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MIL DE FIEBRE

Juan Andrés Ferreira  

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Fragmento

El vapor manda

Sucede. Hay días en los que Werner amanece borracho de inspiración. Puede ser cualquier día. Despierta entre las once y las doce y una sucesión de escenas perfectamente ensambladas desfila por el ojo inquieto de su mente, que no solo ve, también escucha y absorbe colores, texturas, sabores.

Cuando, como prefiere decir, “el vapor se presenta”, Werner se instala ante Freyja y se dispone a teclear poseído por un espíritu noble y poderoso. Se crea un tiempo virgen; entonces, “el vapor manda”.

El vapor: una manifestación que hay que saber escuchar, respetar y rendirle pleitesía. Si uno atiende a sus señales, si uno responde a sus preceptos, todo irá bien. En ocasiones así, cuando sucede, Werner asiste a los servicios higiénicos si –y solo si– la naturaleza lo exige de forma obstinada. De lo contrario no se mueve de su escritorio, ni se lava la cara ni los dientes, nada. Si esa noche durmió desnudo, así permanece frente al teclado y así teclea. De esta manera –supone– el acto creativo está impregnado de sueño. En ese estado el vapor se encuentra todavía en su fase onírica, sin diluir –y suceden maravillas.

Un riff de guitarra anuncia que un mensaje de texto arriba al celular. Mensaje de Renata Valyin. Werner no tiene tiempo para concentrarse en eso ahora. Responderá después. Ahora, el celular en silencio. Es el vapor el que manda.

Los dedos saltan como chispas juguetonas entre las teclas, algunas con restos de polvo, otras con manchas y astillas de chocolate y salpicaduras de café. (Por medio de una observación más atenta y detenida, en el desgastado y ruidoso teclado puede detectarse la presencia de hojuelas de piel muerta, vellosidades y trazas de mucosidad solidificada.) Espesos filamentos de saliva gris, halitosis tenebrosa, aunque no puede ni quiere detenerse. Es como estar cogiendo, imagina que le dice a una periodista en una entrevista. Uno se detiene en caso de extrema necesidad: hambre, ganas de cagar o vomitar. Son palabras fuertes para un diario o una revista, incluso para la televisión, para Canal 8, pero esa es la intención, romper los esquemas. La palabra CAGAR es pesada, gelatinosa. Registrada a través de ese ojo mental, que es consciencia y es corazón, VOMITAR tiene una consistencia similar al gel y es menos densa y tiene el color de la miel. Cuando sea famoso y le hagan notas, va a mostrarse así. Abyecto. Y por lo tanto: verdadero.

Sortea las tramoyas habituales, los actos mecánicos de revisar el correo al despertar y echar un vistazo al insomne vecindario de Facebook –por lo general, mientras bebe la primera y necesariamente ultraazucarada taza de café–, trampas al solitario que queman demasiado tiempo y lo llevan a perder el foco mientras el vapor se va debilitando hasta hacerse casi imperceptible. Los segundos pueden pasar muy lento antes de que el vapor se diluya; sin embargo, en algunas oportunidades solo alcanzan pocos minutos para que todo se vaya a otra parte, a “la Tierra de las ideas perdidas”, y Werner quede solo, él y su teclado, sin vapor, sin nada, en una soledad sucia y dolorosa.

Tampoco sucumbe a la tentación de ingresar en Ultimateen, GokkunShow o Chaturbate, en NewChixxx, CamFuze o en los foros de AltaMinita, Putasydivinas o PendejasComestibles. Excelente. Las animaciones digitales son también incitaciones. Y son postergadas por algo más urgente y verdadero.

El vapor manda.

Miércoles

–Hola...

–…

–Hola. Hola. ¿Me escuchás?

–Sí.

–¿Cómo te sentís?

–Sí… No sé.

–¿Te sentís mal?

–… No.

–¿Te sentís bien?

–… Masomenos…

–¿Cómo te llamás?

–… Me llamo Luis.

–¿Tu apellido?

–Bruno…

–¿Qué día es hoy? ¿Sabés?

–Me llamo Luis Bruno.

–¿Sabés qué día es hoy, Luis Bruno?

–¿El día?

–El día, Luis. ¿Sabés qué día es hoy?

–Miércoles… ¿Ahora? Creo que miércoles.

–¿Sabés dónde estás?

–…

–¿Sabés dónde estás?

–… Creo que sí.

