Loading...

M TRAIN

Patti Smith  

0


Fragmento

 

—No es tan fácil escribir sobre nada.

Lo decía un cowboy cuando me introduje en un sueño. Vagamente atractivo y parco en palabras, se mecía en una silla plegable y con su Stetson rozaba la pared exterior de color parduzco de una cafetería solitaria. Digo solitaria porque no había nada a su alrededor, aparte de un surtidor de gasolina anticuado y un oxidado abrevadero adornado con un collar de tábanos que colgaba sobre los restos de agua estancada.

Tampoco había nadie más, pero a él no parecía importarle; se bajó el ala del sombrero sobre los ojos y siguió hablando. Era el mismo modelo Open Road plateado que solía llevar Lyndon Johnson.

—Pero seguimos adelante —continuó—, abrigando toda clase de esperanzas demenciales. Para redimir lo perdido, un fragmento de revelación personal. Es algo adictivo, como jugar a las máquinas tragaperras o al golf.

—Es mucho más fácil hablar de nada —dije yo.

No ignoró del todo mi presencia, pero no respondió.

—Bueno, al menos esta es mi opinión.

—Estás a punto de dejarlo estar y tirar los palos al río cuando le pillas el truco, la pelota va directa al hoyo y las monedas llenan tu gorro vuelto del revés.

El sol se reflejaba en la hebilla de su cinturón, lanzando un destello en la llanura desierta. Sonó un silbato agudo, y mientras daba un paso a la derecha vi cómo su sombra derramaba otra serie completa de sofismas desde un ángulo totalmente distinto.

—He estado antes aquí, ¿verdad?

Él se limitó a quedarse allí sentado, mirando la llanura.

Qué cabrón, pensé. Me está ignorando.

—Eh, no soy un muerto ni una sombra pasajera. Estoy aquí en carne y hueso.

Él se sacó un cuaderno del bolsillo y se puso a escribir.

—Míreme al menos. Al fin y al cabo, este es mi sueño.

Me acerqué más a él. Lo suficiente para ver lo que escribía. Tenía el cuaderno abierto por una página en blanco y de pronto se materializaron tres palabras.

«No, es mío.»

—Vaya, quién lo hubiera dicho —murmuré.

Me quedé ahí de pie, protegiéndome los ojos con una mano y mirando hacia lo que él veía: nubes de polvo camioneta plantas rodadoras cielo blanco..., una inmensa nada.

«El escritor es un director de orquesta», garabateó.

Me alejé sin rumbo, y lo dejé allí perorando sobre la sinuosa trayectoria de las circunvoluciones de la mente. Palabras que se prolongaban y descendían abruptamente mientras yo me subía a mi propio tren que me dejó totalmente vestida en mi cama revuelta.

Al abrir los ojos, me levanté, entré tambaleante en el cuarto de baño y me eché agua fría en la cara con un gesto rápido. Me puse las botas, di de comer a los gatos, cogí mi gorro de lana y mi viejo abrigo negro, y enfilé hacia la calle tantas veces recorrida. Luego crucé la ancha avenida hasta llegar a Bedford Street y a una pequeña cafetería de Greenwich Village.

 

imagen

© Patti Smith

El café ’Ino

El café ’Ino

Cuatro ventiladores de techo girando sobre mi cabeza.

En el café ’Ino no hay nadie aparte del cocinero mexicano y un chico llamado Zak que me trae lo de siempre: una tostada de pan moreno, un platito con aceite de oliva y un café solo. Me apretujo en mi rincón sin quitarme el abrigo ni el gorro. Son las nueve de la mañana. Soy la primera en llegar. Bedford Street mientras la ciudad despierta. Mi mesa, flanqueada por la máquina de café y la ventana que da a la calle, me da una sensación de intimidad, allí me refugio en mi mundo.

Finales de noviembre. En la pequeña cafetería hace frío. Entonces, ¿por qué dan vueltas los ventiladores? Tal vez si los miro mucho rato mi mente también dará vueltas.

«No es tan fácil escribir sobre nada.»

Oigo la voz del cowboy, lenta y autoritaria al arrastrar las palabras. Garabateo su frase en la servilleta. ¿Cómo puede un tipo sacarte de quicio en un sueño y luego tener las agallas de desaparecer? Siento la necesidad de llevarle la contraria, no solo con una réplica aguda sino con hechos. Bajo la vista hacia mis manos. Estoy segura de que podría escribir sin parar sobre nada. ¡Si solo tuviera esas naderías que decir!

Al cabo de un rato Zak me pone delante otra taza.

—Esta es la última vez que la atiendo yo —anuncia con solemnidad.

Prepara el mejor café del barrio, así que me llevo un disgusto al oírlo.

—¿Por qué? ¿Te vas a algún sitio?

—Voy a abrir un café en el paseo marítimo de Rockaway Beach.

—¡Un café en la playa! ¡Mira por dónde, un café en la playa!

Estiro las piernas y observo cómo Zak realiza sus tareas matinales. Él no sabe que en otros tiempos abrigué el sueño de tener un café. Supongo que todo empezó al l

Recibe antes que nadie historias como ésta