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PEQUEñAS GRANDES HISTORIAS DEL BASQUETBOL URUGUAYO

Jorge Señorans  

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Fragmento

LA GATA RICARDO GARCÍA

El campeón de las innumerables vidas

La increíble historia de un hombre que fue Campeón Federal con Atenas en 1969 y jamás llegó al partido debut del año siguiente. Fue detenido por su militancia en el Movimiento de Liberación Nacional-Tupamaros. Estuvo preso, sufrió torturas, pasó días sin comer, y no vio nacer a su hija. El doctor Marabotto estuvo a punto de matarlo. Se fue exiliado. Vivió en Chile, fue adiestrado para la guerrilla en Cuba y entró a República Checa camuflado con bigote y pelo teñido. A su regreso, dedicó su vida a la docencia enseñando básquetbol en una escuela pública.

La Gata armaba el bolso. No era un día más. Por las calles del barrio había una efervescencia especial. Volvía Atenas. El campeón Federal de 1969.

El calendario marcaba debutar con un duro rival de aquellos tiempos como Olimpia. De pronto tocan a la puerta en la casa de la calle Guaná. Sorpresa e incredulidad al abrir. La policía. Los nervios a flor de piel. Se vivía una etapa de represión política y social que derivó en el golpe de Estado. Preguntan por una persona. Ricardo y su señora, embarazada de su hija mayor, dicen no tener conocimiento. Los oficiales entran a la casa y se procede al allanamiento. Revisan todo. No encuentran nada. Hasta que allá, atascado en un cajón, aparece un papel de garbanzo escrito con sylvapen verde. «No lo olvido más», apunta el protagonista de la historia. Tenía una lista de nombres. Ricardo la Gata García jamás llegó al partido. Se lo llevaron. Quedó detenido.

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Fue el inicio de una historia increíble de un basquetbolista que había conquistado el torneo federal con Atenas y pasó muchos años en la cárcel padeciendo hambre y torturas, fue exiliado, vivió en Chile, fue entrenado para la guerrilla en Cuba y volvió al país procedente de República Checa con pasaporte falso y bigote negro pintado con delineador.

EL SUEÑO DE SPORTING

Proveniente de Mercedes, Ricardo llegó a la capital de la mano del Contador José Pedro Damiani. La Gata había deslumbrado defendiendo a la selección de su ciudad en un campeonato nacional.

En aquel torneo aplastaron a Montevideo que, por entonces, era considerada la Selección uruguaya. Posteriormente, se jugó el Campeonato Nacional de Mayores en Paysandú. En el partido contra los montevideanos, que fue el penúltimo, la Gata jugó como nunca. Ganó Montevideo por un doble, pero Ricardo anotó cerca de 30 puntos. Fue entonces cuando el entrenador del equipo capitalino, Bernardo Larre Borges, lo citó para la selección del año entrante aprovechando que García venía a estudiar a la capital.

Pero claro, no era sencillo bajar a Montevideo. Sus padres no tenían dinero para mandarlo a estudiar. Cuando la incertidumbre sobre su futuro gobernaba la escena aparecieron dos dirigentes de Sporting en su casa.

Eran tiempos de amateurismo. Cobrar era poco menos que una traición al espíritu que reinaba. Lo único que se animó a pedir García fue la plata para el boleto y que le consiguieran un trabajo.

Como su madre lo había mandado a estudiar inglés desde los 6 años, su primer trabajo fue enseñarle el idioma al propio presidente de Sporting, José Pedro Damiani, a cambio de unos pesos. «Después, el Contador me puso a traducir sus cartas. Me tocó recibir cartas de todo el mundo. No tenía ni idea de quiénes las mandaban porque yo era un canario de afuera de 18 años», recordó la Gata.

En Montevideo, García se alojó en un apartamento junto a varios de sus compañeros que habían venido de Mercedes. El país vivía un momento especial. La situación política era compleja. «Y en el apartamento me empezaron a dar manija con la política, eran todos medio subversivos», rememoró el exjugador.

El hecho es que, para defender a Sporting, la Gata tuvo que respetar la reglamentación vigente que decía que, todo jugador que pedía pase, debía esperar dos años para jugar en su nuevo equipo.

Y mientras entrenaba sin jugar, allá por 1966, el técnico Bernardo Larre Borges (el mismo que lo había citado cuando lo vio en Mercedes) fue nominado como conductor de la Selección imponiendo la política de promover jóvenes.

