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NAUFRAGIOS

Esteban Valenti  

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Fragmento

Se puede decir que nací navegando. A los ocho meses me embarcaron en una carcasa flotante y me llevaron desde Italia a la Argentina. El título de este libro puede parecer pesimista, pero no lo es. Para naufragar varias veces hay que reponerse y volver a navegar, una y otra vez. No es lo mismo que flotar.

Es duro reconocerlo, pero la vida y —sobre todo— la lucha son un conjunto de naufragios y por lo tanto de navegaciones, donde las compañías muchas veces son más importantes que los puertos.

Reconozco que mi vida ha sido una sucesión de naufragios. Voy a tratar de relatarlos. Pretendí hacerlo en parte en mis novelas y cuentos anteriores. Siempre quedé insatisfecho, porque nunca lograba mostrar la continuidad de esos naufragios que me han dejado bastante huérfano de raíces y prolífico de navegaciones, la mayoría de ellas terrestres. Nunca sentí que había mostrado las tripas, todas las tripas.

Tengo una gran contradicción entre mostrar las tripas o divertirme al escribir. ¿Lograré en este libro resolver esta tensión?

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Esta no es una novela, pero menos es una historia o una biografía. Es la crónica de mi viaje personal. No soy tan pretencioso ni tan auténtico. Nunca me animaría a contar toda la verdad y nada más que la verdad. No es de navegantes y menos de novelistas. Y me gusta mucho ser novelista, porque siempre se le puede echar la culpa a la imaginación y nunca a la memoria, y además he vivido demasiado pendiente de la realidad. Como la mayoría.

Voy a contar todo lo que me anime, ya que es un libro para publicar mientras yo viva. Eso espero. Escribo porque durante mi vida he tenido muchas pruebas, muchas navegaciones, caminatas y sobre todo naufragios, y por eso no tengo miedo a exponerme.

No tengo que defender a nadie por un mandato superior, anterior y absoluto; ni siquiera a mí mismo. En cierto sentido escribo para mí.

El gran peligro que acecha en cada renglón es la mentira. Los hombres giramos en torno a ella, y nos deslumbra con su fuerte luz ámbar. La verdad es una meta casi inalcanzable, huidiza y peligrosa. Pero existe.

Según mi propia experiencia, un náufrago, en especial uno vocacional y obligado como yo, siempre lleva pegadas a sus ropas —y sobre todo a su alma— las sales y las algas de sus aventuras náuticas y el barro y los perfumes de sus viajes terrestres, y nunca se siente completamente en su casa, en su puerto. Está siempre en una condición provisoria. En mi caso me persiguió la agobiante pregunta de por qué soy un insatisfecho empedernido e inconsolable. Construir la respuesta me llevó muchos años. Tengo que aprovechar esta ventana de sinceridad en este momento de mi vida para compartir esta revelación, o al menos para contármela a mí mismo.

Probablemente por la persistente necesidad de responder a esa pregunta es que amo las tardes lluviosas, cuando el agua cae como agujas y el viento sacude los árboles, pero sobre todo la imaginación y la melancolía. Y amo entrañablemente los puertos, son el mayor enemigo de los naufragios. No obstante, naufragar es mi condición.

Yo vine a este mundo para ser náufrago; cuatro días antes de nacer había muerto el pilar de mi familia, su ancla, mi abuelo Armando Pitino, derrotado por varios años de luchar contra el cáncer. Me dejó de regalo un cochecito inglés de bebé, con grandes ruedas. Con él y ocho meses de vida emprendí el cruce del Atlántico, desde Génova hacia Buenos Aires, en una nave —de alguna manera hay que llamarla— construida durante la guerra y que en 1943 fue hundida en el puerto de La Spezia por la aviación nazi y luego reflotada. Se llamaba M/N Ravello. Luego de emparcharla como pudieron, pasó a integrar la flota de Achille Lauro, el armador napolitano.

El comienzo de mis navegaciones no fue por cierto muy prometedor. Veintiocho días después de zarpar de Italia llegamos al puerto de Buenos Aires en el mes de diciembre de 1948. Poco antes de las fiestas.

Le voy a dedicar un capítulo entero a esa travesía, porque —aunque mi lugar de observación y sobre todo mi edad no me permitieron guardar muchos recuerdos— fue tantas veces comentada en la familia que me ahorra imaginación y novelería.

