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MERCOSUR

Luis Alberto Lacalle  

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Fragmento

Introducción

El 26 de marzo de 1991, en los salones del Banco Central del Paraguay, junto con los presidentes Fernando Collor de Mello, Carlos Saúl Menem y el anfitrión, presidente Andrés Rodríguez, firmamos el Tratado de Asunción, instrumento diplomático que puso en marcha un ambicioso pero a la vez cauto proceso de integración económica y comercial entre nuestros cuatro países.

Al día de hoy, han transcurrido veintinueve años desde ese episodio tan relevante. Cuarto de siglo largo, jalonado por acontecimientos importantes y trascendentes tanto en la región como en el mundo, así como en cada uno de los países asociados .

Lo que sigue pretende ser un análisis del proceso mercosuriano, que atravesó por todo tipo de climas y circunstancias. El eje de nuestro discurrir es político. Sin pretensiones de texto diplomático ni jurídico, es el sincero relato de uno de los signatarios originales, preocupado por el balance sensiblemente negativo que resulta de comparar 1991 con 2020, teniendo en cuenta lo que se quería en ese lejano ayer y lo que hoy tenemos como realidad integradora.

“Seductor el esfuerzo, lo difícil es darle carnadura, concretar en hechos lo que dicta —afiebrado— el pensamiento. De ahí la contienda, el batallar sin término entre lo que se quiere y lo que se puede; entre lo que nace y lo que muere”. De las últimas palabras que pronunció Luis Alberto de Herrera en aquella puesta de sol del 28 de febrero de 1959, extraemos esta definición, para nosotros inmejorable, del gran dilema de todo gobernante: lo que se quiere y lo que se puede, como la gran tensión, como el conflicto permanente entre la ilusión y la dura realidad. Nada hay más fácil que planear, que desarrollar sobre el papel programas de gobierno, listados de metas a conseguir. Luego, inevitablemente, golpean las circunstancias dentro de las que se ejerce el poder y todas las condiciones de la materia prima que se tiene entre manos. De ahí la necesidad del realismo, la primacía de lo concreto.

No son ajenos a estos avatares los tratados internacionales, sobre todo aquellos que establecen organizaciones con finalidades y objetivos fundamentales que, a la hora de la firma, en el documento, parecen fácilmente asequibles. No lo son y de enseñarnos esa lección se encargan los meses y los años siguientes.

Seducidos quizá por la idea de constituir, en nuestra parte del mundo, una unidad económico-comercial que facilitara el comercio, incentivara la inversión y generara más prosperidad, acudimos a Asunción en la fecha indicada.

Hoy en día la implacable realidad nos dice que no se cumplieron las metas anheladas. Sin perjuicio del detalle que aportamos en las Conclusiones, podemos adelantar que, por encima de los documentos y las sanas intenciones, gravitaron para que esas metas no se concretaran, con su inercia, las fuerzas inherentes a los históricos centros de poder regionales. También y en el momento del desvío conceptual del proyecto, pesaron afinidades ideológicas que desvirtuaron las metas primigenias.

Nunca será suficiente la atención que se preste a estas fuertes influencias. América Latina, desde su independencia incorporó, a la discusión interna de cada país y a la correspondiente al derecho de gentes, componentes ideológicos muy marcados y un grado de intolerancia hacia el pensamiento ajeno muy propios de la influencia que nos llegó de la Revolución Francesa en su peor versión, la del jacobinismo. El marxismo reforzó esta modalidad extrema, muchas veces en su difusión por las dictaduras de izquierda que cortaron el funcionar fluido de la democracia.

Un análisis crítico sincero, por parte de cada país y luego por parte de la organización, es vitalmente necesario para descartar sin remordimientos lo que no se pudo alcanzar, pero sin perder lo positivo del intento, adecuándolo al mundo en que nos toca vivir y en el que les tocará vivir a nuestros nietos.

Esta tarea la encaramos desde una posición tremendamente comprometida, no solo por haber sido parte esencial de la gestación sino también porque el tema atañe a la ubicación internacional de nuestro país, tema que ha ocupado gran parte de nuestra acción política. Esto conlleva el reafirmar que, respecto de la personalidad nacional en el mundo, no somos ni podemos ser indiferentes o imparciales.

El relato que en este acto comenzamos refleja nuestra

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