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PROHIBIDO CREER EN HISTORIAS DE AMOR

Javier Ruescas

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Fragmento

1

Hace tiempo que aprendimos a hacerlo. A hablar sin mirarnos a los ojos, me refiero.

Yo, la primera. Soy la hija pequeña y la que, por tanto, más cómoda debería sentirse con todo esto. Pero aun así, después de todo este tiempo, sigo sin saber hablar con mis padres sin un guion o unas directrices prestablecidas. Se me traba la voz, como ahora. Estoy tratando de explicarle a mi madre que no voy a poder acompañarles a un evento que hay esta noche mientras ella me apunta con una cámara con pantalla abatible.

—Le dije a Gerard que cenaría con él, no puedo cancelarlo —digo, y bajo la mirada hasta mis pies descalzos.

Se supone que debo mirar al objetivo cuando la cámara está encendida, aunque les hable a ellos. Es una manera de hacer que los suscriptores sientan que forman parte de nuestra historia, de nuestra vida.

—¿Y no quieres invitarle para que se venga con nosotros, Cali? —pregunta mi padre, desde el baño, donde se está peinando—. ¡Que mañana empezáis las clases y no vais a poder apuntaros a tantas cosas!

Recibe antes que nadie historias como ésta

—Pues por eso —le replico—. Además, ya ha reservado. Pero muchas gracias.

Mi madre vuelve la cámara hacia mí y casi parece un policía tratando de intimidarme para que confiese. Yo me limito a encogerme de hombros sin dar mi brazo a torcer. Esta noche no. Esta noche es para nosotros y debe ser perfecta; libre de cámaras, interpretaciones ajenas o presiones para conseguir visitas.

Debe ser el final perfecto para unas vacaciones de verano en las que apenas he visto a mi novio.

—¡Pues nada, si no podemos convencerte, pasadlo muy bien! ¡Ay, el amor juvenil! —canturrea, y una parte de mí se muere de la vergüenza. Aunque no sé por qué me sonrojo, si debe quedar poca gente que aún no sepa que soy la novia de Gerard Silva.

Trato de que no se me note porque mañana el vídeo estará colgado en internet y nadie quiere tener pataletas delante de un millón de posibles espectadores.

—Qué pena que vayáis a perderos la apertura de uno de los restaurantes más selectos de...

Me pierdo el resto de la frase porque esto ya no me lo dice a mí. De hecho, ni siquiera me está mirando. Ha girado la cámara y se ha puesto a compartir las maravillas del local con los suscriptores, tal como se acordó con la agencia que los ha contratado para hacer la promo.

Mi padre sale en ese momento del baño, dice un par de palabras a la cámara, sonriendo, y en cuanto la cámara deja de enfocarle, su sonrisa se esfuma por completo hasta que me ve. Cuando la recompone, me parece más sincera, pero también más triste.

A veces pienso que no encajo en esta familia. Otras, que soy la única pieza que la mantiene unida.

De regreso a mi habitación, trato de recordar cuándo fue la última vez que vi a mis padres mirarse a los ojos sin que hubiera una cámara delante. También me pregunto si de verdad creyeron que la idea de montar un canal salvaría su matrimonio.

—Queremos empezar a subir vídeos en YouTube —nos dijeron hace tres años a mi hermana Néfer y a mí. Por entonces, ella tenía diecisiete y yo catorce.

También recuerdo nuestras caras: el escepticismo dibujado en los labios arrugados de Néfer y mis cejas alzadas, convencida de que nos estaban tomando el pelo. ¿Cómo iban mis padres a hacerse youtubers? ¿No hay un límite de edad?

—Es coña —aseguró mi hermana, tan directa como siempre.

—No lo es —contestó mi madre, y miró a mi padre para que nos lo confirmara.

