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MáGICO, SOMBRíO, IMPENETRABLE

Joyce Carol Oates  

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Fragmento

Índice

Portadilla

Índice

Dedicatoria

Nota de agradecimiento

Parte I

Sexo con una camella

Mastín

Distancia

Un libro de mártires

«Se ha muerto Stephanos»

Parte II

El cazador

Desapariciones

Cosas que quedan atrás, de camino hacia el olvido

Parte III

Santuario al borde de la carretera de Forked River, Jersey del Sur

Los payasos

Traición

Mágico, sombrío, impenetrable

Parte IV

Parricidio

Notas

Sobre la autora

Créditos

Para Mariana Cook y Hans Kraus

Nota de agradecimiento

Los relatos incluidos en este volumen han aparecido, a menudo en versiones algo diferentes, en las siguientes publicaciones:

«Sexo con una camella» en The American Reader

«Mastín» en The New Yorker

«Distancia» en Ploughshares

«Un libro de mártires» en Virginia Quarterly Review

«“Se ha muerto Stephanos”» en Yale Review

«El cazador» en Boulevard

«Desapariciones» en American Short Fiction

«Cosas que quedan atrás, de camino hacia el olvido» en Salmagundi

«Santuario al borde de la carretera de Forked River, Jersey del Sur» en Vice

«Los payasos» en Virginia Quarterly Review

«Traición» en Conjunctions

«Mágico, sombrío, impenetrable» en Harper’s

«Parricidio» en EccoSolo (libro electrónico)

«Mastín» se ha reimpreso en The Best American Short Stories 2014

La autora desea dar las gracias de todo corazón a estos editores y publicaciones.

I

Sexo con una camella

—Muchas cosas se valoran más de la cuenta. El suicidio, por ejemplo.

El chico rio al comprobar lo listo que era. La abuela, que conducía atenta al tráfico matutino, no pareció darse cuenta.

Recalcando las palabras, su nieto dijo:

—Por ejemplo, solo en el condado Boondock, de los Estados Unidos, se hacen la competencia dos teléfonos de la esperanza para adolescentes.

—¿Condado Boondock? ¿Dónde está eso?

—¿Bromeas, abuela? Aquí.

—Ah, aquí. Entiendo.

La abuela sonrió pero no llegó a reír. Aunque el chico no había hecho una observación muy ingeniosa, tampoco era frecuente que dejara de reír los comentarios de su nieto por muy poca gracia que tuvieran.

—En el instituto nos bombardean con anuncios por correo electrónico. «Si estás solo y preocupado y no tienes a nadie con quien hablar, los consejeros para crisis están esperando tu llamada, que será siempre estrictamente confidencial.» Ahora hay uno nuevo: «¿Te sientes a salvo en casa?» —el chico se echó a reír.

—Bueno, ¿te sientes tú?

—¿Bromeas, abuela? Según las estadísticas, el noventa por ciento de los accidentes mortales suceden en el hogar.

Rieron juntos. Aquello sí tenía gracia.

Al chico le gustaba divertir a… bueno, a cualquiera que se le pusiera por delante. Había sido listo y despierto casi desde que aprendió a hablar. Si bien, como chico guapo, quizás había llegado a su tope hacia los once años.

En su próximo cumpleaños sumaría diecisiete.

La abuela, vestida con elegancia como siempre que salía de casa —atractivo turbante de seda blanca, conjunto de jersey y chaqueta blancos de cachemira, pantalones de lino de color azul claro de raya impecable, zapatos de buena calidad—, iba camino del hospital nuevo. Su nieto quiso conducir, claro está, pero la abuela le recordó que ella se acercaba ya a una edad (no había llegado aún, pero pensaba que no andaba lejos) en la que saberes tan básicos como conducir un coche podían empezar a atrofiarse si no se practicaban a diario.

Obsoleta. La abuela no quería ser eso, había dicho. A su nieto la palabra le había impresionado y se había apresurado a apropiársela.

Desde muy joven coleccionaba palabras. Cigoto, paralaje, exanimación eran algunos ejemplos. Ahora, obsoleta.

Aquella salida matutina tenía un algo de aventura: para llegar al hospital nuevo —según el mapa de Google que el chico había impreso— era necesario recorrer, desde su casa, 10,7 kilómetros más que para ir al viejo.

