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MIL DE FIEBRE

Juan Andrés Ferreira

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Fragmento

El vapor manda

Sucede. Hay días en los que Werner amanece borracho de inspiración. Puede ser cualquier día. Despierta entre las once y las doce y una sucesión de escenas perfectamente ensambladas desfila por el ojo inquieto de su mente, que no solo ve, también escucha y absorbe colores, texturas, sabores.

Cuando, como prefiere decir, “el vapor se presenta”, Werner se instala ante Freyja y se dispone a teclear poseído por un espíritu noble y poderoso. Se crea un tiempo virgen; entonces, “el vapor manda”.

El vapor: una manifestación que hay que saber escuchar, respetar y rendirle pleitesía. Si uno atiende a sus señales, si uno responde a sus preceptos, todo irá bien. En ocasiones así, cuando sucede, Werner asiste a los servicios higiénicos si –y solo si– la naturaleza lo exige de forma obstinada. De lo contrario no se mueve de su escritorio, ni se lava la cara ni los dientes, nada. Si esa noche durmió desnudo, así permanece frente al teclado y así teclea. De esta manera –supone– el acto creativo está impregnado de sueño. En ese estado el vapor se encuentra todavía en su fase onírica, sin diluir –y suceden maravillas.

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Un riff de guitarra anuncia que un mensaje de texto arriba al celular. Mensaje de Renata Valyin. Werner no tiene tiempo para concentrarse en eso ahora. Responderá después. Ahora, el celular en silencio. Es el vapor el que manda.

Los dedos saltan como chispas juguetonas entre las teclas, algunas con restos de polvo, otras con manchas y astillas de chocolate y salpicaduras de café. (Por medio de una observación más atenta y detenida, en el desgastado y ruidoso teclado puede detectarse la presencia de hojuelas de piel muerta, vellosidades y trazas de mucosidad solidificada.) Espesos filamentos de saliva gris, halitosis tenebrosa, aunque no puede ni quiere detenerse. Es como estar cogiendo, imagina que le dice a una periodista en una entrevista. Uno se detiene en caso de extrema necesidad: hambre, ganas de cagar o vomitar. Son palabras fuertes para un diario o una revista, incluso para la televisión, para Canal 8, pero esa es la intención, romper los esquemas. La palabra CAGAR es pesada, gelatinosa. Registrada a través de ese ojo mental, que es consciencia y es corazón, VOMITAR tiene una consistencia similar al gel y es menos densa y tiene el color de la miel. Cuando sea famoso y le hagan notas, va a mostrarse así. Abyecto. Y por lo tanto: verdadero.

Sortea las tramoyas habituales, los actos mecánicos de revisar el correo al despertar y echar un vistazo al insomne vecindario de Facebook –por lo general, mientras bebe la primera y necesariamente ultraazucarada taza de café–, trampas al solitario que queman demasiado tiempo y lo llevan a perder el foco mientras el vapor se va debilitando hasta hacerse casi imperceptible. Los segundos pueden pasar muy lento antes de que el vapor se diluya; sin embargo, en algunas oportunidades solo alcanzan pocos minutos para que todo se vaya a otra parte, a “la Tierra de las ideas perdidas”, y Werner quede solo, él y su teclado, sin vapor, sin nada, en una soledad sucia y dolorosa.

Tampoco sucumbe a la tentación de ingresar en Ultimateen, GokkunShow o Chaturbate, en NewChixxx, CamFuze o en los foros de AltaMinita, Putasydivinas o PendejasComestibles. Excelente. Las animaciones digitales son también incitaciones. Y son postergadas por algo más urgente y verdadero.

El vapor manda.

Miércoles

–Hola...

–…

–Hola. Hola. ¿Me escuchás?

–Sí.

–¿Cómo te sentís?

–Sí… No sé.

–¿Te sentís mal?

–… No.

–¿Te sentís bien?

–… Masomenos…

–¿Cómo te llamás?

–… Me llamo Luis.

–¿Tu apellido?

–Bruno…

–¿Qué día es hoy? ¿Sabés?

–Me llamo Luis Bruno.

–¿Sabés qué día es hoy, Luis Bruno?

–¿El día?

–El día, Luis. ¿Sabés qué día es hoy?

–Miércoles… ¿Ahora? Creo que miércoles.

–¿Sabés dónde estás?

–…

–¿Sabés dónde estás?

–… Creo que sí.

Escritos encontrados

Tengo algo grande. Sí. Y tengo miedo. Lo confieso, es así, lo reconozco, lo admito. Tengo miedo de que no me den las manos y el espíritu para sostenerlo y para cuidarlo como es debido. Es una construcción inmensa. Una estructura que necesita mucho de mí. Soy un constructor. El vapor me impulsa.

Werner ingresa a la habitación respirando ruidosamente, se quita la remera negra con la inscripción Ω en el pecho, la arroja sobre la cama y enciende el ventilador. Con su mirada cinematográfica realiza un rápido paneo por la colección de llaveros que ocupa casi la totalidad de la pared más angosta del dormitorio. Hay tantos… En la columna de los países: Chile, Grecia, Egipto, Gran Bretaña. En la columna de las ciudades: Vigo, Madrid, Cataratas del Iguazú, Misiones, Piriápolis, Nueva Helvecia, Buenos Aires, La Paz, Quito. Hay llaveros que promocionan productos, otros que promocionan servicios, establecimientos, instituciones. Llaveros de Cerveza Zapicán, de la pizzería La Torre, del Club Gladiador, del Gran Hotel Dagoba, de Pelucci Automóviles, de Barraca Sachiamundi, del Mundial de Fútbol de Corea y Japón, de Ortopedia Sejed, de Farmacia Boggio, de Perfumería Alemana. Llaveros de acrílico, de metal, de goma, de madera, de plástico, de fieltro, de cuero, de mazapán, de plumas, de piedras semipreciosas. Con apliques e incrustaciones. Con forma de corazón, de herradura, de avión, de cerebro humano, de lata de refresco, de timón, de víbora, de gallina, de pistola automática, de bandeja de frutas, de jarra de cerveza, de pirámide, de chancleta, de trébol, de calculadora, de cohete. Llaveros con luz, con aroma a flores silvestres, con destapador, con brújula, con rallador para queso, con calculadora, con reloj, con preservativos, con fósforos, con hilo dental, con monedero incorporado. Adorada colección, se está quedando sin espacio.

Baja las persianas, una luz mantecosa se dispersa en tajadas gruesas. Tras un leve paneo por la desproporcionada discoteca se detiene en el sector de Carriers of Eternal Darkness, en un disco titulado Wait in Niflheimr. La música se mete en el aire y Werner percibe que su sangre empieza a vibrar. Solo faltan café y azúcar.

Son muchos los campos que despiertan mi interés, como ya se habrán dado cuenta ustedes, mis seguidores, y es más que obvio que dado lo disperso de mi naturaleza y el carácter ecléctico de mis apetencias, inquietudes e intereses, es altamente probable que desvíe mi atención hacia otros asuntos en detrimento de lo que es, en la actualidad, mi principal proyecto, el que debería ser prioridad por estos tiempos.

La jarra llena y el café a la temperatura justa. Café glaseado Centurión, etiqueta verde, caliente, no hirviendo. En el protector de pantalla, la leyenda “Espíritu oculto del mundo subterráneo” cambiando de colores y rebotando con agitados movimientos en vaivén en los márgenes del monitor.

Por tal razón he decidido congelar el libraco basado en el álbum del Mundial de Fútbol de Jugos Polvorita.

Es una decisión tomada.

Es algo superlativo, algo demasiado vasto y grandioso para dedicarle tan poco tiempo y tan poco espacio en mi cabeza, que a veces parece derretirse como mozzarella en estos días de calor y de furia.

Para quienes no lo saben, el proyecto al que hago referencia es una novela basada en el álbum de figuritas del Mundial de Fútbol de Corea y Japón 2002 patrocinado por jugos concentrados Polvorita («Sabor explosivo»). Aquí hay un post sobre el tema, aquí otro, y aquí y aquí, dos más. Este es el último post que escribí acerca del proyecto. Aquí, unas ideas sueltas relativas al mismo. También pueden navegar por las etiquetas y ver los anteriores posteos etiquetados como Proyecto Mundial. Ahí están todos juntos. Tienen para darse una buena panzada, no se pueden quejar.

Werner sirve café negro denso y humeante en la taza que apoya sobre el escritorio. La superficie de la madera está caóticamente habitada por inscripciones y dibujos de distintas tonalidades, hechos con rotuladores de punta gruesa. La taza es grande, de un verde venenoso; luce la desgastada silueta de una oveja negra que sonríe mostrando unos colmillos deformes y asimétricos.

Da un sorbo lento, prolongado. El oscuro y caliente líquido saturado de azúcar blanca riega las encías y desborda el dorso de la lengua. Placer caluroso y estimulante. Werner presiona con suavidad la tecla espaciadora. Un agudo suspiro metálico y Freyja regresa a la vida. El aire cálido es conquistado por el arranque de una canción titulada Shattered Soul. No está entre sus favoritas; sin embargo tiene momentos épicos que, le gusta decir a Werner, destilan una “hermosura fracturada, trágica y luminosa”. Una balada que habla de “las tribulaciones de un alma devastada por una atormentada belleza”, dice él.

Grumos de luz atraviesan las roturas y los tajos de la persiana y manchan el rostro sudoroso de Werner. El aroma del café humedece las narinas. Un fuego sensual explosiona en la punta de los dedos. El calor es denso y magnifica el olor a ropa húmeda que flota en la habitación. Si comenzamos así, ningún post puede salir mal, piensa. Listo, arrancamos.

Para los que no lo saben: lo que estuve haciendo en los últimos meses fue delinear una historia de suspenso, un techno-thriller de terror psicológico, coral, muy violento pero también muy sutil, utilizando las sedes del Mundial de aquel año como escenario y, como protagonistas de la trama, los nombres de los jugadores de las distintas selecciones que participaron del mismo.

En menudo lío me metí.

Como se imaginarán, si bien hay que reconocer que se trata de algo original (guste o no: nunca se hizo algo así, ni en Uruguay ni en el mundo), también es una empresa que viene adherida a una serie de dificultades no demasiado sencillas de sortear.

Antes ya me había ocurrido algo similar con mi Proyecto Diccionario (también llamado «Proyecto Abejorro»), la novela que empecé a escribir con la intención de verter en ella todas las palabras disponibles en el diccionario de la Real Academia Española. Hay tres posteos al respecto: aquí, aquí y aquí. El proyecto sigue en pie, obviamente (sigo las enseñanzas de El Maestro y nunca abandono nada de lo que empiezo, nunca; simplemente lo modifico, le doy nuevos aires y le adjudico nuevos tiempos). El proyecto, ambicioso, goloso, brutal, se construye día tras día, semana tras semana. Es un preparado que cocino a fuego lento. Hasta ahora llevo escritas 7619 palabras.