Ahora entiendo realmente por qué lo hicieron, y en parte me alegro de que al menos lo intentaran. Pero creo que ninguno fue consciente del modo en que se condenarían a la larga. Nos convencieron de que sería una oportunidad genial para conocernos mejor, unirnos como familia y compartir con el mundo nuestros ideales, sueños y proyectos. Nos lo pintaron tan bonito que fue imposible negarnos.

Debo aclarar que mis padres nunca han sido como los de los demás. Vale, ya sé que en un momento u otro todos los hijos dicen lo mismo de los suyos, pero lo mío va en serio. Mi madre es sexóloga y mi padre cocinero profesional. Parecían hechos el uno para el otro: altos, guapos, jóvenes, y tan ansiosos por comerse el mundo que incluso olvidaban los modales al intentarlo. Sinceramente, no sé muy bien de dónde salí yo. Con esos perfiles y viendo a mi hermana, era fácil llegar a creerse las mentiras de Néfer cuando me aseguraba que a mí me habían adoptado.

Se conocieron cuando mi madre trabajaba en una empresa de marketing de la que estaba harta y mi padre en la cocina de una franquicia donde lo tenían sobrexplotado. Juntos decidieron darle una vuelta radical a sus vidas y en cuestión de un par de años lo lograron, como todo lo que se proponen. Mi madre acabó abriendo una consulta privada y mi padre empezó a trabajar de chef en un hotel cerca de casa. A veces pienso que hicieron un pacto con el diablo y que, visto lo visto, empezaron a pagar la deuda antes de tiempo.

Quizá se enamoraron demasiado jóvenes; quizá nunca lo estuvieron realmente. Yo qué sé. A lo mejor la fantasía de poder conquistar al otro fue suficiente para ellos. En cualquier caso, antes de que pudieran hacer nada, nació mi hermana y decidieron seguir construyendo una familia sobre unos cimientos poco seguros que al final cedieron doce años después de que naciera yo.

Aunque era muy pequeña para enterarme de nada, ya se encargaba Néfer de ponerme al día y descubrirme conceptos nuevos como «consejero matrimonial» o «custodia compartida». De ahí que nos sorprendiera tanto su propuesta de abrir un canal, cuando lo que en realidad esperábamos era que nos anunciaran su divorcio. No nos ocultaron la auténtica razón por la que querían iniciarlo, pero sí la maquillaron un poco. Y lo que al principio comenzó como un proyecto común y terapéutico para unirnos a los cuatro mientras ellos recuperaban la pasión por levantarse cada día ha terminado siendo una enorme carpa circense bajo la que esconder todo lo que ya no tiene solución entre ellos.

Ya fuera por las pocas familias que grababan su día a día, por sus perfiles profesionales, por el salero de Néfer para atraer al público joven o por mi inesperado sentido del humor (¿quién nos iba a decir que tenía uno?), terminamos gustando a la gente y en cuestión de dos años mis padres pudieron dejar sus respectivos trabajos y dedicarse exclusivamente a esto.

Y hemos aprendido bastante desde entonces, la verdad. Es cierto que a veces te hartas de tener que poner siempre buena cara o de cuidar los comentarios que haces, pero también aprendes a pensar dos veces lo que quieres decir y a ser más precavido. A cambio, tenemos lujos con los que muchos solo pueden soñar y oportunidades de vivir experiencias únicas sin gastar, en muchos casos, un solo céntimo. El problema es que a cambio pagamos un precio difícil de calcular porque no existe moneda para ello.

Y todo esto mientras lidio con las clases. Yey!

La media por vídeo ahora mismo está en casi quinientas mil reproducciones. Me cuesta imaginar a toda esa gente junta. Y eso que a veces los vídeos llegan a durar hasta cuarenta minutos. Suelen ser vlogs en los que contamos nuestro día, aunque a veces son recetas de mi padre, consejos sobre sexualidad de mi madre o un tutorial de maquillaje de Néfer. Yo trato de salir lo menos posible y me limito a editar los vídeos cuando los estudios me lo permiten. Me gusta esa parte del proceso. Mi padre dice que hago magia y que incluso de los que no hay nada que sacar consigo crear una historia que engancha a nuestros suscriptores. No creo que sea para tanto, pero me lo paso bien.

