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¡NO LES PERDONAREMOS NADA!

Carlos Fedele  

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Fragmento

Antes de comenzar a investigar los acontecimientos entre los años 1933 y 1942 en nuestro país, suponía que lo que sabía de ellos era suficiente como para entender lo que había pasado. Una vez que trabajé fuentes poco conocidas o escasamente recurridas; leí en prensa de la época editoriales, columnas de opinión, crónicas de reuniones políticas y declaraciones de órganos partidarios; recorrí obras más conocidas que se acercan al período, esta vez con un enfoque poco explorado; cuando me encontré con innumerables episodios y situaciones proscritas de la memoria y en consecuencia me estremecí a causa de un tiempo que caló hondo en los contemporáneos al punto que sintieron cómo el mundo que habían conocido se derrumbaba, palpitando con angustia los cambios que podrían advenir, comprendí que realmente antes no sabía nada.

Ahora estoy más cerca de conocer verdaderamente qué ocurrió en aquel período y, a su vez, comprender cómo proporciona múltiples claves para explicar lo que en adelante y hasta la actualidad le sucedió al Partido Colorado y al batllismo. Mi mayor aspiración es contribuir —desde mi condición de politólogo y como colorado batllista que sigo siendo— a que otros se puedan hacer de las herramientas interpretativas necesarias para conocer realmente la historia colorada y batllista, que no es con exactitud la contada desde el propio coloradismo.

Recibe antes que nadie historias como ésta

Para expresar cabalmente lo que experimenté, voy a pedirle prestada una frase a la editorial que publicó algunos cuentos de mi hermana Laura, sobre lo que significaba leerla: “asomarse a un abismo y no regresar indemne”. Yo sentí profundamente el vértigo de la experiencia traumática que supuso para el batllismo el 31 de marzo de 1933 hasta en sus significados actuales.

Como resultado, después de haber girado la mayor parte de mi vida alrededor de la militancia política colorada, confieso ya no ser el mismo.

A la memoria de aquellos batllistas que, sabiendo mirar lejos, vivieron y murieron luchando para que el batllismo siguiera siendo siempre el batllismo.

INTRODUCCIÓN

En el verano de 1981 —en un momento en el que parecía que podía comenzar a vislumbrarse la salida de la dictadura luego del triunfo del No en el plebiscito constitucional de noviembre del año anterior—,1 en Opinar, semanario recién nacido y opositor al régimen, se registró desde sus páginas lo que sería una brevísima polémica histórica entre colorados.

Luis Hierro Gambardella había comenzado a publicar una serie de columnas en las que se abocó a narrar los hechos tras el golpe de Estado del 31 de marzo de 1933 y la consiguiente acción cívica del batllismo.2 Desplegando su conocimiento de la historia y sus propias vivencias —fue testigo y protagonista de aquellos eventos—, Hierro Gambardella recoge con emoción la lucha del batllismo contra el régimen terrista, particularmente la febril actividad partidaria de sus órganos, en especial la Convención Batllista, para mostrar —y vaya que en el tiempo que escribía esto era un mensaje fundamental— cómo un partido político logra superar las adversidades para conseguir recuperar la democracia. El relato de lo sucedido —más allá del sentido romántico, épico, con el que sin duda se detalla la actividad batllista— termina por exponer el conflicto político, ideológico y ético que se produjo en el país y particularmente dentro del coloradismo, entre aquellos que habían combatido el golpe del 33, y la dictadura consecuente, y los que la habían apoyado.

Carlos Manini Ríos, quien también había vivido aquel tiempo y se encontraba entre estos últimos, siente la necesidad de realizar algunas puntualizaciones. En una columna escrita en el mismo semanario con el fin de retrucar y relativizar algunas afirmaciones de Hierro, se refiere a los sucesos que derivaron en el golpe, explicando a su entender dónde habrían estado las mayorías y minorías políticas en aquel momento, abordando los conflictos en el batllismo y negando las acusaciones de fraude electoral, entre otras referencias sobre toda aquella época, las que, en definitiva, pretendían justificar las acciones de aquellos que defendieron el régimen. Hierro Gambardella, en su columna siguiente, manifiesta de forma muy concreta una precisión relevante sobre a quiénes se les podía adjudicar la calidad de batllistas, la que a su vez es rebatida por Manini Ríos en un escueto apartado de uno de sus artículos de opinión dedicado a los acontecimientos de ese presente.3

El debate se da por concluido allí. La polémica podría haberse prolongado y profundizado de no mediar un rápido acuerdo tácito entre los polemistas, que expresaron desagrado por tener que discutir sobre cosas de un pasado que continuaba despertando pasiones políticas, justamente cuando enfrentaban circunstancias que les reclamaban pensar en la coyuntura del momento y no en las diferencias que se pudieran haber tenido.

