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NOCHES BLANCAS

John Green  

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Fragmento

1

Era Nochebuena.

Para ser más exactos, era la tarde previa a la Nochebuena. Pero, antes de ir al auténtico meollo de la cuestión, quiero aclarar algo. Sé por experiencia que, si aflora más adelante, ese algo os distraerá tanto que no podréis concentraros en nada de lo que os cuente.

Me llamo Jubilee Dougal. Tomaos un momento para asimilarlo.

Veréis, cuando lo digo desde el principio, no parece tan terrible. Ahora bien, imaginaos que estoy a mitad de una historia larga (como la que voy a contaros) y os suelto la bomba de cómo me llamo. «Por cierto, me llamo Jubilee.» No sabríais cómo reaccionar.

Soy consciente de que Jubilee es nombre de bailarina de striptease. Seguramente pensáis que habré sentido la llamada de la barra de baile, pero no. Si me vierais, entenderíais enseguida que no lo soy (o eso creo). Tengo el pelo negro y llevo una melena corta tipo casco. La mitad del tiempo uso gafas, y la otra mitad, lentillas. Tengo dieciséis años, canto en el coro, participo en concursos de matemáticas. Juego al hockey sobre hierba, para el que no hay que tener un cuerpo curvilíneo e insinuante, cubierto de aceite, imprescindible para ser bailarina de striptease. (No tengo manía a las stripers, por si alguna está leyendo esto, que conste. Lo único es que yo no lo soy. Mi única preocupación relacionada con el striptease es el látex. No creo que sea un material saludable para la piel, porque no la deja respirar.)

Mi problema es que Jubilee, que quiere decir «jubileo», no es un nombre de pila, es una especie de celebración. Nadie sabe de qué tipo. ¿Conocéis a alguien que haya celebrado un jubileo? Y, de haber sido invitados, ¿habríais ido? Porque yo no. Me suena a evento para el que se tenga que alquilar un enorme objeto hinchable, colgar banderines y trazar un complejo plan para reciclar la basura generada por la fiesta.

Pensándolo bien, el significado de mi nombre me hace pensar en una de esas verbenas populares estadounidenses con música country y baile en línea.

Mi nombre tiene que ver mucho con la historia que voy a contaros y que, como ya he dicho, sucedió la tarde antes de Navidad. Yo tenía uno de esos días en los que sientes que la vida te quiere de verdad. Los exámenes finales ya habían terminado y no volveríamos a clase hasta después de Año Nuevo. Estaba sola en casa y me sentía muy cómoda y a gusto. Me había vestido para salir esa noche con ropa de estreno, especialmente reservada para la ocasión: falda y medias negras, camiseta roja de lentejuelas y mis botas nuevas de color negro. Estaba tomándome un eggnog latte —café con leche, cubierto por una capa de clara de huevo batida y nata montada—, preparado por mí. Tenía los regalos envueltos y listos para entregar. Todo estaba dispuesto para el gran acontecimiento: a las seis iría a casa de Noah —Noah Price, mi novio— para la celebración anual del Smörgåsbord familiar de Nochebuena.

El Smörgåsbord de la familia Price es un momento destacado de nuestra historia personal. Gracias a él nos convertimos en pareja. Antes del Smörgåsbord, Noah Price no era más que una estrella en mi firmamento… Constante, familiar, inteligente y muy lejos de mi alcance. Nos conocimos en cuarto, a los nueve años, aunque tenía la impresión de conocerlo solo como si fuera alguien de la tele. Sabía cómo se llamaba y veía sus programas. Noah era alguien más próximo para mí, claro… Sin embargo, en cierta forma, cuando se trata de alguien real, cuando es alguien presente en tu vida, puede parecer incluso más lejano e inalcanzable que un famoso. La cercanía no es sinónimo de familiaridad.

Noah siempre me había gustado, pero no se me había pasado por la cabeza fijarme en él de esa otra forma. La verdad es que jamás creí que fuera una aspiración razonable. Era un año mayor que yo, me sacaba una cabeza, tenía las espaldas anchas, los ojos claros y un pelazo muy sedoso. A Noah no le faltaba nada —sacaba buenas notas, y era deportista y un pez gordo del consejo de estudiantes—, era de esas personas que uno solo relaciona con parejas como modelos, agentes secretos o propietarios de laboratorios que llevan su apellido por nombre.

Por eso, cuando me invitó a asistir al Smörgåsbord de su familia la Nochebuena del año anterior, estuve a punto de desgarrarme la córnea de tanto frotarme los ojos de emoción y confusión. Desde que recibí la invitación, me pasé tres días dando tumbos. El aturdimiento provocado por la noticia llegó a tal punto que me vi obligada a practicar cómo caminar sin tropezar en mi habitación antes de ir a casa de Noah. No tenía ni idea de si me lo había pedido porque le gustaba, porque su madre lo había obligado (nuestros padres son amigos) o porque había perdido una apuesta. Todas mis amigas estaban igual de emocionadas, aunque lo entendían mejor que yo. Me aseguraron que Noah no me había quitado ojo durante el concurso de mates, y que se había reído con mis intentos de chistes matemáticos sobre trigonometría, y que mencionaba en las conversaciones.

Era una verdadera locura. Me parecía tan raro como descubrir de pronto que alguien hubiera escrito un libro sobre mi vida o algo por el estilo.

Cuando llegué a casa de Noah, me pasé casi toda la noche en un rincón, apoyada contra la pared, para no meter la pata con mis andares, y hablando con su hermana, que no es especialmente profunda (y que conste que la quiero). Digamos que el tema de tus marcas de sudadera favoritas no da para mucho, y no tardas en sentirte acorralado por la falta de argumentos. Pero Elise no tenía freno. Le sobraban recursos para seguir opinando.

Me tomé un descanso cuando la madre de Noah sacó una nueva bandeja de aperitivos y pude excusarme diciendo aquello de: «Perdona, pero es que eso tiene muy buena pinta». Aunque no sabía qué estaban sirviendo y resultó ser pescado encurtido. Justo cuando empezaba a retroceder, la madre de Noah dijo: «Tienes que probarlo».

Como soy un poco suicida, lo hice. Sin embargo, esa vez me salió bien la jugada, porque fue el instante en que me di cuenta de que Noah estaba mirándome. Me dijo: «Me alegro mucho de que lo hayas probado». Le pregunté el porqué, ya que empezaba a sospechar que realmente se trataba de una apuesta. («Vale, le pediré que venga, pero tenéis que pagarme veinte pavos si consigo que coma pescado encurtido.»)

Su respuesta fue: «Porque yo también lo he comido». Todavía estaba ahí plantada con cara de pasmo —aunque yo creía que resultaba encantadora—, cuando él añadió: «Y no podría besarte si tú no lo hubieras comido».

Fue un comentario asqueroso y superromántico al mismo tiempo. Podría haber subido al baño a cepillarse los dientes, pero se había quedado en el comedor y había esperado junto al pescado hasta que yo lo probara. Nos escapamos al garaje, do

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