El truco está en señalar lo que no es a veces tan evidente. Los detalles. Los silencios. Lo que no dicen las palabras. Lo que queda fuera de foco, pero que ofrece el contexto exacto. Incluso las equivocaciones cuando grabamos dicen más de nosotros que cuando decimos algo de corrido. Igual lo pienso todo demasiado, no sé... Me encanta el cine. Y lo poco que he aprendido sobre narrativa audiovisual ha sido a base de inflarme a ver películas. Y no solo verlas, sino analizarlas y apuntar lo que más me gusta de cada una: su guion, su forma de colocar la cámara, el uso de la música... También por ellas he descubierto que las mejores historias se componen de momentos que se sienten, pero no se muestran a primera vista.

Por suerte para nosotros, en el último año contamos con la inestimable ayuda de Lukas, representante, productor y hado padrino nórdico, de ahí la «k» en su nombre. Él se encarga de gestionarnos la vida, literalmente. Nos consigue campañas, sube los vídeos, analiza la evolución de nuestra imagen, nos asesora cuando tenemos dudas y encima tiene un gusto exquisito para recomendarnos qué llevar y qué no. Es como un malabarista de la imagen personal. Creo que nunca le he visto sin el móvil en la mano.

Por desgracia, hoy está organizando la llegada de mis padres y mi hermana a la inauguración del restaurante. Así que me encuentro sola delante de mi armario, empapelado con decenas de fotos de mis amigos, sin tener ni idea de qué ponerme.

—Este no..., este tampoco... —mascullo mientras paso perchas de un lado a otro—. Eh, ni de coña... Pero ¿este no lo había regalado? —Las opciones se van amontonando sobre la silla según las voy descartando, hasta que al final me quedo sin perchas—. Genial.

Justo cuando me derrumbo sobre la cama y empiezo a valorar la opción de dejar plantado a Gerard, alguien llama a la puerta.

—¿Cariño? —Mi madre. Sin cámara—. ¿Cómo no nos has dicho antes que no venías? Ya habíamos anunciado que estaríamos los cuatro...

—Lukas me dijo que no hacía falta porque ya iba Néfer.

—Aun así, estas cosas prefiero que nos las digas antes de grabar.

—Mamá, Gerard me llamó ayer y hoy no te he visto en todo el día. —Es mentira, pero una chiquitita; en realidad, sé lo de esta noche desde hace días. Solo que no creía que fuera a hacerse realidad y prefería no gafarlo.

Ella suspira y levanta las manos, rendida porque me conoce.

—¿A qué hora llegaréis? —pregunto, con más ansia de la que pretendo, y creo que mi madre intuye algo.

—Sobre las doce o una, ¿por?

—Por nada.

—Muy bien.

—Sí.

Le aguanto la mirada hasta que parece quedarse tranquila y entonces advierte el desorden a mi alrededor.

—No se te ocurra salir de casa sin haber recogido todo esto.

Como digo, mi madre no es tan distinta de las demás cuando aparca la cámara.

2

Mi móvil comienza a vibrar en ese instante. Es Tesa, mi mejor amiga y, además, hermana de Gerard. Me ha mandado un audio para preguntarme si ya estoy lista:

«¿Estás nerviosa? Yo lo estaba. Pero era más joven e inconsciente. Así que tú no tienes razón para estarlo. ¡No lo estés! ¿Entendido? Va a ir todo geeenial. ¡Te quiero!».

Lo ha mandado por el grupo que tenemos con Silas, mi compañero de clase y único amigo en el colegio Víctor Hugo. Así que, por supuesto, al instante, tengo un segundo audio suyo. Porque sí, aquí la única que escribe mensajes soy yo.

«¡Por supuesto, Calimocho! Esta va a ser tu noche. Mañana en clase me cuentas.» Por el ruido de fondo imagino que estará en el estudio donde suele trabajar con sus amigos.