En consecuencia, el entrenador armó una selección joven para que los jugadores hicieran experiencia en el Sudamericano en Mendoza. En las primeras convocatorias aparecieron Ricardo García, Víctor Hernández, Ricardo Moreira, Omar Arrestia y Daniel Borroni, entre otros.

En ese torneo, según reveló García, se generó un problema con un jugador y Bernardo lo perdonó. Sin embargo, al regreso, los dirigentes de la Federación le dijeron que había estado mal y fue destituido. En su lugar fue designado Raúl Ballefín.

Ballefín cambió el proyecto de Larre Borges. Volvió a convocar a todos los jugadores de experiencia dejando de lado a los jóvenes.

Pese a todo, Ricardo fue al Preolímpico de Monterrey. Allí sufrió en carne propia el escándalo del partido entre España y Polonia, que «acordaron» el resultado, para dejar afuera a Uruguay.

Al regreso a Uruguay, García seguía inhabilitado para defender a Sporting. En ese ínterin, Damiani tiene diferencias con algunos dirigentes del club. El Contador se inclinaba por la profesionalización del básquetbol mientras que sus compañeros de directiva entendían que debía primar el espíritu amateur. Todo terminó con el alejamiento de Damiani.

A esa altura, entrenando y sin poder jugar, lo único que aspiraba García era a conseguir trabajo. Nacional lo sedujo con la posibilidad de emplearlo en el Banco República. Luego apareció Trouville con una propuesta para trabajar en la fábrica de neumáticos Ghiringhelli. Fue contratado. Duró 15 días. La distancia de su casa al lugar de trabajo hacía que tuviera que tomar dos ómnibus. Como perdía horas de estudio, abandonó.

Cuando todas las puertas parecían cerradas apareció Atenas. Le ofrecieron trabajar en Boulevard Autos. Y fue así como la Gata se convirtió en vendedor de vehículos. «El dueño era Laffite, el mismo de la famosa joyería, que era hincha de Atenas», recordó. El problema era que Ricardo lo único que sabía de autos «era que tenían cuatro ruedas». Por lo que, al poco tiempo, terminó como empleado de la Intendencia Municipal de Montevideo.

EL TUPAMARO

Lentamente, la Gata encaminó su vida. Alternaba la actividad laboral con los estudios. El Uruguay de aquellos años estaba politizado. La pensión, donde vivía con varios muchachos que habían venido a estudiar desde su Mercedes natal, no escapaba al momento. Ricardo tampoco, por lo que se sumó a la militancia estudiantil en el Movimiento de Liberación Nacional-Tupamaros.

En determinado momento, el grupo visualizó que el lugar podía entrar en funciones como local de la organización. Para evitar problemas, le sugirieron a la dueña de la casa que se fuera a Mercedes quedando uno de sus hijos a cargo de la vivienda.

Pasado el tiempo, todos abandonaron la casa y quedó Ricardo junto con quien fue su primera esposa.

Una noche, en procura de desbaratar al movimiento guerrillero, la policía allanó un local en la calle Propios. En la requisa se encontraron determinados datos de un dirigente tupamaro. Se trataba del hijo de la dueña de la casa donde estaba la Gata.

Se inició la investigación. La policía llegó a Mercedes para preguntarle a la dueña de la vivienda donde vivía su hijo. «Vive ahí, en la calle Guaná», respondió inocentemente la mujer sin saber que el único que permanecía allí era Ricardo García con su señora.

DE LA GLORIA A LA CÁRCEL

La Gata estaba con su señora, embarazada de su primera hija, Valeria, cuando la policía apareció en la casa de la calle Guaná.

Preguntaron por el hijo de la dueña de la vivienda. Al no encontrar la respuesta esperada, entraron y revisaron toda la casa.

«Y ahí, atracado en un cajón, había un papelito con una lista de nombres. Un papel de esos amarillos, de deberes de niño, de garbanzo. Escrito con sylvapen verde. No me olvido más. Y nos empezaron a interrogar: “¿estos que figuran acá quiénes son?”. Yo dije que no sabía. Aparte no era nada importante, era una cosa rara, ni yo ni mi mujer sabíamos, pero ella parece que dijo algo que a los milicos les dio la pista de que sabía algo. Entendieron que aquella era una lista relacionada con algo y ahí mismo, sin ninguna prueba concreta, nos procesaron a los dos. A mí me mandaron a Punta Carretas y a ella a la Escuela Nacional de Enfermería Carlos Nery», expresó García.