Mi abuelo Armando me dejó otras cosas además del cochecito que aparece en mis primeras fotografías. Me dejó una foto color sepia de cuando era oficial de artillería y, embarcado en un biplano y sobrevolando los Alpes, orientaba el fuego de los cañones de su regimiento en la Primera Guerra Mundial. Me legó un carácter bastante insoportable —lo de insoportable es una gentileza—, mi metro ochenta de estatura y el color de mis ojos, que solo él tenía en toda la familia, tanto del lado de los sicilianos como del de los romanos. Y sobre todo me dejó su leyenda de ser el pilar implacable de su familia, de mi abuela Matilde y sus tres hijos, Elsa, Vincenzo y Giacomo.

Estuve viviendo en Argentina en tres etapas diferentes, tres de mis naufragios. La segunda gran navegación —aunque con al menos tres períodos distintos— es en Uruguay y es la que más tiempo ha durado y donde todavía intento mantenerme a flote. En mi Italia natal tuve dos estancias y muchos viajes. En fin, el resultado de todos estos periplos es que me es imposible definir mis raíces; las tengo tan entreveradas que, aunque busco todas las definiciones literarias sobre los orígenes, me sigo sintiendo un eterno nómada y ya he perdido la esperanza de encontrar un puerto que me identifique totalmente. Y lo peor es que en todas partes siento nostalgia.

Es como si bajo la tierra que piso se mezclaran las raíces de los naranjales y los olivos, junto al coronilla, los plátanos y sobre todo las hierbas de las colinas onduladas y azules de mi Uruguay.

Pienso y hago las cuentas en español, excepto cuando estoy en Italia, donde me funciona automáticamente un sistema electrónico mental por el que insulto en italiano, pienso en italiano y hasta cuento en italiano. Sobre todo cuando pienso en la muerte, de la que he estado bastante cerca en diversas oportunidades, pienso en italiano. Aunque me cueste reconocerlo.

También cuando recuerdo a mi madre y mi abuela materna lo hago en italiano. Elsa murió a los sesenta años de edad en Mar del Plata, Argentina, en 1981, y ni siquiera pude despedirme de ella. Mi abuela Matilde también murió en Argentina sin resignarse nunca a hablar el español, en sus ochenta años, de los cuales vivió casi cuarenta en Buenos Aires.

No tengo el más mínimo recuerdo de mi primera casa en Roma, ni de la tierra de mi abuelo en Palermo, Sicilia. Tampoco podría explicar con seriedad y serenidad por qué los míos juntaron sus petates y un día decidieron venirse a América. Por hambre no fue, aunque el pan, el queso y todo costaba muy caro en el mercado negro romano; tampoco se fueron por la ilusión de hacerse la América. Además, mi familia materna arrastró a mi padre, que tenía pocas razones para emigrar y dejar a su madre, a sus cinco hermanos y toda su vida romana. ¿Por qué se fueron? Nunca intentaron explicármelo, porque en definitiva tampoco lograron explicarse ellos mismos esa primera navegación, ese anuncio de un naufragio. La nostalgia de Italia siempre lo cubrió todo.

Mis parientes nunca, absolutamente nunca, se sintieron en su casa en Argentina; pero lo peor es que cuando viajaban a Italia debían demostrar ante sus familiares y amigos lo acertado de su decisión original de ir a la conquista de la América, y volvían a Italia convencidos de que obligatoriamente debían regresar a la Argentina. Ellos también vivieron sus naufragios. La última fue mi tía Gianni, la napolitana que hace muy poco murió a los noventa y nueve años en Buenos Aires. Entre sus muchas aventuras llegó a ser novia de Aníbal Troilo.

En Argentina de niño me llamaban “gringo” o “tano”, en las muchas escuelas que conocí, en los campitos de fútbol o en la calle donde aprendí a jugar a la bolita, a la pelota o al trompo, saltando charcos y cunetas. Y no me lo decían con cariño. Al menos nunca lo sentí así. Fue una de mis primeras sensaciones de náufrago.

Ahora ya de cansado navegante en Uruguay me dicen el Tano y lo he integrado a mi propia identidad sin mayores problemas. En Italia, durante cinco años y medio, era un exiliado uruguaiano. No me siento ni me sentí nunca un tano.

