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MAPA DE UN ENGAñO

Álvaro Diez de Medina  

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Fragmento

INTRODUCCIÓN

En diciembre de 2015 me fue dado el placer de escudriñar en los papeles personales del ex embajador del Reino Unido en el Uruguay, sir Geoffrey H. S. Jackson KCMG, los que se hallan consignados en el Churchill Archives Centre del Churchill College en la Universidad de Cambridge.

El producto de aquella investigación fue, inicialmente, la redacción de dos disertaciones en torno a la trayectoria de sir Geoffrey como conferenciante experto en materia de terrorismo internacional, así como diplomático, las que dicté en marzo de 2016 en Canning House (Londres) y el mismo Churchill Archives Centre, respectivamente.

Ya embarcado en redactar una obra más extensa en relación a la trayectoria de sir Geoffrey con posterioridad a su liberación como rehén de los tupamaros en setiembre de 1971, procuré el contacto con personas que, en Uruguay, pudieran darme detalles más precisos en referencia a su reclusión y padecimientos.

En tal empeño fue que, en julio de 2016, decidí entrevistar a Héctor Amodio, por entonces bajo arresto domiciliario en Montevideo.

El resultado procurado en esa instancia fue, empero, magro: Amodio conocía pocos detalles del caso Jackson, y apenas colaboró aportándome algunas conjeturas. Fue en el curso de esa conversación que entré por vez primera en contacto con las copias del manuscrito que él confeccionara, ya recluido en la sede del Batallón Florida en 1972, y sobre el que tan encontradas versiones se dieran a conocer desde entonces.

El llamado “libro” de Amodio Pérez, recordé, había por momentos cobrado condiciones de leyenda: era el supuesto guion de un complot militar; era la proclamada prueba de una traición; era una obra diseñada con el propósito de derribar las instituciones; era un amaño destinado a destruir la reputación de la dirigencia tupamara; era un trabajo de los servicios de inteligencia militar de la época.

Era, en fin, tantas cosas, que me despertó curiosidad por saber qué es lo que realmente era.

El resultado de ese esfuerzo despertó mi sorpresa: el “libro”, pronto descubrí, no era uno sino varios; no era obra de un autor, sino que había conocido múltiples manos. Había sido por décadas comentado, acusado, injuriado y referido por decenas de personas que nunca lo habían leído, o intentado siquiera hallar. Había, en suma, adquirido tantos rostros que ni el propio Amodio, según resultaba evidente en las conversaciones que con él mantuviera, estaba en condiciones de saber quién era su autor, cuál su origen o propósito.

Desentrañar los misterios de esas cuartillas me llevó a redactar esta otra obra, relegando para más adelante la inicial. Al nuevo empeño dediqué los meses de noviembre a diciembre de 2016 y enero y febrero de 2017.

“Declinaba el verano”, escribe adecuadamente Jorge L. Borges en su cuento “El Libro de Arena”, “y comprendí que el libro era monstruoso”.

Como el narrador de aquel relato, me vi arrastrado por el influjo de un texto que, tras tornarse involuntario protagonista del período más dramático de la historia uruguaya del siglo XX, persiste en resurgir con los años, y con la misma, irritante, infinitud del primer libro de arena.

Todo estudio histórico apunta a arrojar una nueva luz en torno a las raíces de lo contemporáneo. Este no es una excepción: ojalá contribuya, en entendimiento, a conducir a Uruguay a ese siglo XXI al que aún no parece asomarse.

Primera parte

EL MALDITO

“…egredior sive illud erat sine funere ferri Squalidus inmissis hirta per ora comis”.*

Tristia

Ovidio

* ...salgo, como conducido sin cortejo fúnebre; escuálido, hirsuto el cabello de mi rostro.

Capítulo I

Captura y desenlace

El día aún no clareaba, pero ya era el 23 de mayo de 1972.

Con la fría serenidad invernal ya se insinuaban los primeros sonidos de la madrugada.

Los golpes de los culatazos sobre la puerta los hicieron saltar de sus camas.

Hacía tres días que los acorralados individuos habían buscado refugio en el tercer piso del edificio de Maldonado 1752, esquina Gaboto, de Montevideo.

Se trataba de dos de los más importantes integrantes de la organización sediciosa autodenominada “Movimiento de Liberación Nacional” o, simplemente, “Tupamaros”: Rodolfo Wolf, (a) Héctor o El Mojarra, y Héctor Amodio Pérez, (a) El Negro, Gustavo o Silva.

Quien había asumido la tarea de trasladar a ambos al denominado “local” de la calle Maldonado que, por entonces, se tenía por seguro, aunque ya ninguno lo fuera, había sido Marcelo Estefanell, (a) Aramís, el único nexo entre los dos escondidos y el mundo exterior.

El joven Estefanell, de 22 años, había conocido a Amodio hacía apenas tres días.