El asunto del Proyecto Mundial y las dificultades que, como pelusas en una sábana esmeradamente planchada, fueron apareciendo, son de naturaleza distinta. Uno de los principales problemas que se cruzaron en la autopista de mi creatividad, una vez solucionado el tema de la cantidad de ciudades en las que se desarrolla la historia, fue la inmensa suma de personajes, la que decidí reducir poniendo en escena a los jugadores de las selecciones nacionales que llegaron a los cuartos de final, después de que justamente había comprimido el elenco a los planteles que habían alcanzado los octavos. Listo, así me puse a trabajar. En eso estuve durante un tiempo prolongado, cuando me encontré con el otro gran escollo: el hecho de que todos los personajes son hombres. Las circunstancias, las vueltas de la literatura, el ingenio, y también la obstinación, lo reconozco, lo confieso, me declaro culpable, no permitieron que me diera el lujo de abandonar la idea inicial. Todo lo contrario. Me llevaron a plantearme la posibilidad de hacer una novela de ciencia ficción –con suspenso, cómo no, tal como lo había planeado al comienzo–, en la que las hembras de todas las especies hubieran desaparecido de la faz del planeta (a causa de un virus mortal que todavía no tuve tiempo de definir cómo sería) y solo hubieran quedado hombres poblando un apocalíptico mundo que se ha convertido en un basural.

Jo.

Lo sé. Es impresionante. A veces yo mismo me asombro de lo que el vapor es capaz de hacerme crear. Porque a veces a algo que no despierta en mí el más mísero interés (como en este caso el fútbol, pasión de idiotas, tal como lo expuse en este post) puedo encontrarle, a través del vapor, una vuelta significativa, y de este modo también otorgarle nuevos y significativos niveles. Es realmente impresionante.

Bien. Llegado a este punto, siendo sinceros, no pude evitar pensar en lo que dirían los críticos al enfrentarse a semejante material. Pude imaginarme incluso las preguntas que iban a hacerme en las entrevistas y supe perfectamente cuáles serían mis respuestas a esas preguntas. Obvio que una de esas preguntas será sobre cómo se me ocurrió una trama tan curiosa, exótica, llamativa, y obvio que otra versará sobre mis métodos de escritura, mientras que alguna otra apuntará al valor simbólico de algunos elementos que aparecen en la acción narrativa de mi obra. En fin, los periodistas y los críticos literarios suelen ser bastante obvios y predecibles, pero ese no es el núcleo ni la razón de ser de este post. Tampoco lo es, ya que estamos para decir la verdad sin aderezos ni endulzantes ni estabilizadores del sabor, la meganovela que toma como base estructural las sedes y los jugadores que participaron en los cuartos de final de la competencia deportiva celebrada en Corea del Sur y Japón en 2002. Así que, reitero, porque a veces no está de más decir las cosas más de una vez, reitero que quienes quieran saber más sobre el proyecto Álbum del Mundial patrocinado por Jugos Polvorita pueden ver los anteriores posteos etiquetados como Proyecto Mundial, porque aquí, querid@s lector@s, el tema es otro. El tema tiene que ver con lo que yo llamo los Escritos Encontrados.

En los últimos días estuve haciendo arreglos en mi guarida. Le saqué brillo a mi adorada colección de llaveros. Fue lo primero y principal. Mis llaveros me recuerdan cuán inmenso es el mundo (vean un post que escribí al respecto aquí). Y me recuerdan que con toda su inmensidad, ese mundo tan ancho y no tan ajeno también cabe en mi guarida. Además, como parte del proceso de reordenamiento y planificación, cambié la cama de lugar, ordené libros, cuadernos y carpetas con papeles. ¡Fua!, muchísimos papeles. Realizando esta última actividad, me encontré frente a una cantidad asombrosa de carpetas, muchas de las cuales ya había olvidado que existían. En ellas estaban archivados varios manuscritos de diferentes épocas, y había un montón de poemas que escribí cuando era un adolescente, al borde de los veinte. Me reencontré con piezas alucinantes, geniales, cotorrescas. Algunas las recordaba, otras no. Otras son francamente flojas. Y otras tienen una potencia dulce y una furia benigna e inocente, dignas de la edad y del momento en el que me hallaba en este asombroso viaje lleno de misterios que es la vida. Son escritos urgentes, previos a mi pasaje por la Clínica Tangun, donde me metieron para ver si dejaba de comer como un ulfhednar y empezaba a alimentarme como una modelo anoréxica.

Hay varias aristas y puntas para destacar. Por ejemplo, una nouvelle bastante sangrienta y gore de unas 15 páginas titulada Días de exámenes, en la que tres liceales torturan y matan a su profesor de Matemáticas. Cuando me reencontré con ella, recordé perfectamente el momento en el que la escribí. Estaba inspirada en la deleznable figura de un profesor de Matemáticas que yo realmente detestaba. Bezolla, todavía te odio. Si todavía pertenecés a este mundo y llegás a leer esto quiero que sepas que, con solo evocar tu impresentable y repulsivamente pestilente cara de bragueta, desde lo más hondo de mi corazón deseo que tu alma putrefacta y mezquina se revuelva por toda la eternidad en un caliginoso río de veneno y odio, oligofrénico hijo de siete mil putas sidosas.

La nouvelle tiene buen ritmo y un tono humorístico muy copado, pero reconozco que termina demasiado rápido y que algunas situaciones las hice entrar con calzador. Voy a reescribirla. Se le puede sacar mucho néctar. Es tarantinesca en el sentido más wittgensteiniano del término. ;D

Luego encontré un cuento llamado La aventura de Ranz y el arácnido. Es un relato corto, intenso, abierta y conscientemente kafkiano, que recrea el encuentro entre un hombre y una araña, con un final ambiguo y enigmático. Es muy Lovecraft también. De hecho, pertenece a una etapa a la que llamo lovekaftiana, por la cantidad de escritos incubados bajo la influencia de Howard Phillips y Franz.

También están los sueños, que anoto minuciosamente desde que tengo nueve años. Y muchos poemas. Cientos. Destaco la virulencia posadolescente de M22, la ironía refinada de Bollos rancios, el gusto por la grosería de Conocimiento carnívoro #13, el sarcasmo y (otra vez) la ironía (más rabiosa y más obvia) de Me estoy asando vivo, la dulzura (o su búsqueda) que aflora en Otoño, viernes, 2 a.m., Si tuviera otra vida, y Día 364. Hay una contemplación apesadumbrada en una pieza gótica y gauchesca llamada Madrugada. Hay nostalgia (y pinceladas costumbristas) en Lo que hubo y El sultán. Hallé humor y pachanga, una travesura colorida y picaresca en Suicida a sueldo y Morenada cool. Encontré imágenes enigmáticas, sugerentes, en R (evidentemente inspirado en Romina, mi primera novia, a quien le dediqué algunos posteos en mi anterior blog, El Matadero), Las brasileras (lo más psicodélico que escribí en mi vida… hasta ahora), El incendio (experimental como pocas, con un guiño a Noah Champs) y Un escape (¿homenaje a AOS?). A todos los destaco por su atrevimiento y por la sensación de libertad que transmiten.

No recordaba tener tanta prosa poética. Hay al menos dos cuadernolas con poesía, más otras carpetas con cientos de papeles de colores con más y más piezas de este tipo. Es una imponente cantidad de material. Salado. Sé que muchos poemas o versos pueden crecer y transformarse en canciones de Los Que Mueren Conmigo; por tal razón se los haré llegar a Juan Diego, su vocalista, para quien soy un referente, un gurú, una suerte de mentor poético. Todo se verá a su tiempo. Ahora es momento de seguir trascribiendo y reencontrándome con antiguos ángeles y demonios que habitan los mundos que, impulsado por un vapor incontrolable, he creado en estos pocos años.

Hasta aquí llegué. Habrá más. Hay más. Lo que se viene es el Proyecto GNS, así que manténganse en sintonía, amig@s. Va a traer cola.

Como siempre, ¡viva el arte!

W.

Frente a la fosforescencia catódica de Freyja, con la mirada flotando entre las letras blancas sobre fondo negro, Werner da un último y estridente sorbo antes de llenar la taza de café otra vez. El tiempo ha pasado muy rápido. Se viene la noche y será una noche larga, supone.

Y sonríe.

Manchas y salpicaduras

En los dedos, en las uñas: la sangre está por todas partes: recorre los brazos en largas llamas: se mueve en charcos, en coágulos que se amontonan en los pliegues, en grietas en las pulpas de las manos: se extiende con prisa hacia los pequeños tablones rectangulares de madera fina del lustroso y frío suelo color cerveza.

Nada de la vida real me preparó para esto.

El ambiente huele a esencia de naranja. Se perciben estallidos con olor a herrumbre, a fruta podrida. El calor aplasta. Hay manchas y salpicaduras de sangre en la puerta de la cocina, en el piso helado y blanco de la cocina, grumos en el pasillo marmolado que da al ascensor, en la gruesa y satinada revista abierta al medio, desgarrada y desparramada, una derruida casa de hojas abandonada sobre la alfombra sintética, sucia y descolorida. Canales de sangre se deslizan como espectros mutantes, alborotados, imperfectos, junto a un vaso de vidrio roto, debajo de la mesa.

Los ojos miran y los músculos se debilitan y no responden. No hay tiempo para pensar en el tiempo. Nada de lo que está haciendo o pensando ayuda. El mareo enfermo, doloroso, la sequedad en la boca, el sentirse un imbécil por ponerse a pensar en todo esto, en el tiempo, en lo que dijo, en por qué lo dijo, en lo que dice ahora, en lo que piensa, ahora, en este instante, en lo que va a decir a la señora de la emergencia médica, en lo que le va a decir a su madre, el sentirse un tipo verdaderamente desgraciado, sin suerte, por vivir algo así, por pasar por algo así. Me quiero matar, piensa. ¿Quién me mandó meterme en algo así? Lanza un suspiro, un quejido. ¿Qué hago ahora? Todo esto es demasiado. Nada de la vida real me preparó para esto. Sangre entre los dedos, sangre entre las uñas. ¿Qué se hace ahora? En serio, de verdad, en serio pregunto: ¿qué se hace ahora?

Hay que irse.

Ya.

Rajar.

Pero está acá. Sosteniendo su cabeza. Ella tiembla violentamente, disparando oscuros goterones. En la televisión transmiten un programa sobre vinos o bodegas famosas y él se siente mareado, con la visión borrosa y a punto de desmayarse.

Llama por teléfono a la asistencia médica. Y percibe en el pecho, en los brazos y en las manos atoradas de miedo los movimientos musculares y la sangre que se derrama. La sangre que ya no sale disparada a chorros. Que se extiende con velocidad desde un recinto indefinido del cuello rojo y largo. Luis llama y dice que necesita ayuda. Siente que le tiemblan los huesos. Intenta explicar. Que está con una mujer de unos veinte años, veinte y pico, veinticinco, dice, y que la mujer, la joven, se cortó la garganta con un cuchillo, dice, desesperado, con la voz quebrada. ¡Yo qué sé qué tipo de cuchillo!, grita. Y que por favor vengan. Grita que se está muriendo. Que cree que se murió. Que está muerta.

–Por favor… Vengan –el rostro bañado de sudor y oscuridad y lágrimas–. Creo que se me murió.