Dicen —no recuerdo quién— que tu puerto está donde tuviste tu primer amor y donde te ganaste el pan por primera vez. Hay otras versiones: donde tuviste tu familia, tus mejores amigos, tu choza, donde viste tu primera película e infinidad de variantes. Una de las más importantes responde a cuál es la selección de fútbol que más te emociona. En mi caso, una de las cosas seguras de mi vida, al menos desde hace unos cuantos años, es que soy de la Celeste, de la selección uruguaya de fútbol, con la que festejo y sufro como un endemoniado. Soy fanático hasta la ronquera y pronuncio las peores maldiciones durante los partidos.

Pero mi condición de náufrago no es solo territorial, es también de otro tipo. Durante veintiocho años tuve un puerto seguro, firme, expansivo, que crecía en forma constante y me cobijaba y abrigaba: fui comunista. Sin embargo, terminó siendo el peor naufragio de mi vida. Pero no me arrepiento, la navegación valió la pena, sobre todo por los otros pasajeros. Ahora estoy al aire libre, sin techo y sometido a todas las tormentas, a muchas desilusiones y en una balsa bastante despoblada.

Cuando hablo de los pasajeros no me refiero a las masas, sino a mis hermanos, amigos y compañeros con nombre y apellido con los que compartí esa etapa tan vital, tan llena de amores y de odios, y finalmente de frustraciones. Esos son los naufragios más dolorosos, cuando detrás se deja una estela de afectos y de sueños.

De esa navegación tan particular recuerdo también a mis enemigos y, mirando a la distancia, me doy cuenta de qué tan cerca estuve de parecerme a ellos.

Además tuve una breve navegación de cuatro meses en la Unión Soviética y nada menos que para hacer un curso en la KGB, así que también de ese naufragio tendré que hablar.

Desde mi balsa actual creo tener la fuerza o sobre todo el hastío suficiente para mirar hacia atrás y relatar todo lo que me atreva. Lo que tengo bien claro es que mis viajes nunca fueron en línea recta, y he comprobado la polémica teoría de la fundamental influencia del aleteo de una mariposa en cualquier lugar del mundo para condicionar tu vida y agitar tus velas.

Luego de tantas navegaciones quedan algunas experiencias, la más obvia es la que todos repetirán hasta el cansancio: hay que volver a empezar. Pero hay otra, y es que los sufrimientos, las derrotas, los dolores, incluso los horrores son parte esencial de la vida, hasta el final, no hay que despreciarlos. La felicidad inmóvil es para los idiotas y los muertos.

Lo más doloroso de un naufragio es dejar atrás a los Wilson, que nunca son una desinflada pelota de vóleibol rellena de juncos, como en la película de Tom Hanks.

I
EL PRIMER NAUFRAGIO
Hacer la América

Nací en marzo en una casa abrumada bajo el impacto de la muerte de mi abuelo l’avvocato Armando Pitino. Era siciliano, de una familia noble, de barones de origen normando, abogado venido irremediablemente a menos por la guerra y por el cáncer que le consumió la vida y el patrimonio. Era el año 1948, y la guerra todavía estaba en todos lados: en el altísimo índice de suicidios, en la batalla cotidiana por conseguir víveres y en una sociedad derrotada que salía del sopor de sus absurdos y miserables sueños del nuevo imperio que le había prometido Mussolini. Y lo peor es que la mayoría de los italianos habían creído y luchado por sus promesas y sus delirios.

Una sociedad y un país que dos años antes de mi nacimiento expulsaron a la monarquía con un referéndum. En esa convocatoria, toda la familia de mi madre votó a favor de la monarquía; mi padre y la suya, en contra. En esa Italia que aprendía a vivir como una república convivían muchos, demasiados resabios del fascismo, no solo en las instituciones, sino en la gente, en esos millones de italianos que en algún momento fueron la mayoría, que desbordaban todas las plazas para vivar a ese histrión casi de opereta que los arrastró a la guerra. Un país que había combatido en la misma guerra de ambos lados, del eje nazi-fascista y del de los aliados a partir del año 1943. No tenía mucho de qué sentirse orgulloso. Un país debajo de cuyas ruinas comenzaba a despuntar esa capacidad milenaria de emerger, de construir, de producir ideas y cultura, a costa de desgarrarse el corazón; lo único decente que tenían para exhibir algunos era la lucha de los partisanos, aunque no se desarrolló en toda Italia.

