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LUTO RIGUROSO 2

Anne Perry  

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Fragmento

1

—Buenos días, Monk —dijo Runcorn con una expresión satisfecha sobre su rostro enjuto y de rasgos enérgicos. Llevaba el cuello de pajarita algo torcido y al parecer le apretaba un poco—. Acérquese a Queen Anne Street, a casa de sir Basil Moidore —dijo ese nombre como si le fuera muy familiar y observó la cara de Monk por si demostraba ignorancia. Como no detectó nada, prosiguió en tono más impaciente—. Han encontrado muerta, apuñalada, a la hija de sir Basil, Octavia Haslett, de estado viuda. Parece que un ladrón estaba saqueando sus joyas cuando ella despertó y lo sorprendió con las manos en la masa. —Su sonrisa se hizo más tensa—. Ya que dicen que usted es nuestro mejor detective, ¡a ver si lleva esto mejor que el caso Grey!

Monk sabía muy bien lo que eso significaba: no moleste a la familia, son gente de calidad y es evidente que nosotros no lo somos. Sea comedido, no sólo en sus palabras, en su forma de comportarse o en la manera de abordarlos, sino, lo que es más importante, en lo que pueda averiguar.

Como no tenía otra alternativa, Monk acogió las palabras con mirada absolutamente indiferente, como si no captara la indirecta.

—Sí, señor Runcorn. ¿Qué número de Queen Anne Street?

—El diez. Que lo acompañe Evan. Imagino que cuando lleguen a la casa ya se habrá emitido algún dictamen médico con respecto a la hora del crimen y al tipo de arma utilizado. ¡Venga, no se quede ahí como un pasmarote, hombre! ¡Manos a la obra!

Monk no dio tiempo a Runcorn a añadir nada más, giró sobre sus talones y, dando grandes zancadas, dijo por lo bajo:

—Sí, señor.

Después salió dando casi un portazo.

Evan, con la expectación reflejada en su rostro sensible y cambiante, ya subía las escaleras a su encuentro.

—Un asesinato en Queen Anne Street —le anunció Monk, sintiendo que su irritación se desvanecía sólo con ver a aquel muchacho.

A Monk le encantaba Evan y, como no recordaba a otra persona por la que sintiera tanta simpatía y su memoria sólo alcanzaba hasta aquella mañana de cuatro meses atrás en la que se había despertado en el hospital —de hecho, al principio había pensado que se encontraba en un asilo—, su amistad con él todavía le resultaba más preciosa. Además, confiaba en Evan, por algo era una de las dos personas del mundo que sabían que en su vida había un espacio en blanco. En cuanto a la otra persona, Hester Latterly, difícilmente habría podido considerarla una amiga, puesto que aunque era una mujer inteligente y valiente también era testaruda y profundamente irritante, aunque reconocía que le había sido de gran ayuda en el caso Grey. Su padre había sido una de las víctimas de dicho caso y su muerte había obligado a Hester a abandonar el trabajo de enfermera en la guerra de Crimea, prácticamente terminada en aquel momento, a fin de reconfortar a su familia en su dolor. Era muy difícil, sin embargo, que Monk volviera a verla, a no ser cuando tuvieran que ir a declarar en el juicio de Menard Grey. Eso a Monk le traía sin cuidado ya que la consideraba ácida y nada atractiva como mujer, es decir, todo lo contrario de su cuñada, cuyo rostro acudía a menudo a sus pensamientos para dejar en ellos un rastro fugaz de dulzura.

Evan dio media vuelta, siguió a Monk escaleras abajo pisándole los talones y, después de atravesar el despacho de recepción, salieron los dos a la calle. Era un día de finales de noviembre, despejado y ventoso. El viento agitaba las amplias faldas de las mujeres; un hombre que caminaba con el cuerpo ladeado y se agarraba con trabajo el sombrero de copa saltó para evitar el barro de un coche de caballos que pasó a gran velocidad. Evan hizo una seña a un hansom cab, moderno cabriolé que databa de nueve años atrás, mucho más práctico que los anticuados carruajes.

