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¡NO LES PERDONAREMOS NADA!

Carlos Fedele  

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Fragmento

Antes de comenzar a investigar los acontecimientos entre los años 1933 y 1942 en nuestro país, suponía que lo que sabía de ellos era suficiente como para entender lo que había pasado. Una vez que trabajé fuentes poco conocidas o escasamente recurridas; leí en prensa de la época editoriales, columnas de opinión, crónicas de reuniones políticas y declaraciones de órganos partidarios; recorrí obras más conocidas que se acercan al período, esta vez con un enfoque poco explorado; cuando me encontré con innumerables episodios y situaciones proscritas de la memoria y en consecuencia me estremecí a causa de un tiempo que caló hondo en los contemporáneos al punto que sintieron cómo el mundo que habían conocido se derrumbaba, palpitando con angustia los cambios que podrían advenir, comprendí que realmente antes no sabía nada.

Ahora estoy más cerca de conocer verdaderamente qué ocurrió en aquel período y, a su vez, comprender cómo proporciona múltiples claves para explicar lo que en adelante y hasta la actualidad le sucedió al Partido Colorado y al batllismo. Mi mayor aspiración es contribuir —desde mi condición de politólogo y como colorado batllista que sigo siendo— a que otros se puedan hacer de las herramientas interpretativas necesarias para conocer realmente la historia colorada y batllista, que no es con exactitud la contada desde el propio coloradismo.

Para expresar cabalmente lo que experimenté, voy a pedirle prestada una frase a la editorial que publicó algunos cuentos de mi hermana Laura, sobre lo que significaba leerla: “asomarse a un abismo y no regresar indemne”. Yo sentí profundamente el vértigo de la experiencia traumática que supuso para el batllismo el 31 de marzo de 1933 hasta en sus significados actuales.

Como resultado, después de haber girado la mayor parte de mi vida alrededor de la militancia política colorada, confieso ya no ser el mismo.

A la memoria de aquellos batllistas que, sabiendo mirar lejos, vivieron y murieron luchando para que el batllismo siguiera siendo siempre el batllismo.

INTRODUCCIÓN

En el verano de 1981 —en un momento en el que parecía que podía comenzar a vislumbrarse la salida de la dictadura luego del triunfo del No en el plebiscito constitucional de noviembre del año anterior—,1 en Opinar, semanario recién nacido y opositor al régimen, se registró desde sus páginas lo que sería una brevísima polémica histórica entre colorados.

Luis Hierro Gambardella había comenzado a publicar una serie de columnas en las que se abocó a narrar los hechos tras el golpe de Estado del 31 de marzo de 1933 y la consiguiente acción cívica del batllismo.2 Desplegando su conocimiento de la historia y sus propias vivencias —fue testigo y protagonista de aquellos eventos—, Hierro Gambardella recoge con emoción la lucha del batllismo contra el régimen terrista, particularmente la febril actividad partidaria de sus órganos, en especial la Convención Batllista, para mostrar —y vaya que en el tiempo que escribía esto era un mensaje fundamental— cómo un partido político logra superar las adversidades para conseguir recuperar la democracia. El relato de lo sucedido —más allá del sentido romántico, épico, con el que sin duda se detalla la actividad batllista— termina por exponer el conflicto político, ideológico y ético que se produjo en el país y particularmente dentro del coloradismo, entre aquellos que habían combatido el golpe del 33, y la dictadura consecuente, y los que la habían apoyado.

Carlos Manini Ríos, quien también había vivido aquel tiempo y se encontraba entre estos últimos, siente la necesidad de realizar algunas puntualizaciones. En una columna escrita en el mismo semanario con el fin de retrucar y relativizar algunas afirmaciones de Hierro, se refiere a los sucesos que derivaron en el golpe, explicando a su entender dónde habrían estado las mayorías y minorías políticas en aquel momento, abordando los conflictos en el batllismo y negando las acusaciones de fraude electoral, entre otras referencias sobre toda aquella época, las que, en definitiva, pretendían justificar las acciones de aquellos que defendieron el régimen. Hierro Gambardella, en su columna siguiente, manifiesta de forma muy concreta una precisión relevante sobre a quiénes se les podía adjudicar la calidad de batllistas, la que a su vez es rebatida por Manini Ríos en un escueto apartado de uno de sus artículos de opinión dedicado a los acontecimientos de ese presente.3

El debate se da por concluido allí. La polémica podría haberse prolongado y profundizado de no mediar un rápido acuerdo tácito entre los polemistas, que expresaron desagrado por tener que discutir sobre cosas de un pasado que continuaba despertando pasiones políticas, justamente cuando enfrentaban circunstancias que les reclamaban pensar en la coyuntura del momento y no en las diferencias que se pudieran haber tenido.