Encontrarme con este debate entre dos distinguidos colorados, en el contexto del último golpe, pero abordando las cuestiones del período 1933-1942, me resultó ampliamente revelador y provocó que regresara por el camino por donde es preciso comenzar si es que realmente se pretende comprender el origen de muchos de los eventos posteriores.

Es que la polémica ocurrida entre cuarenta y cincuenta años después de aquellos acontecimientos, pese a su cortedad, concentró gran parte de lo que trabajamos en el presente ensayo: la evidencia de haber estado frente a situaciones harto complejas cuyos impactos trascienden el tiempo; que los hechos y las interpretaciones del pasado, del presente y las proyecciones de hipotéticos futuros se encuentran en permanente tensión y resignificación; que lo que sucedió permanece dentro del campo de lo polémico y que los graves conflictos que se registraron entre los partidos y al interior de ellos continuaron virtualmente latentes porque nunca se alcanzó a cerrarlos, sino que en algunos casos se pretendió reinterpretarlos y en otros se consignaron a lo pretérito y al olvido, motivo por el cual, como corolario, la tónica general fue siempre preferir que allí se quedaran.

Todas estas secuelas nos hablan de que aquellos acontecimientos que arrancaron con el golpe de Estado se constituyeron en algo traumático. Y es el concepto de trauma —en su dimensión política y colectiva— el que estimamos ayuda a comprender más cabalmente lo que realmente sucedió con el batllismo y el Partido Colorado a partir del 31 de marzo de 1933.

No es que en aquel tiempo y posteriormente no se hubiera utilizado el término “trauma” así como el de “quiebre” para referirse al golpe de Estado. Pero su uso se ajustaba a la definición tomada de la medicina y el psicoanálisis, como una lesión en el tejido nervioso o un momento de gran intensidad emocional y sufrimiento. Si bien su sentido inicial ya insinúa algo, desde hace unos veinte años el estudio de los eventos traumáticos se ha ganado un lugar en el área de las ciencias humanas y sociales como campo teórico que permite describir e interpretar ciertos acontecimientos históricos y sus consecuencias, trasladando los significados del trauma desde lo individual a lo colectivo.4 “El trauma —se sostiene— es en sí mismo una experiencia perturbadora que desestabiliza la compresión de los contextos existentes”.5 Dicho de otra forma, “el mundo tal y como era conocido en el día a día es arrasado”.6 La definición de trauma “se refiere simultáneamente a tres dimensiones diferentes: el acontecimiento violento, la herida o el daño sufrido y las consecuencias a mediano y largo plazo que afectan el sistema”, dimensiones que no son “experiencialmente separables”.7 El acontecimiento traumático no se agota en un suceso, sino que se “remite a un entramado de hechos que expresan una lógica social compleja” a la que hay que atender.8 Por otra parte, el trauma tampoco surge únicamente de lo que sucedió, sino también de lo que pudo haber sucedido o presumimos que podía suceder. Ignorarlo es lo que se denomina el “sesgo confirmatorio retrospectivo” que se verifica cuando “las personas una vez que han conocido el resultado de una serie de sucesos, tienden a sobreestimar la probabilidad de ocurrencia que le dieron a ese resultado”, como si “los hechos se encadenaban naturalmente hacia el desenlace que se dio”.9 De esta manera, como contracara, se subestima la probabilidad de otras consecuencias y qué se hizo y qué se dejó de hacer para evitarlas. El trauma también es considerado como una “condición persistente”.10 Es la dificultad para poner un verdadero “punto final” que tiene que ver, fundamentalmente, con “los procesos de construcciones memoriales relativos al pasado”.11 Hablamos del “dilema entre la memoria y el olvido”: “Recordar lo traumático puede ser imposible. Pero olvidarlo también puede serlo y el recuerdo puede volver violentamente a la memoria irrumpiendo sin tregua una y otra vez”.12 Otra de las características de la memoria traumática es “la disputa por su significado”,13 cuando algunos de ellos —significados acerca de lo que sucedió— perturban un cierto relato hegemónico y pueden debilitar la coherencia e identidad de un grupo social que, en parte, se sustenta sobre aquel relato. En consecuencia, “dos son sus posibles legados: debilitamiento o disolución de una identidad establecida o promoción o consolidación de una nueva identidad.14 Por último, es importante destacar que el acontecimiento traumático no es un hecho circunscrito al pasado, sino que “continúa estructurando, de manera poco evidente, el presente”.15