En mi familia las cosas eran más simples. Mi padre Mario y mi madre Elsa se habían casado en la Basílica di Santa Maria degli Angeli e dei Martiri en Piazza Essedra y eran un matrimonio típico de la guerra, de los encuentros imposibles en otras circunstancias. Mario tenía un pequeño restaurante en Via del Viminale, a pocos metros del Ministerio del Interior y debajo del Albergho Impero. Mucho nombre para un hotelucho de medio pelo.

Era romano, hijo de una familia de laburantes muy modesta. Mi abuela Felicetta, nacida en un pequeño pueblo de los Abruzos, fue casi toda la vida analfabeta, hasta que mi prima Laura, cuando la abuela ya era anciana, le enseñó los rudimentos de la lectura. Mi abuelo Sabatino tenía una lechería en Piazza Vitorrio Emanuele y producía yogurt con fermentos traídos de Bulgaria. Cerca de esa plaza lo aplastó en 1942 un camión del ejército nazi en un accidente.

Mis abuelos paternos nunca se llevaron bien con los fascistas. Todo lo contrario de la familia de mi madre, que cumplió todos los ritos e incluso emigró a la Argentina llevando los recuerdos y varios objetos de admiración por el fascismo y la monarquía. Mis tíos, Vincenzo sobre todo, habían sido balillas (miembros de la organización de la juventud fascista) en la Universidad. Este se había recibido de abogado siguiendo la tradición de su padre. Mi madre había terminado la licenciatura en Letras en la Università degli Studi di Roma, con una tesis sobre el “Infierno” de Dante Alighieri.

De modo que mi madre y mi padre no tenían nada que ver, no compartían inquietudes culturales, menos su nivel social y sus intereses. Nada. Pero se casaron. Elsa usó un vestido de novia hecho con la seda de un paracaídas norteamericano comprado en el mercado negro.

El mercado negro tuvo su influencia importante en mi primer naufragio. Todo en Italia estaba rigurosamente racionado y por lo tanto los italianos habían organizado, con la directa participación de las tropas de ocupación aliadas, un gigantesco mercado negro. Cigarrillos, medias de seda, chocolate, latas de comida y miles de objetos se traficaban todos los días. Mi abuela Matilde nos recordaba siempre que llegaron a la conclusión de que ya la situación era insostenible cuando cambiaron una bandeja de plata maciza por una pequeña horma de queso pecorino producida en los alrededores de Roma, en los Castillos Romanos, los montes cercanos a la ciudad eterna.

El juego de cubiertos y bandejas de plata de la familia se estaba agotando rápidamente. Así que embalaron lo que quedaba de la plata, junto a otros objetos de un rico patrimonio venido a menos, y atendieron el llamado desde América.

Otro de los lazos de la familia de mis abuelos maternos con el fascismo era el profesor Ruggiero Fiorentini, ingeniero especializado en la coquificación del carbón y jerarca fascista durante el régimen. Junto a mi tía Pina, hermana de mi abuela Matilde, habían emigrado a la Argentina, invitados gentilmente por el gobierno de Juan Domingo Perón para trabajar en Yacimientos Carboníferos Fiscales (YCF), de río Turbio. Aunque creo que el ingegnere nunca se movió de su cómoda oficina en la capital, Buenos Aires.

Ruggiero Fiorentini había comenzado a hacerse la América y se había salvado de rendir cuentas en Italia por su pasado de jerarca de las corporaciones fascistas. Varias veces había invitado “desinteresadamente” a sus parientes a viajar a la Argentina. En realidad lo que le importaba era que le lleváramos la plata de la venta de su mansión veraniega en Viareggio, uno de los balnearios de moda de los ricos en los tiempos del fascismo.

