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PEQUEñAS GRANDES HISTORIAS DEL BASQUETBOL URUGUAYO

Jorge Señorans  

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Fragmento

LA GATA RICARDO GARCÍA

El campeón de las innumerables vidas

La increíble historia de un hombre que fue Campeón Federal con Atenas en 1969 y jamás llegó al partido debut del año siguiente. Fue detenido por su militancia en el Movimiento de Liberación Nacional-Tupamaros. Estuvo preso, sufrió torturas, pasó días sin comer, y no vio nacer a su hija. El doctor Marabotto estuvo a punto de matarlo. Se fue exiliado. Vivió en Chile, fue adiestrado para la guerrilla en Cuba y entró a República Checa camuflado con bigote y pelo teñido. A su regreso, dedicó su vida a la docencia enseñando básquetbol en una escuela pública.

La Gata armaba el bolso. No era un día más. Por las calles del barrio había una efervescencia especial. Volvía Atenas. El campeón Federal de 1969.

El calendario marcaba debutar con un duro rival de aquellos tiempos como Olimpia. De pronto tocan a la puerta en la casa de la calle Guaná. Sorpresa e incredulidad al abrir. La policía. Los nervios a flor de piel. Se vivía una etapa de represión política y social que derivó en el golpe de Estado. Preguntan por una persona. Ricardo y su señora, embarazada de su hija mayor, dicen no tener conocimiento. Los oficiales entran a la casa y se procede al allanamiento. Revisan todo. No encuentran nada. Hasta que allá, atascado en un cajón, aparece un papel de garbanzo escrito con sylvapen verde. «No lo olvido más», apunta el protagonista de la historia. Tenía una lista de nombres. Ricardo la Gata García jamás llegó al partido. Se lo llevaron. Quedó detenido.

Fue el inicio de una historia increíble de un basquetbolista que había conquistado el torneo federal con Atenas y pasó muchos años en la cárcel padeciendo hambre y torturas, fue exiliado, vivió en Chile, fue entrenado para la guerrilla en Cuba y volvió al país procedente de República Checa con pasaporte falso y bigote negro pintado con delineador.

EL SUEÑO DE SPORTING

Proveniente de Mercedes, Ricardo llegó a la capital de la mano del Contador José Pedro Damiani. La Gata había deslumbrado defendiendo a la selección de su ciudad en un campeonato nacional.

En aquel torneo aplastaron a Montevideo que, por entonces, era considerada la Selección uruguaya. Posteriormente, se jugó el Campeonato Nacional de Mayores en Paysandú. En el partido contra los montevideanos, que fue el penúltimo, la Gata jugó como nunca. Ganó Montevideo por un doble, pero Ricardo anotó cerca de 30 puntos. Fue entonces cuando el entrenador del equipo capitalino, Bernardo Larre Borges, lo citó para la selección del año entrante aprovechando que García venía a estudiar a la capital.

Pero claro, no era sencillo bajar a Montevideo. Sus padres no tenían dinero para mandarlo a estudiar. Cuando la incertidumbre sobre su futuro gobernaba la escena aparecieron dos dirigentes de Sporting en su casa.

Eran tiempos de amateurismo. Cobrar era poco menos que una traición al espíritu que reinaba. Lo único que se animó a pedir García fue la plata para el boleto y que le consiguieran un trabajo.

Como su madre lo había mandado a estudiar inglés desde los 6 años, su primer trabajo fue enseñarle el idioma al propio presidente de Sporting, José Pedro Damiani, a cambio de unos pesos. «Después, el Contador me puso a traducir sus cartas. Me tocó recibir cartas de todo el mundo. No tenía ni idea de quiénes las mandaban porque yo era un canario de afuera de 18 años», recordó la Gata.

En Montevideo, García se alojó en un apartamento junto a varios de sus compañeros que habían venido de Mercedes. El país vivía un momento especial. La situación política era compleja. «Y en el apartamento me empezaron a dar manija con la política, eran todos medio subversivos», rememoró el exjugador.

El hecho es que, para defender a Sporting, la Gata tuvo que respetar la reglamentación vigente que decía que, todo jugador que pedía pase, debía esperar dos años para jugar en su nuevo equipo.

Y mientras entrenaba sin jugar, allá por 1966, el técnico Bernardo Larre Borges (el mismo que lo había citado cuando lo vio en Mercedes) fue nominado como conductor de la Selección imponiendo la política de promover jóvenes.

