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MATAR AL MORMóN

Gabriel Pereyra  

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Fragmento

Prólogo
El camino sin retorno

Si un espía de la DEA (Administración para el Control de Drogas, por su sigla en inglés: Drug Enforcement Administration) estadounidense, infiltrado en un cártel de narcotraficantes, no hubiese dado el aviso, Julio Guarteche, el policía más influyente de las últimas décadas, habría volado por los aires a manos de un grupo narco.

Aquí cuento la historia nunca revelada de ese episodio fallido. De haber ocurrido tendríamos un nuevo capítulo para sumar a la desgracia de ser un país que funciona como pasaje de droga hacia Europa, de estar infestados con bocas de venta, con sicarios cada vez más jóvenes, con generaciones perdidas a manos del crimen organizado; habríamos sumado un magnicidio.

La selección que aquí se presenta de todas las columnas que escribí durante más de dos décadas, tiene una característica de la que no me enorgullezco: estuve a un lado y al otro de la fractura social.

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Comí en los restaurantes más finos mientras viajaba por el mundo y me fui a la cama con una torta frita para llenar la panza y con un callo en la planta del pie porque no tenía para el boleto y el agujero de la suela era cada vez mayor.

Es muy difícil hacer entender a amplios sectores de nuestra comunidad que el problema de la inseguridad no es el delito sino la violencia. Que no se trata un tema de maldad inherente al hombre, sino del abandono al que lo sometió la sociedad, y que por eso el 99,9 por ciento de los presos son pobres. Y nada de todo esto pasa en un día.

Cuando jugaba en las calles del Hipódromo con 8 o 9 años, veía pibes descalzos y con las costillas marcadas, arrastrando carros y comiendo en la escuela de Guerra y General Flores su único alimento del día.

A los miserables que buscan votos hurgando en estas llagas, les tengo una noticia: hace 40 años que estamos descendiendo en esta pendiente social, cultural y de violencia. Estuve en esos lugares y cuando me enfrento a la cobertura de un hecho violento casi nunca me pregunto cómo pudo pasar, sino cómo es posible que no pase más seguido.

MATAR
AL MORMÓN

Capítulo 1

Por enésima vez, aquella noche de invierno de 2009, Marta Acosta esperó demasiado para compartir la cena con su marido, el entonces director nacional de Policía, Julio Guarteche. Nada anormal en un hombre que se tomaba extremadamente a pecho su trabajo. Esa actitud, sumada a una inteligencia y formación intelectual muy superior a la media –no solo de la Policía–, le habían permitido a Guarteche ascender en la institución armada.

De ser un oficial más en la dirección de Investigaciones de su Florida natal, pasó a ocupar primero la titularidad de la brigada antinarcóticos y luego la dirección nacional de Policía, el jefe de todos los policías del país, un cargo de responsabilidad política que lo ubicó en 2010 como el cuarto hombre en jerarquía dentro del Ministerio del Interior.

En 2016, un año antes de morir a causa de un cáncer de páncreas, Guarteche me había contado, emocionándose hasta las lágrimas, algunas peripecias que su familia había tenido que vivir desde que se tuvo que trasladar a Montevideo: horas robadas a sus hijos –«lo más sagrado que tengo»–, a su segunda esposa, Sandra, arritmias y nanas de todo tipo, y más de una amenaza de muerte que inevitablemente debía compartir con su familia; con lo que ello implicaba para los hijos mayores que comprendían la situación.

Por eso, aquella nueva demora de Guarteche no le había llamado la atención a Sandra. Pero a las diez y media de la noche recibió una llamada de su marido. «Me dijo: “Prepará las valijas porque cuando llegue nos vamos”. Y le pregunté: pero, ¿qué preparo? ¿A dónde vamos? ¿Cuánto tiempo salimos?», insistió en averiguar Sandra.

«Después te digo», le respondió Guarteche, y cortó. Y se hicieron las once, las doce, y la una y las dos y las tres y aunque su esposo no llegaba y también a pesar del inusual pedido, Sandra Acosta no estaba alarmada ni nada que se le pareciera. Más bien dedicó su atención a llevar lo necesario para sus hijos: Irene (5 años por entonces), Gonzalo (7) y Ramiro (8), que dormían ajenos a la agitación. De un matrimonio anterior Guarteche tenía otros cuatro hijos: Guillermo (14 años por entonces), Macarena (16), Emiliano (21) y Lía (22).

