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NO TIENES NADA QUE PERDER

Osho  

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Fragmento

El primer nivel es el de todas las religiones del mundo. Por eso todas están enfocadas en el pasado. No hay un hoy, solo hay un ayer.

El segundo nivel es el del mundo científico. Se encuentran muy cómodos con el ayer porque el mañana se basa en el ayer. Pero se dirigen a lo desconocido. Es la aventura de la ciencia, seguir conquistando lo desconocido para convertirlo en conocido; en otras palabras, desmitificar el universo. Ese es el cometido básico de la investigación científica: en el mundo no debería haber ningún misterio; todo debería ser conocido.

La ciencia es el desarrollo absoluto de la mente, por eso la ciencia no puede ir más allá de la mente. La palabra «ciencia» en sí significa conocimiento. De ahí que la ciencia no divida la existencia en tres categorías, sino en dos: lo conocido y lo desconocido.

Y hay una tercera categoría, lo que yo denomino incognoscible. Somos peregrinos de lo incognoscible. A la mente le da mucho miedo adentrarse en lo incognoscible, porque no hay ninguna forma de que lo incognoscible se vuelva parte del conocimiento. Nunca podrá estar bajo el dominio y el imperio de la mente. Siempre seguirá siendo un misterio. Puedes vivirlo, pero no puedes conocerlo. Puedes experimentarlo, pero no puedes reducir tu experiencia al conocimiento. Puedes bailarlo, puedes celebrarlo, pero no puedes transformar su cualidad intrínseca de ser misterioso en conocimiento. El conocimiento no tiene ningún misterio.

Este es el mundo del místico. Es el mundo de sat-chit-anand: verdad, conciencia y dicha.

Estas palabras son absolutamente desconocidas para la ciencia, y la mente les tiene mucho miedo. La mente no sabe la verdad ni quiere saberla... ¡Las mentiras son bonitas y muy cómodas! La verdad es un peligro, porque el origen de la mente es falso, es una farsa. En cuanto aparece la verdad, la mente tiene que marcharse; su tiempo ha tocado a su fin. La llegada de la verdad es la muerte instantánea de la mente; de pronto todo su imperio desaparece.

A la mente tampoco le interesa la conciencia. De hecho, la

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mente intenta mantenerse inconsciente por todos los medios. A lo largo de la historia, todas las sociedades y las culturas han condenado el alcohol y las drogas, pero sin ningún resultado..., porque siguen existiendo, y cada vez se consumen más y tienen más influencia. El motivo de esto es que la mente quiere ahogarse en la inconsciencia, porque es la única forma de relajarse. De lo contrario, siempre hay tensión, porque lo incognoscible está muy cerca. La mente quiere olvidarse de lo desconocido, de la verdad.

Te causará asombro saber que a la ciencia no le interesa descubrir la verdad en absoluto. Solo le interesan las verdades relativas. ¡Las verdades relativas también son mentiras relativas! Son sinónimos.

Inténtalo... Cuando le dices a alguien «Te amo relativamente», ¿qué quieres decir? Quieres decir que también amas a otras muchas personas. O puedes decir: «Relativamente, te amo a ti también». Asimismo, odias relativamente a muchas personas, no solo a esa. Cuando hablas de amor lo que estás diciendo en realidad es: «Te amo relativamente». Pero ningún amante hace una declaración semejante. Todos los amantes dicen: «Te amo totalmente, absolutamente».

A la ciencia solo le interesa el mundo objetivo, en el que no se puede alcanzar la verdad absoluta porque, desde el principio, la ciencia está boicoteando el mundo subjetivo. De modo que su verdad siempre seguirá siendo relativa. Al científico le interesan los objetos, pero no tiene ningún interés en sí mismo.

Tener interés en uno mismo es tener interés en la verdad, tener interés en la conciencia, tener interés en la dicha. Pero esos caminos atemorizan a la mente, son peligrosos; cualquiera de ellos es un peligro. Y, de hecho, surgen a la vez, son tres aspectos de la misma experiencia.

En cuanto experimentas la verdad, también experimentas una enorme explosión de conciencia y, al mismo tiempo, una enorme efusión de dicha en tu corazón. Inundada de luz, la mente se siente incapaz incluso de abrir los ojos. Es un ave nocturna, como un búho; de día cierra los ojos y por la noche empieza su jornada. Esta efusión de dicha es como un aluvión. Arrastra todas las ramas secas que la mente ha ido acumulando en forma de conocimiento. Y la conciencia hace que desaparezcan esos oscuros rincones en los que se oculta la mente, donde reprime sus deseos, donde reprime su rabia, su ambición, su lujuria, y todas las cosas que la sociedad ha condenado.