Sobre la base de este sustento teórico, en el presente trabajo se estudiará de qué modo los acontecimientos del período 1933-1942 se constituyeron —y aún continúan siéndolo— en una experiencia traumática para el batllismo. El período en cuestión adquiere ese carácter considerado como un todo. No obstante, para mayor claridad, vamos a desagregarlo en tres componentes:

El golpe de Estado del 31 de marzo de 1933 en sí mismo, junto con los acontecimientos inmediatos antes y después, como punto de quiebre (capítulos 1 y 2). El conjunto de desafíos que se le plantearon al batllismo y las decisiones que tuvo que enfrentar, entre el abanico de alternativas que se le desplegaban, a raíz de los acontecimientos del punto anterior y del cariz que iban adquiriendo los hechos durante el desarrollo del período (capítulos 3 a 6). Los métodos y el temperamento con los cuales se procesó la salida de los acontecimientos producidos en los dos puntos anteriores, así como el tratamiento en término de relato que se le dispensó posteriormente a esa salida (capítulos 7 y 8).

El golpe de Estado del 31 de marzo de 1933, obviamente, se constituye en el primer componente. Es aquel acontecimiento grave, percibido como moralmente injusto y sentido como un despropósito, que expresa la fractura ética y política y el cambio de escenario y época. Se aprecia cómo hasta el último instante durante la sesión parlamentaria que ardía en la madrugada del día del golpe, aun en los más duros discursos, por momentos parecía apostarse a que el desenlace no se produjera, más próximo a una expresión de deseo que a una mirada realista. Las cosas habían salido de su cauce probablemente desde la propia asunción de Gabriel Terra (1º de marzo de 1931), pero el golpe haría imposible intentar administrar el conflicto como hasta el momento y la crisis se agravaría.

Tengamos presente que el golpe se produce a menos de cuatro años del fallecimiento de José Batlle y Ordóñez. Procuremos un instante ponernos en la cabeza de aquellos batllistas, calibrando cómo podían sentirse al ver que en tan poco tiempo los naturales cimbronazos que produce la muerte de todo líder, máxime uno de la talla de don Pepe, terminaban por mostrar su cara más trágica.

El golpe de Estado es catalizador. Es cierto que a la luz del presente puede considerarse que el quiebre estaba prefigurado en el escenario previo al 31 de marzo, pero es el golpe de Estado el que transforma, reconfigura y reinterpreta lo que había acontecido, aquel presente y sus potenciales escenarios futuros.

No obstante un cierto desconcierto inicial, pretendiendo reacomodarse a una de esas situaciones para las cuales, aun presumiéndoselas, nunca se estará del todo preparado, el quiebre de marzo ubicó en forma inmediata al batllismo delante de los dilemas que la oposición a la dictadura le planteaba. Las alternativas que se le presentaban, las opciones y resoluciones que se tomaran, el cariz que fueron adquiriendo los acontecimientos y los escenarios que se le irían abriendo, provocando nuevas opciones y nuevas decisiones, influirían no solo en el desempeño opositor, en la coyuntura o en general, sino por encima de todo en los efectos que podrían proyectarse en el futuro.

Es este el segundo componente que hace al trauma político. Como veremos, el batllismo tuvo que elegir en el contexto de situaciones extremadamente delicadas y complejas y con posturas distintas en su interior, a veces considerablemente contrapuestas. Todo lo cual sugiere potencialmente la posibilidad de desenlaces distintos a los que a la postre se dieron. Al no haberse producido esos otros desenlaces se pretendió subestimar sus alcances, incluso en términos de frustraciones o desengaños.

El devenir desde el régimen “marzista” —de marzo, el mes del golpe— a una situación que podríamos llamar de normalidad política-institucional fue, en realidad, un proceso de largo plazo, iniciado con la elección de 1938. A partir de esos comicios se fueron acumulando eventos y circunstancias que desembocaron en la definitiva transición democrática con la elección de 1942 y la asunción de un nuevo gobierno en 1943, ya bajo una nueva Constitución. Es esta una forma de mirar y comprender cuál fue la “salida” política del período marzista.

Sobre la antedicha concepción, este trabajo se enfoca en el proceso por el que el batllismo logra finalizar la situación creada por el golpe de Estado de 1933 y sus consecuencias, es decir, las resoluciones que adoptó como para enfrentar la situación traumática. Entre estas contemplamos, por un lado, las decisiones políticas concretas adoptadas en forma orgánica o no, y por otro las explicaciones que se esgrimieron como justificación, así como, finalmente, cuáles fueron los recuerdos y las omisiones habidas en el relato que se construyó al respecto.