El abogado de Ricardo comenzó a exigir la libertad argumentando que la policía no tenía pruebas para retenerlo en el penal. La mujer del jugador estaba por tener familia. Sufrió mucho durante la noche y tuvo a su hija sentada en una silla. Debido a que el lugar donde la tenían detenida no estaba preparado para tener presas políticas con niños, la liberaron.

Mientras tanto, en Atenas, los dirigentes miraban el reloj. La Gata no aparecía. Preguntaban a cada uno que llegaba a la cancha si tenía idea dónde andaba, si lo habían visto. El hecho llamaba la atención porque la Gata jamás faltaba.

Molestos, dos dirigentes lo fueron a buscar. Al llegar, tocaron a la puerta de la casa de la calle Guaná. Cuando les abrieron se llevaron una sorpresa. «Dos tipos los agarraron, los empujaron para adentro, y les dieron palo. Claro, la policía había dejado una ratonera y creían que estos eran tupamaros. Se armó un lío bárbaro porque les pegaron y se los llevaron presos», reveló García.

¿LIBERTAD?

Tres meses después de estar en el penal de Punta Carretas fue liberado. Ricardo no lo podía creer. Traspasó el portón del hoy Shopping de Punta Carretas. Miró al cielo. Respiró profundo. Y se encaminó a la calle. Libre.

Pero no llegó. En plena vereda, a escasos metros de la cárcel, aparecieron dos tipos que se le tiraron arriba, lo encapucharon, lo metieron en una camioneta combi, y se lo llevaron a un cuartel.

Aquellos fueron días de incertidumbre. No lo dejaban en un lugar fijo, sino que lo trasladaban de cuartel en cuartel por el interior del país. Hasta que lo dejaron dos meses en el Fusna (Fusileros Navales).

Ahí adentro, en la soledad de un frontón, al rayo del sol, vio por primera vez a su hija.

Era pleno verano. Un calor infernal. A García le avisaron que tenía visitas. Lo llevaron al frontón donde había una silla. El sol rajaba la cancha. Luego de una larga espera apareció un militar con una niña en brazos. «A pleno sol me la dieron a Valeria. No abrió los ojos. Y se movía nerviosa porque los oficiales estaban practicando tiro y retumbaban los disparos en el frontón», recordó García sobre aquel momento.

A los pocos minutos otro militar apareció para decirle que terminaba la visita. La Gata hizo un único pedido: «¿me dejás llevarla para que la conozcan mis compañeros?». El militar aceptó. García, entre nervioso y apurado, fue con su niña en brazos. Y allí, bajo techo, Valeria abrió los ojos. «Unos ojos celestes preciosos», acotó.

La Gata estima que debe haber estado tres meses preso en el Fusna. Asume que, por su condición de basquetbolista y el hecho de haber ganado el Federal del año anterior con Atenas, recibió trato preferencial. «No te quepa ninguna duda. Me salvé de muchas palizas y torturas porque era jugador».

VOLVER DE LA MUERTE

Ricardo se entusiasma con la narración. Mate de por medio, trae un enorme álbum plagado de fotos y recortes de los diarios. Me dice que su madre le guardó cuidadosamente todos esos recuerdos. Los conserva como un tesoro.

Y me sigue contando su peculiar historia. Me dice que, en una época, cuando vino la Cruz Roja por las quejas sobre maltrato en las cárceles, les permitieron jugar al básquetbol en el penal. Se organizaron campeonatos. Cada piso del penal contaba con un equipo. «Y los milicos apostaban», dice la Gata antes de acotar que «Carlos Haller [hermano de Germán, famoso jugador, y padre de Federico] me ganó un campeonato porque me operaron...».

La Gata me pasa el mate e imprevistamente se levanta la remera. «¿Ves estas marcas que tengo?», me dice y le veo dos enormes cortes que le atraviesan el estómago. «Estoy de casualidad acá porque esto no fue solo una operación de la vesícula, sino que después me agarró Marabotto [Nelson, médico que colaboraba con la dictadura] en el Hospital Militar...». Hace una pausa: «Pará, pará, vamos a seguir con el básquetbol porque nos fuimos del tema», me dice en la parte más interesante de su historia.

Le digo que siga con el relato. Que esa historia formaba parte de su vida y en definitiva estaba vinculada con su carrera basquetbolística que se truncó a partir del momento en que lo llevaron detenido.

