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MEJOR CALLAR

Diego Fischer  

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Fragmento

Una colección de revistas y un cuadro que guardaban una historia

Todo libro tiene su historia y MEJOR CALLAR no es la excepción. Tres años atrás, en una de mis habituales visitas a la casa de remates Bavastro de la calle Misiones, encontré una colección de ejemplares de la revista Caras y Caretas de los años 1904 y 1905, encuadernados y en buen estado. Se subastaban al otro día y dejé una oferta. A la semana siguiente regresé y Guzmán Vila, uno de los encargados del lugar, me dijo: “Te compré las revistas”. Volví a mí casa con los dos pesados volúmenes y, como suelo hacer con todo libro o material de segunda mano que adquiero, lo sometí a una cura que una encuadernadora me enseñó —algo imprescindible para asegurarse de que un libro viejo y de procedencia desconocida no haga estragos en una biblioteca—.

Un par de meses más tarde, en una nueva visita a Bavastro, compré un cuadro del pintor Rodolfo Prchal. Su marco cascado y apolillado no lograba ocultar completamente las luces y sombras que, con magistrales pinceladas, el artista checo había plasmado en el lienzo. La obra, pintada en 1945, clamaba por una limpieza. Tal vez por décadas había adornado la pared superior de una estufa a leña. Aun así, el puente sobre el Miguelete, mirándose en las aguas del arroyo con su afrancesada ornamentación y los frondosos árboles de sus márgenes, intentaba imponerse. Era como si las capas de polvo y hollín se esforzaran por ocultar algo.

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Entre una y otra adquisición, transcurrió un tiempo. Las revistas vivían su imprescindible aislamiento, mientras el lienzo era sometido a una limpieza por un restaurador. En esos días me encontré con María Helena Rodríguez Larreta, una parienta lejana, que me preguntó: ¿Por qué no escribís sobre la tragedia del Hotel del Prado? Y agregó: “¿Sabías que quedaron huérfanas dos niñas?”. Confieso que sus preguntas me sorprendieron por venir de una integrante de una de las familias protagonistas del drama. En lo personal, conocía solo los titulares de la historia y la idea de escribir sobre ella me quedó dando vueltas en la cabeza. No fue hasta que liberé de su cuarentena la colección de Caras y Caretas y que el cuadro de Prchal, con todos sus colores recuperados, llegó a mi casa que decidí investigar y estudiar para escribir este libro.

Dicen que las cosas no suceden por casualidad. Creo que, al menos en este caso, el dicho se aplica a carta cabal. El primer ejemplar de Caras y Caretas que abrí es de enero de 1905 y, si bien está editado en Buenos Aires, trae una extensa crónica de la ya entonces bautizada tragedia del Hotel del Prado. Otro número de la misma revista, pero de 1904, informa sobre la inauguración del moderno puente sobre el arroyo Miguelete de Montevideo, que “comunica a la ciudad con el elegante paseo del Prado y el Paso del Molino”. Ambas notas están ilustradas con fotografías. Luego descubriría que ese puente fue testigo silencioso de varios de los hechos más relevantes de la historia.

Esto fue solo el comienzo de una investigación que insumió muchas, muchísimas horas de trabajo. Tiempo en el que, con Fernando Bonilla, fuimos descubriendo una trama compleja con derivaciones impensadas y de la que hasta hoy solo se había narrado una parte.

Para comprender en su real dimensión esta historia hay que remontarse varias décadas antes de los hechos sucedidos el 27 de diciembre de 1904 y extenderse mucho más allá de aquel año en el que el Uruguay dio por cerrado su sangriento ciclo de revoluciones y guerras civiles.

La tragedia del Hotel del Prado sucedió en el Novecientos, una época que casi siempre ha sido vista y estudiada con una mirada romántica y cándida. Hay quienes prefieren llamarla la Belle Époque montevideana, aunque muy lejos de la realidad esté el relato que nos habla mayoritariamente de una Montevideo cuyos cafés y cenáculos reunían a los más brillantes escritores que este país ha dado en su historia. En esa misma ciudad, puertas adentro de las residencias de muchas de las familias más acaudaladas, dominaba la violencia más primitiva. ¿Un correlato de lo que por décadas sucedió, campo afuera, en los enfrentamientos fratricidas entre blancos y colorados?

