y que me ayudaron mucho y les estaré eternamente agradecido, porque fue gente que realmente me acunó, con amor y con cariño: el Pepe Wainer, Laura Oreggioni y su marido, Jorge Infantozzi, que ya falleció, un pequeño grupito de gente, entre ellos mi hermana, que me acunó e hizo posible que materialmente la vuelta mía no fuera todavía más ajetreada que la ida.

***

MR: Liber, vos también estuviste con militares institucionalistas, sobre todo con uno cuando fuiste a Chile a entrevistarte con Allende.

LS: Cómo no…

MR: Muy institucionalistas. El comandante en jefe era Prats.

LS: Era Prats. Prats estaba, después de un período agotador para él, de vacaciones en el sur de Chile, y yo quería hablar con los militares, porque acababa de terminar una etapa muy importante de la vida de Chile. Eran momentos muy difíciles. Salvador había llevado, en los últimos tiempos, en los últimos meses del año 72, a un grupo de militares, pero en forma institucional, al gabinete y a participar en el gobierno. Yo paso para Argentina. Me invitan a ir a Chile. Voy a Chile. Hacía un par de semanas que había terminado la participación de las fuerzas armadas en el gobierno y habían regresado a su función específica. Entonces yo quería saber qué experiencia habían recogido y cómo se sentían. Le dije a Salvador que quería hablar con ellos, me dijo que no había problema. Llamó a Tohá, que era el ministro de Defensa, magnífica persona. Me dijeron que iban a mandar a buscar a Prats, y yo les dije que lo dejaran, que se estaba tomando unas vacaciones. Entonces fui. Había representantes del Ejército, de la Marina, de la Fuerza Aérea y de Carabineros, porque en Chile el cuerpo de carabineros tiene un nivel alto en cuanto a la fuerza. Entonces, en vez de Prats estaba el jefe del Estado Mayor.

MR: Que era institucionalista. Antes de decir quién era, contanos qué te dijo.

LS: Yo los consulté de a uno. Eran parcos al principio. El más locuaz era el jefe del Estado Mayor, que afirmó su sostén de la democracia y su apego al señor presidente de la República, don Salvador Allende; fue enfático en eso. Los otros eran más medidos, más profesionales; pero él enfatizó.

MR: ¿Su nombre?

LS: Tú sabes cómo se llamaba. Era el general Pinochet.

MR: Jefe del Estado Mayor.

LS: Jefe del Estado Mayor del Ejército. Pero ya a esas alturas —y acá está lo dramático de la situación—, estaba todo tejido. La CIA y la ITT, que fue la gran instrumentadora, habían tejido toda la trama del derrocamiento de Allende, para terminar con el gobierno de la Unidad Popular.

***

MR: Ahora te invito a que tomemos un poco de aire fresco y salgamos en libertad, que ya es hora.

(Se reproduce el video de la salida en libertad de Seregni).

MR: Bueno, tenemos que ir al cierre y lo voy a hacer con la introducción de una obra que escribí hace tiempo, que es sobre Atahualpa, el inca. Es un chasqui quien entra a escena y dice estos versos, que en la obra se musicalizan: «Mensajero, chasqui, mi nombre es Inti Sol, el que lleva los mensajes, el que lleva la luz, Inti, chasqui, mensajero, sol, qué será de ti sin un mensaje, qué de ti sin el sol. El tiempo es un mensaje, un mensaje el sol, el perfecto azul, el andar del puma, el rocío en la flor, el vuelo de una estrella, la muerte, el amor, y el sol un mensaje que puedes creer, que puedes querer, que puedes negar y no creer, muchos, tantos no quisieron creer. Las horas rebosan de mensajes, dicen que los tiempos no tienen fin, que los días de entonces, como los días de aquí, son días y días que están por venir, y cuando sientas frío, piensa un sol».

Y ahora nos vamos, con el tinto en copa.

FB: ¿Puedo decirlo yo? Fue mi sueño durante todo el año (risas).

MR: Podés, sí.

FB: ¡Que nunca falte!

ENCUENTRO II

Donde se cuenta la verdad sobre los Remington que remataba Piria en 1904

Con Luis Martínez Cherro y Juan Grompone

Luis Martínez Cherro (Montevideo, 1939),
investigador, escritor.

..................................

Juan Grompone (Montevideo, 1939),
ingeniero industrial, profesor,
informático, escritor.

MR: A los uruguayos nos pasa que cada vez que hablamos de gestas pensamos en el Éxodo o en Maracaná. Pero tenemos una gesta en la que participaron miles, decenas de miles de uruguayos, que fue la conquista del Este: esos arenales, esas dunas que fueron loteadas en terrenos a pagar en cuotas, donde se construía pared por pared cada fin de semana. Hoy tenemos, desde Carrasco hasta la frontera e ...