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MUJERES ALTERADAS 1

Maitena  

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Fragmento

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No era amor ni era nada; a lo sumo, una mera voluntad de amar; unas ansias desganadas sin destinatario que comenzaron a incubarse en el hartazgo, que se fueron macerando al cobijo de una vida que se había espesado a fuerza de repetirse como obra de teatro: los mismos parlamentos, los mismos gestos, las mismas recriminaciones y las mismas faltas. Una vida encauzada por los rígidos rieles del matrimonio y del trabajo que hacían que Pablo se entregara melancólico a cumplir sin más con sus obligaciones; porque hacía lo que tenía que hacer y lo hacía aceptablemente, pero sin acelerar, sin emocionarse, como si todo estuviese empatinado, envuelto en la atmósfera tibia e indolente de los domingos.

Para Pablo el mundo estaba enfantasmado; un toldo gris opaco borraba las fronteras entre lo uno y lo otro; lo volvía incapaz de distinguir los domingos de los lunes, las tardes de las noches o un año de otro. Y era lógico que ahí, en la grisura de los días, apareciese Lola: ¿la potencia del amor despampanante capaz de succionar toda la mugre de la vida y de pintar el universo con fosforescencias nuevas? No, no iba a ser tan sencillo, aunque tampoco imposible. Lola simplemente apareció, se dejó ver, despuntó un momento como un bemol sostenido a la mitad de una larga monotonía; se bajó del paisaje, quiero decir, salió de un vagón del Metro y Pablo —que estaba en el andén con la vista perdida y las manos metidas en los bolsillos de la gabardina— la recibió en el pecho, pues Lola venía en vilo, convertida en escudo del tropel de usuarios que buscaba salir del vagón, y fue arrojada sobre él. Quedaron estampados la una contra el otro sin poder moverse, ya que detrás de Pablo también otra multitud empujaba para entrar. En esas condiciones no había manera de ignorarse: tenían los cuerpos tan puntualmente empalmados que los labios de Pablo y de Lola se amoldaban en un beso involuntario y en una sonrisa avergonzada con la que ambos querían dejar en claro que aquel embarrarse no era culpa de ellos. Unos segundos se mantuvieron fundidos pecho a pecho, sexo contra sexo, hasta que la prisa de la gente se los llevó de corbata en distintas direcciones: Pablo fue a dar al fondo del vagón y ella, por un laberinto de túneles y escaleras que terminaba en la boca del Metro, salió expulsada a una tarde lluviosa de la ciudad de México.

Era abril y Pablo, hundido en la asfixia del vagón y con la bolsa de una señora encajada en el vientre, se puso a pensar en ese breve beso, que más que beso había sido un incómodo restregar de labios, de pechos y cinturas. Pero, de cualquier modo, se dijo, era más agradable que esta bolsa, y empujó para librarse del peso muerto de la señora y del de otros cuatro pasajeros que materialmente venían encima de él. Órale, qué te traes, protestaron a coro los usuarios y Pablo tuvo que encogerse y dejar que el corsé humano volviera a ceñirlo.

No era fea, siguió pensando Pablo, nada fea… Tenía el pelo corto, los labios suaves, y trató de recordar más detalles; sin embargo, la sensación de irse junto con todos hacia delante, y luego junto con todos hacia atrás, desbancó en su cabeza cualquier impresión que no fuera la de la inercia: Pablo era parte de esa espesura humana. El Metro se detuvo y una manada de pasajeros entró refutando la ley de la impenetrabilidad de los sólidos: la bolsa de la señora crujió contra el abdomen de Pablo. Ya no era posible respirar y menos entre aquellos cabellos de estropajo que la señora le había metido en la cara. ¿Se puede hacer tantito para allá?, le pidió con un hilo de voz y comenzó a luchar por acercarse a la puerta. Aún le faltaban diez estaciones, pero era obvio que alcanzar la salida no iba a ser fácil: cada uno de sus intentos era contrarrestado por una fuerza inversa y desproporcionada que lo regresaba hacia atrás. Sólo los labios de aquella muchacha habían sido un destello en la opacidad de ese día, un hito en la continua insipidez del mundo, pero tampoco habían sido para tanto.

Lola, por su parte, no le había dedicado a Pablo siquiera un pensamiento: eran tantas las personas con las que se había empalmado ese día, tantas con las que se había besado involuntariamente en ese mes, tantísimas a lo largo de sus años de pasajera frecuente de las horas pico en el Metro, que un hombre más, aunque hubiera compartido con él una sonrisa de disculpa, no tenía ningún significado. En cuanto llegó a la calle y abrió la pronunciada cúpula de su paraguas transparente para cruzar la lluvia torrencial se quedó absorta: las calles estaban inundadas, el agua tenía poco menos de un metro y seguía subiendo, los automóviles varad

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