Encontrarme con este debate entre dos distinguidos colorados, en el contexto del último golpe, pero abordando las cuestiones del período 1933-1942, me resultó ampliamente revelador y provocó que regresara por el camino por donde es preciso comenzar si es que realmente se pretende comprender el origen de muchos de los eventos posteriores.

Es que la polémica ocurrida entre cuarenta y cincuenta años después de aquellos acontecimientos, pese a su cortedad, concentró gran parte de lo que trabajamos en el presente ensayo: la evidencia de haber estado frente a situaciones harto complejas cuyos impactos trascienden el tiempo; que los hechos y las interpretaciones del pasado, del presente y las proyecciones de hipotéticos futuros se encuentran en permanente tensión y resignificación; que lo que sucedió permanece dentro del campo de lo polémico y que los graves conflictos que se registraron entre los partidos y al interior de ellos continuaron virtualmente latentes porque nunca se alcanzó a cerrarlos, sino que en algunos casos se pretendió reinterpretarlos y en otros se consignaron a lo pretérito y al olvido, motivo por el cual, como corolario, la tónica general fue siempre preferir que allí se quedaran.

Todas estas secuelas nos hablan de que aquellos acontecimientos que arrancaron con el golpe de Estado se constituyeron en algo traumático. Y es el concepto de trauma —en su dimensión política y colectiva— el que estimamos ayuda a comprender más cabalmente lo que realmente sucedió con el batllismo y el Partido Colorado a partir del 31 de marzo de 1933.

No es que en aquel tiempo y posteriormente no se hubiera utilizado el término “trauma” así como el de “quiebre” para referirse al golpe de Estado. Pero su uso se ajustaba a la definición tomada de la medicina y el psicoanálisis, como una lesión en el tejido nervioso o un momento de gran intensidad emocional y sufrimiento. Si bien su sentido inicial ya insinúa algo, desde hace unos veinte años el estudio de los eventos traumáticos se ha ganado un lugar en el área de las ciencias humanas y sociales como campo teórico que permite describir e interpretar ciertos acontecimientos históricos y sus consecuencias, trasladando los significados del trauma desde lo individual a lo colectivo.4 “El trauma —se sostiene— es en sí mismo una experiencia perturbadora que desestabiliza la compresión de los contextos existentes”.5 Dicho de otra forma, “el mundo tal y como era conocido en el día a día es arrasado”.6 La definición de trauma “se refiere simultáneamente a tres dimensiones diferentes: el acontecimiento violento, la herida o el daño sufrido y las consecuencias a mediano y largo plazo que afectan el sistema”, dimensiones que no son “experiencialmente separables”.7 El acontecimiento traumático no se agota en un suceso, sino que se “remite a un entramado de hechos que expresan una lógica social compleja” a la que hay que atender.8 Por otra parte, el trauma tampoco surge únicamente de lo que sucedió, sino también de lo que pudo haber sucedido o presumimos que podía suceder. Ignorarlo es lo que se denomina el “sesgo confirmatorio retrospectivo” que se verifica cuando “las personas una vez que han conocido el resultado de una serie de sucesos, tienden a sobreestimar la probabilidad de ocurrencia que le dieron a ese resultado”, como si “los hechos se encadenaban naturalmente hacia el desenlace que se dio”.9 De esta manera, como contracara, se subestima la probabilidad de otras consecuencias y qué se hizo y qué se dejó de hacer para evitarlas. El trauma también es considerado como una “condición persistente”.10 Es la dificultad para poner un verdadero “punto final” que tiene que ver, fundamentalmente, con “los procesos de construcciones memoriales relativos al pasado”.11 Hablamos del “dilema entre la memoria y el olvido”: “Recordar lo traumático puede ser imposible. Pero olvidarlo también puede serlo y el recuerdo puede volver violentamente a la memoria irrumpiendo sin tregua una y otra vez”.12 Otra de las características de la memoria traumática es “la disputa por su significado”,13 cuando algunos de ellos —significados acerca de lo que sucedió— perturban un cierto relato hegemónico y pueden debilitar la coherencia e identidad de un grupo social que, en parte, se sustenta sobre aquel relato. En consecuencia, “dos son sus posibles legados: debilitamiento o disolución de una identidad establecida o promoción o consolidación de una nueva identidad.14 Por último, es importante destacar que el acontecimiento traumático no es un hecho circunscrito al pasado, sino que “continúa estructurando, de manera poco evidente, el presente”.15

Sobre la base de este sustento teórico, en el presente trabajo se estudiará de qué modo los acontecimientos del período 1933-1942 se constit

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