Así que cuando yo no había cumplido ni siquiera ocho meses nos tomamos un tren desde Roma a Génova, y en ese puerto abordamos la nave. De alguna manera había que llamar al Ravello, una reliquia infame de la guerra. Creo que en toda su existencia se atrevieron solo dos veces a hacerlo cruzar el Atlántico. En uno de esos dos viajes íbamos nosotros. Mi abuela Matilde, mi madre Elsa, mi padre Mario, mis tíos Vincenzo y Giacomo, y yo, en mi elegante cochecito, regalo de mi abuelo antes de morir. Hablo mucho del cochecito porque su imagen aparece en todas las fotos que me tomaron en el viaje marítimo y en varias al llegar a Buenos Aires, pero sobre todo porque es el eslabón —no solo material— que me une a mi abuelo Armando.

En el Ravello teníamos dos camarotes dignos de ese resto náutico, que tenía las dimensiones de los antiguos barcos de la carrera que cruzaban el Río de la Plata. El viaje duró veintiocho días. No puedo relatarles mis recuerdos porque, aunque la experiencia fue muy fuerte y llena de anécdotas, no tenía la edad suficiente. Pero en mi casa, durante años, ese viaje de galeotes se recordaba entre sorna y pavor. Sobre todo por parte de mi padre.

Partimos de una Génova sumergida en el inicio frío y húmedo del invierno del norte, con lo que el camarote y todo el barco eran una heladera flotante, y a mí me abrigaban casi hasta asfixiarme. Los relatos sobre la comida y las escenas y desplantes realizados por mi abuela ante el capitán, para protestar por la dieta cuartelera, se integraron a la épica familiar. Y eso que ellos venían de Roma del año 1948, donde no se podía decir que abundaran los víveres. Pero parece que en el Ravello se esmeraban por mortificar dos veces al día a sus pasajeros con el menú.

No voy a describirles el barco, necesitaría demasiados adjetivos y, aunque el idioma español es pródigo en la materia, no reflejaría a cabalidad aquellos escasos ojos de buey, su borda totalmente despintada o su humareda oscura escapando de la chimenea. Por eso adjunto una fotografía. Es en blanco y negro, pero el color verdadero de la “nave” no era muy diferente… Según el detallado y reiterado relato de todos mis parientes, esta imagen es mucho mejor que la realidad, sobre todo a bordo, en los camarotes y en el comedor.

Fotografía del Ravello, de 1948.

Entre los muchos puertos en que el barco ancló para abastecerse, uno de ellos fue Dakar (capital de Senegal), y en esa ciudad uno de los pasajeros tuvo la excelente idea de comprarse un pequeño mono. Pues ese animalito tan simpático se subió a una de las estructuras de la nave y desde allí arriba meó a varios pasajeros, y entre los afortunados estaba yo. Es decir que a poco de nacer fui meado por un mono, en un barco de mala muerte, que se balanceaba como un endemoniado apenas el mar se rizaba con alguna ola y se llenaba de un intenso olor a vómito de un sinfín de personas asomadas a la borda, con sus rostros de un pálido amarillo verdoso.

Creo que fue allí donde le tomé cierta tirria a la navegación, aunque mis sucesivos viajes me obligaron a subirme a muchas naves de diversas dimensiones y propósitos.

La parte más dura fue el cruce del Ecuador. No había mucho ambiente para organizar fiestas y saraos, como se estilaba al cruzar el Atlántico, en aquel amasijo de pasajeros; lo único que querían era llegar lo antes posible a su destino. Pero el calor agobiante resultaba imposible de soportar en el camarote. Así que mi padre durante cuatro noches seguidas me subía a mí en mi cochecito a cubierta para que no me asfixiara. Y me lo recordó varias veces en diferentes edades.

La llegada al puerto de Buenos Aires fue en el mes de diciembre, en que hacía ese calor tan amigable que tiene esa ciudad. Bajamos por la pasarela de madera cargados de bultos y yo en mi infaltable cochecito, que en esa oportunidad cumplía la doble función de transportarme y de llevar buena parte de los dólares pertenecientes a zio Ruggiero. Mi abuela Matilde se indignó porque incluso antes de que tocáramos tierra, mientras hacíamos equilibrio en la pasarela, el tío hizo el característico gesto de frotarse el índice y el pulgar a modo de pregunta: ¿trajeron la plata? Un personaje de primera.

Esta fue mi primera navegación y el último naufragio llamándome Stefano. A partir de allí me llamé Esteban y luego cambié por otros varios nombres, como Nino, Claudio Nino, Giorgio Caldera o el Flaco. Ahora soy el Tano.

