Loading...

MáQUINAS MORTALES (SERIE MáQUINAS MORTALES 1)

Philip Reeve  

0


Fragmento

1
El Territorio de Caza

Era una tarde de primavera, oscura y desapacible, y la ciudad de Londres iba en persecución de una pequeña población minera cruzando el lecho seco del antiguo mar del Norte.

En tiempos más felices, Londres nunca se hubiera molestado por una presa tan débil. La gran ciudad-tracción había empleado antaño sus días en la caza de ciudades mayores que esta, yendo hacia el norte hasta los bordes del Desierto de Hielo y hacia el sur hasta las orillas del Mediterráneo. Pero en los últimos tiempos, cualquier tipo de presa había empezado a escasear y algunas de las ciudades mayores comenzaban ya a mirar a Londres con ojos hambrientos. Hacía ya diez años que se ocultaba a la vista de aquellas, emboscándose en un montañoso y húmedo distrito occidental que el Gremio de Historiadores afirmaba que había sido antiguamente la isla de Gran Bretaña. Durante diez años, apenas había comido nada más que pequeñas ciudades del campo y establecimientos estáticos de aquellas húmedas colinas. Ahora, por fin, el alcalde había decidido que era una buena ocasión para volver a llevar a su ciudad por encima del puente terrestre hasta el gran Territorio de Caza.

Habían recorrido poco menos que la mitad del trayecto cuando los centinelas de las altas torres de vigilancia avistaron la población minera, que mordisqueaba en las llanuras de sal a unos treinta kilómetros por delante. Para la gente de Londres, aquello parecía una señal de los dioses, e incluso el alcalde (que no creía en dioses ni en señales) pensó que era un buen comienzo del viaje hacia el este y dio la orden de darle caza.

La población minera vio el peligro y les enseñó la popa, pero las enormes cadenas del tractor de oruga que movía Londres ya comenzaban a rodar más y más velozmente. Pronto la ciudad se afanaba en la feroz persecución, una montaña de metal en movimiento que se alzaba en siete alturas como los pisos de una tarta nupcial, los niveles inferiores envueltos en el humo de los motores, las villas de opulento y fulgurante blanco de los estratos superiores y, por encima de todo, la cruz de la cúpula de la catedral de San Pablo, con sus destellos de oro, a más de seiscientos metros sobre la arruinada tierra.

*   *   *

Tom se encontraba limpiando las piezas de la sección de Historia Natural del Museo de Londres cuando aquello empezó. Sintió el temblor delator en el suelo de metal y elevó la vista para ver las maquetas de ballenas y delfines, que colgaban del techo de la galería, balancearse en sus cables con suaves chirridos.

No se sintió alarmado. Llevaba viviendo en Londres sus quince años y estaba acostumbrado a sus movimientos. Sabía que la ciudad estaba cambiando de rumbo y aumentando la velocidad. Un hormigueo de agitación le recorrió el cuerpo: la vieja emoción de la caza que todos los londinenses compartían. ¡Debía de haber alguna presa a la vista! Dejando sus cepillos y plumeros, tocó la pared con la mano y notó las vibraciones que llegaban en murmullos procedentes de las enormes salas de máquinas, abajo, en las Entrañas. Sí, allá estaba: el profundo bombeo de los motores auxiliares abriéndose camino, bum, bum, bum, como un gran tambor sonando en el interior de sus huesos.

La puerta del lejano extremo de la galería se abrió de golpe y Chudleigh Pomeroy irrumpió como una fiera, con su tupé torcido y su cara redonda roja de indignación.

—En el nombre de Quirke, ¿pero qué...? —profirió airado, mirando boquiabierto a las ballenas giratorias y a los pájaros disecados que se columpiaban y se agitaban en sus jaulas como si se estuvieran sacudiendo de encima su larga cautividad y se prepararan para emprender el vuelo de nuevo—. ¡Aprendiz Natsworthy! ¿Qué está sucediendo aquí?

—Es una persecución, señor —respondió Tom, preguntándose cómo el vicepresidente del Gremio de Historiadores se las había arreglado para vivir a bordo de Londres durante tantos años y no reconocer aún el latido del corazón de la ciudad—. Debe de tratarse de algo bueno —explicó—. Han puesto todos los auxiliares en línea. Eso no sucede desde hace mucho tiempo. ¡Puede que haya cambiado la suerte de Londres!