No así a Wolf, con quien colaborara en la operación que había culminado con el asesinato del profesor Armando Acosta y Lara, algo más de un mes antes, el 14 de abril.

El apartamento de la calle Maldonado pertenecía a un joven matrimonio de arquitectos: bajo la fachada de un estudio, era considerado por el MLN como su “departamento” de planimetría. Allí se atesoraban los planos de diferentes teatros de sus operaciones, en especial los del alcantarillado que los sediciosos se habían visto cada vez más obligados a emplear como vía de escape, a medida que se cerraba sobre ellos el cerco militar.

Los tres sediciosos habían convenido que una cortina descorrida fuera la señal de alarma, en caso de que las Fuerzas Armadas allanaran el local y, como solía ser el caso, establecieran allí una guardia y celada, conocida como “ratonera”.

El amanecer del día 23 representó, por tanto, un anticipado desenlace para aquellos prófugos que, tras haber dormido vestidos, apenas acertaban a pensar.

Apenas lo habrá hecho Wolf, al manotear la única pistola de que disponían.

“¿Nos resistimos?”, asegura Amodio1 que alcanzó a preguntar.

“No”, fue la nerviosa respuesta de Wolf.

Y, ni bien soldaron ese crucial acuerdo, Amodio se dirigió a la puerta, a fin de abrirla, en tanto Wolf se retrajo al interior, donde atinó a arrancar la cortina que daría a Estefanell la señal del allanamiento.2

En 2014, Estefanell aseguraba que otros de sus compañeros identificaron a Amodio como aquel que diera la señal convenida. Amodio sostiene otra versión: él abrió la puerta, en tanto Wolf se replegaba a fin de arrancar la cortina, y ello explica que la siguiente escena, según la recuerda, sea la de él violentamente empujado contra la pared, encañonado por un soldado cuyo apellido, pronto sabrá, era Gómez, en tanto los demás efectivos que irrumpieran en estampida hacia el fondo del apartamento se arrojaban sobre Wolf, a quien Amodio apenas oyó gemir bajo los golpes.

En pocos minutos, las estancias se llenaron de uniformados, gritos y puntapiés.

El Tte. Alberto Grignoli, los capitanes José L. González (conocido como El Pescado) y Tabaré Camacho, según luego sabrá que eran, se mostraron de inmediato al mando del operativo, febrilmente centrado en hacerse del “berretín”: un falso muro detrás del cual los locales solían esconder armas, documentos, dinero.

Ninguno de aquellos militares, en ese punto, era consciente de la importancia de los sediciosos que caían en sus manos, igual o mayor que la de los secretos del “berretín”. De hecho, no habrían tenido idea de quiénes eran sus prisioneros aun si alguien se los hubiera dicho.

La violenta gritería apenas se calmó al dar las fuerzas de seguridad con el “berretín” y sus planos.

Tras recibir una golpiza, tal vez a causa del arma que aparecía cerca suyo, Wolf fue de inmediato encapuchado, y arrastrado sin más hacia una camioneta militar de marca Chevrolet, o “camello”, según se la conocía popularmente, estacionada en la puerta del edificio.

A Amodio, por lo demás, el soldado Gómez le arrebató su reloj pulsera, pese a lo cual pidió un saco que había sobre una de las sillas: apenas atinó a ponérselo, que ya lo habían encapuchado y, al igual que a Wolf, arrastrado hacia otro “camello”, donde se hallaba una persona ya detenida. Por el calzado que atisbara aun encapuchado, un par de sandalias, infirió que se trataba de una mujer y, muy probablemente, de quien había conducido a los uniformados al local, en una práctica ya corriente de la lucha antisubversiva: la de sacar a los detenidos a identificar, o “marcar” sediciosos o locales.3

Poco menos de media hora de viaje, pues, le esperaría a Amodio en aquel “camello”. Al final del trayecto, sería nuevamente llevado en andas, forzado a caminar bajo la capucha, en medio de un batiburrillo que se mitigó ni bien lo dejaron plantado en una estancia obviamente cerrada.

¿Por cuánto tiempo? No lo sabe hasta el día de hoy: tal vez dos o tres horas: las suficientes para que, ya seguro de estar solo, levantara algo la capucha, y atinara a discernir dónde se encontraba: frente a un escritorio, a espaldas del cual divisó el escudo de una unidad militar.

El morrión y las espadas le bastaron para concluir que era un prisionero en el cuartel Gral. León de Palleja, sede del Batallón Florida de Infantería Nro. 1.

Para Amodio no podía haber, en aquella situación, peor noticia.4

* * *

“Era un hombre quebrado”, es como Wolf retrata a Amodio desde el recuerdo, en 2005, en un relato titulado “El Traidor”.5 Allí detalla el diálogo que supuestamente tuviera lugar entre su compañero y las fuerzas de seguridad.

“No estoy dispuesto a sufrir: hablemos”, le habría oído a Amodio expresar a los uniformados en el local.