A él le respondo que era más feliz sin recordar que mañana empezamos el último curso de bachillerato, y le pido que deje de llamarme Calimocho si no quiere que empiece a utilizar su verdadero nombre. A Tesa le digo que estoy pensando cancelar la cita. La reacción inmediata de mi amiga, cómo no, es llamarme.

—¿Qué dices de cancelar nada? —me pregunta, con su habitual tono autoritario. También tiene canal, y creo que es de las pocas personas que delante de la cámara intensifica aún más ese rasgo suyo, en lugar de suavizarlo, algo que a sus seguidores les encanta.

—Es que no sé ni qué ponerme, y hace un calor horrible hoy, y...

—Excusas. Estás nerviosa y punto.

—Pues un poco —admito, tumbándome otra vez sobre la cama. Siento las miradas acusadoras de todos los actores y actrices que me observan desde los pósteres que tengo colgados en las paredes—. No sé si...

—¿Qué? ¿Si es el momento? ¿Si estáis listos para dar el siguiente paso? Cali, ¿cuánto tiempo lleváis preparando lo de esta noche? No, dime, ¿cuánto?

—Tres semanas.

—Exacto. Y va a ser perfecto. ¿Me oyes? Perfecto. En mi vida he visto a mi hermano más guapo y más nervioso. Y lo que más me molesta es que no vayas a poder contarme ni un solo detalle porque es mi hermano y, como comprenderás, prefiero no saber nada al respecto, gracias. Aunque, bueno, si se lo vas a contar a Silas, yo también quiero saberlo. Por ti haría el esfuerzo de escucharte y de controlar las ganas de vomitar imaginando que hablas de otra persona.

—¡Tía!

—¡¿Qué quieres que le haga?! —Se ríe—. Escucha: ponte ese vestido verde de tirantes que te regalaron en Divinidier y suéltate el pelo. ¿Sabes cuál te digo?

—Ese vestido me marca todo.

—¡Ese vestido te queda estupendo!

Discutir con Tesa es como tratar de detener un tren de mercancías. Ella no da sugerencias, ordena. Y he de reconocer que suele acertar bastante. Así que acabo prometiéndole que le haré caso y que esta noche la llamaré para contarle (casi) todo. No me perdonaría en la vida que hablara con Silas y no con ella.

Nos conocimos en el primer evento con otros creadores de contenido online al que asistí con mis padres. Siempre cuenta que se acercó para hablar conmigo porque me vio igual de perdida que ella. En su canal habla sobre mecánica y tecnología. Se graba cada día construyendo o destruyendo algún aparato y explicándoles a los suscriptores para qué sirve cada pieza. Siempre que la veo trabajar me quedo ensimismada. Es como ver a alguien hacer un puzle de nivel avanzado. Cuando comienza un nuevo proyecto, puede pasarse días sin salir de casa hasta terminarlo, como un profesor chiflado, pero con tipazo y pelo más corto que el mío, siempre peinado a la última. En su canal se pueden encontrar tutoriales para hacerte desde tu propia lámpara de noche hasta un par de walkies-talkies caseros.

Sin embargo, aquella noche en la que la conocí, ella estaba allí acompañando a su hermano Gerard, que ya por entonces empezaba a despuntar como una de las grandes celebrities digitales. Aburrida de no poder hablar con él porque siempre había otras personas a las que tenía que atender, Tesa estaba a punto de marcharse cuando se fijó en mí. Y menos mal que decidió acercarse para presentarse, porque al final acabó siendo una noche genial. Mis padres se quedaron hasta el final, y según se fue vaciando el lugar, Gerard también se unió a nosotras, y Tesa me lo presentó. Y hasta hoy.

Cuando estoy lista, salgo de mi cuarto para cruzarme con Néfer, que se ha engalanado para el evento como si ella fuera la actriz principal. Está espectacular, y a mí me hace sentir como el monstruo del pantano.