De los archivos de Werner Gómez (VII)
“El espacio”

Un pote de plástico transparente, con una tapa verde, hecha del mismo material, lleva la inscripción “azúcar” en letra minúscula; la inscripción, cuyo color es casi de la misma tonalidad que el verde de la tapa, tal vez más cercano al azul, tal vez más opaco, está desgastada y solo alcanza a leerse, con mayor claridad, la palabra “úcar”; la “a” prácticamente ha desaparecido y de la “z” solo quedan unos cuantos fragmentos. Junto al pote, que contiene una atendible cantidad de azúcar blanco refinado, una cantidad suficiente para endulzar unas treinta y cinco tazas de café con leche, o unas cuarenta, a lo sumo, hay un teléfono marca Satori hecho de material plástico, de color negro, y a su lado un cenicero vacío, puro adorno, un recuerdo, una de las pocas huellas de mi padre, un cenicero de vidrio grueso, de forma hexagonal, que está justo sobre uno de los extremos de una hoja blanca, doblada en cuatro, sobre la que se distinguen, un tanto borrosas, un tanto húmedas, algunas anotaciones hechas a mano: “Vida de hígado”, “LOS LIBRES”, “Para Renata V.”, “La fortuna y el perfume”; aparte, perdidas en uno de los pocos espacios en blanco, las palabras “¿PERSECUCIÓN EVENTUAL?”; y a diferencia del resto de las anotaciones, al menos de aquellas que se perciben desde aquí, en “Vida de hígado” y “LOS LIBRES” y las demás, el trazo es nervioso y quizá un tanto perturbado. Los rastros de café están presentes a través de varias aureolas marrones y rojizas disueltas sobre el papel, rodeando letras, formando anillos entrelazados a las palabras. A unos pocos centímetros se apilan folios y revistas y recortes de revistas, cuatro libros: No saber nunca, de Eldon Szavost, El visitante, de una autora noruega, Aina Ytterdal, y, encima de todos ellos, la biografía de la actriz porno Rachel Bennett, obra de Ed Christensen y Michael Valentine; sobre una delgada pila de papeles vecina a estos textos, reposa otro libro, El miedo, de Jorge Ricardo, editado por Signo Editores, y sobre este, una tableta de chocolate Twisty’s, abierta y vacía. En este espacio hay también un capuchón de lapicera Roust, un vaso de cristal, cuatro tornillos, otros dos capuchones, uno rojo, otro verde, también Roust, un marcador Hálgrim que conserva aún una etiqueta con el código de barras, un blister de Guaraminal, hueco, ya usado, un pequeño y oscuro frasco de LaxMax Forte, un marcador Kuthmal tinta “Rana Fluorescente”, ocho o nueve ejemplares de El Inoportuno, dos números de Octopus, un carné de Servicios Médicos de la Intendencia de Salto, una tarjeta personal de Yvonne Müller, químico farmacéutica, un ejemplar de Gente de Salto correspondiente al mes de junio, una tarjeta telefónica antiquísima con la imagen del Gran Hotel Dagoba –de estar terminado–, una botella de agua mineral Salto Grande, medio llena, medio vacía, un boleto de vuelta de Barreto Hermanos, la agencia de transporte y turismo, fechado el cinco de marzo de dos mil doce a la hora veintidós y cincuenta y cuatro, y un desodorante en aerosol marca Único; todos ellos sobre una mesa de oficina más o menos moderna, sobre la que también se encuentra un mouse marca Pinker color marfil, que yace sobre un pad de forma circular, color jade, con la inscripción “Academias Da Vinci. La luz del aprendizaje” en letras plateadas, ubicado en diagonal a Freyja, una PC que es una diosa guerrera, una hechicera, una gladiadora de la belleza y la fertilidad, mi aliada máxima, confeccionada en aluminio, acero galvanizado y polipropileno, y por cuyas venas de fibra óptica circula todo lo que mi actividad sináptica logra transmitir a mis dedos. Y es acá, en este reducido espacio, pero también en otros sectores difíciles de delimitar en este preciso y precioso momento, donde empieza y donde termina todo.

Kübler-Klep

Trata de recordar cómo empezó, si es que puede hacerse, si es que algo así puede determinarse y ser identificado como un punto en un mapa o si en realidad simplemente sucede: un día Luis nace, se babea y llora y empieza a caminar, al día siguiente manipula plastilina grasienta en el jardín de infantes, luego va a la escuela, al día siguiente se accidenta en la costanera, en la moto del Peluche, después va al liceo, al rato se cae del árbol de guayabos, se quiebra el brazo, duerme, coge con Sandra la tardecita del sábado, el domingo juega la final entre Deportivo Artigas y el Club Remeros Salto, sale quince minutos antes de que termine el partido, al mediodía, y un día, un lunes, un martes, de repente un martes a la noche, tarde, descubre que ya lleva dos años viviendo en Montevideo.

Luis llega a Montevideo desde Salto con la intención de estudiar Periodismo en la Facultad de Ciencias de la Comunicación de la Universidad Católica. El primer año comparte junto con otros dos amigos, también de Salto, un apartamento en Pocitos. Los otros dos llevan más tiempo viviendo allí; Luis es el menor, y le corresponde la habitación más chica, una habitación que en los planos era el cuarto de servicio pero que a Rodrigo y Marcelo –estudiante de Ingeniería uno, de Química el otro– les viene bien arrendar. Así vive durante el primer año, hasta que encuentra un apartamento pequeño, de dos ambientes, ubicado muy cerca del Plaza Amistad Shopping, y se instala allí. Debido a que el apartamento se halla a una distancia muy larga de la universidad, una distancia verdaderamente grande según sus parámetros, y como, intelectualmente hablando, las mañanas no son su fuerte –detesta madrugar, le cuesta mucho trabajo encender las luces de su cerebro–, decide cambiarse al horario nocturno, el preferido por la gente que trabaja durante el día.

Pero Luis no trabaja. Tampoco se siente muy a gusto en clase. Las hojas de sus cuadernos empiezan a llenarse de dibujos. Dibuja a los docentes, a sus compañeros, y regresa a una de sus actividades predilectas de cuando era niño: dibujar camisetas de equipos deportivos imaginarios. Hace diseños para El Esqueleto Fútbol Club, para La Estrella del Sur, para FC Iscariote, para el Real Escarabajo, para el Fucilazo FC y para la Institución Deportiva Cresta Quemada. La mayoría de sus compañeros son mayores que él y percibe que lo tratan con desdén. No llega a penetrar, ni siquiera raspar, las conversaciones que se baten en los recreos o en la cantina. Un par de veces acude borracho a clase. En otras oportunidades se queda por el camino, en un bar, y en otras ni siquiera sale del apartamento. Pasa varios días bebiendo vino o cerveza fría o vermú o fernet frente al televisor. Mira documentales, fútbol, conciertos y realities. Devora tabletas de chocolate con pasas de uva o castañas de cajú combinadas con una botella de vino durante un partido cualquiera.

Vino, fútbol y chocolate.

Y largas siestas.

Se suma a un grupo de compañeros de facultad que juegan al fútbol todos los domingos de tarde en una cancha de césped natural cerca de la rambla. Puntero habilidoso, se cansa muy rápidamente y se enoja y lanza improperios con demasiada facilidad. Prefiere cruzar la calle y jugar al pool en el club ubicado a mitad de cuadra, donde el vino es bueno y la compañía parece más amable.

Abandona el tercer semestre a semanas de haberlo comenzado. No le agrada nada el ciclo básico en la facultad. Casi no se ve nada de periodismo, dice. Y mucho menos, de periodismo deportivo. La intención es dar exámenes libres. Prefiere estudiar en casa. Pero en casa mira fútbol y bebe vino. A veces whisky. A veces ron. A veces vermú. Come una o dos veces al día, generalmente hamburguesas o chorizos que sirven en un carrito emplazado cerca del edificio donde vive. A veces come hamburguesas de Sly Burger. A veces pizzas o milanesas en dos panes en un bar español. Y en un bar conoce a Paula, a Ana Paula Aldrich, que trabaja en un estudio de abogados y que es ocho años mayor que él.

Ana Paula tiene el pelo corto y oscuro, la boca diminuta, los ojos sutilmente rasgados. Pequeñas pecas café salpican su pequeña nariz. Paula es hija de hijos de ingleses que se establecieron en Uruguay para trabajar en los ferrocarriles. Las pecas vienen de mi madre, me enteré después, dice ella. Paula fue criada en un hogar bilingüe y se dedicó a dar clases particulares de inglés mientras estudiaba Traductorado. Abandonó la carrera para estudiar Abogacía, aunque mantuvo las clases particulares.

Con Paula beben vino e inhalan cocaína. Y comen chocolates. Luis ya había probado cocaína en Salto, en el secundario, y no tiene un buen recuerdo. Ahora es distinto. Esto es mucho mejor. Durante una de las largas noches de cocaína en su apartamento, Paula le cuenta que pocos días después de que se recibió de abogada sus padres le revelaron que tanto ella como su hermano eran adoptados. Su respuesta fue simple: “Ya lo sabía”. Mentira, jamás se le pasó esa idea por la mente. Tampoco jamás volvió a hablar del tema con ellos. Se fue a vivir con quien entonces era su novio, empleado de una lavandería donde Paula trabajó hasta que se separaron. Volvió a lo de sus padres por unos pocos meses, vivió en lo de una vieja compañera de facultad y cuando consiguió trabajo en el estudio de abogados Borgo & Asociados se mudó a un séptimo piso de un bonito aunque algo descuidado edificio de Ciudad Vieja. Era la única heterosexual del piso, ríe. Por su cuenta logró averiguar que su madre tenía dieciséis años y era soltera cuando quedó embarazada de ella y que la había dado en adopción presionada por sus padres. Se llamaba Margarita, su madre, una mujer de Tacuarembó que vivió durante algunos años en Montevideo y que después de darla en adopción se fue a vivir un tiempo a España primero y a Francia después. Se instaló brevemente en París, se casó con un hombre mayor que ella, propietario de una fábrica de dulces, creo, de caramelos, y se dedicó a ser ama de casa en Andrésy, un pueblito de Francia que parece que está muy coqueto, dice Paula, extendida sobre el sofá, vestida con una remera azul nocturno que promociona la cadena de restaurantes Mesmer’s y una bombacha blanca con pintitas amarillas. Supuestamente tuvo un hijo, cuenta Paula, supuestamente sigue viva, aunque el hijo no, pero hasta allí llegan mis averiguaciones. No sé si quiero conocerla, continúa Paula. No sé si ella quiere conocerme. El hermano de Paula es cinco años menor y es dueño de un estacionamiento. Es un chanta importante, dice ella. Gran cagador, insiste. Ahora está armando una automotora con la que va a cagar a más de un incauto. Lo veo pocas veces al año y cada año lo desprecio más, dice ella. Alto sorete mal cagado.

Luis le pide a sus padres que envíen un poco más de dinero por mes porque se anota en “Vida sin humo”, un sistema para abandonar el cigarrillo de la Fundación Génesis que es muy caro pero muy efectivo. “Vida sin humo” incluye un kit de herramientas que resultan indispensables si se busca dejar el cigarrillo, dice Luis: te reunís con gente, hay médicos y todo eso, te dan un libro con textos para estudiar, discos con música relajante, una plancha con una rutina de ejercicios físicos, una ficha recompleta para que veas cómo vas evolucionando, de todo, explica Luis, convencido. Funciona, mismo.