Escritos encontrados

Tengo algo grande. Sí. Y tengo miedo. Lo confieso, es así, lo reconozco, lo admito. Tengo miedo de que no me den las manos y el espíritu para sostenerlo y para cuidarlo como es debido. Es una construcción inmensa. Una estructura que necesita mucho de mí. Soy un constructor. El vapor me impulsa.

Werner ingresa a la habitación respirando ruidosamente, se quita la remera negra con la inscripción Ω en el pecho, la arroja sobre la cama y enciende el ventilador. Con su mirada cinematográfica realiza un rápido paneo por la colección de llaveros que ocupa casi la totalidad de la pared más angosta del dormitorio. Hay tantos… En la columna de los países: Chile, Grecia, Egipto, Gran Bretaña. En la columna de las ciudades: Vigo, Madrid, Cataratas del Iguazú, Misiones, Piriápolis, Nueva Helvecia, Buenos Aires, La Paz, Quito. Hay llaveros que promocionan productos, otros que promocionan servicios, establecimientos, instituciones. Llaveros de Cerveza Zapicán, de la pizzería La Torre, del Club Gladiador, del Gran Hotel Dagoba, de Pelucci Automóviles, de Barraca Sachiamundi, del Mundial de Fútbol de Corea y Japón, de Ortopedia Sejed, de Farmacia Boggio, de Perfumería Alemana. Llaveros de acrílico, de metal, de goma, de madera, de plástico, de fieltro, de cuero, de mazapán, de plumas, de piedras semipreciosas. Con apliques e incrustaciones. Con forma de corazón, de herradura, de avión, de cerebro humano, de lata de refresco, de timón, de víbora, de gallina, de pistola automática, de bandeja de frutas, de jarra de cerveza, de pirámide, de chancleta, de trébol, de calculadora, de cohete. Llaveros con luz, con aroma a flores silvestres, con destapador, con brújula, con rallador para queso, con calculadora, con reloj, con preservativos, con fósforos, con hilo dental, con monedero incorporado. Adorada colección, se está quedando sin espacio.

Baja las persianas, una luz mantecosa se dispersa en tajadas gruesas. Tras un leve paneo por la desproporcionada discoteca se detiene en el sector de Carriers of Eternal Darkness, en un disco titulado Wait in Niflheimr. La música se mete en el aire y Werner percibe que su sangre empieza a vibrar. Solo faltan café y azúcar.

Son muchos los campos que despiertan mi interés, como ya se habrán dado cuenta ustedes, mis seguidores, y es más que obvio que dado lo disperso de mi naturaleza y el carácter ecléctico de mis apetencias, inquietudes e intereses, es altamente probable que desvíe mi atención hacia otros asuntos en detrimento de lo que es, en la actualidad, mi principal proyecto, el que debería ser prioridad por estos tiempos.

La jarra llena y el café a la temperatura justa. Café glaseado Centurión, etiqueta verde, caliente, no hirviendo. En el protector de pantalla, la leyenda “Espíritu oculto del mundo subterráneo” cambiando de colores y rebotando con agitados movimientos en vaivén en los márgenes del monitor.

Por tal razón he decidido congelar el libraco basado en el álbum del Mundial de Fútbol de Jugos Polvorita.

Es una decisión tomada.

Es algo superlativo, algo demasiado vasto y grandioso para dedicarle tan poco tiempo y tan poco espacio en mi cabeza, que a veces parece derretirse como mozzarella en estos días de calor y de furia.

Para quienes no lo saben, el proyecto al que hago referencia es una novela basada en el álbum de figuritas del Mundial de Fútbol de Corea y Japón 2002 patrocinado por jugos concentrados Polvorita («Sabor explosivo»). Aquí hay un post sobre el tema, aquí otro, y aquí y aquí, dos más. Este es el último post que escribí acerca del proyecto. Aquí, unas ideas sueltas relativas al mismo. También pueden navegar por las etiquetas y ver los anteriores posteos etiquetados como Proyecto Mundial. Ahí están todos juntos. Tienen para darse una buena panzada, no se pueden quejar.

Werner sirve café negro denso y humeante en la taza que apoya sobre el escritorio. La superficie de la madera está caóticamente habitada por inscripciones y dibujos de distintas tonalidades, hechos con rotuladores de punta gruesa. La taza es grande, de un verde venenoso; luce la desgastada silueta de una oveja negra que sonríe mostrando unos colmillos deformes y asimétricos.