—Ya me ha dicho mamá que al final no vienes —dice mientras bajamos la escalera hacia el salón.

—He quedado con Gerard.

—Mira tú qué bien...

—¿El qué?

—Eso, hacer lo que te apetezca. Hoy no voy a esto, pero mañana sí a lo otro... Solo te digo que en estas cosas siempre hay gente a la que es interesante saludar para que no se olviden de tu cara.

«Para que no te olviden, primero tienen que recordarte», pienso. Y la gente a la que Néfer se refiere solo me sitúa cuando me ven al lado del resto de mi familia. En cuanto me separo, aunque sea un par de metros, siento sus miradas preguntándose quién es esa chica que se ha colado en el cóctel y que no deja pasar ni una sola bandeja sin probar porque, ¡eh, comida gratis! Pero lo llevo bien. Al menos hasta que me tengo que poner alguno de los muchos vestidos que nos regalan las marcas y que rara vez me sientan bien porque, sorpresa, tengo más curvas que un maniquí anoréxico. Como el de ahora.

Antes de salir de casa, le pregunto si cree que me queda bien el conjunto, aunque ya veo que no está de muy buen humor y me arriesgo a que me suelte cualquier lindeza. Se gira, me observa de arriba abajo como Meryl Streep en El diablo viste de Prada y suspira. Y ese suspiro sé, porque la conozco, que podría traducirse por un «A ver, para ser tú...».

—No está mal. El verde siempre ha sido el color que mejor te sienta.

Muchas veces pienso que para ella también debe de ser duro tenerme de hermana. El mío no es un cuerpo de modelo, como el suyo. Aunque las facciones de mi cara engañan y los pómulos altos, el pelo ondulado y los ojos grandes disimulan que tengo más caderas, pecho y culo de los que me gustaría. Según Tesa, me faltan años para apreciar esos regalos de la naturaleza y me sobran complejos. Claro, que ella me mira con ojos de mejor amiga mientras yo me engaño pensando que es cuestión de tiempo que pegue el estirón y todo lo que sobra se recoloque para moldear mi figura. Ja.

—Pasadlo bien esta noche —digo, abriendo la puerta.

—Lo haremos —responde ella, antes de marcharse en busca del complemento ideal.

Vivimos a las afueras, en una urbanización de chalets bajos que nos aísla por completo de la metrópolis, aun teniéndola al lado. Lo bueno es que estamos muy bien comunicados por transporte público, y desde hace años he podido moverme a mis anchas sin tener que depender de mis padres o de mi hermana. Es cierto que las posibilidades de que alguien te reconozca y te pida una foto son mayores que si vas en coche o taxi, pero ni la paga que me dan mis padres me da para eso, ni soy tan famosa como el resto de los miembros de mi familia. Como he dicho, si me alejo tres metros de ellos, tengo altas probabilidades de parecer invisible. Así que si me cubro un poco la cara con el pelo, suelo pasar bastante desapercibida. Incluso sin quererlo.

Creo que Gerard es el único chico de diecisiete años recién cumplidos que reserva antes de ir a cenar, pero en su caso es bastante comprensible y he de reconocer que tiene su encanto. No sé, le hace parecer más maduro. El restaurante en el que hemos quedado se encuentra en uno de los barrios más pintorescos, cerca del parque de El Retiro, uno de los pulmones verdes de la ciudad. Con los últimos coletazos del verano, aún hay bastante tráfico y transeúntes por la zona que aprovechan para tomarse algo en las terrazas o dar paseos a la sombra de los árboles. Por suerte, no está tan abarrotado como la zona centro, donde es imposible caminar dos pasos sin chocarte con alguien o esquivar un quiosco de helados. Cuando salgo, no quedan más que los vestigios del atardecer y ya se han iluminado todas las farolas. Confiada, feliz y un poco nerviosa, me encamino hacia el restaurante, convencida de que a partir de hoy nada volverá a ser lo mismo.