«Bueno, te cuento... Me operan. Estaba en la cama en el posoperatorio en el Militar y justo cambia la guardia. El médico que me operó, Sarroca, terminaba el último día del mes y se iba a Paysandú. Y entró Marabotto. Yo estaba recién operado. Marabotto dio una orden y me arrancaron todos los caños que te dejaban al otro día de la operación. Eso me produjo una peritonitis».

Ricardo García afirmó, para describir aquella situación que, si en ese entonces pesaba 90 kilos, en cuestión de horas bajó a 70. Quiso el destino que el médico que lo operó, antes de viajar a Paysandú, pasara por el hospital a ver a sus pacientes. Cuando vio a García se alarmó. «No era para menos, yo me estaba muriendo».

El doctor empezó a gritar, pretendió llevarlo al quirófano, pero los guardias encargados de la seguridad, porque la Gata estaba en una camilla de seguridad y enrejado, según contó, no lo dejaron.

Los presos que fueron testigos de aquella situación, le contaron a Ricardo que en ese momento llegó Marabotto y se produjo una discusión hasta que el médico logra su cometido de trasladarlo nuevamente a la sala de operaciones. Lo volvieron a abrir. Por eso los dos tajos. Le salvaron la vida de milagro.

Al regreso se encontró con una cárcel que denominó «light». Es que la Cruz Roja presionaba para ver en qué condiciones vivían los presos y qué sucedía en las cárceles.

Ricardo retomó el cuento de los campeonatos deportivos dentro del penal. «Yo estaba en el piso de los pesados», rememoró.

Carlos Haller corroboró en charla para esta obra que: «El personal de las Fuerzas Armadas aprovechaba los campeonatos para timbear y también influía porque a los mandos intermedios les interesaba que ganara determinado cuadro. El partido más importante fue entre el primer piso, donde estaba yo, y el segundo donde estaban los considerados “pesados”. Entonces, claro, a las autoridades del penal no les servía que saliera campeón el cuadro del segundo piso donde jugaba la Gata García. El día del partido, tempranito, lo fueron a buscar y se lo llevaron al Hospital Militar. No lo dejaron jugar. Entonces salimos campeones nosotros y yo fui el goleador del campeonato».

TIEMPOS DUROS

Pero los tiempos de bonanza terminaron pronto en la cárcel. García recordó que entre 1974 y 1976 fue la peor época. «Cuando mataron al coronel Trabal en Francia se vivieron momentos duros porque dijeron que habían sido los tupamaros».

La Gata reveló que los primeros años en el penal estuvieron a cargo de la Marina y la política era un poco más liberal. «Pensaron, estos tipos van a estar toda la vida acá adentro, y dijeron, si quieren leer que lean». La postura permitió el ingreso de todo tipo de libros, de los más diversos. «Tuvimos hasta una biblioteca», expresó García.

Pero a medida que el Ejército fue tomando poder se hizo notar el cambio. «Empezaron a sacarnos todo, a quemar los libros. Nosotros escribíamos y escondíamos las cosas para poder sobrevivir. Y pasaban cosas estúpidas como prohibir imágenes. Un corazón no se podía dibujar. Dos manos tampoco porque significaban unidad. Nos decían que no se podía hablar del amor. Se llegó a esos niveles», comentó en la charla para este libro.

La Gata reveló haber sido sometido a torturas. «Sí, sí, nos pegaron. Había de todo. No solo lo planificado, con un objetivo concreto de torturarte, de masacrarte mentalmente, sino que aparte había rienda suelta. Venía cualquier milico, y porque se le ocurría, te cagaba a palos».

Ricardo dice que ahí supo lo que es pasar hambre de verdad.

Recuerda que contradecir una orden era motivo de ser trasladado a un calabozo donde no había cama. Ahí era común que a los presos no se les diera de comer.

«Pasé muchos días sin comer. Hambre feo. Tengo una anécdota. Cierta vez, luego de no ver un plato de comida desde hacía varios días, nos llevan a seis o siete a una pieza y nos trajeron una especie de ensopado o algo por el estilo. Era la misma comida que le daban a los milicos, que era un desastre. Para que tengan idea de lo mala que era la comida, cuando nos vieron comer quedaron sorprendidos. Entonces nos preguntaron si queríamos más. Y lógico, con el hambre que teníamos dijimos que sí. Yo llegué a comer siete platos. Los milicos se miraban y no lo podían creer».

EL EXILIO

El tiempo pasó. García siguió preso. Y se avizoraban las elecciones. Las últimas antes de la dictadura. El país vivía un clima de mucha movilización política. Es entonces cuando los militares decidieron echar de Uruguay a García. Como era preso político debía viajar a un país que lo aceptara. Fue a parar a Chile, donde había sido electo como presidente Salvador Allende.

