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NUESTRA GENERACIóN DORADA

Diego Muñoz

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Fragmento

Prólogo

Por Diego Lugano

La Selección nos cambió la vida a todos. Principalmente a los jugadores, pero creo que también a los hinchas. Recuerdo como si fuera hoy cada momento vivido en los ocho años en los que integré el proceso, y los diez en los que estuve en la Selección, porque siempre sentí y pregoné eso, disfrutar cada segundo con pasión e intensidad el sueño cumplido de ponerse la Celeste. Y recuerdo todos los momentos. Los buenos y los malos. Porque hubo momentos difíciles, claro. Pero de cada uno de ellos salimos fortalecidos. Y esa fue siempre nuestra principal virtud.

Cada uno de nosotros confía en el compañero, sabe que el que está al lado se entregará por completo, que se dejará todo, en todos los sentidos que un hombre primero y futbolista después podría entregar. Mirarnos y reconocernos, de eso se trata. Y puedo asegurar que nada es más reconfortante que sentir que podés confiar en la gente que te rodea.

Cuando volvimos de Lima en las Eliminatorias para el Mundial de Sudáfrica estábamos al borde de la eliminación, teníamos que ganar mínimo dos partidos de tres (entre ellos estaba Quito) más los partidos de repechaje. En la siguiente Eliminatoria, antes del partido en Venezuela, estábamos al borde de una eliminación trágica, teníamos que ganar cuatro de cinco más los partidos de repechaje. Pero ni siquiera ante el peor escenario estuvimos vencidos, ni dejamos de disfrutar, confiar, sentir que éramos privilegiados de vestir la Celeste. Tampoco de respetar la historia, al hincha y hasta al periodismo, pese a las críticas feroces de ambos. Nos empeñamos en salir adelante, nos comprometimos a dejar hasta lo último que teníamos como hombres, compañeros, futbolistas y uruguayos. Juntos. Siempre juntos.

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En Sudáfrica nos dimos cuenta de que podíamos, que no era una utopía. El penal del Loco, mi corrida en una pierna a abrazarme con todos, la llegada al hotel y la locura de la gente. Se me pone la piel de gallina al recodar aquel hotel, esos minutos con el corazón y el alma repleta de alegría y satisfacción. Eso, solo eso, vale una vida de esfuerzos. Holanda fue un puñal que acabó con un sueño, pero que no nos mató la ilusión.

Ningún integrante del plantel podrá olvidar por un instante lo que fue el recibimiento que nos dio nuestro pueblo. Creo que ese día fue cuando sellamos un vínculo inquebrantable. Ellos nos agradecían a nosotros, nosotros les agradecíamos a ellos.

Un año más tarde tuvimos revancha en la Copa América de Argentina. El aplauso del pueblo argentino al paso de la Selección por aeropuertos, hoteles, calles del país hermano después de haberlos eliminado en su propia copa me confirmó que estábamos consiguiendo nuestra máxima aspiración de hacer que la Celeste volviera a ser respetada y querida internacionalmente. Después vino la final en el Monumental. Nunca habíamos sido tan locales con la Celeste y será difícil volver a verlo como aquella tarde. Ni un solo compatriota que haya estado ese día en el Monumental me deja mentir. Desde la llegada hasta el himno. Fue impresionante. Mi primer cabezazo que sacan en la línea, cada jugada del insoportable de Luis (no recuerdo un partido mío y tal vez de la Selección en la historia con una actuación tan desequilibrante de un compañero, los enloqueció), cada trancazo del Cacha y el Ruso, la clase de Diego para mandarla a guardar, el estadio rugía. ¡Qué vamos a perder! La Copa en alto, los uruguayos en las tribunas, mis compañeros y yo exultantes.

En Brasil nos quedó la sensación agridulce de haber quedado afuera antes de tiempo. En ese Mundial viví el momento más duro de mi vida profesional. Era el Mundial en Brasil, con todo lo que significaba. Mi último mundial, capitán, con el recuerdo del Maracanazo, los héroes del 50, Obdulio y 20 millones de são-paulinos hinchando por Uruguay. Me pasé de rosca en la preparación. Estaba tan obsesionado que me pasé de rosca. Un error. Enorme. «Pero si siempre fui así», pensaba. «Sí, pero ahora con 33 y más nanas», me contestaba a mí mismo. Ese diálogo y ese reproche conmigo mismo lo voy a tener hasta el día que quede horizontal con las patas para delante. Recuerdo el abrazo con Walter cuando le dije que no podía más y llorar media hora seguida en la sanidad. Me tocó cumplir el rol más difícil, el de hacer lo que debía, como líder del grupo, lo que todos esperaban de mí. Compañeros, cuerpo técnico, país y hasta los rivales. Total, lo que uno siente por más doloroso que sea es de uno y se solucio ...