En consecuencia, el entrenador armó una selección joven para que los jugadores hicieran experiencia en el Sudamericano en Mendoza. En las primeras convocatorias aparecieron Ricardo García, Víctor Hernández, Ricardo Moreira, Omar Arrestia y Daniel Borroni, entre otros.

En ese torneo, según reveló García, se generó un problema con un jugador y Bernardo lo perdonó. Sin embargo, al regreso, los dirigentes de la Federación le dijeron que había estado mal y fue destituido. En su lugar fue designado Raúl Ballefín.

Ballefín cambió el proyecto de Larre Borges. Volvió a convocar a todos los jugadores de experiencia dejando de lado a los jóvenes.

Pese a todo, Ricardo fue al Preolímpico de Monterrey. Allí sufrió en carne propia el escándalo del partido entre España y Polonia, que «acordaron» el resultado, para dejar afuera a Uruguay.

Al regreso a Uruguay, García seguía inhabilitado para defender a Sporting. En ese ínterin, Damiani tiene diferencias con algunos dirigentes del club. El Contador se inclinaba por la profesionalización del básquetbol mientras que sus compañeros de directiva entendían que debía primar el espíritu amateur. Todo terminó con el alejamiento de Damiani.

A esa altura, entrenando y sin poder jugar, lo único que aspiraba García era a conseguir trabajo. Nacional lo sedujo con la posibilidad de emplearlo en el Banco República. Luego apareció Trouville con una propuesta para trabajar en la fábrica de neumáticos Ghiringhelli. Fue contratado. Duró 15 días. La distancia de su casa al lugar de trabajo hacía que tuviera que tomar dos ómnibus. Como perdía horas de estudio, abandonó.

Cuando todas las puertas parecían cerradas apareció Atenas. Le ofrecieron trabajar en Boulevard Autos. Y fue así como la Gata se convirtió en vendedor de vehículos. «El dueño era Laffite, el mismo de la famosa joyería, que era hincha de Atenas», recordó. El problema era que Ricardo lo único que sabía de autos «era que tenían cuatro ruedas». Por lo que, al poco tiempo, terminó como empleado de la Intendencia Municipal de Montevideo.

EL TUPAMARO

Lentamente, la Gata encaminó su vida. Alternaba la actividad laboral con los estudios. El Uruguay de aquellos años estaba politizado. La pensión, donde vivía con varios muchachos que habían venido a estudiar desde su Mercedes natal, no escapaba al momento. Ricardo tampoco, por lo que se sumó a la militancia estudiantil en el Movimiento de Liberación Nacional-Tupamaros.

En determinado momento, el grupo visualizó que el lugar podía entrar en funciones como local de la organización. Para evitar problemas, le sugirieron a la dueña de la casa que se fuera a Mercedes quedando uno de sus hijos a cargo de la vivienda.

Pasado el tiempo, todos abandonaron la casa y quedó Ricardo junto con quien fue su primera esposa.

Una noche, en procura de desbaratar al movimiento guerrillero, la policía allanó un local en la calle Propios. En la requisa se encontraron determinados datos de un dirigente tupamaro. Se trataba del hijo de la dueña de la casa donde estaba la Gata.

Se inició la investigación. La policía llegó a Mercedes para preguntarle a la dueña de la vivienda donde vivía su hijo. «Vive ahí, en la calle Guaná», respondió inocentemente la mujer sin saber que el único que permanecía allí era Ricardo García con su señora.

DE LA GLORIA A LA CÁRCEL

La Gata estaba con su señora, embarazada de su primera hija, Valeria, cuando la policía apareció en la casa de la calle Guaná.

Preguntaron por el hijo de la dueña de la vivienda. Al no encontrar la respuesta esperada, entraron y revisaron toda la casa.

«Y ahí, atracado en un cajón, había un papelito con una lista de nombres. Un papel de esos amarillos, de deberes de niño, de garbanzo. Escrito con sylvapen verde. No me olvido más. Y nos empezaron a interrogar: “¿estos que figuran acá quiénes son?”. Yo dije que no sabía. Aparte no era nada importante, era una cosa rara, ni yo ni mi mujer sabíamos, pero ella parece que dijo algo que a los milicos les dio la pista de que sabía algo. Entendieron que aquella era una lista relacionada con algo y ahí mismo, sin ninguna prueba concreta, nos procesaron a los dos. A mí me mandaron a Punta Carretas y a ella a la Escuela Nacional de Enfermería Carlos Nery», expresó García.

El abogado de Ricardo comenzó a exigir la libertad argumentando que la policía no tenía pruebas para retenerlo en el penal. La mujer del jugador estaba por tener familia. Su

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