«Voy por contactos del básquetbol porque, aunque parezca mentira, yo seguía siendo campeón Federal», comentó Ricardo.

¿Cómo se dieron esos contactos a los que hizo referencia? Resulta que Atenas fue a jugar el Sudamericano y en determinado momento algunos jugadores comentaron la situación que vivía la Gata.

Fue entonces cuando se iniciaron las gestiones para su viaje.

En Chile le costó conseguir trabajo. Hasta que encontró la forma de ganarse unos pesos defendiendo al Club Bata que jugaba torneos en el norte del país.

Al terminar el campeonato regresó a Santiago. García se alojó unos días en la casa del reconocido periodista Humberto Ahumada, que terminó consiguiéndole una entrevista con el gerente deportivo del cuadro de la empresa del gas: Gasco. Le hicieron una propuesta de pagarle 100 escudos (moneda chilena de entonces) por partido ganado. La plata no le alcanzaba para mucho. Pero el dirigente que lo fue a ver consiguió un acuerdo con algunos jugadores del plantel. Aquellos que no necesitaban tanto del dinero aportarían otros 100 escudos para García. Entonces pasó a cobrar 500 por cada victoria. Los triunfos se sucedieron Y la Gata llegó a acumular el equivalente a tres salarios de un obrero.

A LA GUERRILLA CUBANA

Durante aquellos años de exilio, García mantuvo siempre latente la idea de volver a Uruguay para reunir a su familia. Pero la situación política que se vivía en Uruguay le impedía ingresar al país.

Estando en Chile, cierto día se encontró con unos cubanos que le hicieron ver que la única forma de entrar ilegalmente a Uruguay era a través de Cuba. Por lo que, con la excusa de hacer unos cursos, lo invitaron a la isla con el pretexto de hacer cursos. «Aquella era la única vía... Tenía que estar un tiempo en Cuba y luego volver de forma clandestina», reveló la Gata.

¿Qué tipo de cursos fueron los que realizó García en Cuba? Cursos para combate en tierra, manejo de armas, y hasta buceo.

«La intención era prepararte para la guerrilla, que el entrenamiento te sirviera para cuando volvieras a Uruguay donde las cosas estaban duras. Nos alojaron en unas casas enormes que, antes de la Revolución, pertenecían a personas adineradas. Eran casas colectivas y vivíamos 10 o 12 personas. Cuchetas y mosquiteros, porque te mataban los mosquitos», comentó.

La Gata jamás pudo olvidar aquellas imágenes entrenando en las profundidades del mar Caribe.

Fueron cerca de siete meses de preparación. Pero con una particularidad. La mayor parte la realizaron en las montañas, en la selva. «Y en Uruguay no hay selva, entonces trataron de adaptar terrenos planos, llanos, para que nos sirviera a nosotros por si en algún momento teníamos que entrar en acción», contó García. Y acotó: «Por eso en la historia de nuestro proceso, la única forma de tener una reculadera era hacer pozo en la tierra. Lo que se llamó tatucera. Esa fue la idea, como no tenemos monte vamos a meternos para abajo. Pero después fue mal hecho y pasó lo que pasó».

A PRAGA Y CON BIGOTE FALSO

Volver se había vuelto un problema sin solución. Cuba no tenía relaciones con los países de América salvo con Chile, donde ya había estado Ricardo y no quería volver. Las posibilidades de regresar a Uruguay eran nulas hasta que acordaron sacarlos vía Europa.

La Gata, junto a otro compañero, se embarcó un día en Cubana de Aviación con un destino inédito. El contacto estaba en Praga. La capital de República Checa.

García entró camuflado. Pelo teñido de negro y bigotes falsos. La foto para el pasaporte «uruguayo» se la habían mandado desde Uruguay.

Pero, por motivos que desconocía, la Gata y su compañero debieron permanecer tres días en Praga. Y surgió un inconveniente inesperado. Le empezó a crecer el bigote. Por lo que le dijo a su compañero: «Vamos a tener que conseguir algo para teñirnos».

Fue así que salieron a la calle en procura de una farmacia. Preguntaron, hablando en inglés, pero no había forma de hacerse entender. Para colmo de males, era fin de semana y andaba poca gente por las calles de Praga. «La cuestión es que luego de tanto buscar dimos con una farmacia donde nos compramos un lápiz, de esos negros que usan las mujeres para las cejas, y ahí me pinté un poco los bigotes. Al otro día arrancamos para Uruguay», rememoró.