Da un sorbo lento, prolongado. El oscuro y caliente líquido saturado de azúcar blanca riega las encías y desborda el dorso de la lengua. Placer caluroso y estimulante. Werner presiona con suavidad la tecla espaciadora. Un agudo suspiro metálico y Freyja regresa a la vida. El aire cálido es conquistado por el arranque de una canción titulada Shattered Soul. No está entre sus favoritas; sin embargo tiene momentos épicos que, le gusta decir a Werner, destilan una “hermosura fracturada, trágica y luminosa”. Una balada que habla de “las tribulaciones de un alma devastada por una atormentada belleza”, dice él.

Grumos de luz atraviesan las roturas y los tajos de la persiana y manchan el rostro sudoroso de Werner. El aroma del café humedece las narinas. Un fuego sensual explosiona en la punta de los dedos. El calor es denso y magnifica el olor a ropa húmeda que flota en la habitación. Si comenzamos así, ningún post puede salir mal, piensa. Listo, arrancamos.

Para los que no lo saben: lo que estuve haciendo en los últimos meses fue delinear una historia de suspenso, un techno-thriller de terror psicológico, coral, muy violento pero también muy sutil, utilizando las sedes del Mundial de aquel año como escenario y, como protagonistas de la trama, los nombres de los jugadores de las distintas selecciones que participaron del mismo.

En menudo lío me metí.

Como se imaginarán, si bien hay que reconocer que se trata de algo original (guste o no: nunca se hizo algo así, ni en Uruguay ni en el mundo), también es una empresa que viene adherida a una serie de dificultades no demasiado sencillas de sortear.

Antes ya me había ocurrido algo similar con mi Proyecto Diccionario (también llamado «Proyecto Abejorro»), la novela que empecé a escribir con la intención de verter en ella todas las palabras disponibles en el diccionario de la Real Academia Española. Hay tres posteos al respecto: aquí, aquí y aquí. El proyecto sigue en pie, obviamente (sigo las enseñanzas de El Maestro y nunca abandono nada de lo que empiezo, nunca; simplemente lo modifico, le doy nuevos aires y le adjudico nuevos tiempos). El proyecto, ambicioso, goloso, brutal, se construye día tras día, semana tras semana. Es un preparado que cocino a fuego lento. Hasta ahora llevo escritas 7619 palabras.

El asunto del Proyecto Mundial y las dificultades que, como pelusas en una sábana esmeradamente planchada, fueron apareciendo, son de naturaleza distinta. Uno de los principales problemas que se cruzaron en la autopista de mi creatividad, una vez solucionado el tema de la cantidad de ciudades en las que se desarrolla la historia, fue la inmensa suma de personajes, la que decidí reducir poniendo en escena a los jugadores de las selecciones nacionales que llegaron a los cuartos de final, después de que justamente había comprimido el elenco a los planteles que habían alcanzado los octavos. Listo, así me puse a trabajar. En eso estuve durante un tiempo prolongado, cuando me encontré con el otro gran escollo: el hecho de que todos los personajes son hombres. Las circunstancias, las vueltas de la literatura, el ingenio, y también la obstinación, lo reconozco, lo confieso, me declaro culpable, no permitieron que me diera el lujo de abandonar la idea inicial. Todo lo contrario. Me llevaron a plantearme la posibilidad de hacer una novela de ciencia ficción –con suspenso, cómo no, tal como lo había planeado al comienzo–, en la que las hembras de todas las especies hubieran desaparecido de la faz del planeta (a causa de un virus mortal que todavía no tuve tiempo de definir cómo sería) y solo hubieran quedado hombres poblando un apocalíptico mundo que se ha convertido en un basural.

Jo.

Lo sé. Es impresionante. A veces yo mismo me asombro de lo que el vapor es capaz de hacerme crear. Porque a veces a algo que no despierta en mí el más mísero interés (como en este caso el fútbol, pasión de idiotas, tal como lo expuse en este post) puedo encontrarle, a través del vapor, una vuelta significativa, y de este modo también otorgarle nuevos y significativos niveles. Es realmente impresionante.