La historia que el lector encontrará en las páginas que siguen es una sucesión de hechos protagonizados por varias de las familias patricias y de la alta burguesía de mediados del siglo XIX y comienzos del XX: Rodríguez Larreta, Latorre, Herrera, Arteaga…

La política ocupa aquí un papel fundamental. Un joven Luis Alberto de Herrera que nacía a la vida pública y consolidaba su liderazgo en el Partido Nacional es una figura clave de este libro. José Batlle y Ordóñez, que entonces llegaba al poder, tiene un rol preponderante. Herrera y Batlle son aquí también agonistas.

Aquello que comenzó en una casa de remates de la Ciudad Vieja es hoy un libro que retrata un tiempo y a una clase social que dividía sus días entre la high life y la política de más alto vuelo. Es por sobre todas las cosas una historia real, cruel y sórdida. Tal vez por eso, a lo largo de más de un siglo, quienes supieron de ella entendieron que era mejor callar.

Diego Fischer Requena

Octubre de 2016

El silbato del tren y el grito de un búho

Manuel Sosa, el guardabosques, fue el primero que oyó los disparos.

Como todas las noches, estaba haciendo la ronda con su farol a querosén en la mano. Era una rutina que cumplía rigurosamente desde hacía una década, cuando fue contratado para vigilar y cuidar aquel enorme predio que, creado a mediados del siglo XIX por el financista francés José Buschental, abrazaba por el oeste a Montevideo y se recostaba en las aguas cristalinas y pobladas de peces del arroyo Miguelete.

Sosa cumplía con devoción su trabajo. Amaba los árboles y la naturaleza. Si hubiera podido estudiar, habría sido botánico, tal vez un gran botánico. Por eso no le importaba si era invierno, si llovía torrencialmente o si el viento hamacaba y hasta arrancaba ramas de los miles de árboles y plantas allí sembrados casi cinco décadas antes.

En el último año recorría el bosque dos y hasta tres veces por noche. Aquel 1904 había comenzado con el alzamiento en armas del caudillo blanco Aparicio Saravia contra el gobierno del colorado José Batlle y Ordóñez. Se hablaba de que en cualquier momento Saravia y su ejército irrumpirían en la capital, y había que estar alertas para dar aviso a la policía. Por eso el Hotel del Prado tuvo el primer teléfono que hubo en aquella zona de quintas y residencias de veraneo enclavada en el acceso oeste a la capital. El dueño le había ordenado a Sosa que multiplicara sus recorridas, con instrucciones muy precisas: debía informarlo de cualquier movimiento o ruido sospechoso, para que él, a su vez, diera aviso a las autoridades.

Aquella noche del 26 de diciembre de 1904 se habían cumplido ya cuatro meses y dos días de la firma de la Paz de Aceguá, que puso fin a la guerra, aunque no logró cicatrizar sus heridas. A pesar de que no había riesgo alguno, Sosa seguía recorriendo el bosque varias veces cada noche. Conocía de memoria las especies de ese enorme pulmón verde, convertido en los últimos años en el paseo predilecto de la gente distinguida de Montevideo.

El lejano silbato de los ferrocarriles que partían de la Estación Central se sumaba como un solo de trompeta a la sinfonía de grillos, ranas y ruiseñores y pautaba el recorrido del guardabosques. A las once era el expreso a Salto, que diez minutos más tarde de su salida se despedía de la capital. A la una y quince pasaba el tren a Tacuarembó. Tres horas más tarde, la locomotora rumbo a Colonia llamaba a una nueva ronda. Sosa había comprendido que los ingleses tenían bien ganada la fama de puntuales. Su reloj estaba sincronizado con el ir y venir de los trenes que desde 1874 eran propiedad de una compañía británica, y en los diez años que llevaba trabajando en el lugar nunca un silbato se había oído fuera de hora.