Abandona el grupo luego de unas pocas sesiones. Para dejar tengo que querer dejar, y la verdad, no quiero, le comenta a Paula. Dedicarle más tiempo a la actividad deportiva, a hacer ejercicio, te va a ayudar a agarrarle asco al cigarrillo, es el argumento de ella. Se inscribe en un gimnasio. No va ni una vez. Por consejo de Paula, retoma contacto con el grupo de fútbol de la facultad. Algunos domingos, varios domingos, no se encuentra con ánimo suficiente para jugar al fútbol. A veces alguna resaca terrible le taladra y le arruina los sesos. El paracetamol alivia el dolor pero no alcanza a otorgarle el estímulo necesario para vestirse y salir a correr. Falta sin previo aviso en un par de oportunidades y otras envía un mensaje de texto muy cerca de la hora del encuentro en la cancha. Por esas razones es dejado de lado por el grupo.

Con Paula tiene el primer episodio. Quizá el primer episodio grave de su vida. Había tenido otros, más leves, más pequeños, en Salto. Jugando al fútbol y a la salida de un baile. No más. Aquellas veces, recuerda ahora, se había sentido ofuscado y había experimentado deseos de romper y quemar todo lo que estaba a la vista. Quizá fueron más, piensa. Sí, además de lo que ocurrió en el partido y en el baile, además de esos pequeños, insignificantes episodios, Luis ya había sentido ganas de destrozar todo y a todos. Una tarde en el liceo, cuando un compañero de clase le contó que Fernanda Lorenzo, la Lorenzo, en el cóctel en la casa de Cecilia Carbone, le había chupado la pija al Alvarito Cancela, Q.E.P.D. La rabia era desproporcionada y aumentaba brutalmente. La Lorenzo apenas se había dignado a hacerle una paja, a las apuradas y de mala gana, en las gradas del Club Gladiador durante las Competencias Interliceales Domingueras, y ahora se viene a enterar de que antes, bastante antes de esa mísera y desganada masturbación, ella ya andaba chupando pijas en los cócteles. Esa tarde se sintió estafado, engañado, furioso. Por un instante salvaje quiso matar a todos. Prenderlos fuego. Pero no hizo nada de nada. La rabia pasó, lo atravesó, y asuntos más importantes ocuparon sus pensamientos.

El asunto con Paula es diferente. Después de una agresiva discusión –que ni siquiera alcanza a recordar cómo y por qué comenzó–, destroza a patadas la puerta del apartamento de la mujer. Un vecino llama a la Policía y esa noche Luis la pasa en la Seccional Segunda. Luego de la reconciliación, días más tarde, y sobre la base de una delicada estabilidad, hablan de darse la chance de vivir juntos. Luis busca apartamentos adonde podrían mudarse, pero la convivencia no se concreta, al parecer, más que nada por cuestiones estrictamente económicas.

Aparecen dificultades para alcanzar y mantener la erección. Paula dice que es el estrés, la falta de ejercicio físico, las hamburguesas grasientas de Sly. Luis empieza a frecuentar casas de masajes. Descubre que en estos ambientes no experimenta ninguna clase de dificultad para que se le ponga dura. En Leona’s, conoce a Sol, y desde entonces contrata los servicios de ella. En los encuentros con Sol, Luis le habla de Paula y le dice que quiere casarse y tener hijos con ella pero no le cuenta nada de lo relacionado con los episodio de disfunción eréctil. Le dice que siente que su vida está pasando por otro lado. Que tiene esa sensación. Mi vida está sucediendo, explica Luis, en otra parte. No sabe por qué le confiesa esto y ella le cuenta que está leyendo un libro en el que se afirma que Dios creó un universo doble. Es un libro científico, dice ella. Luis anota el título en un pedazo de papel. Días después, una mañana va a Leona’s con la idea de invitar a Sol a tomar un café. La encargada le dice que Sol ya no trabaja más allí. Que su nombre real es Luciana y que se volvió para su casa en Treinta y Tres. La encargada le comenta que sus padres la vinieron a buscar con la Policía. Un escándalo, dice la mujer.

Durante la tarde, pasa un largo y desesperante rato buscando el pedazo de papel donde anotó el título del libro. No aparece por ninguna parte. A la noche, en un pool, se comporta de manera violenta a raíz de un comentario de Paula acerca del aspecto físico de un jugador de fútbol argentino devenido modelo de ropa interior. A gritos insulta a Paula. Es expulsado del pool. La pelea continúa en la calle, entre gritos, insultos y reproches. Amenaza con matarla y luego matarse él. El episodio continúa en la comisaría. Paula denuncia a Luis. Quiso matarme, dice Paula: me ahorcó. La voz temblorosa, el cuello surcado por moretones. Luis jura que no la atacó, que lo que hizo fue defenderse, y muestra tajos frescos e hinchados en los brazos y en el pecho. Me los hizo ella, dice Luis: ella me atacó. Borracha, falopera de mierda. Puta de mierda. Tiene una navaja, dice Luis. Los oficiales que revisan las pertenencias de Paula dicen que no hay ninguna navaja. Luis insiste: debe haber tirado la navaja por ahí. El policía que le toma la declaración lo mira con desconfianza. Para escribir en la computadora usa tres dedos y deja escapar un fragmento de la lengua entre los labios apretados. Luis siente deseos vívidos y urgentes de salirse de su cuerpo. En el calabozo se golpea la cabeza contra la pared varias veces. Varias veces. Varias veces hasta quedar inconsciente.

Los días siguientes los pasa acostado, ingiriendo analgésicos, bebiendo vino tinto, en silencio, dolorido, durmiendo o mirando el techo. Gracias al Lechón Escazú, un compañero de la facultad, entra en contacto con el señor y la señora Cicco, pareja que ofrece un puntual, discreto y bastante oneroso servicio de entrega de drogas sintéticas y naturales a domicilio. La carta es amplia. Además de cocaína y marihuana, los Cicco suministran adderall (setenta y cinco por ciento dextroanfetamina, veinticinco por ciento levoanfetamina), ketamina, sibutramina, LSD-25, LSD de Moscú y LSD líquida, metilfenidato, flunitrazepam, burundanga (en cómodos frasquitos de cuarenta mililitros), MDMA, MDA y GHB en gotas, además de codeína y nalbufina. Y también: cápsulas de Truvada y de Atripla. Por ampollas de heroína y morfina: consultar disponibilidad. Mensaje de texto: “Descuentos por compras de tres o más productos”. Y también: “Promociones para clientes frecuentes”.

–¿Risperidona tienen?

–¿En qué presentación? –la voz es la de una anciana amable que atiende un almacén en el interior del país.

–Comprimidos.

–Te puedo conseguir Rispaxil –sin embargo es un señor, probablemente el mismísimo Cicco–. Comprimidos de un miligramo –de fondo suena el coro de una murga–. Vienen en una cajita de treinta.

Luis intenta llegar a la categoría cliente frecuente. Le lleva meses obtener el título. Los envíos llegan en taxi. Usualmente por medio de una mujer robusta y silenciosa, de brazos anchos y pulposos. Su expresión, encuadrada en un profuso y encrespado cabello rubio con un tinte similar al azufre, suele ser cordial y distante. Su voz es dulce. En otras oportunidades el repartidor es un individuo de calvicie pronunciada, rostro amargo y alargado que lleva barba candado y un cigarrillo, encendido o no, apretado entre los labios. Suele aparecer con la camisa de mangas cortas desabrochada. No son los Cicco, trabajan para ellos.

Setenta milígramos de codeína mezclados con Coca Cola Black y hielo. En menos de quince minutos se hunde dentro de su piel, su carne se descompone en una crema calentita. Luis es una cantidad de células amigables. Su organismo está hecho de microscópicas sonrisas.

Con el tiempo, la codeína pierde el encanto frente a la electricidad de la cocaína. En su apartamento, Luis ve y participa de partidos de fútbol proyectados por su imaginación. Él solo enfrenta muebles y electrodomésticos. Recrea, y cree que con admirable precisión y fidelidad, jugadas de gol antológicas que relata y comenta desde la cabina de su cráneo. En ocasiones relata y comenta partidos y jugadas donde él es la estrella. Se lastima las piernas y los brazos, que se llenan de machucones. Una noche descuartiza la pelota de fútbol que luce las banderas de los seleccionados campeones del mundo, y después de seis horas entre lágrimas y lamentos y ríos de cocaína se comunica con Cicco, expendedor de felicidad y energía, y solicita por el amor de todos los santos, unos gramos más, cinco gramos más, por el amor de dios, que sean diez, y, por favor, una pelota de fútbol N.° 5.

Las horas y los días pasan y él no se atreve y no quiere salir a la calle. Llama a Paula, deja un mensaje de voz. A la noche, tarde, lo mismo. Al día siguiente envía varios mensajes de texto. No hay respuesta.

Por primera vez, Cicco se retrasa en un envío. Casi cuarenta minutos en el infierno. Por esos días la dieta es enlatada. Duraznos y ananá en lata, sardinas y arvejas en lata. Le repugna el chocolate. Ya no tiene interés en recrear enfrentamientos entre equipos reales o inexistentes. No más encuentros entre el Real Madrid y el Despojo Humano Fútbol Club. Empieza a sentirse solo y desesperado en la jaula de su mente.

Una noche le envía a Paula más de treinta mensajes de texto. Lo hace en menos de dos horas. Le pide que vuelva. Que por favor vuelva. Que de lo contrario se va a matar. Tenemos que vernos, escribe. Para despedirnos, suplica. Paula no contesta. POR FAVOR, escribe. Hasta que llega una respuesta. Contesta Luciano, dice ser el novio de Paula. Le escribe, le ordena, que no moleste más. Todo se vuelve rojo. Luis es una estructura de células enfermas, furiosas, microorganismos dentados que se odian entre sí. Destroza el teléfono celular. Lo arroja repetidas veces contra el suelo, contra la pared. Destroza su cabeza golpeándola contra la pared y contra el suelo. Repetidas veces. La frente se colma de moretones. Se arranca mechones de pelo. Intenta volver a escribirle a Paula. El celular no funciona. Siente que su piel se quema por dentro.