3

Gerard y yo llevamos saliendo ocho meses y veintiún días. Antes que pareja fuimos solo amigos y quizá por eso lo de salir con él fue una evolución casi natural. Vaya, a mí me gustó prácticamente desde aquella primera noche en que lo conocí, aunque no hubiera pasado nada de no ser por Tesa y sus habilidades de celestina.

La nuestra es una historia de las más comunes. De las de amigos que poco a poco se van haciendo más que amigos..., salvando el pequeño detalle de que Gerard es famoso. Pero famoso de verdad, no como yo. Y que en los últimos años tiene casi vetados algunos lugares del centro porque siempre que aparece en la calle se le abalanzan los fans. No exagero. Normalmente, tiene que intervenir hasta la policía. La última vez yo también me llevé unos cuantos golpes de algunas seguidoras descontroladas.

Como mi familia, él también suele grabar vídeos contando sus experiencias o sus reflexiones y es cierto que tiene algo de hipnótico cuando habla; ese no sé qué que le ha catapultado a la fama. Las marcas se lo rifan. Las empresas de YouTube también. Y por supuesto sus gerardinas lo idolatran. Ese es el nombre que se autoimpusieron sus fans y que exhiben con orgullo en todas las redes sociales, convirtiéndole en trending topic cada vez que se corta el pelo o se hace una foto sin camiseta.

Así que, vale, no, rectifico: la nuestra no es una relación al uso, pero lo llevamos bien. Sí. No es fácil recibir toda clase de insultos y amenazas de un montón de chicas solo porque ven que su ídolo está contigo y no con ellas, pero eso se soluciona no leyendo los mensajes que te dejan en todas las redes o ignorándolos. Y, además, también las hay que esperan que pasemos el resto de nuestra vida juntos y formemos una gran familia. Estas me caen mejor, lo reconozco, pero trato de no escuchar ni a unas ni a otras.

De todos modos, sabía a lo que me exponía si al final mi sueño se hacía realidad y acabábamos siendo novios, como ocurrió. Ahora me toca apechugar con las consecuencias, supongo. Por otro lado, como dice Tesa, no debo olvidar que, por mucho que sus fans me hagan creer lo contrario, nadie excepto nosotros sabemos lo que tenemos. Y eso es lo que debemos recordar siempre.

Sobre todo en días como el de hoy, cuando vamos a perder la virginidad.

¡¡Bam!! Lo sé. Es fuerte.

Aunque llevamos todo este tiempo juntos nunca nos hemos acostado. Hemos tenido pocos momentos, lugares, oportunidades, y demasiadas dudas, miedo y vértigo. Mi madre dice en sus vídeos que es lo normal. Digo en sus vídeos porque conmigo aún no ha tenido esa conversación. Y espero que nunca jamás la tenga. Por suerte, siempre está entretenida resolviendo las dudas sexuales de todos los que le dejan preguntas en los comentarios. Sé que con Néfer intentó hablar sobre el tema hace tiempo y que mi hermana desapareció de casa una semana y se fue a vivir con una amiga. Quizá tenga miedo de que yo haga lo mismo, o a lo mejor piensa que no necesito esa conversación. Que aún soy demasiado joven para pensar en estas cosas, mucho más para hacerlas. ¿Lo soy? Ni idea. Igual, simplemente mi madre piensa que de tanto editar también sus vídeos he aprendido suficiente al respecto.

El caso es que una tarde, viendo una película en casa de Gerard, surgió el tema sin venir a cuento, y de pronto nos encontramos buscando fecha, como quien organiza unas vacaciones o piensa en casarse, para ver cuándo nos venía bien a los dos. Porque para él también será la primera vez. Parece broma, pero no es tan fácil cuando tus padres no salen nunca, como es su caso, o siempre están fuera y quieren que tú los acompañes, como es el mío. Y a mí que me llamen rara, pero me daba palo el plan de alquilar una habitación de hotel solo para eso, no sé...