II
EL SEGUNDO NAUFRAGIO
La esquiva Argentina

El ingeniero Ruggiero Fiorentini y la zia Pina nos esperaban en el puerto con dos autos de alquiler que nos llevaron hasta un espectacular apartamento en la calle Arroyo, en uno de los mejores barrios de Buenos Aires. Todos los muebles, estatuas, lámparas, cuadros y adornos los habían traído desde Italia. Nunca olvidaré una enorme araña roja, de cristal de Murano, que el zio tenía en su escritorio. Me impresionaba como una enorme garra color sangre que nos vigilaba desde el techo, muy bajo para semejante artefacto.

Otros objetos más picantes y menos tétricos que había en ese apartamento, pude apreciarlos más adelante en algunas visitas cuando tuve la edad suficiente, como estatuas de mármol blanco, tamaño natural y siempre en poses muy sensuales y voluptuosas. Pero lo mejor de la exposición eran unos cuadros enormes que apenas entraban en las paredes del apartamento y que en vertical y horizontal pintaban el rapto por parte de piratas negros a unas ninfas que casualmente los esperaban indolentes y desnudas en la costa. Esa fue mi primera experiencia pornográfica, o erótica, depende cómo se la mire. Para mí, a los siete años, era la suma total de ambas cosas.

Descargados los bultos que trajimos de Italia, y sobre todo los dólares, la estadía se hizo breve e insoportable, a pesar de que el apartamento era enorme para un matrimonio y su sirvienta. Así la llamaban ambos cónyuges, aunque mi tío en la intimidad le prodigara otros calificativos y atenciones, según cuchicheaban mis tíos y mi madre unos años después, creyendo que yo no los entendía. Lo más cómico es que lo comentaban en español para evitar que yo comprendiera sus chimentos.

Los varones de la familia se pusieron de inmediato a buscar trabajo, con suerte diversa. Mi padre, que tenía oficio, se empleó en la heladería París, en Callao y Santa Fe; mientras que mis tíos se tuvieron que guardar sus aspiraciones patricias y sus estudios e ir a trabajar, uno limpiando de noche los enormes locales de Gath & Chaves, la gran tienda por departamentos en el centro de la ciudad, y el otro descargando diarios en la madrugada en la avenida Leandro Alem. El calvario social les duró poco. Enseguida comenzaron su ascenso y nos mudamos del corazón de lo mejor de Buenos Aires a un departamentito en el barrio de Liniers, al oeste de la ciudad. Todos juntitos, una tortura diaria.

A los dieciséis meses de llegar, nació mi hermano Giorgio, Jorge en su documento de identidad, el primer vástago argentino de toda la familia. Vio la luz en el hospital Ramos Mejía. Ahora teníamos otras raíces. Giorgio ha vivido en varios países: Argentina, Brasil, las islas Canarias, pero desde hace muchos años vive en Uruguay. Es argentino; si juegan Uruguay y Argentina al fútbol, yo sé perfectamente por quién hincha… pero critica y quiere mucho al Uruguay.

Aunque parezca mentira por mi corta edad, de esa estadía de siete años en Argentina —interrumpida por dos viajes en barco a Italia, el primero con mi abuela y el segundo con mi madre y mi hermano— las marcas más profundas en mi memoria las dejaron hechos políticos. Así como suena.

Recuerdo con bastante detalle cuando la aviación sublevada bombardeó la Plaza de Mayo en junio de 1955, lo que dejó más de 300 muertos y centenares de heridos. Vivíamos en la calle General Pico, cerca de la Escuela de Mecánica de la Armada en la avenida Libertador, casi en el límite de la Capital Federal y de la Provincia de Buenos Aires. En ese tiempo en el inicio de la avenida General Paz había una rotonda; y cuando el ómnibus de mi escuela, que estaba en la provincia, quiso cruzar, se lo impidieron varios soldados armados a guerra. En la rotonda, con sus cañones apuntando hacia la Escuela de Mecánica de la Armada, había decenas de tanques del ejército que todavía eran leales al presidente Juan Domingo Perón.