Apenas logra reunir la fuerza y la voluntad necesarias para levantarse de la cama. Lo hace, casi siempre, cuando ya no hay sol. Desde hace varios días que no puede tragar. Siente la cabeza separada del cuerpo. Tiene el celular muerto y arranca el cable del teléfono de línea. Graciela viaja desde Salto para verlo. Cuando llega, a mitad de semana en la mañana, lo encuentra tirado entre sábanas sucias, arrugadas, sin valor para incorporarse. Se asombra y se entristece al ver las condiciones en las que vive Luis. Se asombra y se entristece al ver la delgadez de su hijo. El lugar casi no tiene muebles. Hay decenas de botellas de vino vacías sembradas por todo el lugar. En la heladera: sardinas podridas, botellas de vodka y cerveza, limones cubiertos de hongos y una pelota de fútbol destripada y manchada con sangre. Graciela encuentra bolsas de nailon, un rollo de papel higiénico y diarios apilados dentro de la heladera. Habla con su esposo por teléfono, baja la voz, preocupada y temerosa. Menciona nombres de personas y de establecimientos y relata parte de lo que ve. Blisters de medicamentos, cajas de discos compactos rotas y esparcidas por el suelo. Dice que hablará más tarde. Limpia y ordena el lugar. Llena varias bolsas de residuos con botellas y desperdicios. Baña a su hijo, lo viste, lo perfuma. Intenta convencerlo de salir a comer. Luis no quiere ver la luz. No puedo salir a la calle, mamá. No me puedo mover, me duele todo. Graciela compra comida en Sly Burger. Durante el almuerzo ella le sugiere viajar a Salto, estar allá un tiempo, descansar. Es de noche cuando llega un individuo robusto de cara redonda y corte de cabello de aspecto militar. Es médico psiquiatra. Saluda a Luis, habla con él, hace algunas preguntas, le suministra medicamentos. Se retira tras una larga conversación en voz muy baja, como en un velatorio, con Graciela.

Amanece. Luis parece más animado. Incluso hace algunas bromas acerca del nuevo peinado de su madre. Graciela prepara té. Luis quisiera tomar mate. Pregunta por el médico que estuvo la noche anterior. Es un especialista, amigo de tu padre, Mariano Ferro se llama, dice Graciela: lo mandó tu padre, te dio una medicación para que pudieras serenarte y dormir.

–Pero vamos a hablar con otro psiquiatra, mañana tenemos hora –explica con calma, como si estuviera leyendo lo que dice–, lo recomendó este señor Ferro, el amigo de tu padre.

Juntos intentan dar orden al armario de Luis, que tiene prendas de vestir amontonadas entre vasos, bolsas de snacks, cajas de cigarrillos y botellas. Luis asegura que los cigarrillos no son de él. Que son de Paula. Y confiesa que está destruido. Que Paula lo abandonó y que al poco tiempo empezó otra relación. Que no le contesta los mensajes.

–El silencio es el peor castigo del mundo –la voz y la mirada irritadas–. Me está castigando de la peor forma posible. Paula me está matando.

Graciela no sabe quién es Paula. No sabía que existía esa mujer en la vida de su hijo. Le dice que el tiempo se encargará de curar las heridas. Que la vida empieza en cada aurora –a Luis le provoca grima esa expresión, que Graciela adora–. Y que están pasando cosas buenas. Y a continuación: que en Salto pintaron la casa y que cambiaron el auto, que Jorge, su padre, va a dirigir al Club Unión, de Concordia, que faltan resolver algunos detalles y que ya está, es el flamante técnico de Unión.

–Tu padre va a estar con un pie en Salto y otro en Concordia. Es un gran desafío. –En su mano sostiene un arrugado ejemplar de la revista Menta–. ¿Qué hago con esto? ¿La pongo en el revistero?

–Tirala –Luis baña con ketchup las papas fritas que Graciela trajo de Sly Burger.

–Él está muy contento –continúa ella–. Y no hay nada que quiera más que estar acá, lo sabés, pero se le hacía imposible venir. Justo ahora.

Luis se pone ansioso al verla comer. Come muy lento y mastica con un amplio porcentaje de la boca abierta y de una manera ofensivamente ruidosa y vagamente equina. Y habla demasiado, piensa él, y también piensa en Paula y en Luciano. Imagina cómo es Luciano. Físicamente. Lo imagina rubio, cabello corto, barba de pocos días. Graciela también habla del hermano de Luis, Fabricio, que finalmente obtuvo la beca que estaba buscando y que a mediados de año se va a Irlanda a perfeccionar su inglés. Seis meses en Dublín, ¿qué me decís?, dice Graciela. Pero Luis no dice nada porque tiene que largarse al baño a vomitar.

No puede dormir. Llora y tiembla. Siente que el mundo fue conquistado por fuerzas oscuras que están creando un nuevo orden. Que está solo en un territorio de sombras. Tiene veintidós años y se ve como un niño perdido en una tierra de gigantes. Puede oír los pasos tenebrosos de los gigantes retumbando en una niebla tupida y paralizante. Busca un sitio a salvo de las pisadas de los monstruos de pies enormes. Con tristeza y desesperación descubre que no hay nada. Que los monstruos se aproximan. Que están cerca. Acurrucado en la cama, entre el temblor y las lágrimas, escucha pasos, lo van a aplastar, él es un cuajo que no tiene cabida en este nuevo orden. Siente que su corazón se ahoga. Los brazos de Graciela lo rodean. Él empieza a notar alivio. Le confiesa que no pudo seguir con el tratamiento para dejar de fumar. Que abandonó la facultad. Graciela pregunta sobre el destino del dinero que le estuvieron girando. Dinero que estaba destinado al programa antitabaco y la universidad.

–Me lo gasté.

Ven al médico, Mario Peña. Oscar María Lamella, un psiquiatra de Salto, habla esa misma mañana con Graciela y le dice que Peña es el mejor, el uno, un experto en brotes psicóticos y trastornos de personalidad. Ferro, el amigo de Jorge, su esposo, se encargó de hacer el contacto, le cuenta, con esas palabras, Graciela a Lamella. Ah, dice Lamella, Peña es una eminencia. Vayan tranquilos.

Allá van.

Mario Peña establece un diagnóstico. Trastorno borderline de la personalidad. Establece un tratamiento a base de medicación y terapia. Luis pregunta si existe la posibilidad de internarse en algún sitio. Explica que no se imagina yendo a su apartamento en ese momento. Necesita estar en un ambiente controlado. Peña está de acuerdo. Su mirada y sus gestos, la forma de apoyar las manos sobre la mesa, de mover las manos y de mirar a la persona con la que habla irradian una seguridad y una confianza que producen en Luis un efecto balsámico. Peña es un individuo de baja estatura, lleva camisa blanca y corbata azul. Su abultado y rozagante rostro de rasgos itálicos se enmarca en una barba blanca y gris, cortada con elegancia y meticulosidad, y en un pelo cano y de escaso espesor que se eleva, sutilmente batido, hacia un costado. Un ambiente controlado va a ser muy útil en la primera etapa del tratamiento, apunta el doctor, cuya masa capilar le recuerda a Luis la imagen de un espumoso merengue. Peña sugiere que puede ser en el Centro de Salud Gentiles Moure. Es un buen lugar, afirma. También advierte que es muy caro. Otra opción es la Clínica Kübler-Klep Montevideo, más accesible, aunque con menos comodidades.

Ese día, en algún momento impreciso, tal vez durante el almuerzo, quizá en horas de la tarde, Jorge telefonea a Graciela para hablar con Luis. Padre e hijo hablan durante un momento breve en el que Jorge dice que si él quiere que vaya, él va, y Luis le dice que no es necesario.

–Lo resolvemos todo con mamá –Luis se esfuerza por sonar sosegado–. Vos encará allá. Este año es el año del Club Social y Deportivo Unión.

Al rato, habla con su madre.

–¿Le contaste a papá lo de la facultad? ¿Le contaste lo de la plata?

–Por supuesto que no.

La filial Kübler-Klep en Montevideo no es una mala opción. Desde su página web emerge una melodía compuesta de arpas, sintetizadores y violines que pretende transferir calma, serenidad, relajación. Hay algo en la textura de esa música que a Luis le resulta irritable y hasta angustiante y lo lleva a buscar de forma rápida y desesperada los comandos que le permitan silenciarla. No los encuentra, no en la pantalla, así que apaga los parlantes de la computadora. La sensación de alivio es inmensa. Es como recuperar la respiración. Desde su ahora silenciosa web, Kübler-Klep informa que se trata de una cadena de clínicas psiquiátricas y de desintoxicación que opera en varios países de América, Europa y Asia. La primera clínica Kübler-Klep de Latinoamérica se instaló en Buenos Aires, y solo dos años después se inauguró la filial montevideana, dice la página. Hay una galería con imágenes de las instalaciones, que lucen bonitas y cuidadas. Hay una síntesis biográfica de su fundador y una entrevista a su director regional. También una especie de declaración de principios de la institución. Y una sección llamada Testimonios, donde hablan expacientes y familiares de pacientes:

Mi hija estuvo en Kübler-Klep dos años y medio. Cuando llegó pensamos que nunca iba a volver a salir. Veníamos de pasar muy mal. Había dejado los estudios de Relaciones Internacionales cuando le diagnosticaron la enfermedad, por un test que le hicieron, que le dio trastorno límite de la personalidad (TLP). Intentó retomar los estudios, pero tuvo recaídas y después se hizo daño con unas tijeras y quiso matarse varias veces.

En Kübler-Klep recibió apoyo médico y la compañía de los monitores, que la ayudaron con paciencia a salir adelante. La música le hizo mucho bien. Las canciones, los bailes. La internación no solo tuvo un efecto muy positivo en la salud de mi hija sino que también nos unió como familia. Ahora ella tiene trabajo y vive sola en un apartamento, algo impensable años atrás, cuando tenía terror a quedarse sola. Hace unos días me dijo que tiene pensado volver a estudiar.

Estamos muy felices y muy agradecidos por haber encontrado a Kübler-Klep.

Marisa Minero

Por sus costos y tipo de servicio, Kübler-Klep es muy popular, si cabe la expresión, declara Peña, entre la clase media. Especialmente para los casos de desintoxicación de drogas y alcohol. También ha demostrado ser eficiente en tratamientos como el que requiere Luis, agrega Peña. Solo serán unas pocas semanas, dice el médico, y la mirada va dirigida hacia Graciela. Unas pocas semanas, piensa él, y lo repite en voz alta.

–El servicio no es malo –balbucea un joven, quizá de su edad, de dientes afilados y ojos lacrimosos–. Yo estuve en el Garibaldi, y es lo peor que hay. Los hospitales públicos son lo peor que hay.

Pasillos largos. Cortinas purpúreas. Paredes azules y otras amarillas. Demasiado color, murmura Luis. En Kübler-Klep no hay enfermeros, hay monitores. Visten de blanco, como los enfermeros, pero nadie los llama enfermeros.

Es un día soleado y fresco. Un muro, edificios envejecidos del otro lado, un cielo que parece una piscina colmada de agua clara y limpia. Luis entra y sale de la habitación sin saber exactamente qué hacer. La habitación es grande, la comparte con otros siete pacientes. No quiere hablar con nadie y también quiere conversar con alguien. De algo, de lo que sea, de nada. Quiere sentarse y beber vino en silencio, solo, con el sonido del televisor. Quiere caminar por la calle y también quiere y desea e imagina estar encerrado en un sótano sin luz, sin nadie. Piensa que ya hizo todo eso. O que lo soñó. Quiere entusiasmarse con un encuentro de alguna liga amateur de fútbol del Interior. Quiere pedirle perdón a su padre y que su padre lo perdone por gastarse la plata. Quiere una cerveza en lata fría muy fría, beberla recostado a la sombra. Quiere empezar de nuevo. Morirse. Nacer de nuevo.