Pero la vida de García no tenía un minuto de pausa. Aunque parezca mentira, las dificultades aparecían a cada paso. Antes de tomar el vuelo le advirtieron que, para evitar problemas, lo mejor era entrar al país vía Buenos Aires. Y hacía allá fue Ricardo que dijo haber sido recibido por un grupo de personas pertenecientes al movimiento de los montoneros.

Increíblemente, luego de un prolongado tiempo, de vivir en Chile, viajar a República Checa con bigote postizo y pasaporte falso, entró caminando a Uruguay. Por el puerto. Como uno más.

«De pelo y bigote negro», acotó la Gata para hacer más increíble la historia porque se trata de un hombre alto, pelo rubio y enrulado, y ojos claros.

«Claro, a mí no me esperaba nadie acá. Yo no era perseguido. Sencillamente no estaba. Daban por hecho que estaba en Chile. Mi documento tenía otro nombre, falso. Aparte, el día que volvimos coincidió con la Semana de Turismo, por lo que no te revisaban mucho en el puerto y entré caminando tranquilo, como si nada».

SUFRIMIENTOS DE FAMILIA

Ricardo García pasó 13 años de su vida preso. Admitió que en determinado momento pensó en escapar de la cárcel. Pero sus planes nunca cristalizaron.

El único contacto que tuvo con el básquetbol, durante el tiempo que vivió preso, fue a través de gente que le mandaba camisetas. Admitió que la cárcel no fue siempre la misma.

Su señora de entonces también las pasó. Ocho años presa. La mayor parte de ellos los cumplió en una cárcel en Tacuarembó.

Los padres de Ricardo se quedaron con su hija, Valeria, en Mercedes. Cada tanto lo iban a visitar. «No podían ir todas las semanas porque estaban jodidos desde el punto de vista económico», admitió.

Por si fuera poco, la persecución policial a la que fueron sometidos los padres de Ricardo los obligó a abandonar su ciudad. A su padre lo echaron del trabajo y su madre estaba jubilaba. La plata no alcanzaba. Tuvieron que vender la casa que habían construido con mucho sacrificio. Se vinieron a la capital.

Finalmente, en 1985, Ricardo García fue liberado. Ni se le pasó por la cabeza retomar la actividad del básquetbol. Salió decido a militar, según afirmó, «porque quería reconstruir aquel fracaso».

Conoció a otra mujer que era dirigente gremial, se terminó casando y producto de la relación nació Aline García. Paradoja del destino: se convirtió en jueza de básquetbol.

El hecho es que la señora de Ricardo enfermó de cáncer. Fue un año y medio de duro tratamiento. Falleció. Ricardo quedó a cargo de Valeria –a la que le pidió que se fuera a vivir con él–, de Aline, y otra niña del matrimonio anterior de su señora. Fue cuando decidió salir a trabajar y abandonar la militancia en el movimiento tupamaro.

Como la casa donde vivía con sus hijas era chica se mudó a una más grande en la calle Miguelete.

EL LLAMADO DE ATENAS

Los años posteriores a su liberación no fueron sencillos. Lentamente, Ricardo tuvo que empezar a habituarse al nuevo ritmo de vida. Y tuvo que tomar decisiones.

Y pese a que tenía que salir a trabajar, el corazón pudo más. No resistió la tentación de darse una vuelta por la cancha de Atenas a saludar a sus amigos. En su retina aún vivían las escenas del Federal ganado con las Alas Negras. Y lo invitaron a entrenar.

«Atenas me recibió muy bien y estuve practicando en el primero. Gabriel Layerla era el técnico. Un día estaba entrenando y viene Layerla y me dice: “Vamos a pelear el descenso”. Y me pegó mal. No me gustó. Una pavada, pero era Atenas», me contó la Gata en el living de su casa de la Unión.

A los pocos días apareció Buby Casada, presidente de Miramar, para ofrecerle jugar el Federal de Tercera a cambio de 10.000 pesos por mes y un contrato con Braglia para vivir en un apartamento a tres cuadras de la casa de su padre.

«Me dieron seis cheques diferidos por 10.000 pesos. Creo que al cuarto cheque no había más fondos. Terminé de jugar y abandoné el básquetbol. Para colmo, se practicaba en cancha abierta y estirando con el Caballo Modernell me desgarré», recordó.