Bien. Llegado a este punto, siendo sinceros, no pude evitar pensar en lo que dirían los críticos al enfrentarse a semejante material. Pude imaginarme incluso las preguntas que iban a hacerme en las entrevistas y supe perfectamente cuáles serían mis respuestas a esas preguntas. Obvio que una de esas preguntas será sobre cómo se me ocurrió una trama tan curiosa, exótica, llamativa, y obvio que otra versará sobre mis métodos de escritura, mientras que alguna otra apuntará al valor simbólico de algunos elementos que aparecen en la acción narrativa de mi obra. En fin, los periodistas y los críticos literarios suelen ser bastante obvios y predecibles, pero ese no es el núcleo ni la razón de ser de este post. Tampoco lo es, ya que estamos para decir la verdad sin aderezos ni endulzantes ni estabilizadores del sabor, la meganovela que toma como base estructural las sedes y los jugadores que participaron en los cuartos de final de la competencia deportiva celebrada en Corea del Sur y Japón en 2002. Así que, reitero, porque a veces no está de más decir las cosas más de una vez, reitero que quienes quieran saber más sobre el proyecto Álbum del Mundial patrocinado por Jugos Polvorita pueden ver los anteriores posteos etiquetados como Proyecto Mundial, porque aquí, querid@s lector@s, el tema es otro. El tema tiene que ver con lo que yo llamo los Escritos Encontrados.

En los últimos días estuve haciendo arreglos en mi guarida. Le saqué brillo a mi adorada colección de llaveros. Fue lo primero y principal. Mis llaveros me recuerdan cuán inmenso es el mundo (vean un post que escribí al respecto aquí). Y me recuerdan que con toda su inmensidad, ese mundo tan ancho y no tan ajeno también cabe en mi guarida. Además, como parte del proceso de reordenamiento y planificación, cambié la cama de lugar, ordené libros, cuadernos y carpetas con papeles. ¡Fua!, muchísimos papeles. Realizando esta última actividad, me encontré frente a una cantidad asombrosa de carpetas, muchas de las cuales ya había olvidado que existían. En ellas estaban archivados varios manuscritos de diferentes épocas, y había un montón de poemas que escribí cuando era un adolescente, al borde de los veinte. Me reencontré con piezas alucinantes, geniales, cotorrescas. Algunas las recordaba, otras no. Otras son francamente flojas. Y otras tienen una potencia dulce y una furia benigna e inocente, dignas de la edad y del momento en el que me hallaba en este asombroso viaje lleno de misterios que es la vida. Son escritos urgentes, previos a mi pasaje por la Clínica Tangun, donde me metieron para ver si dejaba de comer como un ulfhednar y empezaba a alimentarme como una modelo anoréxica.

Hay varias aristas y puntas para destacar. Por ejemplo, una nouvelle bastante sangrienta y gore de unas 15 páginas titulada Días de exámenes, en la que tres liceales torturan y matan a su profesor de Matemáticas. Cuando me reencontré con ella, recordé perfectamente el momento en el que la escribí. Estaba inspirada en la deleznable figura de un profesor de Matemáticas que yo realmente detestaba. Bezolla, todavía te odio. Si todavía pertenecés a este mundo y llegás a leer esto quiero que sepas que, con solo evocar tu impresentable y repulsivamente pestilente cara de bragueta, desde lo más hondo de mi corazón deseo que tu alma putrefacta y mezquina se revuelva por toda la eternidad en un caliginoso río de veneno y odio, oligofrénico hijo de siete mil putas sidosas.

La nouvelle tiene buen ritmo y un tono humorístico muy copado, pero reconozco que termina demasiado rápido y que algunas situaciones las hice entrar con calzador. Voy a reescribirla. Se le puede sacar mucho néctar. Es tarantinesca en el sentido más wittgensteiniano del término. ;D

Luego encontré un cuento llamado La aventura de Ranz y el arácnido. Es un relato corto, intenso, abierta y conscientemente kafkiano, que recrea el encuentro entre un hombre y una araña, con un final ambiguo y enigmático. Es muy Lovecraft también. De hecho, pertenece a una etapa a la que llamo lovekaftiana, por la cantidad de escritos incubados bajo la influencia de Howard Phillips y Franz.

También están los sueños, que anoto minuciosamente desde que tengo nueve años. Y muchos poemas. Cientos. Destaco la virulencia posadolescente de M22, la ironía refinada de Bollos rancios, el gusto por la grosería de Conocimiento carnívoro #13, el sarcasmo y (otra vez) la ironía (más rabiosa y más obvia) de Me estoy asando vivo, la dulzura (o su búsqueda) que aflora en Otoño, viernes, 2 a.m., Si tuviera otra vida, y Día 364. Hay una contemplación apesadumbrada en una pieza gótica y gauchesca llamada Madrugada. Hay nostalgia (y pinceladas costumbristas) en Lo que hubo y El sultán. Hallé humor y pachanga, una travesura colorida y picaresca en Suicida a sueldo y Morenada cool. Encontré imágenes enigmáticas, sugerentes, en R (evidentemente inspirado en Romina, mi primera novia, a quien le dediqué algunos posteos en mi anterior blog, El Matadero), Las brasileras (lo más psicodélico que escribí en mi vida… hasta ahora), El incendio (experimental como pocas, con un guiño a Noah Champs) y Un escape (¿homenaje a AOS?). A todos los destaco por su atrevimiento y por la sensación de libertad que transmiten.