Un monitor le coloca una pulsera, ancha y blanca, de marco amarillo mostaza, que dice LUIS BRUNO – ET/B 97. El nombre y el código están escritos a mano, con marcador permanente. El color amarillo indica que se trata de un paciente. ET indica la unidad en la que se encuentra, Estadía Transitoria, B indica la habitación y 97 es el número de su cama. Los monitores no tienen pulseras, usan gafetes. Son grandes, de color verde. Además del nombre del monitor, los gafetes tienen un código de barras y una fotografía que identifica al monitor en cuestión. El que le coloca la pulsera se llama Carlos y huele a tabaco criollo y caramelos de mentol. Carlos le avisa que el miércoles por la mañana tendrá su primera sesión de electrochoque. Luis no sabe bien qué día es. Preguntará después.

Permanece de pie, Luis, en la puerta de su habitación. El lugar huele a amoníaco. A desodorante floral. A enjuague bucal. Y debajo de ese colchón de olores navega un tufillo a orina. No hay un patio a la vista, no hay verde, no hay nada, solo una pared amarilla frente a sus ojos. Y, cada tanto, individuos que cruzan su campo visual. Para ir al jardín tenés que atravesar el pasillo, doblar a la izquierda, caminar unos metros, luego doblar a la derecha, atravesar otra puerta, una puerta de dos hojas, y ahí sí te vas a encontrar con el pasillo, le dice un monitor, un hombre grande, de unos cincuenta, de tupidas bolsas en los ojos y fino bigote gris. Luis no alcanza a leer el nombre del monitor, pero lo imagina vestido como un oficial de la Schutzstaffel y cree que el uniforme le queda perfecto. ¿Querés que te acompañe, Luis?, pregunta el monitor. No, gracias, ahora no. Solo quería saber, nada más, responde Luis, y desvía la vista buscando otro punto donde colocar la atención.

–Abrí y cerrá la manito, por favor –este monitor es un hombre de rostro ovalado, de poco más de treinta años, usa lentes y lleva el pelo engominado.

Luis reposa sobre un sillón reclinable, tiene el brazo derecho extendido hacia adelante, la palma de cara al techo, los pies cruzándose en el suelo blanco. Es raro estar acá, piensa. Por un lado se ve como alguien importante, algo así como una celebridad, y no entiende bien por qué.

–Abrí y cerrá la mano, por favor –ordena el monitor.

Al mismo tiempo se percibe como un desgraciado, como un verdadero infeliz, un sujeto oprimido y vulnerable que no puede proyectarse hacia el futuro, y tampoco logra entender por qué tiene esa autoimagen.

–Ahí está, muy bien –añade el monitor–. Quedate así.

El monitor de anteojos redondeados y cara oval coloca un torniquete en el antebrazo de Luis y las venas se hinchan como caños. Luis piensa en Paula. En Ana Paula Aldrich. Recuerda noches y tardes con ella. No puede evitar ver cómo el monitor retira el torniquete de un tirón. El hombre pasa un algodón humedecido con alcohol sobre la vena cubital y de inmediato inserta la jeringa con la que empieza a extraer sangre. Luis cierra los ojos y trae a Paula nuevamente. Noches y tardes con olor a sexo y vino, con cocaína, con huevos fritos y papas fritas y helados de crema y frutas con chocolate y dulce de leche. Noches en las que Paula invita a Gabriela, su amiga rubia y pálida y con tetas de adolescente, noches en las que todo puede pasar porque, como dice ella, hoy vale todo, y de inmediato arriba a su cabeza la imagen de Paula temerosa, furiosa, gritándole, escupiéndole y clavándole las uñas en la cara. Abre los ojos. El monitor coloca una torunda sobre el antebrazo y le pide que la mantenga presionando levemente durante cinco minutos.

–Podés quedarte acá o ir a la habitación, como quieras –vacía la sangre de la jeringa dentro de un tubo de ensayo–. Mantené el brazo doblado hacia arriba, firme, ahí va. Firme como sorete de robot.

Luis se esfuerza por mostrar una sonrisa. Permanece sentado unos pocos minutos. Ve pasar a un hombre de pijamas caminando de rodillas por el amplio pasillo. Lo hace sonriendo –una sonrisa tensa, arcaica–, cruzando de izquierda a derecha. La voz de Paula resuena en alguna parte. Luis experimenta un mareo leve, de una variedad casi desconocida, poco habitual en él. Tras el hombre que camina de rodillas, otro individuo, vestido con ropa deportiva y gorra de lana. Hace demasiado calor para usar gorra de lana. Este individuo no ríe, tiene la boca abierta, le faltan varios dientes. El rostro de Paula se pierde en una bruma biliosa. Entra en cuadro una mujer. Seguramente tiene menos años que los que aparenta. Luce sucia, cansada, descuidada. Camina cabizbaja, con las manos recostadas en la espalda, a la altura de las vértebras lumbares, emitiendo breves gruñidos. Los tres se pierden por el pasillo. El rostro de Paula no regresa. Solo hay una pared amarilla y olor a amoníaco.

Así es la dinámica en Kübler-Klep. En la Unidad de Estadía Transitoria. Hay otras, como la de Trastornos Complejos, la de Depuración Toxicológica Integral y la de Estadía Moderada. Estadía Transitoria puede ser su lugar en el mundo, razona Luis, y observa el patio, un vasto espacio de hormigón –que los monitores llaman jardín– en el que se hallan asientos de madera como los de las plazas públicas, un par de hamacas como las de las casas de verano, colchonetas como las que se usan para practicar yoga o pilates, y un amplio colchón inflable para recostarse al sol, como lo hace Charlie, un hombre de casi dos metros, flaco y contundente, que tiene las manos cubiertas con medias para no lastimar y no lastimarse, y que está recostado, con el rostro risueño y las piernas extendidas hacia fuera del colchón. Una mujer vestida con una desgastada pollera a cuadros se traslada apoyándose en sus cuatro extremidades, lentamente, y se acomoda en un rincón, mordiéndose los labios y echando burbujas de baba a la sombra.

Cuando Luis por fin decide sentarse en una hamaca, listo para fumar, un hombre desnudo entra corriendo al patio, seguido de otro hombre, que también viene desnudo, y que le propina patadas y golpes de puño de forma atropellada. El primer hombre, delgado, abundante pelo enrulado y largo por los hombros, cae sobre el hormigón mientras el otro, más robusto pero más bajo, lo patea. Detalle: el hombre robusto está desnudo pero lleva puesto un par de championes.

–¡Eeeeso! ¡Eeeeso! –grita un interno, sentado en un banco–. ¡El niño va primero! ¡El niño, el niño sabe ganar! ¡La libertad! ¡Es la libertad!

Sin llegar a ponerse de pie, Charlie observa la pelea, y lo mismo hacen los demás, excepto la mujer que se babea recostada en un rincón. El hombre robusto lanza patadas hacia el otro, que se agarra la cabeza y llora. El hombre robusto lo golpea con una furia descontrolada. El otro chilla como un animal.

–Pará, pará, Nelson –dice.

Y lo dice serenamente, no parece una súplica, mientras se agarra la cabeza.

–Pará, Nelson, en serio.

Su voz es calma, aunque se nota que está sufriendo. Y que está desconcertado. No hay a la vista nadie del personal de monitoreo. Al confirmar que nadie hace nada, Luis se pone de pie, se acerca decidido, rápidamente, hacia Nelson. Lo empuja hacia atrás, separándolo del otro, que se retuerce y sangra en el suelo, mientras dice:

–Por favor, Nelson.

Al separarlo, Luis pierde el equilibrio y cae al hormigón. Siente un raspón en el antebrazo. Nelson se tambalea pero no alcanza a caerse.

–¿Vos también? –grita Nelson.

Los pies calzados de Nelson ahora van a parar a las costillas de Luis, que también recibe dos patadas en la cara antes de que lleguen tres monitores que toman por la fuerza a Nelson, lo apartan y le clavan una jeringa. Nelson se desploma. Luis siente coágulos de dolor asaltando sus fibras musculares. Escucha una voz de mujer que le pregunta si está bien. Siente que alguien lo ayuda a levantarse. La voz de la mujer es igual o muy similar a la de Ana Paula. Se pone de pie, siente que le falta el aire, que es absorbido por un fuerte estado de confusión. La voz de la mujer es la voz de Ana Paula. Una rápida sacudida muscular lo derriba otra vez.

Se da cuenta de que ahora está en su cama. De que acaba de despertar. De que es tarde en la noche. Y de que todos en la habitación están dormidos.

Con incuestionable aburrimiento, dos monitoras fuman y conversan sentadas en un banco del patio. Una interna se acerca, pero rápidamente una monitora –cara alargada, de frente y mentón prominentes, encuadrada entre capas de cabello rubio rizado– le dice que se retire, que las deje en paz, que están en su media hora de descanso. La paciente se aleja.

Otra mujer a la vista. Luis ya la ha encontrado deambulando semidesnuda por los pasillos. Se llama Matilde. Aparenta unos veinte años. Pelo oscuro, corto. No: aparenta un poco más, diez años más, unos treinta años, unos treinta y cinco años. Los párpados decaídos, la mirada afligida, los labios fláccidos y segmentados. Es usual verla con la boca abierta y los puños cerrados. A veces camina con la bombacha a la altura de los tobillos o las rodillas. Como tiene tendencia a desnudarse, el personal de la clínica debe atarle los puños de sus buzos o sus remeras. Cada vez que viene a visitarla su padre, un hombre de facciones rústicas y cabeza pequeña, Matilde llora desconsoladamente y no paran de salirle mocos. Permanece así incluso varias horas después de que su padre se marcha.

Algunos pacientes de la ET, la unidad de Estadía Transitoria, deben ser higienizados por el personal de la clínica. Luis no es uno de ellos, pero a veces piensa que le gustaría que lo bañen y lo cambien como lo hacen con Charlie, por ejemplo, o con Matilde o con un señor de aspecto asiático y fino bigote negro que suele caminar portando una expresión que transmite la idea de que acaba de descubrir que Algo Anda Mal En El Mundo.

Mientras que en la ET uno puede elegir la ropa que lleva puesta, en la Unidad de Trastornos Complejos los pacientes van todos vestidos igual. Usan uniformes amarillos. Los cambian y los visten en una misma habitación, a todos, hombres y mujeres, desnudos. Todos, recién bañados, son vestidos por el cuerpo de servicio de la clínica en una misma habitación. Luis quiere eso para él. El mínimo trabajo posible.

La interna que se acercó a las monitoras en el patio se presenta como Angelina. Cuando pasa al lado de alguien, saluda, dice Buenas tardes o Buenos días. A veces dice su nombre, a veces no. Dice: ¿Qué tal, cómo estás pasando? O: ¿Qué tal, cómo has pasado? Luis empieza a hablar con ella a menudo. Conversa con ella por las tardes, hasta que se aburre de escucharla, entonces se marcha alegando que necesita ir al baño o diciendo muy amablemente que va a recostarse un rato porque se siente cansado. Angelina sonríe, no se lo toma a mal, nunca hasta ahora, y va en busca de otro paciente para seguir conversando. Angelina es capaz de hablar de cualquier tema. Ella le cuenta que la pelea del otro día (¿de ayer, de anteayer?) se produjo debido a un asunto de celos. Fue una pelea entre amantes, dice Angelina, y abre bien grandes sus grandes ojos azules. Los dos hombres que aparecieron desnudos en el patio, entre patadas y puñetazos, eran amantes. Ambos, monitores de la clínica. Los echaron a los dos, dice Angelina. Parece que uno de ellos tenía algo con un paciente, además.