Tanto con su primera esposa como con Sandra, Guarteche se había casado por la religión mormona, o de los Santos de los Últimos Días, su nombre oficial, donde al momento de su muerte era primer consejero del obispado, aunque antes había sido obispo de Florida. La religión estaba tan presente en la vida de los Guarteche y de Julio en particular que les había confiado a sus hijos que él utilizaba en sus investigaciones el llamado Libro del Mormón, el principal texto religioso de la Iglesia de los Santos de los Últimos Días.

Recién a las cinco de la madrugada de aquel día de julio de 2009, llegaron tres camionetas negras. De una se bajó Guarteche, que saludó a la custodia que permanecía afuera y adentro de la casa las 24 horas del día desde que se detectaron algunas amenazas preocupantes.

De hecho, a diferencia de otras situaciones de tensión que alcanzaban a la familia, en esta oportunidad Guarteche les advirtió a sus hijos mayores que estaba planteada una situación un poco más compleja. «Papá me dijo que iba a ausentarse por un tiempo pero que no tuviéramos miedo, que él pensaba que no era contra nosotros. Siempre nos contó mucho de su trabajo, sabíamos todas las operaciones grandes y cuándo estaban por reventar; pienso que sería para que nos diéramos cuenta de los riesgos a que él se exponía y de nuestro lugar en todo ello», rememora Emiliano, uno de sus hijos.

Aquella madrugada apenas entró a su casa, Julio saludó a Sandra y de inmediato cargaron los bolsos en una camioneta. Las camionetas arrancaron hacia tres rumbos diferentes. Sandra ya estaba un tono más preocupada de lo que consideraba la normalidad en la vida de un hombre que le había hecho perder millones de dólares a poderosos narcotraficantes locales, pero también a colombianos, brasileros, mexicanos y europeos.

Ya en la ruta hacia un campo que Sandra tenía en el interior, Julio le contó de qué se trataba. Y entonces, toda la tranquilidad que Sandra siempre había exhibido frente a anteriores crisis y amenazas, se le desmoronó como un castillo de naipes. Nunca, ni antes ni después, la muerte violenta había estado tan cerca. Nunca, ni antes ni después, la certeza del desastre era tan tangible. Y fuera del ámbito familiar, en el terreno institucional, en el Uruguay moderno nunca había estado tan presente la posibilidad de un magnicidio.

Capítulo 2

El periplo de la familia Pérez Cardozo da para una serie con varias temporadas.

Entre 1950 y 1970 el apellido Pérez Cardozo era famoso por sus acciones en los círculos anarquistas y antisistema del momento.

«Son tres hermanos que tenían la pizzería Venecia y arrancaron en la juventud con una fuerte militancia en los grupos anarquistas hasta que se fueron de Uruguay», cuenta Mario Layera, un policía que siguió el mismo periplo profesional que Guarteche: integró la Policía antidrogas a fines de los 90 cuando el inspector Roberto Rivero puso en orden a esa repartición donde abundaba la corrupción.

Fue con Rivero, en el segundo gobierno de Julio María Sanguinetti, que comenzaron los grandes operativos de requisa y movimientos internacionales, como el de alentar una fuerte relación con la oficina antidrogas de Estados Unidos, la DEA, vínculo que con el tiempo terminaría por salvarle la vida a Guarteche.

Luego de ser el hombre que iba al frente en los operativos, Layera se convirtió en jefe de la Brigada y tras la muerte de Guarteche ocupó su lugar como director nacional de Policía.

Layera recordó que primero fueron dos de los tres hermanos Pérez Cardozo los que se fueron a Suecia. «En Suecia y en Finlandia desarrollaron una operación de robo de bancos y luego se dedicaron a la falsificación de documentos y a la clonación de tarjetas de crédito. Es decir, entraron en todas las mafias que hay allá arriba y luego al narcotráfico. En el narcotráfico se convirtieron en los mayores operadores de Centroamérica, largando buques desde ahí a España y a Portugal».