No recordaba tener tanta prosa poética. Hay al menos dos cuadernolas con poesía, más otras carpetas con cientos de papeles de colores con más y más piezas de este tipo. Es una imponente cantidad de material. Salado. Sé que muchos poemas o versos pueden crecer y transformarse en canciones de Los Que Mueren Conmigo; por tal razón se los haré llegar a Juan Diego, su vocalista, para quien soy un referente, un gurú, una suerte de mentor poético. Todo se verá a su tiempo. Ahora es momento de seguir trascribiendo y reencontrándome con antiguos ángeles y demonios que habitan los mundos que, impulsado por un vapor incontrolable, he creado en estos pocos años.

Hasta aquí llegué. Habrá más. Hay más. Lo que se viene es el Proyecto GNS, así que manténganse en sintonía, amig@s. Va a traer cola.

Como siempre, ¡viva el arte!

W.

Frente a la fosforescencia catódica de Freyja, con la mirada flotando entre las letras blancas sobre fondo negro, Werner da un último y estridente sorbo antes de llenar la taza de café otra vez. El tiempo ha pasado muy rápido. Se viene la noche y será una noche larga, supone.

Y sonríe.

Manchas y salpicaduras

En los dedos, en las uñas: la sangre está por todas partes: recorre los brazos en largas llamas: se mueve en charcos, en coágulos que se amontonan en los pliegues, en grietas en las pulpas de las manos: se extiende con prisa hacia los pequeños tablones rectangulares de madera fina del lustroso y frío suelo color cerveza.

Nada de la vida real me preparó para esto.

El ambiente huele a esencia de naranja. Se perciben estallidos con olor a herrumbre, a fruta podrida. El calor aplasta. Hay manchas y salpicaduras de sangre en la puerta de la cocina, en el piso helado y blanco de la cocina, grumos en el pasillo marmolado que da al ascensor, en la gruesa y satinada revista abierta al medio, desgarrada y desparramada, una derruida casa de hojas abandonada sobre la alfombra sintética, sucia y descolorida. Canales de sangre se deslizan como espectros mutantes, alborotados, imperfectos, junto a un vaso de vidrio roto, debajo de la mesa.

Los ojos miran y los músculos se debilitan y no responden. No hay tiempo para pensar en el tiempo. Nada de lo que está haciendo o pensando ayuda. El mareo enfermo, doloroso, la sequedad en la boca, el sentirse un imbécil por ponerse a pensar en todo esto, en el tiempo, en lo que dijo, en por qué lo dijo, en lo que dice ahora, en lo que piensa, ahora, en este instante, en lo que va a decir a la señora de la emergencia médica, en lo que le va a decir a su madre, el sentirse un tipo verdaderamente desgraciado, sin suerte, por vivir algo así, por pasar por algo así. Me quiero matar, piensa. ¿Quién me mandó meterme en algo así? Lanza un suspiro, un quejido. ¿Qué hago ahora? Todo esto es demasiado. Nada de la vida real me preparó para esto. Sangre entre los dedos, sangre entre las uñas. ¿Qué se hace ahora? En serio, de verdad, en serio pregunto: ¿qué se hace ahora?

Hay que irse.

Ya.

Rajar.

Pero está acá. Sosteniendo su cabeza. Ella tiembla violentamente, disparando oscuros goterones. En la televisión transmiten un programa sobre vinos o bodegas famosas y él se siente mareado, con la visión borrosa y a punto de desmayarse.

Llama por teléfono a la asistencia médica. Y percibe en el pecho, en los brazos y en las manos atoradas de miedo los movimientos musculares y la sangre que se derrama. La sangre que ya no sale disparada a chorros. Que se extiende con velocidad desde un recinto indefinido del cuello rojo y largo. Luis llama y dice que necesita ayuda. Siente que le tiemblan los huesos. Intenta explicar. Que está con una mujer de unos veinte años, veinte y pico, veinticinco, dice, y que la mujer, la joven, se cortó la garganta con un cuchillo, dice, desesperado, con la voz quebrada. ¡Yo qué sé qué tipo de cuchillo!, grita. Y que por favor vengan. Grita que se está muriendo

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