TODO POR LOS NIÑOS

Con el paso de los años Ricardo se reencontró con su hermana que vivía en Suecia y volvió al país para recibirse de doctora con 42 años. Su hermana compró una casa por la zona de la Unión. Pero debido a que le robaron dos veces, se asustó y le pidió a la Gata que se fuera a vivir a la referida vivienda.

A la vuelta de su casa había una escuela pública donde Ricardo anotó a su hija Aline, huérfana de su mamá, que por entonces tenía cinco años. García, cumpliendo con las obligaciones de padre, comenzó a trabajar en la comisión de padres de la escuelita.

Primero se revolvió dando una mano para cambiar las lamparitas, arreglar los estantes de los escritorios de las maestras, pintar. Ayudaba en todo lo que fuera necesario.

Pero un día se puso a pensar y llegó a la conclusión de que tenía que hacer algo más productivo por la escuela del barrio.

Ricardo no era entrenador, pero en Chile había ejercido la docencia enseñado básquetbol. Además de jugar en Gasco (el club de la compañía del gas) se encargaba de las formativas del equipo. La fábrica estaba en un barrio obrero donde la empresa había construido viviendas. En ellas vivían los obreros que, cuando iban a trabajar, llevaban a los sus hijos a jugar en las formativas del equipo donde dirigía Ricardo. «Eran todos unos indiecitos mapuches divinos», recordó con singular afecto.

Y acotó que: «Pusimos a competir a los gurises y jugábamos con Universidad Católica de Chile, que eran unos rubios con unos físicos bárbaros, y nos pasaban por arriba. Claro, los nuestros eran chiquititos. Pero fue una aventura maravillosa», reveló.

Apoyado en aquella experiencia, la Gata propuso a la dirección de la escuela de su barrio enseñar a jugar básquetbol. La idea no se limitaba solo al básquetbol masculino, sino que se embarcó también en la tarea de armar un equipo femenino.

Ricardo fue a una juguetería y compró dos tableros. Los colocó en el patio de la escuela donde comenzó a enseñar a jugar al básquetbol. Su obra apuntaba a sacar a los botijas de los vicios de la calle en un barrio rodeado por hogares carenciados.

El inicio fue duro. La Gata recordó que los propios chiquilines le hicieron la guerra. Lo insultaban, le tiraban piedras, le robaban las pelotas. «Pero fue un proceso que para mí fue lo más lindo que hice en el básquetbol porque de a poco los fui conquistando. La escuela se transformó. Los gurises, en lugar de salir al recreo a pelearse, salían pensando en jugar al básquetbol».

Ricardo se dio cuenta de que para seguir ejerciendo la docencia necesitaba el título de entrenador. Con enorme esfuerzo concurrió el Instituto Superior de Educación Física. Mientras asistía a clases, en horario nocturno, los padres de la escuela cuidaban a sus hijas.

CON LOS NIÑOS A NACIONAL

Por aquello años, la Gata vivió embarcado en su nuevo sueño. Andaba con los niños de la escuela para todos lados. Los llevaba a jugar por distintos clubes todos los fines de semana.

Un día apareció por la escuela una profesora de la Asociación Cristiana de Jóvenes, que jugaba al básquetbol en Nacional, con el dato de que los tricolores tenían la obligación de presentar un equipo de Minis para seguir compitiendo en la Federación. Y le planteó a Ricardo llevar a sus niños y niñas a los tricolores.

La Gata pidió tiempo para plantear el tema a los padres de los chicos. Y chocó con una realidad inesperada. «Era la época del Quinquenio de Peñarol y la mayoría de las niñas eran de Peñarol, entonces a algunas me costó un disparate convencerlas de ir a jugar por Nacional», reveló entre risas recordando aquel momento.

El hombre armó el cuadro y se focalizó en el básquetbol femenino con la ayuda del contador Velazco. Sin embargo, de la noche a la mañana, todo se vino abajo. ¿Qué pasó? «La barrabrava de Nacional llevaba las banderas a la cancha de básquetbol, las desplegaban y las tiraba ahí. Con los del ciclismo pasaba lo mismo, dejaban todo en la cancha. Entonces nos fuimos quedando sin espacio». A todo esto, el contador Velazco se enfermó y falleció. Y Ricardo quedó desamparado con un montón de niñas que esperaban el fin de semana para ir a jugar. El hombre había asumido tal compromiso que llegó a rechazar ofertas para dirigir por no abandonar a las chiquilinas con las que venía entrenando desde la escuela pública.