Es en ese sentido que para el batllismo “salir” del régimen terrista fue también parte del trauma político, cuyos efectos y episodios vinculados se extienden a circunstancias posteriores a aquel 1942-1943. Todo lo cual consideramos comprendido en el conjunto de acontecimientos del tercer componente de la experiencia traumática, el que refleja cómo se procesó la propia problemática de ese tipo de “salida”, pensando fundamentalmente en sus posibles consecuencias futuras. Al respecto, una de las claves es valorar si dicho proceso podría comportar —y en qué sentido y hasta dónde— una alteración de las premisas opositoras al régimen y una modificación en los valores y principios que se habían promovido. La otra clave es evaluar cuáles serían los costos de dichas alteraciones y cambios.

La mayor parte de los acontecimientos que recorremos en el presente trabajo prácticamente han sido excluidos de la consideración colorada, y no precisamente porque hayan pasado ocho décadas. El tiempo cumple su rol, sin duda, pero sobre todo si se hace lo posible para olvidar. La realidad es que cayeron en el olvido porque fueron deliberadamente soslayados, parcial o totalmente, de la historia colorada. Capítulos enteros de la peripecia batllista directamente suprimidos o deformados. La razón, el carácter traumático de tales eventos. Pero hay algo más. Sería un error creer que tales acontecimientos se agotaron o que sus consecuencias se esfumaron solo por haber pasado a otras etapas de la historia. Por el contrario, en los hechos de la década del treinta podemos encontrar el origen de algunas de las situaciones complejas y negativas que a posteriori explican la trayectoria del batllismo, incluso hasta hoy en día. Por lo que no es sencillo que pueda aceptarse sin más que la responsabilidad radica principalmente en los propios batllistas al haber elegido determinados caminos.

Además, pese a su condición traumática, algunos aspectos pretendieron ser convertidos acríticamente en un “modelo” de tramitación de situaciones conflictivas —entre ellas, la que atañe a la relación entre los propios colorados— reproducible en eventos de corte similar, como los que se vivirían en las década del ochenta del siglo pasado.

En ese sentido, el presente trabajo debe ser leído, también, en clave de larga duración.

1 El 30 de noviembre de 1980 la dictadura sometió a plebiscito una reforma constitucional de neto corte autoritario. El No obtuvo el 58 % de los votos y la reforma fue rechazada.

2 Las columnas escritas por Hierro Gambardella a las que aquí se hace referencia son: “Forjando la armadura”, Opinar, 29 de enero de 1981, p. 4; “La unidad fraterna”, Opinar, 5 de febrero de 1981, p. 4; “Cuando el Partido dijo No”, Opinar, 12 de febrero de 1981, p. 4; “Los derechos populares no pueden ser olvidados”, Opinar, 19 de febrero de 1981, p. 4; “Fuerza en los principios, claridad en las ideas”, Opinar, 26 de febrero de 1981, p. 4; “Batllismo, pueblo, continuidad y lucha”, Opinar, 2 de abril de 1981, p. 8.

3 La opinión de Manini Ríos que traemos a colación se recoge fundamentalmente de la columna “Una vuelta al pasado con caídas al presente” (Opinar, 12 de febrero de 1981, p. 5); y de una aclaración al finalizar la columna —por otros temas— “No es difícil tender los puentes” (Opinar, 26 de febrero de 1981, p. 5). En la coyuntura histórica en que se desarrolló la polémica, Carlos Manini Ríos había apoyado el No a la reforma constitucional propuesta por los militares en 1980, postura esta que lo había acercado a los opositores al régimen.

4 Recurrimos a algunos de los muchos autores que trabajaron el trauma para proporcionarnos un marco teórico interpretativo, sin pretensiones de desarrollo completo, sino más bien valiéndonos de determinadas claves que entendemos nos ayudan a iluminar desde esa perspectiva los hechos que forman parte de esta investigación.

5 Lacapra, 2007: 161-162.

6 Ortega, s/f.: 11.

7 Ibídem: 12.

8 Ibídem: 15.

9 Páez, Basabe, 1993: 25.

10 Ortega, s/f.: 12.

11 Bertrand, 2011: 147.

12 Lira, Castillo, 1993: 111.

13 Ortega, s/f.: 20-21.

14 Ibídem: 11. Por identidad entendemos el conjunto de elementos que caracterizan al individuo, incluyendo la percepción que tiene de sí mismos, lo que lo relaciona con la pertenencia a un grupo que comparte los mismos valores y características, al mismo tiempo que lo distingue de otros (Alfonso García Martínez, “Identidades y representaciones sociales: la construcción de las minorías”, Nómadas, Revista Crítica de Ciencias Sociales y Jurídicas, vol. 18, n.º 2 (enero-junio) 2008. Disponible en: ‹http://revistas.ucm.es/index.php/NOMA/article/view/NOMA0808230211A›.