Elegimos el día de hoy porque sabía que mi casa se quedaría vacía y, para hacerlo un poco más especial, Gerard propuso cenar antes en nuestro restaurante favorito, La Dinapoli, y luego volver a casa. Lo sé, habría sido mejor esperar a que mis padres se fueran y pedir algo por teléfono en algún restaurante, pero ¿cuántas veces hay una primera vez? Pues eso.

Cuando se lo conté a Tesa, se rio de mí, pero me dio igual. Ella decía que le habíamos quitado al momento la magia de lo inesperado, de la incertidumbre, lo que ella llama la causalidad de la casualidad. Silas directamente puso los ojos en blanco, pero es que para él el sexo es algo superado y su fama de ligón se ha extendido por toda la escuela, cursos superiores incluidos.

Gerard ya está en la puerta del local cuando llego. Doy por hecho que ha venido en taxi y le noto ansioso por entrar hasta que me ve y se relaja un poco. ¿Está más guapo que nunca o soy yo, que le veo con mejores ojos? Se ha puesto unos pantalones caquis y la camisa azul de manga corta y cuadros que tanto me gusta. Apenas deja a la imaginación su cuerpo esbelto, los brazos definidos y el estómago plano que tan locas les (nos) vuelve a todas.

Sonríe al verme y, como siempre que está nervioso, se pasa la mano por el pelo corto antes de acercarse. Bajo la luz del farolillo de la entrada, el castaño se vuelve pelirrojo. Nos damos un fugaz beso en los labios, pero entonces recuerdo hacia dónde se dirige la noche y le sujeto la cara sin darle tiempo a separarse para plantarle un beso un poco más sentido en los labios. Que no se diga.

Sus ojos claros me miran un tanto desconcertados, pero, más que molestarme, me divierte. Siempre he sentido que soy yo quien lleva las riendas en nuestra relación, cosa que nadie diría al ver sus vídeos. Delante de la cámara, Gerard se crece, sonríe más, hace comentarios más ingeniosos, genera un magnetismo entre él y su audiencia que luego en persona no se apaga, pero sí se diluye un poco.

—¿Pasamos? —pregunta, tras aclararse la garganta.

En cuanto nos ve entrar, la camarera nos acompaña a un reservado con sillones enfrentados. Advierto inmediatamente que nos ha reconocido. O, más bien, que le ha reconocido. Es muy fácil darse cuenta de ello: de pronto las cejas están más alzadas, los dedos sujetan con más ahínco los menús y los ojos, aunque trata de controlarlos, regresan siempre a Gerard.

—Estaré por aquí si me necesitáis —dice en plural, mientras nos entrega las cartas. Aunque, bueno, en realidad solo se ha dirigido a mi novio.

Una vez sentados, me entran las dudas: ¿qué voy a cenar? No puedo pedirme la pizza de siempre porque lleva ajo, ni tampoco pasta porque dicen que es fatal por la noche, ¿no? Aunque se supone que después vamos a hacer ejercicio. ¿Eso cuenta? ¿Debería pensar en ello como hacer ejercicio? ¡Porque odio el ejercicio!

—¿Ya sabes qué pedir? —le pregunto.

—¿Eh? —responde, y advierto que está tan nervioso como yo, lo cual no ayuda.

—Decía que qué vas a pedirte.

—Creo que... unos espaguetis al pesto. ¿Y tú?

¡Yo no!

—Ensalada caprese.

La camarera aparece de pronto a nuestro lado y nos toma nota. Cuando le digo mi plato, siento que contiene la risa y que juzga pensando que seguro que mis caderas no están como están por ser una aficionada a las ensaladas. Quizá solo me lo esté imaginando, porque prefiere dedicar su tiempo a admirar a Gerard y guiñarle un ojo antes de marcharse.

—¿Y qué tal el día? —Espero, pero no hay respuesta—. ¿Gerard...?

—¿Dime? —Otra vez parece que le haya pillado desprevenido.

—Que qué tal todo.

—Ah, bien. Un poco cansado. He estado grabando toda la mañana. —No es la respuesta que esperaba, pero no pasa nada.