En Suecia y en ese ambiente nació y se crio Cristian Cachito Pérez Lisazo –en una rama de los Pérez Cardozo– quien, apenas tuvo edad suficiente, empezó a trabajar en la organización mafiosa.

Para hacerse una idea de las historias que rodeaban a Cachito, un personaje central en la resumida trama de este libro, vayan estos datos: el padre de Cachito cayó preso en España, pero escapó de prisión y apareció en la isla Martinica detrás de un caso de narcotráfico con repercusión internacional. En alguno de los teléfonos que la Policía uruguaya tenía intervenidos a narcos locales y sobre todo internacionales, surgió el dato del alijo que pasaría por Martinica.

«Uruguay era importante en la operación de tráfico porque acá era dónde se organizaba el asunto. Las tripulaciones de los barcos eran uruguayas. Y no solo barcos transoceánicos, también veleros», explica Layera.

Los Pérez Cardozo eran expertos en seguir las rutas desde las islas del Caribe hasta España y Portugal, puerta de entrada de la cocaína a Europa. A veces eran negocios propios, pero en otras oportunidades se desempeñaban como transportistas para otros narcos. Todos negocios mayores.

La brigada antinarcóticos, desde la época que la dirigía Roberto Rivero, estableció vínculos con policías extranjeras que tienen mejores condiciones de investigación. En el caso del negocio del padre de Cachito, le pasaron información a la DEA que hizo caer el cargamento de 1.800 kilos de cocaína en Martinica.

Para males de los Pérez Lisazo, un finlandés se negaba a pagar su parte en uno de sus negocios turbios y cuando el hermano de Cachito lo fue a apretar para que pagara, las cosas se salieron de madre y terminó preso por extorsión.

Con este panorama, para 2009, Cristian estaba instalado entre Chile y Venezuela y decidió iniciar, junto a un socio, una venta de cocaína con destino a Europa que pasaría por Uruguay. Para Cachito, esa operación no tenía nombre, era una más de las que lo habían hecho poderoso en el mundo narco. Para la Policía, que a través de intervenciones telefónicas supo lo que se estaba gestando, esa operación sí tuvo nombre y se la llamó Cancerbero.

Cuando la Policía desbarató el negocio de Cachito, el narco responsabilizó a Guarteche, no por sus dotes investigativas, sino porque estaba convencido de que el policía estaba jugando en favor de la banda de Washington Risotto, alias el Toro, alias el Bocha, otro narco de los pesados que hubo en Uruguay.

Fue entonces que Cachito comenzó a preparar un operativo que, de haber cuajado, hubiese tenido repercusiones institucionales en Uruguay: matar al jerarca máximo de la Policía.

Tiempo atrás, Guarteche había bautizado con el nombre de Campanitas a una de las grandes operaciones de requisa, como una advertencia de lo que se podía estar viniendo en Uruguay.

Repetía una y otra vez que este tipo de delitos puede afectar la institucionalidad de un país. No sé si llegó a imaginar que esa distorsión, la primera evidente y seria, lo tendría a él como protagonista y posible víctima.

Cuando se celebró el éxito de la operación Cancerbero, Guarteche no tenía idea de la inquina de Cachito, ni mucho menos hasta dónde estaba dispuesto a llegar. ¿Amenazas?, las contaba por decenas. Sin embargo, este caso tenía algo de llamativo: Cachito no había amenazado. No había anunciado. Cachito se había puesto a hacer, y de qué manera.

Capítulo 3

Washington Risotto, alias el Bocha, alias el Toro, era uno de esos mafiosos que todo el mundo reconocía, pero que, según policías antidrogas, no se amilanaba a la hora de entrar en un negocio tras otro.

Antes de morir en su ley, a manos de un sicario, y en su barrio, Palermo, Risotto tuvo apenas un procesamiento por cuestiones vinculadas al tráfico y un par más por lesiones.

En 2007 y en 2009 su negocio público, una arrendadora de vehículos, fue baleado. En ambos casos y luego de que el auto utilizado por los sicarios apareciera absolutamente quemado, la Policía divulgó la versión de que se trataba de profesionales a un grado que no parecían locales. Muchos tomaron esto como una exageración de la jerga policial.