15 Ortega, 2009: 188.

CAPÍTULO 1

EL GOLPE DE ESTADO DE 1933 Y EL RÉGIMEN MARZISTA

“¡Es la sombra del manzanillo extendiéndose en su mal!”16

El 30 de noviembre de 1930 el doctor Gabriel Terra era electo presidente de la República en el marco de la segunda Constitución que se había dado el país (1917). La nueva Carta tenía como innovación institucional la creación del Poder Ejecutivo “bicéfalo”, llamado así por conformarse por dos órganos de igual jerarquía: el presidente de la República y el Consejo Nacional de Administración. El presidente permanecía cuatro años en funciones y tenía a su cargo las áreas del Interior, Relaciones Exteriores y Guerra. El Consejo se integraba con nueve miembros que se renovaban por tercios cada dos años, y le correspondía lo relativo a Instrucción Pública, Obras Públicas, Trabajo, Industrias, Hacienda, Asistencia e Higiene. Fue el resultado del pacto entre colegialistas y anticolegialistas, fuerzas en pugna derivadas de la propuesta de Batlle y Ordóñez en los famosos “Apuntes sobre el Poder Ejecutivo Colegiado” del año 1913.

Un año antes de la elección de Terra, el 20 de octubre de 1929, fallecía José Batlle y Ordóñez, quien habría dicho hacia el final de su vida: “¡Temo que en cuanto se acabe mi influencia el país vuelva al candombe!”,17 expresión peyorativa entendida como la lucha política incivilizada, con sus consecuencias de perturbación social e institucional, que se remite a la confrontación entre “principistas” y “candomberos” en nuestro país en el último cuarto del siglo XIX.18 Todo indica que de no mediar la desaparición física de don Pepe, Terra jamás hubiera alcanzado a ser presidente de la República por el batllismo. El propio Batlle y Ordóñez afirmaría “que era necesario defenderse de Terra porque era ‘loco e inescrupuloso’, en materia política. Incapaz de someter sus actividades ciudadanas a férreos principios, irrespetuoso frente a toda norma, sin más freno que el alocado pensamiento del instante, no era el hombre indicado para tener en sus manos la fuerza pública”.19

Terra integró el ala más moderada del batllismo. Sostenía que “el Partido Colorado no puede aceptar que se sospeche siquiera que en estas mejoras de la situación de los obreros va a ir más lejos que lo razonable y sensato”.20 También proponía retroceder en los avances sociales, como cuando planteaba desvirtuar la ley de las ocho horas en consonancia con el pedido del empresariado.21 Le niega el voto a Batlle y Ordóñez en la Convención Colorada para su segunda candidatura a la presidencia y renuncia a la Constituyente de 1916 para no verse obligado a votar por el régimen colegiado, con el que discrepaba. Siendo ministro de Industrias, en el gobierno de Claudio Williman (1907-1911), fue cuestionado por proponer negocios sospechosos y el presidente le pidió la renuncia.22

Un grupo de dirigentes batllistas lo habían propuesto como un posible candidato presidencial para las elecciones de 1926, iniciativa que por un tiempo supo utilizar Batlle para debilitar las aspiraciones presidenciales de Julio María Sosa. Pero una vez frustrada la candidatura de Sosa, Batlle se vuelve contra Terra acusándolo de haber desempeñado un rol comprometido con la fe católica —había participado como padrino en la boda religiosa de su hija—, lo que a juicio del expresidente era algo inadmisible para los dirigentes prominentes del batllismo. La renuncia de Terra a su posible candidatura a raíz de la crítica de Batlle abrió el juego de acuerdos con las otras fracciones coloradas minoritarias, a lo que el líder batllista había apostado como forma de mantener al coloradismo en el gobierno. Para las mencionadas elecciones de 1926 el batllismo acordó con el riverismo —el ala colorada más conservadora— el candidato común a la presidencia, Juan Campisteguy, quien resultó electo presidente para el período 1927-1931.

Batlle cuestionaba las apetencias presidencialistas de Sosa y Terra, dado que desde donde se podía llevar adelante el programa del batllismo era en el órgano colegiado del Consejo Nacional de Administración. Por eso, y como prenda de negociación con las otras fracciones coloradas, prefería candidatos “neutrales”, es decir, aquellos que en principio no se identificaran claramente al batllismo ni al antibatllismo.