Sobre la azotea de la casa de apartamentos de cuatro pisos donde vivíamos, habían instalado una ametralladora antiaérea pesada y las municiones las izaban con unas jaulas metálicas por afuera, lo que causaba gran despliegue y curiosidad de los vecinos. Obviamente la ametralladora apuntaba contra la misma Escuela Mecánica de la Armada, porque fue esa arma la que había realizado el primer alzamiento e intento de golpe contra Perón.

Algunos días después —no recuerdo cuántos después del ametrallamiento de la Plaza de Mayo— tuvimos que ir hasta el centro. Los agujeros en la fachada del Ministerio de Trabajo y Previsión y en la Casa Rosada eran muy notorios, y había una multitud de curiosos mirando en esa dirección. En la plaza había olor y color de muerte, aunque ya no quedaban obviamente cadáveres.

Todos mis recuerdos de ese tipo tienen un actor casi exclusivo, Perón. Juan Domingo Perón era omnipresente. También Evita. Mi padre ya trabajaba en el Plaza Hotel como maitre y nos relataba sus encuentros con Eva Perón, sus peleas en la confitería de los espejos del hotel y la buena relación que había establecido con ella. Fue Eva Perón quien le presentó a mi padre a Alberto Dodero, el dueño de la flota fluvial que cruzaba el Río de la Plata y que estaba construyendo el Victoria Plaza Hotel en Montevideo. Mi padre insistió siempre que la propiedad del hotel uruguayo era también de Eva Perón.

Los relatos de mi padre sobre Eva Duarte, sus peleas con otras actrices, su avasallante personalidad, el lujo de sus pieles y sus vestidos y su actitud de muñeca brava me impactaban. Fue un personaje distante pero presente incluso luego de su muerte.

Recuerdo haber visto en un cine el noticiero de Sucesos Argentinos con la imponente caravana y la congoja de cientos de miles de argentinos durante su sepelio. También recuerdo con horror unas pintadas en algunos muros de Buenos Aires: “Viva el cáncer”. Así conocí el cáncer, pero sobre todo el odio.

El otro recuerdo, también político, fue el golpe de Estado de setiembre de 1955. El ametrallamiento de los aviones de la Marina fue solo el preámbulo; pocos meses después lograron derrocar a Perón, que era el presidente constitucional. Seguí las noticias por la radio y por los diarios. Tenía siete años, pero hay cosas que ni siquiera a esa edad se olvidan, quedan como un halo de turbulencia, de tragedia. En el país, en la escuela, en todos lados no se hablaba de otro tema.

En mi casa, donde todavía no se habían olvidado los bombardeos de la guerra en Italia, aparecieron nuevamente las tensiones y los miedos; hablaban las armas, que irrumpieron en la vida de la ciudad donde vivíamos.

El santo y seña de los golpistas que apareció en todos los diarios fue “Dios es justo”. Fue uno de mis encuentros contradictorios con Dios, como tantas veces en la historia.

Pasaron varias semanas para que pudiera volver a clase. Había comenzado el año anterior en la escuela pública que funcionaba en el Hipódromo de Palermo, fruto de un interminable peregrinaje por diversas escuelas que me llevaron a completar los ocho años en once centros educativos diferentes. Fui casi un nómade.

Una de las oportunidades en que la muerte me rozó fue cuando contraje una forma muy agresiva de hepatitis, y el médico me visitaba todos los días y ponía una cara que no era muy esperanzadora. Además mi tío, que era abogado, me daba una serie interminable de inyecciones. Como enfermero era un excelente abogado.

Logro rescatar otra anécdota, la pateadura que me ligué, en una época en que el debate sobre la pedagogía era menos sofisticado. Mi madre nos vistió de punto en blanco, literalmente. Luciendo buzos blancos inmaculados, nos dejó esperando a Giorgio y a mí para festejar un cumpleaños. A pocos metros, sobre una mesa, había una hermosa torta de chocolate y a mí no se me ocurrió mejor idea que pegarle dedazos y repartir la cobertura. Al menos fui igualitario, un dedazo para mi hermano y otro para mí, pero entre cada uno me limpiaba el chocolate siempre en el buzo de mi hermano. Que además era más chico e inimputable. En este caso y en el de las inyecciones tuve dificultades para sentarme durante varios días.