El hospital viejo lo habían agotado ya. Era el momento de pasarse al hospital nuevo que acababa de abrir hacía una semana, al otro extremo de una autopista estatal de seis carriles.

—El suicidio es algo así como una especie de pasatiempo estúpido. El noventa por ciento de los suicidios son equivocaciones: la víctima en realidad no tiene intención de matarse.

—¿Y por qué estamos hablando de eso? —preguntó la abuela (que había tenido un cargo administrativo en un pequeño college de humanidades en otra época de su vida) con aire de desconcertada incredulidad. Luego miró de reojo al muchacho con una expresión que le habría fulminado si hubiera querido darse por enterado.

El chico se encogió de hombros. Solo pretendía pasar el rato, nada de lo que había dicho tenía la menor importancia ni peso específico.

—¿Quién ha sacado el tema? —preguntó—. Yo no.

—Bueno; tampoco yo.

De hecho, mientras la abuela conducía, su nieto había estado leyendo a toda velocidad correos electrónicos y mensajes de texto en su móvil. Había sido uno del montón de correos electrónicos, en su mayor parte no deseados, procedentes de su instituto, el que ofrecía el enlace con un teléfono de la esperanza, mensaje que él se había apresurado a borrar sin pensárselo dos veces.

—Cuéntame algo divertido. Pero divertido de verdad.

—El caso de un chico que acompaña a su abuela porque tiene hora para el médico en un maravilloso día de otoño cuando podría estar de excursión por el cañón del río Peace con sus amigos o solo, con sus zapatillas Nike D200.

—Muy gracioso.

—A un disléxico le pregunta un amigo: «¿Qué tal el concurso de tiro con arco?». «Fui certero.» «¿Ganaste?» «No. Quedé certero.»

La abuela se echó a reír.

—Eso sí es divertido.

—Eres tan fea que el gato trató de enterrarte en el cajón de arena.

—No. Eso no tiene gracia.

—Vamos, abuela, hay como un millón de chistes con «Eres tan feo». Ese es el menos asqueroso.

—No me gustan los chistes sobre personas que son feas o estúpidas o… —la voz de la abuela cambió justo lo bastante para que su nieto se diera cuenta de que se proponía decir algo divertido— polacas.

El chico quiso hacerle ver que los chistes se basan casi siempre en insultos. ¿Dónde había estado ella toda su vida? Los chistes que oía a sus amigos o que él les contaba eran bastante groseros, y procedían de Internet o de la televisión por cable.

—Esto es un tío que está atravesando el desierto montado en una camella. Lleva varios días solo, así que siente la necesidad de hacer el amor. No hay ninguna mujer a la vista, así que se fija en la camella, pero el animal desconfía de él, porque, al parecer, ya ha tenido antes alguna experiencia similar. De manera que el fulano intenta colocarse en posición para tener relaciones sexuales con la camella, pero el animal sale corriendo. El tipo corre para alcanzarla y la camella le deja que se le suba encima, pero solo como montura. Al poco, el tío tiene otra vez ganas de sexo, así que vuelve a intentarlo, pero la camella sale corriendo. Por fin, después de cruzar todo el desierto llegan a una carretera y se encuentran con un coche que no funciona y dos rubias despampanantes. El tipo les pregunta si necesitan ayuda y ellas le dicen que si les arregla el coche harán cualquier cosa que les pida. El fulano se pone a trabajar y consigue ponerlo en marcha; las mujeres le dan las gracias y le preguntan: «Ahora, ¿qué podemos hacer por ti?», y el tipo contesta: «¿Os importa sujetarme a la camella?».

La abuela pareció reflexionar durante algún tiempo pero acabó por echarse a reír.

—De acuerdo, tiene gracia. Pero no mucha.

—Hay chistes más subidos de tono que son más divertidos, abuela. Pero supongo que no querrás oírlos.

El tono de voz del muchacho había cambiado un poco.

La abuela siguió conduciendo, absorta ahora en el torbellino del tráfico en una rotonda. El chico supo guardar silencio mientras la abuela superaba la dificultad: no tenía que tomar la primera salida, ni la segunda, sino la tercera.

A veces, el nieto se sentía muy mayor. Pero ese era su secreto.