DE VILLA DOLORES A MAROÑAS

A la deriva. Preocupado por la cantidad de niñas que esperaban una solución para poder jugar, Ricardo se rompió la cabeza buscando una solución. Y se acordó de un compañero de Miramar que le podía dar una mano. No lo dudó. Agarró su viejo Fiat Uno y se fue a Villa Dolores.

Llegó y le sorprendió que la cancha del equipo de Villa Dolores fuera un desierto. «Y allá, solo, en medio de la inmensidad de la cancha estaba el Gordo Andrés [Arruda]». La Gata le dijo que tenía una cantidad de niñas que querían jugar al básquetbol y no tenían club.

«Mirá, Andrés, lo que yo te ofrezco es encargarme de las formativas. Gratis. La única condición es que me des un lugar para los niños», fue la propuesta de Ricardo. Su grado de compromiso con los chiquilines lo llevaba a proponer trabajar sin cobrar. No quería dejar a los niños sin jugar.

«Hacé lo que quieras», le respondieron. Pero, por las dudas, Andrés le aclaró: «Nosotros no tenemos un peso». Se quedó 10 años.

La vinculación se rompió cierta vez que Miramar se quedó sin entrenador para el primer equipo, su nombre se puso en consideración, pero terminaron contratando a otro técnico. No lo aceptó y se fue.

Su regreso a la actividad fue para defender a Defensores de Maroñas que competía en la Unión de Veteranos. Una liga senior que logra reunir a varios exjugadores donde se compite en diferentes franjas de edades.

Una noche, Ricardo llegó temprano a la cancha de Defensores y se puso a hablar con su entrenador, Carlos Arruti, un hombre de largo recorrido y la Gata conocía de su pasaje por Sporting.

«Arruti, sabe que llevo 10 años en formativas y nunca jugué contra Defensores», le dijo la Gata.

Don Carlos lo miró en medio de aquella fría cancha de bitumen y respondió: «Ricardo, acá no hay nada. No hay formativas, no se compite».

«¡Voy a trabajar acá!», le dijo la Gata con un convencimiento increíble pese a saber que tenía que iniciar su obra desde la nada.

Ricardo fue a hablar con el presidente de entonces, Leonel Dalmedo, al que le manifestó su deseo de trabajar en el club.

«Acá no hay plata», le dijo el presidente. «No importa», respondió la Gata.

«En el intercambio yo le dije a Dalmedo de reunir a los padres y él me propuso “les cobramos 200 pesos de cuota social a los niños y 50 pesos son para vos”».

La idea se puso en marcha. Al inicio con poco más de una docena de chiquilines. Pero el problema no era ese, el problema radicaba en que de los 12 o 15 que concurrían, uno tenía 17 años y el otro 6, entonces era imposible armar siquiera una categoría.

La tarea fue titánica. Ricardo estuvo cinco años. El club de Maroñas volvió a competir. «Con el paso del tiempo armamos una Sub-15 con la que yo veía que podíamos pelear el campeonato. Un día me llaman a la directiva y me dicen “le vamos a dar el pase a fulano, zutano y mengano”, sin consultarme nada. Me fui».

Su espíritu indomable le impidió estar inactivo. Regresó a su viejo club: Atenas. Volvió a armar una escuelita hasta que le dijeron que se encargara del básquetbol femenino.

Cierta vez, el destino lo puso frente a Defensores de Maroñas. Por su cuerpo sintió la extraña sensación de jugar contra muchos de aquellos niños a los que había formado. La directiva lo llamó para hacerle un reconocimiento por su obra. No aceptó. Para él no hay mejor homenaje que ver a los niños jugando.

Tal vez nunca se enteró. Pero después de tanto sufrimiento, de pasar 13 años preso, donde hubo días de tortura y noches de acostarse sin comer. Luego de ser expulsado del país, de aprender técnicas de guerra en el mar Caribe y volver a Uruguay con pasaporte falso y camuflado con bigote y pelo negro, Ricardo recibió un anónimo homenaje.

Los botijas que formó, aquellos con los que despidió cada año con un simple pedazo de pizza casera, o las empanadas que hacía Miguel en la cantina, le hicieron una caricia al alma. El último campeonato que jugaron en el club lo hicieron con un short donde estamparon la cara de Ricardo García con una simple leyenda: La Gata.

LAS LOCURAS DE
CACHO PERRETA

En tiempos de fair play sería impensado. Pero en aquella década de los 80, de canchas abiertas y rivalidades barriales, los juveniles de Bohemios fueron protagonistas de un hecho insólito. En un cruce de semifinales deb ...