Pese a ello, este supuesto diálogo no resulta verosímil: en la refriega que durara pocos minutos, ambos detenidos habían sido violentamente reducidos, y ni una palabra se les habría permitido en medio de la gritería de quienes solo querían hacerse, en ese punto, de las armas y del dinero, y no podían saber si, como ya ocurriera en otros casos, el allanamiento no devendría en una mortal balacera.

A pesar de la inquietante fama que habían ganado en pocos días entre los integrantes de la sedición, los soldados del Florida eran, en realidad, aún bisoños en el enfrentamiento con la subversión.

Si bien el Poder Ejecutivo había encomendado a los mandos militares la conducción de la lucha antisubversiva el 9 de setiembre del año anterior, los integrantes del Florida se habían sumado activamente a la misma recién a partir de la emboscada y asesinato por parte de un grupo armado tupamaro de los soldados Ramón Ferreira, Gaudencio Núñez, Saúl Correa y Osiris Núñez Silva, ocurrido hacía menos de una semana, el 18 de mayo:6 atentado que la sedición luego retrataría como dirigido contra el Gral. Gravina pero que fuera, en realidad, una premeditada insanía, concebida por Raúl Sendic y dirigida a “ablandar” a las fuerzas represivas.

La improvisación y torpeza de todos los pasos dados por aquellos soldados del Florida se notaba a simple vista: así se explica la atemorizada violencia con la que acallaran a los detenidos, el hecho de que no fueran esposados, así como las improvisadas capuchas que arrojaran sobre sus cabezas, en realidad capuchones de sus propios ponchos de campaña.

La práctica de la tortura no había alcanzado, en ese momento, en el batallón, los alcances de otras unidades. De ello no estaban al tanto los prisioneros, por lo que el Florida al que Amodio había llegado le hacía temer lo peor.

Al entrar al cuartel Palleja, Amodio tampoco fue esposado, y en ese estado se hallaba, encerrado en un despacho. Quienes le habían permitido hacerse de su saco antes de salir no habían tomado la precaución de cachear sus bolsillos y, por tanto, no habían percibido que en uno de ellos había un frasco de barbitúricos “Vallium”. Haciéndose de él, Amodio comenzó a masticar las pastillas con avidez a fin de huir, mediante la muerte, de las torturas que anticipaba.

* * *

Cuando recobrara el conocimiento, Amodio yacía en una cama, en la enfermería del cuartel. Aún mareado, conectado a una sonda, atontado por los efectos del envenenamiento, retomó el hilo de sus desventuras, fingiendo mayor embotamiento del que sentía a fin de estudiar mejor sus nuevas circunstancias.

Al pie de la cama, una palangana mostraba aún rastros del lavaje estomacal.

“Dejalo”, oyó decir a un oficial médico, de apellido Colombo, dirigiéndose a un enfermero, y se sumió en un nuevo sueño.

Al recobrar otra vez el conocimiento, Amodio intentó sustraerse a la atención de sus captores, solo que esta vez el médico verificó sus signos vitales y mandó de inmediato al enfermero a buscar “al Capitán”.

Un rato después, dos uniformados se acercaron a los pies de la cama, y quien obviamente tenía mayor rango le preguntó, sin más: “¿Qué hiciste, Negro? ¿Por qué?”

El otro, más joven, guardó silencio.

Amodio ensayó explicar lo obvio, pero el capitán Carlos Calcagno, S2 (Inteligencia) del batallón, le interrumpió de inmediato, diciéndole quién era: un primo hermano de Elsa Vera, la esposa de Roberto Amodio, hermano de Mateo Amodio, el padre de Héctor.

No era un vínculo familiar que Héctor Amodio sintiera cercano. En tanto la rama de la familia Amodio que vivía en el barrio de Brazo Oriental se sentía de raigambre proletaria, la rama del Cerrito en la que destacaba su tía Elsa mostraba otras aspiraciones. Ello, y ciertas desinteligencias en torno a una herencia familiar de los hermanos Roberto y Mateo, había agriado la relación en forma al parecer irreversible.

En nada contribuyó, posteriormente, el que Héctor pasara a ser conocido como uno de los más connotados cabecillas de los tupamaros: esa tía Elsa, a través de su cercanía con parientes militares, integraba una vasta reacción de ira popular contra el MLN y sus grupos afines que, palpablemente, contribuiría a levantar la temperatura del caldero social.

Mateo Amodio debió, por ende, encontrarse en un punto de franca desesperación cuando, entre fines de 1971 y el comienzo de aquel violento 1972, decidiera ir a ver a su cuñada Elsa a fin de pedirle que, en el muy probable caso de que su hijo fuera capturado por las Fuerzas Armadas, se le pudiera proteger del trato violento mediante el cual estas habían comenzado a desmantelar sin pausas el movimiento sedicioso.

“¡Cómo podés venir a pedirme esto, después de lo que me hiciste!”, fue la reacción de Elsa, y aquella humillación fue el precio que Mat

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