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MARIHUANA OFICIAL

Guillermo Draper   Christian Muller  

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Fragmento

1
La cárcel

Alicia Castilla tuvo un buen viaje de marihuana aquella noche de enero, cuando la llevaron en un patrullero a la cárcel. Tras casi dos días sin comer —esposada a un caño en la cocina de la comisaría—, habían pasado por su casa para recoger algunas pertenencias antes de trasladarla a la prisión de Canelones. Cuando los policías la apuraban para salir, Castilla vio un recipiente con un pedazo de torta de limón con cannabis que le habían regalado. Dijo que necesitaba algo dulce y se la comió. En el camino hacía calor. Miraba por la ventanilla las hileras de viñedos al costado de la ruta. Se puso a conversar con el comisario, quien le recomendó que consiguiera al mejor abogado porque era difícil que le dieran menos de cuatro años. Ella dice que no pensaba en abogados, que estaba relajada y optimista. La torta empezaba a hacerle efecto.

A sus sesenta y seis años, Castilla era una escritora argentina especializada en cannabis, autora de libros y colaboradora de una revista española. Llegó a Uruguay a fines de 2010 para retirarse a una vida tranquila. La revista le había ofrecido hacer un almanaque anual sobre cultivo y a ella le pareció una actividad compatible con su idea de jubilación y silencio. Consiguió una casa en la playa en el balneario El Fortín, a cincuenta kilómetros de Montevideo. Invitó a un colaborador español que había conocido como fotógrafo y escritor de la revista, que le parecía “un chico muy capaz”. A él le gustó la idea y se mudó a una casa anexa que había en el fondo de la vivienda de Alicia.

No pasó mucho tiempo para que se arrepintiera de haberlo invitado. De acuerdo con el relato de Castilla, el hombre empezó a beber mucho mientras tomaba medicación psiquiátrica para un supuesto trastorno límite de la personalidad, hablaba todo el tiempo con una exnovia con la que mantenía una “relación histérica”, cada día rompía algo o protagonizaba alguna situación extraña: echar jabón en el tanque de agua corriente, derramar lavandina sobre su anfitriona o dejarla encerrada sin llave en el patio de la casa. Él empezó “a ponerse violento” y ella a tener miedo. Un día lo enfrentó y le dijo que se fuera. Él tenía pasaje para fines de enero y Castilla le pidió a un amigo de la zona que se quedara con ella mientras llegaba el día. Su amigo le contó que había hablado con el español, quien había sacado fotos de las plantas de marihuana que ella tenía en el fondo y le había advertido que la iba a denunciar.

Un sábado el español partió. Según Castilla, le robó varias cosas, pero no le importó. Su amigo se quedó en la vivienda que ahora estaba libre en la parte de atrás de la casa y ella viajó una semana a Buenos Aires a visitar familiares y amigos. A su regreso, un domingo de mañana revisaba sus plantas en el fondo cuando sintió que llamaban a la puerta. Recuerda que afuera había cuatro o cinco patrulleros y varios policías. Les dijo “ya sé por qué vienen, les voy a mostrar”. En el jardín había veintinueve plantas de cannabis que todavía no habían florecido y ni siquiera mostrado sus sexos.

Con un poco de suerte iba a sacar cien o doscientos gramos, que era lo que iba a fumar hasta que viera qué iba a hacer. Me pareció que no había relación entre el aparato policial y la cantidad de plantas. Pensé que me iban a llevar a declarar y volvía. Había quedado de tomar un vino con la vecina de enfrente y cuando vio a la Policía pensó que me había pasado algo. Le di la botella de vino y le dije “de noche la tomamos”. Me llevaron esposada y engrilletada en los pies.

Era el 30 de enero de 2011 y hacía dos meses que Castilla estaba en Uruguay. Los policías registraron la casa, recogieron evidencia, revisaron todos los rincones y hasta las películas que había descargado de Internet. Todo era sospechoso: un aceite para mosquitos, productos de cultivo, remedios homeopáticos, la balanza de la cocina, la computadora, el celular, su parafernalia cannábica1. A las cuatro de la mañana, cuando dormitaba en un banco de madera en la comisaría, la sacudieron para despertarla porque habían llegado investigadores para interrogarla. Dice que la enfrentaron a un señor de bermudas y ojotas, que sostenía el pasaporte que le habían decomisado.

—Diga la verdad. ¿Cuántos kilos produce por mes? Veo muchos viajes a Europa, señora.

—Sí. Por lo mismo que ustedes me tienen aquí, a mí me pagan el viaje y la estadía para que yo dé charlas sobre este tema.

—Se ve que usted es de las que mueren abrazadas a la bandera.

No es que Uruguay fuera un país de línea dura en la guerra global contra las drogas. Al contrario, tenía una de las legislaciones más permisivas de América Latina: el consumo y la tenencia de cantidades de droga para uso personal estaban permitidos desde hacía años. Sin embargo, estaban prohibidas la producción y la venta, una contradicción que obligaba a los usuarios de marihuana a acudir al mercado ilegal. Además, la cantidad de droga para uso personal quedaba a discreción de un juez, por lo que siempre cabía la posibilidad de que la Policía detuviera a alguien que poseyera marihuana para que la Justicia decidiera si ameritaba el procesamiento.

A Alicia la cárcel de Canelones le pareció un lugar siniestro. Le caminaban cucarachas por el cuerpo cuando dormía. Comprendió que no iba a salir tan rápido como esperaba, no pudo soportar la idea de permanecer en esas condiciones y un día empezó una huelga de hambre. Dice que estuvo once días sin comer y el clima “se puso denso”. Un diplomático argentino la visitaba y le aseguraba que estaba presionando como podía para mejorar su situación. Una mañana la llamaron y le dijeron que si prometía que iba a comer, la enviarían a una cárcel de mujeres en Montevideo.

Una vez en la capital, las condiciones mejoraron para ella. Hasta se hizo famosa. Su caso salía en los medios, la reconocían las reclusas y sus familiares, le llegaban llamadas telefónicas de desconocidos. Aumentaron las ventas de sus libros. Los periodistas empezaron a p

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