Sin embargo, fallecido Batlle y Ordóñez, una proporción importante de la dirigencia insistió con la posibilidad de contar con un batllista como presidente de la República. La candidatura de Sosa y la precandidatura de Terra habían demostrado ese anhelo que el tiempo acrecentó. La gestión del gobierno del riverista Campisteguy se había caracterizado por nombramientos de cargos que no respetaban la proporcionalidad de votos de la interna colorada, en beneficio de los sectores antibatllistas. Por otro lado, era frecuente un cierto rumor de golpe de Estado, desde un Ejército cuya oficialidad no era batllista en su mayoría y con un presidente que solía ser ambiguo a la hora de cuestionar tal eventualidad. En ese sentido había quienes entendían que habría mayores garantías si en la Presidencia de la República —que constitucionalmente tenía para sí el poder de las fuerzas policiales y militares— era elegido alguien emergido del propio batllismo.23 Muchos batllistas, incluido el expresidente Baltasar Brum (durante su gobierno Terra había sido ministro del Interior y, por un tiempo, de Relaciones de Exteriores), volvieron a proponer a Gabriel Terra, lo que resultaba contradictorio con la opinión que tenía Batlle sobre las incertidumbres que su personalidad transmitía. Otros batllistas, fundamentalmente los hijos de Batlle y Ordóñez, César, Rafael y Lorenzo Batlle Pacheco, no estuvieron de acuerdo y propusieron a Federico Fleurquin, en línea con la estrategia que había llevado su progenitor de auspiciar candidatos “neutrales”. El batllismo fue, pues, a la elección presidencial de noviembre de 1930 con dos candidaturas —Fleurquin y Terra— y con un acuerdo con el riverismo para que votara dentro del lema, lo que implicaba que si este alcanzaba determinado porcentaje, el candidato por el batllismo que ganara debía renunciar para dejar el lugar al candidato riverista.24 La doble candidatura desde el batllismo fue una solución inédita y errónea, desde el momento que Batlle había auspiciado candidatos neutrales, pero nunca en competencia con candidaturas batllistas. Antes de la elección, Terra se comprometió ante la Convención Batllista a cumplir con el programa —una formalidad, como el tiempo demostraría—, mientras Fleurquin no lo hizo. Los batllistas obviamente tomaron nota. Fleurquin, además, había sido uno de los once senadores que se opusieron al colegiado generando el primer gran conflicto colorado de aquellos tiempos (1913), núcleo de origen del posterior riverismo. Si bien más tarde Fleurquin declararía su neutralidad, las simpatías batllistas no podían acompañarlo. Finalmente, Gabriel Terra se convierte en presidente de la República al imponerse sobre Fleurquin por una diferencia muy significativa (lo cuadriplicó en votos). El Partido Colorado en conjunto superó al Partido Nacional por la mayor diferencia desde la vigencia de la nueva Constitución.

La elección de 1930 vino a catalizar algunos procesos que impactaron hasta en la predisposición psicológica de los actores. Para Gabriel Terra significó alcanzar la presidencia de la República luego de la oposición de Batlle y la de sus hijos. Uno de los más importantes sostenes de Terra en la elección y en el golpe de Estado fue el dirigente Francisco Ghigliani, quien en 1928 tuvo que renunciar a sus aspiraciones al Consejo Nacional porque Batlle le quitó el respaldo, pese a que su candidatura había resultado mayoritaria en la Convención. El riverismo, por su parte, perdió la presidencia por escasos votos, situación difícilmente repetible. Para los adherentes de Julio María Sosa, otro postergado por Batlle, la puja batllista abrió una oportunidad de bregar en ella. El grueso de sus dirigentes se pasará al terrismo a la muerte de Sosa (1931). Lo mismo cabría decir para los restos del vierismo. Y para el Partido Nacional, pero particularmente para el herrerismo, generó el desánimo por la finalización de la paridad entre los partidos tradicionales durante la década del veinte que había vuelto plausible la rotación en el poder.

Al ser proclamado candidato ante la Convención Batllista, Terra había prestado el siguiente juramento: “Contraigo el compromiso de honor de cumplir el programa de mi Partido, acatar sin reservas la Carta Orgánica y alentar los principios de libertad y justicia que son los postulados históricos del Partido”.25 Sin embargo y prestamente, una vez asumido, comenzó un proceso de confrontación con el Partido y el Consejo Nacional de Administración.

Partido Batllista

El Partido Colorado se encontraba dividido en diversas fracciones que se denominaban a sí mismas como partido. Así, el Partido Colorado Batllista o batllismo —a veces solo Partido Batllista— era la fracción liderada por José Batlle y Ordóñez. Después figuraban el Partido Colorado General Fructuoso Rivera (riverismo o riveristas), surgido de la primera escisión del batllismo en 1913 a raíz de la discrepancia con el modelo colegialista y devenida en confrontación por ideas socioeconómicas; el Partido Colorado Radical (radicalismo, radicales o vieristas), creado por Feliciano Viera (presidente de la República entre 1915 y 1919) y originado en el llamado Alto (1916); y el Partido por la Tradición Colorada (tradicionalistas o sosistas), de Julio María Sosa, escindido del batllismo luego de su disputa con Batlle para acceder a la candidatura presidencial (1928). También existió en su momento la Unión Colorada, desgajada del batllismo y liderada por Baltasar Brum durante su presidencia, pero fue por escaso tiempo, reinsertándose prontamente a su núcleo originario.