El que está a la derecha de la cama de Luis dice que se llama Jorge. Como mi padre, dice Luis. Mi padre también se llama Jorge, responde Jorge desde la cama. Debe ser uno de los nombres más comunes del mundo, comenta con fastidio. George, Georges, Giorgio, Jürgen, Jorge… está lleno. Y en Uruguay más, resopla, y parece molestarse al mencionar el dato. Nombre de mierda. Yo cuando era gurí decía que me llamaba Martín o Max. En el club al que iba a hacer natación decía que me llamaba Max. Pero no me duraba mucho la cosa porque siempre había alguien que sabía que mi nombre era Jorge, sonríe con tristeza. Nombre de mierda.

Jorge tiene la voz ajada y aflautada. Por su forma de hablar, Luis intuye que tiene alguna especie de retardo. Mi médico me dijo que soy politoxicómano, dice Jorge, que está cerca de los cuarenta. Casi todos sus dientes tienen un tono verdoso, como de musgo, y están rotos. Tiene el brazo izquierdo enyesado. Jorge mueve la cabeza de un modo tembloroso y dice que desde hace años tiene alucinaciones auditivas, casi siempre en la mañana, a veces en la tarde, nunca en la noche. Que por eso, y no por las drogas, decidió internarse.

Afirma que escucha varias voces de personas extrañas que dialogan entre ellas. Algunas de esas conversaciones hablan de él. Por ahí son pedacitos de conversaciones, comenta. Por ahí son conversaciones larguísimas. Y dicen de todo. Que es un drogadicto y un hijo de puta. Que no quiere a nadie y que solo se quiere a él. Jorge dice que sabe perfectamente que esas son voces de personas que planean algo horripilante. Quieren hacerle daño. Castigarlo por ser “un drogón hijo de puta”, pero él no puede hacer nada. Soy un adicto, dice. Soy adicto a todo. A la merca, al faso, a las mujeres, a la mayonesa, al pan dulce, al chocolate blanco, a los psicólogos, al porno, a la comida chatarra, al asado, a las papas chips. Fumo cigarrillos desde los catorce, marihuana desde los dieciséis y tomo merca desde los veinte, dice. Y también dice que al principio consumía cocaína los fines de semana, y que después, con el tiempo, el consumo se volvió más habitual. Dos, tres gramos por semana. Después cinco, seis, diez gramos. Me metí merca hasta por el culo. Después probé heroína. Y pasta base. Y a continuación Jorge habla de anfetaminas, de LSD, de pentilentetrazol, de éxtasis, de pegamento, y de algo llamado “cocaína hormiga”. Dice que sabe cómo drogarse con lechuga crespa y que ha fumado filamentos de banana y hasta telarañas. Habla de una inmensa cantidad de drogas y de combinaciones de drogas que Luis ni siquiera sabe o no recuerda que existan ni vio en el catálogo del señor y la señora Cicco. Jorge confiesa que ha robado y que ha hecho:

–Algunas cosas terribles, cosas jodidas, gurí…

Cosas de las que se arrepiente, mucho, terriblemente, para conseguir alguna sustancia, pero que eso ya fue, que ahora es distinto.

–Acá me tienen con benzodiacepinas –un soplo de serenidad pasa por su rostro–. Y con clonazepan y bromocriptina. Y, gracias a Dios, estoy más tranquilo –insiste–. Algo de abstinencia tengo, extraño la papusa; pero ese no es el problema. El verdadero problema es escuchar a esa gente. Aparecen en la mañana, no paran, siguen todo el día, a cualquier hora, gritan, murmuran, se ríen. Y cantan y cantan, te juro que también cantan. Me taladran la cabeza. No sé de dónde vienen ni de qué época vienen. Por ahí son voces del pasado. El tema es que siempre, de alguna manera, terminan llegando conversaciones que hablan de mí.

Wilmar se llama el que está en la cama ubicada a la izquierda de la cama de Luis. Tiene cincuenta años y una hija que todavía no vino a visitarlo. No recuerda exactamente cuánto tiempo lleva en la clínica. Espero que no sea mucho, dice. Wilmar tiene dedos gruesos, la cara fina, los labios secos, la piel agrietada.

–Mi madre era esquizofrénica –menea la cabeza con brusquedad–. Murió en un loquero. No quiero que me pase lo mismo.

Wilmar resume su vida de la siguiente manera. Es el menor de cinco hermanos. Dos mujeres y tres varones. Uno de los varones, esquizofrénico, se suicidó. El otro intentó suicidarse varias veces. Hasta que encontró la paz en la religión. Es pastor en un templo neopentecostal, cuenta. Hace años que no lo veo personalmente, pero si quiero lo puedo ver en la tele. A veces lo escucho en la radio. Habla que parece un brasilero. Muy gracioso.

Peña recomendó doce micros. Así llama el doctor a la terapia electroconvulsiva. Micros. Peña busca frenar la depresión lo más rápido posible, pulverizar las ideas negras, los sentimientos de culpa y desesperación, los brotes de impulsividad, y luego continuar con un tratamiento con psicofármacos, dice. Pero primero, terapia de choque, micronarcosis, vamos a barrer esa marea negra, dice Peña. Vas a nacer de nuevo.

Y así es la mañana en que Luis nace de nuevo.

Van a ser las siete y él está en ayunas. Lleva más de diez horas sin ingerir alimentos ni beber agua. Así debe ser, dice el monitor que conduce la camilla sobre la que Luis es trasladado hacia la sala de terapias. Es un rostro familiar: lentes redondeados, cabello escaso, peinado a la gomina, hacia atrás. Luis igualmente se siente nervioso. También algo mareado. Es el hambre, piensa.

La sala es fría y huele a amoníaco. En ella hay otras personas vestidas de riguroso blanco, dos mujeres y un hombre. Todos portan un rostro profesionalmente amable. El monitor le informa que a continuación le van a dar anestesia y relajantes musculares por vía intravenosa. Le pregunta si se siente bien, si está tranquilo. Luis responde afirmativamente. Va a estar todo bien, dice el monitor de lentes redondos y ojos diminutos. Luis ojea el gafete del monitor –se llama Horacio–, mientras este le coloca un tubo de silicona en la boca. Es para evitar que te muerdas la lengua, explica Horacio, que mueve sus manos blancas, finas, regadas de pecas. Generalmente no pasa nada, es por las dudas nomás, dice. La insistencia de Horacio por intentar que Luis esté cómodo y tranquilo hace que Luis se sienta un poco incómodo e intranquilo. Crece un temor que es en realidad una sucesión de varios temores. El temor a no despertarse tras la anestesia. El temor a quedar en coma. El temor a perder la memoria. El temor horrendo a que se reduzca la capacidad para establecer conexiones entre las neuronas. A convertirse en un simio que se babea, a terminar como la mujer acurrucada en un rincón del patio, babeándose, con los puños cubiertos para evitar que se lastime. La visión se vuelve imprecisa, los sonidos, difusos. La realidad es una masa amorfa y desabrida. Entonces Luis se hunde en el sueño.

–Hola...

–…

–Hola. Hola. ¿Me escuchás?

–Sí.

–¿Cómo te sentís?

–Sí… No sé.

–¿Te sentís mal?

–… No.

–¿Te sentís bien?

–… Masomenos…

–¿Cómo te llamás?

–… Me llamo Luis.

–¿Tu apellido?

–Bruno…

–¿Qué día es hoy? ¿Sabés?

–Me llamo Luis Bruno…

–¿Sabés qué día es hoy, Luis Bruno?

–¿El día?

–El día, Luis. ¿Sabés qué día es hoy?

–Miércoles… ¿Ahora? Creo que miércoles.

–¿Sabés dónde estás?

–…

–¿Sabés dónde estás?

–… Creo que sí.

Permanece recostado en una cama con la cabecera inclinada hacia arriba. La habitación es realmente fría, muy fría, y está bañada por una luz blanca, pegajosa e irreal. Delante de él está Horacio, el monitor, que lo toma de la mano.

–¿Sabés dónde estás?

–Creo que sí…

–…

–…

–¿Dónde estás?

–… Toy en la clínica.

–¿Cómo me dijiste que te llamás?

–Luis. Me llamo Luis Bruno.

–¿Cómo te sentís?

–Tengo hambre.

–Eso quiere decir que te sentís bien.

El desayuno lo toma en la cama. Sobre la bandeja hay galletas al agua, manteca y mermelada, té con leche, banana pisada con miel. Apenas puede comer una galleta. Un poco atontado, quizá por el hambre, y debilitado, quizá por eso mismo también, siente que lo recorren olas de frío por los brazos y las piernas. Siente que sus dientes incisivos están flojos y no se atreve a seguir comiendo por temor a que se caigan. Le duele la cabeza. Come mermelada directamente del pote. El azúcar le sienta bien. Chupa un pedazo de galleta, lo aplasta con los molares, todo con mucho cuidado. Ahora está cansado. Coloca la bandeja a un costado e intenta dormir.

Hay algo que no está del todo bien. Tiene la sensación de haber estado muerto. De que mientras estuvo muerto los médicos y los monitores jugaron con su cadáver, tocaron los cables de su cabeza e hicieron destrozos en la salvaje oscuridad de su bóveda craneal. Quiere pensar que realmente tocaron los cables para mejorar su vida, pero la impresión amarga es más fuerte que cualquier razonamiento fresco y optimista que pueda hacer ahora. Y se siente humillado, ultrajado, violado. No quiere salir de la habitación. No quiere ver ni hablar con nadie. Quiere quedarse allí y dormir. Presiente que le espera un día lento y largo.

La luz polvorienta del atardecer se filtra por el pasillo. Luis siente frío en las extremidades y la sensación de humillación ha disminuido o casi ha desaparecido. Es el efecto de la anestesia y los relajantes musculares, piensa. También la charla con Peña, que lo visita después del almuerzo, afecta su humor positivamente. Estar en la sala de recreación, donde hay un televisor y mesas donde algunos internos conversan y juegan a las cartas, es como estar dentro de una película hecha a partir de las películas que Luis ha visto. Es un ambiente de sosegada melancolía. Pasa la tarde allí, sin casi hablar con nadie. Ni siquiera habla mucho con Graciela, que lo visita sobre el final de la tarde, ni con su padre, que lo llama desde Concordia. (Graciela le ha dejado un teléfono celular, pero él lo mantiene casi siempre apagado o sin carga, lo que obliga a que sus padres tengan que comunicarse con recepción para hablar con él, y siempre dentro de los horarios permitidos para las llamadas telefónicas.) Cuando sus ojos se cansan de tanta televisión, finalmente se marcha a la cama, deseando no cruzarse con nadie en los pasillos, mucho menos con Angelina y su persistente necesidad de dialogar con otros miembros de la misma especie.

