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PASAN LA VIDA Y LOS AñOS

Andres Reyes  

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Fragmento

INTRODUCCIÓN

Ser hincha encierra un compromiso, y todo compromiso conlleva cierto grado de sacrificio. De otro modo, nos comprometeríamos mucho más de lo que nos comprometemos con causas que juzgamos nobles pero no lo suficiente como para abrazarlas con fidelidad y constancia, como el calentamiento global o la caza de ballenas.

Sin embargo, el hincha verdadero, el que en verdad disfruta o se amarga con la suerte de su equipo (no el «simpatizante»), sabe que el vínculo con los colores es eterno, a prueba de goleadas recibidas y directivas poco eficaces. Por eso, se entrega al sacrificio de seguir al equipo siempre que le sea posible, sin poner su sentimiento en cuestión. Nadie digno cambia de equipo porque al equipo le fue mal.

Es diferente al vínculo que nos une a otras entidades, como los partidos políticos o las empresas, y también difiere del relacionamiento que podemos establecer con amigos y hasta parejas. ¿Le perdonaríamos a un amigo que una y otra vez cometa el mismo error? Quizás no. Pero al equipo que amamos, sí. Nos podremos calentar, blasfemar, hasta jurar que jamás volveremos a la cancha, pero nadie nos creerá. Allí estaremos, porque si algo tiene la esperanza futbolera es que se renueva mucho más que las otras.

A veces, como cuando Nacional juega de local, el sacrificio del hincha se transmuta en el disfrute de un Estadio hermoso, cómodo, nuestro. Otras, cuando hay que pagar 600 pesos para estar parados sobre una tribuna infame que carece de los elementos de comodidad más básicos, acaso bajo lluvia, viento o hasta granizo, el sufrimiento se multiplica. Lo mismo sucede con los partidos: hay algunos que se disfrutan, otros que se padecen. Unos y otros dejan marcas indelebles en nuestra alma, sin las que nos sería imposible mirar hacia adelante. Pobres los hinchas que nunca vieron una vuelta olímpica, pero pobres también los que nunca se hayan tenido que comer una goleada sin decir ni pío, y se hayan tenido que volver a sus casas en silencio, masticando bronca, evitando la mirada de los hinchas rivales en el ómnibus o poniendo música en la radio del auto para evitar el relato del dolor.

Ser hincha de Nacional me preparó para la vida. Quizás los jóvenes de hoy la hayan tenido mucho más fácil, y hasta se hayan acostumbrado a ganar más de lo conveniente. Sepan, afortunados jovenzuelos, que quienes tenemos más de 40 la pasamos realmente mal cuando éramos chicos. Ganamos dos Libertadores y dos Intercontinentales, sí, pero pasamos cosas mucho peores que la peor de las experiencias de los últimos 15 años. Lo dicho: ser hincha de Nacional nos preparó para la vida. Una vida complicada, en la que conviene estar atento a las señales, a las posibilidades que quizás se presenten una sola vez y no vuelvan. Seguramente no sería la persona que soy de no haber depositado tanto sentimiento en aquel equipo de camiseta blanca con escudo azul y números rojos, que aprendí a querer casi que por una cuestión de piel. Y sé que mi historia es la de muchos hombres y mujeres que, cuando festejan, no olvidan que alguna vez penaron y cuando penan, saben que algún día volveremos a festejar. Y que la clave está en hacer todo lo posible por merecer que nos vaya bien.

Por eso, en homenaje a todos esos hinchas que aun en los peores momentos, en los partidos menos favorables o cuando ya no había chances matemáticas de consagrarse campeones siguieron, siguen y seguirán diciendo presente, este libro narra exclusivamente goles que viví desde la tribuna. Claro que a través de una pantalla o de una radio se puede vibrar, emocionar, calentar, putear, festejar, pero a la hora de seleccionar 120 de los goles que me ha tocado ver, me incliné por considerar aquellos que pude ver de cerca. Es lo menos que un hincha puede hacer: exponerse, todas las veces que le sea posible, a que su espíritu dependa, en tiempo real y sin intermediarios, de lo que sean capaces de hacer esos 11 hombres de blanco.

La invitación es simple: aprovechando los 120 años del Club Nacional de Football, los invito a rememorar 120 goles del último tercio de esa rica historia, el tercio que he tenido la suerte de seguir desde la tribuna. Hay goles que definieron campeonatos y goles que no sirvieron para nada. Goles inolvidables y goles que nadie recuerda. Golazos increíbles y también goles de esos que hacen doler los ojos.

¿Por qué están estos y no otros? No hay porqué. Si algo distingue al hincha es que deja de lado la razón a la hora de fundamentar sus decisiones. Partiendo de la primera de todas: somos de Nacional porque somos de Nacional, porque no podría ser de otra manera.

Lo que sí hay detrás de cada uno de estos goles que están, y de los que no están, es el sueño constante y recurrente de que algo realmente histórico puede llegar a pasar en cualquier momento. Un gol increíble, una goleada, una anécdota de esas que atraviesan generaciones. ¿Quién se querría perder algo así? Ir a un partido de fútbol es apostar a que ocurra algo espectacular y estar ahí para verlo. Como en casi todos los juegos de azar, lo habitual es perder. Pero de vez en cuando, ganás. Y cuando ganás, cobran sentido todas las veces que perdiste.

Si en la recorrida por estas páginas consigo que el lector o la lectora, al menos una vez, se traslade al sentimiento que le invadió con aquel gol del que casi se había olvidado, daré mi tarea por cumplida.

Capítulo 1
Primeras veces

Mis primeras experiencias vinculadas a Nacional involucraban a tres protagonistas recurrentes: el Estadio Centenario, mi padre y Peñarol. Soy uno más de esos individuos que explican un porcentaje importantísimo de su relación con su padre sobre la base de un deporte y —más que nada— de unos colores (que en nuestro caso, son tres). Nunca se me dio por preguntarle si él vive mi condición de hincha de Nacional como un logro personal o como un dato de la realidad. Supongo que su mérito es innegable pero, si me preguntan, diré que siempre fui hincha de Nacional.

Si hay algo que me hace entender que sigo siendo hincha «más allá de los años y los momentos vividos», es el impacto que la camiseta de Nacional aún me provoca. Al ver el escudo veo mi primera camiseta. Era «trucha», como casi todas las de mi

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