Después de superar con éxito la rotonda y cuando conducía de nuevo a velocidad normal, la abuela dijo:

—Por lo menos cinco personas me han preguntado, por teléfono, quién me acompañaba al hospital y quién volvería a casa conmigo. Lo que buscan es evitar a toda costa que alguien salga de su consulta después de despertar de una anestesia, se desmaye y se caiga. Todavía peor si lo que hace es caerse por una escalera.

—Lo que no quieren —dijo el chico— es un pleito.

La abuela se mordió el labio, meditativa.

—Supongo que debes de tener razón. Nunca lo había enfocado así. Creía que yo les traía sin cuidado.

—Puede que no les importes lo más mínimo, abuela, y sin embargo, no quieran que los demandes.

—Haz el favor de leerme las instrucciones para llegar a la consulta.

—Ya lo he hecho. Y ya he estado. ¡Dios del cielo!

La abuela conducía despacio por una carretera recién asfaltada en dirección a un edificio de muchas plantas y color verde pálido, que parecía hecho de cristal resplandeciente, y con diferentes alas a partir de un núcleo central. Más allá de aquel edificio había otros más pequeños y más bajos. Todos rodeados de aparcamientos. El chico estaba tratando de hacer coincidir el mapa de Google con el mundo real y le estaba costando.

El «hospital nuevo» estaba formado por un conjunto de edificios de líneas elegantes construidos en las afueras de la ciudad en un paisaje lunar de aparcamientos y suelo en su mayor parte aplanado con excavadoras. En algunas zonas, sin embargo, se había plantado un frágil césped nuevo, regado con agua de aspersores, un agua que subía y bajaba iluminada por el sol.

Aunque todo era nuevo, las zonas de aparcamiento más cercanas al hospital estaban casi llenas. Y resultaban enormes y desalentadoras. Incluso el chico se sintió desanimado.

Había un sitio para que se bajasen los pacientes y visitantes cerca de la entrada principal del resplandeciente edificio verde de muchos pisos, y el chico y su abuela trataron de averiguar cómo evitarle a ella una caminata de más de un kilómetro desde el aparcamiento. Al cabo de un rato el nieto dijo:

—Apéate, abuela. Ya aparco yo el condenado coche. Seguro que en una propiedad privada no va a haber policías de tráfico de Nueva Jersey para pedirme el carné de conducir.

Una prueba de la creciente desesperación de la abuela fue que aceptó la propuesta de su nieto. El muchacho se deslizó hasta el asiento del conductor tan pronto como la anciana salió del coche y lo condujo hasta la zona B del aparcamiento.

La abuela entró en el vestíbulo del reluciente edificio nuevo, refrigerado con ferocidad, y apenas había empezado a mirar a su alrededor en busca de alguien que la asesorase, cuando su nieto, con el Acura estacionado ya, se presentó corriendo para reunirse con ella.

El chico era un corredor condenadamente bueno. Sobre todo en ocasiones como aquella.

En los deportes que se practicaban en el instituto era demasiado perezoso, o se dedicaba a soñar, o se distraía. No lograba tomarse en serio lo que a otros les parecía importante. Todas aquellas tonterías eran como vivir con la cara pegada a un espejo: no te la veías y, menos aún, todo lo que la rodeaba. Las cosas para críos ya no le atraían ahora que no era un crío.

Todo relucía en el nuevo hospital. Al alzar la vista esperabas ver globos de bienvenida rebotando contra el techo varios pisos más arriba.

—¡Buenos días! ¿Les puedo ayudar en algo?

Una joven sonriente, vestida con colores que entonaban muy bien con los rosas, verdes y azules suaves del vestíbulo, apareció a su lado. La abuela dijo «sí, gracias». Como si no hubiera memorizado el texto, leyó, con el ceño fruncido, un impreso que llevaba en la mano, pronunciando con mucho cuidado las palabras:

—Buscamos el Departamento de Cirugía Ambulatoria.

La cita era para las 9.30. En aquel momento eran las 9.22.

La joven sonriente les informó de que estaban en el edificio equivocado, es decir, en el hospital. El Departamento de Cirugía Ambulatoria estaba en el Pabellón de Especialidades Médicas, en la otra punta del complejo hospitalario.

—Deberían haber dejado el coche en la zona este del aparcamiento y haber utilizado la entrada correspondiente.

—¿Cómo íbamos a saberlo? «Zona este», nada menos —el chico tenía ganas de guerra.

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