—Ya. Pues yo al final he tenido que decirle a mi madre que no iba a lo de esta noche para cenar contigo mientras me grababa, así que mañana tendrás unos cuantos tuits al respecto. Lo siento.

—Da igual. ¿Se han molestado tus padres?

—No. Creo.

—Vale.

Normalmente, tenemos conversaciones más profundas, pero de verdad que en estos momentos no puedo pensar en otra cosa que no sea mi habitación, mi cuarto, las cortinas echadas, la cama y los preservativos del cajón. ¿Estarán caducados? No, imposible. Los compré con Tesa hace menos de un mes.

Necesito que pase cuanto antes. Necesito dejar de sentir la presión de la primera vez y disfrutar de las siguientes. Lo sé: se supone que tiene que ser algo especial, ¡y lo va a ser!, pero también dicen siempre que es la peor y que duele y que...

—Entonces tus padres no llegan hasta las doce, ¿no?

—O la una. No sé si se alargará la fiesta después de la cena y querrán quedarse.

—Vale —responde, con la mirada clavada en su vaso. Como si estuviera haciendo cálculos matemáticos complicadísimos.

No hablamos mucho más. Ambos tenemos demasiado en la cabeza para digerir y temo que, si se lo contamos al otro, la noche podría acabar de una manera muy distinta. Así que disimulamos tratando de que no se nos note demasiado. Cuando llega la comida, la tensión se rebaja un poco porque al menos podemos entretenernos masticando, pero el silencio sigue siendo igual de pegajoso.

—¿Pedimos postre? —me pregunta cuando terminamos ambos platos.

—Estoy llena —contesto. He tenido que hacer un esfuerzo para tomarme cada bocado.

—Entonces ¿nada? ¿Nos... vamos ya?

—Creo que es lo que toca, sí —bromeo.

Gerard pide la cuenta y, mientras pagamos, la camarera trata de entablar conversación con él. No es paranoia; ya estoy acostumbrada a que chicos y chicas traten de llamar su atención de las maneras más absurdas. Del mismo modo, también he visto a Gerard ignorarlos a todos sin perder la amabilidad, pero sin dedicarles tampoco ni una segunda mirada.

Ya en la calle, propone que tomemos un taxi porque está promocionando una aplicación y a cambio de algún mensaje puntual en redes puede tomar los que quiera gratis. Las ventajas de ser extremadamente visible, supongo. Empiezo a sentir el estómago revuelto por los nervios y no quiero demorar más el momento. Cuanto antes lleguemos, antes pasará todo.

Una vez dentro del taxi, saco el móvil y veo que Tesa me ha escrito para preguntarme si va todo bien. Le contesto rápidamente que sí, que ya vamos hacia casa, y ella responde con un emoticono con cara de enfermo seguido de otro con la lengua fuera y un tercero con corazones en los ojos. De reojo descubro que Gerard está hablando con Román.

Encima es eso: que todos están enterados de lo que va a pasar hoy. Estaba claro que yo se lo iba a contar a Tesa y a Silas, y que Gerard iba a hablar con su mejor amigo. Todo el mundo tiene consejos que darte, opiniones, advertencias... Y del mismo modo que yo me he desahogado, él habrá hecho lo mismo. Ahora me pregunto qué le habrá contado a Román, qué le habrá preguntado... Y el otro, ¿qué le habrá respondido? No querría acabar sufriendo por culpa de los penosos consejos de alguien como Román...

Uf, será mejor que no piense más sobre el tema.

Quince minutos más tarde, nos apeamos delante de mi casa. Para asegurarme de que estamos solos, entro avisando a gritos de que ya he llegado y Gerard se ríe. Le pregunto si quiere tomar algo, pero responde que está bien y decidimos, sin mediar palabra, que es el momento de subir a mi cuarto.

4

Me sudan las manos. Creo que es la primera vez que me pasa, o al menos que soy conscient ...