Cuando nos refiramos al Partido lo haremos específicamente respecto a la fracción Partido Colorado Batllista (los batllistas), y cuando hablemos de Partido Colorado lo haremos en el sentido de lema colorado, con o sin la inclusión del batllismo, según se verá en su oportunidad.

Recordemos que la Constitución vigente quitaba facultades al presidente de la República —constituyéndolo más bien como un jefe de Estado y no de Gobierno— y se las confería al órgano colegiado del Consejo. Pero Terra avanzó sobre los asuntos que eran de competencia exclusiva de aquel. Al decir del ministro inglés en nuestro país, “como él clamorosamente lo admite en conversaciones privadas, sus acciones son frecuentemente inconstitucionales […]. A despecho de las reprimendas de la otra rama del Poder Ejecutivo, él continúa invadiendo el territorio del Consejo […]. Tal conducta de parte del hombre que aceptó la presidencia en el entendido de que él debía cooperar con los batllistas para abolir la presidencia e implantar un definitivo colegiado, no es un pequeño detalle”.26 Al mismo tiempo, desconocía a las autoridades partidarias como la Agrupación de Gobierno, menospreciaba el diálogo con el resto del Partido y distribuía cargos de gobierno desestimando la votación batllista en detrimento de la de los adversarios dentro del coloradismo o fuera de él.

No obstante, las mayores tensiones son provocadas por el cuestionamiento a la Constitución —a la que entendía había que reformar, dado que en el país “nadie gobierna”—, que Terra realiza en el segundo semestre de su gobierno, al unísono con el replanteo anticolegialista del herrerismo y el riverismo. Por otra parte, la propuesta incluía la realización de un plebiscito del tipo consultivo que la Constitución no preveía, dejando de lado los procedimientos de reforma contemplados en el texto constitucional. Por más que Terra alcanzó en algún momento a proponer algún tipo de colegiado integral, contradictorio con su prédica anticolegialista en general, la principal inquietud era reformar inmediatamente la Constitución o ingresar, en palabras del propio Terra, en “la disyuntiva de una revolución o un golpe de Estado”.27 Para evitarlo, había que superar el “fetichismo constitucional” dado que “la fe supersticiosa en las constituciones es un error […]. En materia de gobierno popular es una estupidez total vacilar frente a las palabras de la constitución”.28

El país vivía, por otra parte, un período de zozobras socioeconómicas con origen en la década del veinte y agudizadas por la crisis mundial de 1929. Las agitaciones producidas fueron el caldo de cultivo de problemas de envergadura al retroalimentarse con los conflictos de naturaleza política. Asimismo corrían rumores de movimientos subversivos, tanto por parte de un supuesto complot comunista,29 como de un aparente levantamiento blanco bajo el liderazgo de Nepomuceno Saravia,30 y de una autodenominada “marcha sobre Montevideo” con reminiscencias fascistas, emprendida por el herrerismo, que alteraban aún más el clima político de la República.

Para los primeros días de abril de 1933 estaba planificada una manifestación convocada por el Comité Pro-Plebiscito y Reforma Inmediata, integrado por terristas, herreristas y riveristas, y según su presidente, Alfredo Navarro, la sola realización de dicha manifestación implicaría que “todos los poderes del Estado, excepto la Presidencia de la República, [debían] quedar caducados”.31 Terra ni siquiera cuestionaba las declaraciones y movilizaciones de signo desestabilizador y golpista. Por el contrario, a comienzos del año había acordado con Luis Alberto de Herrera y Pedro Manini Ríos, líderes de la mayoría blanca y del riverismo, respectivamente, ejecutar un golpe de Estado.

Este finalmente se concretaría el 31 de marzo de 1933. Con tres decretos, firmados por Gabriel Terra, Alberto Demicheli, general Domingo Mendívil y Alberto Mañé, se disuelven las Cámaras, el Consejo Nacional de Administración y las administraciones departamentales. Tiempo después Terra confesaría que había preferido ser dictador antes que “pasar a la historia como un pobre diablo”.32

Todos golpistas

Sobre el apoyo brindado al golpe por Luis A. de Herrera y el riverismo no caben dudas.