Si bien el comienzo de las rondas lo marcaba el pasaje de los ferrocarriles, el derrotero lo determinaba la estación del año. Manuel se dejaba guiar por las fragancias. En otoño, el perfume de los eucaliptos humedecidos por el rocío lo llevaba desde el jardín más próximo al hotel hasta el puente nuevo, inaugurado en 1903, que unía las dos márgenes del Miguelete. A Sosa le gustaba quedarse un rato contemplando cómo los faroles con sus gárgolas se reflejaban en el agua mansa del arroyo, formando figuras siempre distintas. Aprovechaba ese momento para armarse un cigarrillo y fumarlo pausadamente. De tanto en tanto algún pez saltaba y rompía el sereno arrullo de la corriente que bajaba hacía el Río de la Plata.

En invierno predominaba el helado perfume de los pinos y cipreses, matizado con el humo del hogar de alguna lejana chimenea. En primavera eran las rosas las que lo invitaban al paseo nocturno, con su gran variedad de especies. En verano, la dama de la noche lo envolvía como una amante celosa y lo acercaba embriagado hasta la orilla misma del arroyo, del que regresaba a paso redoblado tras el aroma de los jazmines del país y del cabo que habían abierto esa misma tarde al caer el sol.

Cuando la brisa llevó a sus oídos el estampido de las balas, supo que provenían del hotel y hacia allí corrió. El edificio sobresalía en un claro del bosque y desde que la luz eléctrica había llegado al Prado, cuatro años antes, su afrancesada majestuosidad comenzó a mirarse por las noches en las aguas del lago que antecedía a sus escalinatas y que estaba coronado en su centro por una gran fuente que lanzaba agua hasta la medianoche.

El Hotel del Prado era un lugar de reunión para familias en las tardes de primavera y verano, pero también era el sitio que las parejas de recién casados elegían para pasar su noche de bodas y hasta la luna de miel. Además, mucha gente veraneaba en él. En invierno no faltaban las parejas de amantes que allí se encontraban, la mayoría de ellas llegadas expresamente desde Buenos Aires.

El corazón de Sosa comenzó a latir con mayor intensidad y su respiración se aceleró cuando vio que, en la entrada principal, un hombre a medio vestir, con el pelo revuelto y los ojos desorbitados, trataba de salir por la gran puerta de cristal cerrada con doble llave.

—¡Ábrame! —le gritó a Manuel, mientras intentaba violentar el pestillo de bronce.

—¿Qué sucede? —preguntó Sosa y sacó del bolsillo un aro con un gran manojo de largas llaves.

—¡Le digo que me abra! ¡Tengo que presentarme ante la policía! —clamó el hombre descalzo, con el pantalón sin los tiradores y la camisa semiabrochada.

A Manuel le temblaban las manos de los nervios y no daba con la llave correcta. Probaba una y otra.

—¡¡Es usted un imbécil!! —le gritó mientras seguía moviendo el picaporte.

Finalmente, Sosa dio con la llave y la cerradura cedió. El hombre abrió la puerta de un tirón y caminó unos instantes por la terraza de un lado a otro. Se sentó en la escalinata y, abatido, se tapó el rostro con las manos.

Manuel corrió a buscar al dueño del hotel.

Afuera, sobre las copas de los árboles, la luna en cuarto menguante hacía esfuerzos por brillar entre las nubes que la cubrían. El grito de un búho quebró la natural sinfonía de esa noche y reverberó en una larga agonía sobre el agua del lago.

Los Latorre en la era de Latorre

Adolfo Latorre supo siempre que moriría joven. Estaba convencido de que su pasaje por este mundo sería breve, que dejaría huellas y que su historia encontraría un lugar en la Historia. El tiempo le daría la razón. Tal vez por ello su vida fue como una permanente partida de póker en la que los compañeros de mesa se alternaban, mientras él apostaba todo a ganador sin medir el valor de sus cartas ni la expresión de los rostros de sus adversarios.