El mayor miedo de la mente no es la muerte. El mayor miedo es la iluminación. La muerte no tiene por qué causarle preocupación, no puede quitarle nada, pero la iluminación la destruirá por completo.

En realidad, tu pregunta es la mente intentando comprender lo que te está sucediendo. Y lo que te está sucediendo está más allá de la capacidad de comprensión de la mente, por eso tienes miedo, tiemblas, estás preocupado.

Voy a leer tu pregunta: «Siento que me está ocurriendo algo increíble que no soy capaz de entender».

¡Ni yo! Nadie ha sabido jamás qué es, ni siquiera Gautama Buda, o Jesucristo, o Sócrates; nadie ha sabido qué es. Todos han bebido de ello, han sentido su dulzura, su aroma, su música. Pero es tan inmenso, tan increíble, que no puede reducirse a palabras para que la mente pueda hacerse una idea de lo que es.

La mente es incapaz de comprender nada que no se reduzca al lenguaje. La mente es lingüista, está llena de palabras y de lenguaje. Ese es su único tesoro, y todo lo que no pueda reducirse al lenguaje queda fuera de su mundo. Pero la mente solo es una pequeña parte de ti; tú eres mucho más grande, por eso puedes experimentar muchas cosas que la mente no entiende.

Estás diciendo: «Estoy tan agradecido...». Estás experimentando lo inexpresable. Lo único que puedes hacer es estar agradecido. Ni siquiera puedes decir por qué estás agradecido, porque ese «qué» forma parte del misterio de la existencia.

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Es una buena señal que lo que te está ocurriendo conlleve agradecimiento. Y la gratitud o agradecimiento es mucho más importante que el conocimiento, porque te transforma. El conocimiento solo te informa.

Hay grandes eruditos, repletos de conocimientos, cuyas vidas son pobres y están vacías. En su vida no ocurre nada. Están abrumados por el peso del conocimiento y no viven. Llevan esa carga porque les hace sentirse respetables en un mundo de ignorantes. Si esas mismas personas estuviesen rodeadas de errores, se reirían de ellos.

Mahoma solía decir que un erudito es lo mismo que «un burro que acarrea las Sagradas Escrituras». Puede sentirse muy orgulloso frente a los demás burros que acarrean cosas terrenales. Uno lleva sal, el otro barro, el otro arena, el otro madera... y, naturalmente, el que lleva las Sagradas Escrituras ¡es el sacerdote de los burros! Es un gran erudito entre los burros, y los demás burros le tendrán mucho respeto; no es un burro corriente.

Es lo mismo que les ocurre a vuestros eruditos, grandes profesores, grandes sacerdotes, grandes rabinos... Ellos han desperdiciado su vida con los libros. No es que esté en contra de los libros, pero deberías tener en cuenta que solo es una dimensión; no es toda tu vida. Si tu vida se llena de libros, serás simplemente una estantería que, de lo contrario, estaría vacía.

Los libros pueden enriquecer tu vida. Si tienes un poco de vida, un poco de amor, podrás descubrir algo en la poesía que ni siquiera el poeta ha descubierto. Si el poeta solo fuese mental, lo que escribe solo sería una composición de palabras que obedece las reglas de la gramática y la lingüística. Pero un místico puede ver algo más en esas palabras; de hecho, vierte en ellas algo que, de lo contrario, no estaría allí.

Y una de las cualidades importantes de un místico es el agradecimiento sin saber por qué: «No sé por qué ni a qué». Eso es exactamente. Estás lleno de agradecimiento a lo desconocido, lleno de agradecimiento a lo que está más allá de la capacidad de la mente. Estás alcanzando nuevos horizontes, estás acercándote a las estrellas. La mente no puede llegar allí. Por eso existe el agradecimiento.

«Lloro sin saber el motivo.» No son lágrimas racionales ni lágrimas de la razón. De hecho, nadie ha oído hablar de lágrimas racionales, nadie ha experimentado jamás que se le salten las lágrimas porque dos y dos son cuatro. «¡Dios mío, dos y dos son cuatro, tengo ganas de llorar!» El conocimiento no provoca lágrimas. Las lágrimas indican algo profundamente significativo: que has llegado a algo que solo se puede expresar por medio de las lágrimas, la r

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