Lo cierto era que el Bocha Risotto estaba sufriendo los embates del más peligroso enemigo de un narco, otro narco. Y en este caso se trataba de Cachito, quien estaba convencido de que Guarteche y Risotto tenían algún acuerdo. Y Cachito se movía a lo grande. Para matar a alguien no enviaba a sicarios locales, pibes quemados por la droga que caían a los dos días. Contrataba, como ya se verá, a mercenarios serbios, marroquíes, holandeses. Asesinos profesionales.

«El Toro Risotto tenía la salida por el puerto y en determinado momento concluimos que había hecho un negocio con 300 kilos y había levantado mucho dinero», cuenta Layera.

De la «coronación» de ese alijo –denominación que en la jerga significa que un cargamento llega bien a destino– se derivaron dos consecuencias: una que afectaría indirectamente la imagen de Guarteche en el mundo de la mafia y otra que impactaría en la propia vida del narco.

Cuenta Layera: «Todo indica que fue el socio del Toro, el Huevo, quien lo mató porque no podía o no quería entregarle al Toro toda la plata de esos 300 kilos. La verdad que es un gran enredo difícil de entender. Resulta que el Toro larga esos 300 kilos junto con su socio que era el Huevo. Luego, el Huevo se va a España a cobrar y comienza a mandar el dinero, pero nunca lo termina de mandar todo y se queda con gran parte. El Toro le reclamaba porque tenía que hacer frente a un pago ya que se había peleado con Rama, el ex de Susana Giménez. Era la plata para hacer la operación con la venta de jugadores de Nacional. Había que devolver un cheque que había dado Susana Giménez para los pagos. Al final, el Huevo vino y le dijo al Toro que lo habían robado, que había sido el grupo del Fierrito, otro narco que lideraba un grupo que era proveedor en la zona de Paysandú».

Continúa Layera tratando de desenredar la trama: «Las mulas con el dinero pasaban por Buenos Aires y luego venían por Buquebus. Entonces el Huevo apela a la historia del Fierrito porque ya el Fierrito había tenido un lío con el Toro en Buenos Aires. Sin embargo, en medio de estas discusiones, el Huevo fue y mató al Toro».

Risotto estaba sentado en un almacén de su barrio a la hora 22.20, en la esquina de Ejido y Bermúdez. Dos motociclistas encapuchados le desarrajaron ocho tiros, cinco en el torso, dos en la cara y uno en la espalda. 

«Ahí se desata una nueva etapa en el narcotráfico, se pierde el código famoso de disparar por debajo de la cintura y empiezan todas las ejecuciones que vinieron después», rememora Layera.

Esa fue la consecuencia que tuvo para Risotto la coronación de aquel importante alijo de 300 kilos del polvo blanco.

Con esa entrega el Toro se sintió fuerte económicamente, sin urgencias de una nueva entrega. En la cabeza de sus enemigos no había dos lecturas: el Toro había coronado exitosamente otra entrega mientras que la Policía antidrogas seguía pegándole a otras organizaciones y no a la suya.

Se estaba formando la tormenta perfecta. ¿Quedan dudas de que hubiese sido un antes y un después en el combate al narco? Porque cuando se pasa de pantalla no se sabe qué obstáculos le pueden esperar a un país con esa nueva realidad.

«¿Cómo llegaron a esa situación tan violenta con policías y gobernantes asesinados?», le preguntó una vez Guarteche al jefe de la Policía colombiana, quien a su vez le respondió con una pregunta: «¿Y cómo es acá?».

«Bueno –respondió Guarteche–, no es aún tan grave, algunos alijos quedan, otros siguen, hay algún que otro enfrentamiento entre bandas [esto fue antes del estallido del sicariato en Uruguay], en fin, complicado pero manejable», concluyó Guarteche.

«Bueno –le respondió el colombiano–, precisamente así comenzamos nosotros».

Capítulo 4

Volvamos a la historia central. Si bien todavía no había podido cobrarle toda su parte al Huevo, su socio, la colocación de 300 kilos de cocaína le daban a Risotto aire suficiente para seguir especulando. Pero mientras la Policía preparaba lo que fue la operación Cancerbero, Cachito Lisazo y otro narco que hoy también es historia, el Tato S ...