Había nacido en las afueras de Montevideo en 1876, en tiempos en que el coronel Lorenzo Latorre llegaba al poder. No había parentesco entre el dictador y la familia del recién nacido, pero su padre mantenía con aquel militar tosco y poco ilustrado una gran amistad sustentada en la comunión de ideas. Esa relación resultaría determinante en el futuro de los hijos del matrimonio conformado por Adolfo Latorre Bauzá y Ercilia Reyes. Adolfo fue su tercer hijo, pero el primer varón, por lo que fue bautizado con el nombre de su padre. Antes habían nacido María Ercilia y Manuela, y poco después Gaspar completaría la prole. No obstante, cuando la pareja se casó, llevó a vivir con ellos a Alberto Camilo, hijo natural de una relación anterior de Adolfo. Este pasó a formar parte de la familia y a la hora de repartir la herencia de su padre recibió el mismo trato que sus hermanos nacidos en el matrimonio.

“Este país precisa orden”, decía y repetía Latorre Bauzá. Por eso no dudó un instante en ponerse a disposición del flamante y autoproclamado gobernador provisorio cuando este asumió el poder total, en marzo de 1876. Don Adolfo era un hombre acaudalado, dueño de numerosas propiedades en Montevideo y uno de los principales accionistas del Tranvía del Reducto. Había hecho una primera incursión en la política nueve años antes, en las elecciones de noviembre de 1867, que fueron un correlato de la dictadura de Venancio Flores y en las que los blancos no se presentaron por falta de garantías. Resultó electo diputado por el Partido Colorado y ocupó la banca hasta 1870.

Once años más tarde, en los comicios celebrados en 1878, llegaría a senador por el departamento de Durazno. Los opositores al régimen dictatorial denominados principistas1 se abstuvieron, pero Lorenzo Latorre se mostró satisfecho con aquel intento de cubrir su régimen con un manto de legitimidad. Desde entonces dejó de llamarse gobernador provisorio y pasó a firmar como presidente constitucional de la República. Para don Adolfo, el mayor logro de su amigo el coronel había sido ordenar el país en tan poco tiempo, aunque fuese a bayoneta y lanza y encarcelando o desterrando a sus detractores.

El 8 de febrero de 1879, Latorre Bauzá asumió su banca en la Cámara de Senadores, en la que permaneció hasta el 29 de marzo de 1880. Dejó el Parlamento dos semanas después de que Lorenzo Latorre renunciara a la Presidencia de la República. Hizo suyas las palabras del jefe de Estado, que en su carta de dimisión afirmó: “En mi desaliento, he llegado a pensar que los orientales son ingobernables”.2

Latorre Bauzá abandonó para siempre la política y se dedicó a administrar sus bienes. La familia vivía en una gran quinta en el camino de los Reyes, en las proximidades del Prado. Doña Ercilia la había heredado de su padre y allí se instalaron de forma permanente en 1868, huyendo de la epidemia de fiebre amarilla que se había desatado en Montevideo. En esa casona alhajada con muebles y enseres traídos expresamente de Europa, Adolfo nació y vivió hasta los once años, cuando su padre, luego de la Revolución del Quebracho, la posterior renuncia del general Máximo Santos a la Presidencia de la República, la llegada al poder de Máximo Tajes y el ocaso del militarismo, resolvió marcharse con toda su familia a Europa.

—¿Cuánto tiempo nos iremos? —preguntaba doña Ercilia con preocupación.

—El tiempo que sea necesario para que nuestros hijos conozcan el mundo civilizado —respondía él sin dar más explicaciones.

A comienzos de 1887, Latorre Bauzá, su mujer y sus hijos se embarcaron en el puerto de Montevideo rumbo a Italia, primera escala de un viaje que, a priori, no tenía fecha de retorno. A fines de ese año llegaron a París y alquilaron un lujoso apartamento en la Rue du Faubourg Saint Honoré 190, una de las más elegantes de la ciudad y del mundo. La primera tarde que la familia salió a caminar por el barrio, las mujeres no daban crédito a lo que veían. A lo largo de la calle tenían sus locales los más famosos perfumistas de Francia y los diseñadores de renombre como Hermès y Lanvin. En el número 50 se encontraba el Palacio del Elíseo, residencia oficial de los presidentes de Francia desde la instauración de la Tercera República.

Una institutriz se encargó de que María Ercilia y Manuela no solo mejoraran sus conocimientos de francés adquiridos en Montevideo, sino que también aprendieran literatura, arte y los buenos modales propios de las señoritas de sociedad. Tambié ...