Casi todas las camas están vacías. Excepto la que ocupa Wilmar, sentado en posición de indio, absorto en su mano derecha, que reposa sobre su regazo y a la que acaricia como si fuera un cachorro, y la cama donde se encuentra un individuo de unos sesenta o setenta años, con el que hasta ahora no ha intercambiado palabra, y que está vestido de pijamas, con los ojos cubiertos por un par de lentes oscuros.

Luis se mete en la cama y con la colcha se cubre por completo. Basta por hoy. A dormir.

Y, por primera vez en varios meses, logra dormir toda la noche. Para alguien que ha pasado mucho tiempo dando vueltas entre las sábanas, acompañado de ideas suicidas, resacas infernales y sentimientos lúgubres, acostarse en una cama y dormirse a los pocos minutos es un logro importante. Haber pasado por un sueño profundo y duradero, sin interrupciones, parece un regalo del cielo.

Luis despierta desorientado y sintiendo un hambre feroz, pero también feliz de haber dormido diez o doce horas de forma ininterrumpida. Tres terapias de choque por semana durante cuatro semanas y listo, vas a nacer de nuevo, había prometido Peña. Siente la boca seca y una erección majestuosa. Durante el desayuno –té con leche y galletitas al agua–, está desesperado por hablar de su experiencia con la TEC. Reconstruye escenas en su cabeza. Piensa en que necesita informarse más. Piensa en que debió haber hecho esto mucho tiempo antes. Y entonces ve a Angelina, que habla distendida con un monitor que probablemente fue interceptado por ella cuando salió al patio a fumar un cigarrillo, y le hace una seña para que se acerque. Angelina no lo ve y es Luis el que tiene que ir en su dirección. Se disculpa por interrumpir la charla, el monitor dice que no hay problema, que ya tiene que volver a su trabajo, y se marcha. El monitor se llama Leonel Belloso. Angelina lo llama el Chiqui. Luis da vueltas, tarda en llegar al punto, hasta que al final dice:

–Ayer tuve mi primera TEC.

–¡Guau! –a Angelina se le ilumina la mirada–. ¿Y? ¿Y? ¿Qué tal?

–Todavía no sé bien, pero es como que me sacaron grasa del cerebro. No te digo que estoy entusiasmado, pero…

–Sentís… –Angelina se rasca la cabeza y su rostro es atravesado por una multiplicidad de dibujos gestuales que revelan entusiasmo y curiosidad.

–Siento… –no sabe qué responder.

–Yo quiero que me hagan pero mi psiquiatra no quiere –enarca las cejas y aprieta los labios–. Yo le pido pero ella dice que no, que no, es una vieja terca.

–Y te digo una cosa –interrumpe Luis–. En confianza te digo –con aire dramáticamente serio–. Me muero de ganas de coger. Desde que me levanté lo único que quiero es coger. Bueno, primero quise comer, pero apenas comí me vinieron ganas de coger.

–¿Querés coger?

–Salado –deja escapar una sonrisa nerviosa.

–Pero –hace una pausa milimétrica–, ¿querés coger conmigo?

Luis recibe una puntada en el estómago. Peña le dijo que eso podía pasar. Que parte de los efectos secundarios de la medicina que se le está administrando puede producir náuseas, dolores abdominales o malestar estomacal. Ahora siente una puntada y una minúscula náusea.

–¿Vos querés coger conmigo? –Luis baja el tono.

–La verdad, no me muero de ganas. Hace pila que no cojo. No creo que me haga mal. Y si te puedo dar una mano…

–¿Cómo hacemos?

Angelina sabe cómo. Tienen que ir al Cuartito de la Felicidad. Se llama así. Es una habitación pequeña, que mide aproximadamente dos metros por dos metros, que está ubicada al fondo de uno de esos pasillos de los que se ve entrar y salir a los monitores. Está justo al lado de un cuarto más amplio, el vestuario donde los monitores se duchan y se cambian y hablan de lo agotador y poco alentador que es su trabajo.

Para acceder al Cuartito de la Felicidad es necesario hablar con Freddy. O con Elizabeth. Angelina encuentra a Freddy, ese señor corpulento y de bigote fino y gris con aspecto de veterano oficial de las Schutzstaffel que Luis ya ha visto otras veces y con el que llegó a conversar de algo que ahora no recuerda. Hay disponibilidad. Y hay un precio y existen distintas modalidades de pago. Luis dice que no tiene dinero pero que puede conseguir cigarrillos por cartón. O libros. O la camiseta de la selección de Holanda. O la de la selección de Francia, la de alternativa. Las tengo en casa, pero las puedo hacer traer hoy mismo si es necesario. A Freddy no le interesan las camisetas. Aparta a Luis y habla con Angelina.

–Tienen treinta minutos –murmura Freddy–. A los veinte les voy a tocar la puerta y voy a prender la luz, ¿ta claro? A los treinta va el segundo golpe, ahí ustedes salen, va a estar mi compañera, ¿ta claro?

–Como el agua –sonríe Angelina.

–¿Cuántos forros? –Freddy levanta una ceja.

–Uno –dice Angelina–. Uno está bien.

El interruptor de la luz se encuentra afuera. Freddy mantiene la luz encendida durante unos pocos minutos para que la pareja se acomode en el Cuartito de la Felicidad, que tiene las paredes cubiertas por un papel teselado triangular de colores rojo y azul y que huele a desodorante para automóviles, una fragancia que remite a pino o campo. Hay una amplia cantidad de botellas y bidones de plástico blanco con etiquetas en un idioma que bien podría ser el coreano. Hay un estante con packs de rollos de papel higiénico. Hay guantes de goma, trapos y cepillos..

–Bueno. Acá estamos –dice Angelina, resplandeciente.

La luz se apaga.

Luis besa y toca y acaricia a Angelina con la intensidad de un adolescente que estrena hormonas. Angelina responde con moderación. Su pelo y su cuello huelen a maní con chocolate. Todo ocurre con rapidez, pero Luis no logra eyacular. Es por el puto condón, dice. Se lo saca, se masturba, luego ella lo masturba, y no, no sale nada, parece que está por salir, duele, parece que está en la punta, pero no, no, no sale nada. Llega el primer golpe. Luis dice que tendría que haber pedido dos condones. Ahora ya está, dice ella, masturbándolo. No te quemes, dice. ¿Te la chupo?

Se enciende la luz. Ya están vestidos cuando llega el segundo golpe a la puerta. Luis la abre y del otro lado encuentra a una mujer rubia, de cara alargada, frente ancha y extenso mentón, cuyo gafete la identifica con el nombre de Elizabeth. Luis sale del Cuartito de la Felicidad. Angelina se queda.

–¿Qué hacés? –el corazón de Luis late desesperado.

–Me tengo que quedar –Angelina se recoge el pelo–. El arreglo al final es un cartón de cigarros y un pete –exhala ruidosamente por la nariz–. Se lo voy a hacer con condón, obvio.

–¿Vamos? –Elizabeth le ofrece a Luis una mirada que él interpreta como un pedido de disculpa.

Caminan en dirección al patio. En el trayecto se cruzan con Freddy, que marcha en el trayecto opuesto, rumbo al Cuartito de la Felicidad. Lleva puesto un par de auriculares y una sonrisa auténticamente profesional debajo de su bigote gris.

Entrada de blog #135

Sobre el vapor

Una autoentrevista a Werner Gómez

Como ya saben, años atrás asistí a unos cursos de literatura creativa en Academias Da Vinci, del profesor Alejandro Vinci. Allí, en uno de los talleres, nos hicimos entrevistas entre los participantes. A mí me entrevistó una chica, no recuerdo su nombre, macanuda, no muy agraciada pero sin lugar a ninguna clase de duda muy sensible y, según recuerdo, con una petulante y fastidiosa debilidad por la poesía. Yo tuve que entrevistar a Ernestino Camacho (sí, el mismísimo Ernestino Camacho, «el autor de Salto», el insigne y popular literato, el cerebro infecto y la pluma corrupta detrás de Al galope y El bosque dulce, aunque en esa época no había tenido el accidente con el caballo y todavía no era tan, tan conocido). Este reverendo sorete me habló del valor moral de la escritura, de sus primeras lecturas y de su infancia, que recordaba como una sublime sucesión de buenos momentos llenos de amor y color –un asco–. Lo cierto es que si bien la entrevista que me hizo esta mina, de la que no recuerdo el nombre, no estaba mal y me sentí bastante a gusto (fue al mismo liceo que yo, aunque tengo serios problemas para recordar nombres y asociarlos con las caras; muchacha, si estás leyendo esto, te pido disculpas, si querés, escribime un mail y acomodo el post), nunca encontré el texto que reproducía o sintetizaba fragmentos de lo que dije. A raíz de esto, me pareció que podría ser un buen ejercicio estilístico hacerme una autoentrevista. De paso me viene bien para despejar dudas de algunos lectores de este blog respecto a mi persona, mi carrera y mis intereses, motivos y apetencias. Hace unos días pensaba hacer un FAQ del blog, pero me parece que esta autoentrevista, que se irá presentando por tandas, puede ser una buena forma de enseñar algunas respuestas acerca de mi obra y mi persona, de lo que significa ser un escritor con aspiraciones en un contexto tan poco estimulante.

Pues bien. En este primer bloque vamos directamente a un asunto clave, crucial: el vapor. Luego veremos otras cuestiones.

Leed, comentad, haced lo que os plazca.

–¿Cómo definirías al vapor?

–Es un concepto muy sutil. Así como Lao Tsé llamó Tao al Tao, yo llamé vapor al vapor a falta de una definición mejor. Lao Tsé no sabía cómo llamar a ese orden natural de las cosas, a eso que es lo más misterioso de lo misterioso, y lo llamó Tao. En mi caso, puedo definir al vapor como una fuerza, como un impulso que se genera por medio de la combustión de mis pensamientos, mis inquietudes, mis influencias. Todo lo que percibo, lo que leo, lo que veo o lo que escucho, todo lo que siente la manzana de mi pecho, la dura bellota que anida y se agita en la casa del aliento, es procesado por mi mente. Y es en mi mente, que es como un caldero, donde se cocina ese caldo que produce el vapor y que es el que me impulsa a escribir. Es algo similar a lo que García Lorca llamaba «duende» o Christ Setter definía como «el mojo». El concepto es similar, pero no es lo mismo. Funciona de otro modo, tiene otro sustento.

–¿Cómo lo hace? ¿Cómo funciona?

–A través de la sangre. Esa vaporosidad se siente en la sangre, te cambia la sangre, como una droga. Termina repercutiendo en el cerebro, estimulando los sentidos. Puedo decirte que escucho con mayor claridad y logro distinguir mejor los colores de una voz y los tonos de un mismo sonido. A veces es tan fuerte que puedo apreciar el nivel molecular de las palabras y las letras, puedo ver realmente de qué están hechas, distinguir qué color y qué sabor tienen en determinado momento. Y puedo pasarme ocho horas o diez horas escribiendo sin parar. Nada más necesito un ventilador y una buena cantidad de café glaseado para que no me venza el sueño… Y una computadora… o un cuaderno y una lapicera, claro (risas). Puede ser cualquier computad ...