No todo era de corte trágico y político; ahora que ya tengo la edad puedo decirles que en las pocas visitas que hicimos al apartamento de zio Ruggiero, sobre todo con la nonna Tilde, además de conocer por primera vez la desnudez de las mujeres en cuadros y esculturas, los domingos acompañábamos a mis tíos a la iglesia de la avenida Santa Fe. Siempre me pregunté por qué las confesiones de mi tío eran tan breves.

Tampoco puedo olvidar que fue en esos años que descubrí mi debilidad, se puede decir mi total debilidad, por las mujeres. A la que más recuerdo es a Françoise, una francesita que vivía en el mismo edificio de apartamentos de nonna Tilde y zio Giacomo, en Migueletes 1160. La morochita que pronunciaba bastante mal el español me tuvo a mal traer por varios meses.

De esa masa de recuerdos rescato también el día que conocí el frío, mejor dicho el aire acondicionado. Buenos Aires siempre tuvo en verano un calor de horno, condimentado con las miles de chimeneas de los incineradores de los edificios que quemaban la basura a domicilio. Yo nunca soporté bien el calor y los ventiladores no estaban a nuestro alcance. Uno de los remedios para sobrellevar el verano era tirar una sábana para dormir sobre el piso de baldosas y tratar de sobrevivir a las noches tórridas.

Mi tío Vincenzo (en Argentina, Vicente) había entrado a trabajar en Italmar, la compañía marítima italiana que tenía grandes oficinas en la avenida Córdoba y Florida. Un día fuimos con mi madre y mi hermano a visitarlo y descubrí el aire acondicionado, uno de los mejores inventos humanos. No lo podía creer, de un lado de la puerta giratoria el infierno, del otro el paraíso, fresco, suave, silencioso, como si el cambio del clima modificara el humor de la gente. Por eso las varias veces que leí Cien años de soledad, al llegar a estas líneas: “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo”, yo siempre recordaba algo más trivial, la tarde bochornosa de Buenos Aires en que conocí el aire acondicionado.

Cuando Italmar inauguró una línea marítima con dos hermosas y modernas naves, el Augustus y el Giulio Cesare, mi abuela Matilde y yo tuvimos el privilegio de hacer el primer viaje de la familia de retorno a Italia. Nunca entendí bien si me eligieron para que acompañara a mi abuela o a la inversa. Lo cierto es que a pesar de que fuimos en tercera clase, comparado con la travesía del Ravello, ese fue un viaje de lujo y de placer. Con un camarote para nosotros dos solos y con un servicio de comidas que le hacía honor a la tradición italiana. La mejor demostración es que mi abuela nunca se quejó del menú y no tenía por cierto un carácter ni un paladar fácil. Tengo un vago recuerdo y es que el camarote era interno y allí comenzó mi rechazo de los lugares cerrados, que me ha perseguido toda la vida. Creo que se llama claustrofobia.

Llegamos a Roma en invierno. Recuerdo vagamente las ferias navideñas en diversas plazas, en especial en Piazza Navona y en el Lungo Tevere, los pesebres y la visita a las casas de mis parientes donde recolectaba regalos. Debo haber heredado un carácter batido, de mi abuela Tilde y de mi abuelo Armando. Lo cierto es que con mis seis años de edad en esas pocas semanas me las arreglé para dejar la imagen de ser insoportable, arrogante y tener líos sobre todo con algunos de mis tíos y primas. Excepto con mi abuela paterna, la nonna Felicetta, que era como un remanso de dulzura, de buena comida y de cariño.

Aquella fue la única y última vez que la vi. La recuerdo también por el perfume de sus salsas, que se sentía incluso desde las escaleras del viejo edificio de varios pisos donde vivía. Me divertía con ella mientras me perseguía por los diferentes ambientes haciendo ruido con sus pantuflas. La vi poco, pero la quise mucho.

La otra vertiente de mi familia, la de mi abuela Matilde —es decir, de mis parientes maternos— era totalmente diferente. De otro nivel social y sobre todo con otras ínfulas. Ya se habían recuperado de los mandobles de la guerra y habían comenzado su ascenso social y económico.

Para muestra, los regalos. De todos los que recibí en ese viaje, el que recuerdo hasta hoy es un coche plateado y descapotable que subiéndole la antena hacía sonar un carillón. Me cansé de mostrarlo en el viaje de regreso y a mi llegada a Buenos Aires. Era una hermosura cara y rara, me la regaló il&nbs ...