El Día denuncia, en febrero de 1933, que Terra y Herrera se habían reunido con esos fines. Cinco años después, El Debate confirmó la existencia de la reunión a través de un extenso documento que la describe, redactado años antes por Herrera y revisado por Terra. A pesar de que el documento muestra a los dos participantes como en una última intentona legalista, el tenor de lo discutido revela hacia dónde estaban dirigidos los entendimientos, tanto que el blanco le habría dicho al colorado: “El cambio radical se impone; hay que hacerlo. Lo haces tú, o lo hacemos nosotros”. Se considera que allí se decidió el golpe, lo que explica las reacciones coléricas de Terra cuando la reunión se hizo pública en su momento. El líder blanco viaja a Río de Janeiro días previos al 31 de marzo, desde donde envía telegráficamente su apoyo al golpe.33 Pedro Manini Ríos, líder riverista, había dado su aval golpista quince días antes del 31 de marzo, como lo confirmó un diputado de su sector en sesión parlamentaria del 17 y 18 de diciembre de 1936,34 y el mismo Manini Ríos lo expresó años después en un artículo con su firma en La Mañana (del 4 de mayo de 1938).35 De esta manera, aun considerando el rol central jugado por el presidente de la República, el golpe de Estado no es de su exclusiva responsabilidad, sino que es necesario atribuírsela también a Herrera y a Manini Ríos.

El golpe también recibió manifestaciones de apoyo de los expresidentes Claudio Williman, José Serrato y Juan Campisteguy, así como de Federico Fleurquin, el candidato “neutral” del batllismo en 1930. Serrato sería designado presidente del Banco de la República.

La Revolución de marzo, como la denominarían sus partidarios —al entender que no era un simple golpe pretoriano, sino que se estaba ante una radical transformación de las estructuras sociopolíticas del país—, se asigna como propósito público establecer una nueva estructura constitucional. Convoca entonces a la elección de una Convención Nacional Constituyente (junio de 1933) que elabora un proyecto que es plebiscitado en abril de 1934. La misma Convención designa a Gabriel Terra como presidente de la República para un nuevo período (1934-1938), a lo que él mismo acepta, según sus palabras, “obligado a sacrificarse para no aparecer como un espíritu egoísta”.36

La nueva Constitución —Constitución de 1934 o “de los bomberos”,37 según los opositores— acababa con el Ejecutivo “bicéfalo” y por ende con el formato colegialista, retornando al sistema de presidente de la República como jefe de Estado y de Gobierno, completando el Poder Ejecutivo con el Consejo de Ministros. Los ministros eran designados por el presidente, debiendo corresponderle tres al segundo partido más votado y el resto para el partido que hubiera obtenido la mayoría electoral. El Poder Legislativo se componía por la Cámara de Diputados, electa por representación proporcional, y la Cámara de Senadores, cuyos 30 miembros serían 15 de la lista más votada del lema más votado y 15 de la lista más votada del lema que le siguiera en número de votos. La oposición lo llamó socarronamente el Senado “del medio y medio”.

El régimen

La situación político-institucional que se origina desde el golpe de Estado fue una dictadura bajo cualquier teoría racional, tal como lo determina en la práctica su manera de ejercer el poder y la forma como se lo alcanzó, es decir, ilegítima y violentamente. Es cierto que avanzado el proceso se le intentó transferir un cierto formato “democrático” clásico —convocatorias electorales mediante—, tratando de mantener algún margen de liberalidad que permitió algunas acciones políticas de la oposición.38 Esto determinó que persistiera el término dictadura, pero albergándose dudas al valorar si, por las razones mencionadas, continuaba percibiéndola así la opinión pública. En algún momento, y según la ocasión, la oposición aludía a las circunstancias como “situacionismo”. Esto nos lleva de la mano al otro término utilizado, el de “régimen”, que creemos es el que mejor describe la situación de forma global y para todo el período. Para el caso, régimen define a una determinada hegemonía política que ejerce el poder autoritariamente estableciendo reglas institucionales exclusivistas para autobeneficiarse y perpetuarse. Por lo tanto, el período de estudio no se constituye por una secuencia de gobiernos —por naturaleza, a término y limitados—, sino por ser un régimen en su conjunto. Desde el propio régimen no necesariamente se evadió la denominación. Desde la oposición se decía régimen a secas o régimen marzista, aludiendo a su origen y a las fuerzas políticas que lo habían creado. Existía, en ese sentido, un marzismo colorado y un marzismo blanco. Por ese motivo, en lo personal también vamos a recurrir a la denominación de régimen terro-herrerista, para remarcar que este fue producto de —y ejercido por— ambas corrientes políticas en su conjunto.

El régimen que se instaló a raíz del golpe del 31 de marzo formó parte de una serie de procesos dictatoriales en América Latina en el entorno de los años 30, aunque el uruguayo fue atípico, especialmente por la no presencia directa del factor militar, la subsistencia de un sistema político civilista y partidista —son sectores de este los qu ...