—¡Bah! —bufó Pomeroy, sobresaltándose enseguida al ver que el cristal de las vitrinas comenzaba a gemir y a estremecerse en sintonía con el batir de los motores. Por encima de su cabeza, la mayor de las maquetas (una cosa llamada ballena azul que se había extinguido hacía miles de años) daba sacudidas hacia delante y hacia atrás desde sus cables de sujeción como si fuera un columpio—. Eso será, Natsworthy —dijo—. Yo solo querría que el Gremio de Ingenieros colocara algunos amortiguadores decentes en este edificio. Algunos de estos ejemplares son muy delicados. No aguantarán. No aguantarán en absoluto —Sacó un pañuelo moteado de los pliegues de sus largos y negros ropajes y se dio unos toquecitos en el rostro con él.

—Por favor, señor —preguntó Tom—, ¿me permite bajar a las plataformas de observación a contemplar la caza, solo media hora? Han pasado muchos años sin que haya habido una realmente buena...

Pomeroy le miró sorprendido.

—¡Pues claro que no, aprendiz! ¡Mira todo el polvo que esta detestable caza está levantando! Habrá que limpiar todas las piezas de nuevo y comprobar si han sufrido algún daño.

—¡Oh, pero no es justo! —protestó Tom—. ¡Acabo de quitarle el polvo a toda la galería!

Inmediatamente se dio cuenta de que había cometido un error. El viejo Chudleigh Pomeroy no era tan malo como los gremiales solían ser, pero no le gustaba que le replicase un mero aprendiz de tercera clase. Se irguió hasta alcanzar su estatura completa (que era solo ligeramente superior a su anchura completa) y frunció el entrecejo de forma tan seria que la marca del Gremio casi desapareció entre sus pobladas cejas.

—La vida no es justa, Natsworthy —bramó—. ¡Un poco más de caradura por tu parte y estarás trabajando en las Entrañas tan pronto como esta cacería termine!

De todas las faenas que un aprendiz de tercera clase tenía que desempeñar, la del trabajo en las Entrañas era la que Tom más odiaba. Se calló rápidamente, dirigiendo mansamente la mirada al suelo, hacia las bellas punteras de ante de las botas del Conservador Jefe.

—A ti se te encomendó trabajar en este departamento hasta las siete, y trabajarás hasta las siete —siguió Pomeroy—. Mientras tanto, iré a consultar con los otros conservadores qué ocurre con esta horrible horrible sacudida...

Salió apresuradamente, aún mascullando. Tom le siguió con la mirada mientras se alejaba y luego volvió a recoger sus pertrechos y regresó entristecido a su trabajo. Normalmente, no le importaba limpiar, y menos aún en esta galería, con sus amables animales carcomidos por la polilla y la ballena azul exhibiendo su enorme sonrisa azul. Si llegaba a aburrirse, simplemente se refugiaba en la fantasía, en el ensueño, en donde era un héroe que rescataba preciosas muchachas de los piratas aéreos, salvaba Londres de la Liga Antitracción y vivía feliz desde entonces. ¿Pero cómo podía ponerse ahora a soñar despierto con el resto de la ciudad disfrutando de la primera persecución auténtica desde hacía muchos años?

Esperó veinte minutos, pero Chudleigh Pomeroy no regresaba. No había nadie más por allí. Era miércoles, lo que significaba que el museo estaba cerrado al público y la mayoría de los gremiales y los aprendices de primera y segunda clase tenían el día libre. ¿Qué daño podía hacer si se deslizaba fuera diez minutos, lo justo para ver qué estaba sucediendo? Ocultó la bolsa que contenía sus útiles de limpieza detrás de un yak que estaba allí muy a mano y salió deprisa, colándose entre las sombras de los delfines danzarines, hacia la puerta.

Fuera, ya en el pasillo, todas las lámparas de argón estaban también danzando, desparramando su luz sobre las paredes de metal. Dos gremiales embutidos en sus negros ropajes pasaron apresurados y Tom oyó la voz chillona del viejo doctor Arkengarth gimotear:

—¡Vibraciones! ¡Vibraciones! Van a producir un verdadero infierno en mis cerámicas del siglo XXV...

Esperó hasta que hubieron desaparecido tra

Recibe antes que nadie historias como ésta