—Queen Anne Street —ordenó al cochero y, así que él y Monk se hubieron acomodado, el coche se puso rápidamente en marcha a través de Tottenham Court Road y se dirigió hacia el este, pasó por Portland Place y Langham Place y, tras doblar en ángulo recto, enfiló Chandos Street hasta Queen Anne Street. Durante el trayecto Monk puso a Evan al corriente de lo que Runcorn le había dicho.

—¿Quién es ese sir Basil Moidore? —preguntó Evan con su aire inocentón.

—No tengo ni idea —admitió Monk—, no me ha dado detalles. —Y seguidamente refunfuñó por lo bajo—: O no lo conoce o deja que lo descubramos nosotros, probablemente para que metamos la pata.

Evan sonrió. Estaba más que enterado de las malas relaciones existentes entre Monk y su superior y de las razones que ocultaban. No era fácil trabajar con Monk: era un hombre tozudo, ambicioso, intuitivo, de réplica pronta, ingeniosa y cortante. Por otro lado, la injusticia le alteraba el equilibrio emocional y le importaba poco ofender a quien fuese con tal de ajustarlo todo a derecho. Tenía poca paciencia con los tontos, entre los que incluía a Runcorn, y ésa era una opinión que en épocas pasadas se había esforzado muy poco en disimular.

Runcorn también era ambicioso, pero perseguía otros objetivos: pretendía entrar con buen pie en la sociedad, aspiraba al encomio de sus superiores y valoraba por encima de todo la seguridad. Tenía en mucho las escasas victorias que había conseguido sobre Monk y las paladeaba con delectación.

Estaban en Queen Anne Street, calle caracterizada por la elegancia y discreción de sus casas de armoniosas fachadas, altos ventanales e imponentes zaguanes. Se apearon, Evan pagó al cochero y, tras llamar a la puerta de servicio del número diez, se dieron a conocer. Era un fastidio bajar las escaleras que conducían al semisótano en lugar de subir los peldaños que llevaban al pórtico de entrada, pero era mucho menos humillante que llamar a la puerta principal y encontrarse con un lacayo de librea que, sin dignarse a mirarlos, quizá los habría enviado abajo.

—¿Sí? —les dijo un limpiabotas de rostro descolorido y con el delantal torcido.

—Inspector Monk y sargento Evan. Venimos a ver a lord Moidore —replicó Monk con voz tranquila. Cualquiera que fueran sus sentimientos hacia Runcorn o la intolerancia general que le inspiraban los tontos, el dolor, la confusión y la conmoción que provoca una muerte repentina le despertaban una profunda piedad.

—¡Oh…! —El limpiabotas los miró sorprendido, como si con su sola presencia hubieran transformado la pesadilla en realidad—. ¡Oh… sí! Mejor será que pasen. —Retrocedió para abrir y volviéndose hacia la cocina en demanda de ayuda, llamó con voz lastimera y acongojada—: ¡Señor Phillips! ¡Señor Phillips! ¡La policía!

Del fondo de la inmensa cocina surgió el mayordomo. Era un hombre delgado y ligeramente encorvado, pero su cara tenía la expresión autocrática de los que están acostumbrados a mandar… y a hacerse obedecer sin discusión. La mirada que dirigió a Monk dejaba traslucir una mezcla de ansiedad y de desdén, aunque de ella tampoco estaba ajena una cierta sorpresa ante el traje de buen corte, la pulcra camisa y las botas de cuero fino y bruñido que componían el atuendo de Monk. El aspecto de Monk no se acomodaba a la idea que se hacía de la posición social de un policía, sin duda por debajo de los buhoneros. Después observó a Evan, y pareció que aquella nariz larga y algo ganchuda, lo mismo que aquellos ojos y boca de expresión imaginativa, tampoco le cuadraban. Cuando no podía encasillar a la gente en los compartimentos que les tenía previamente asignados sentía una extraña desazón, como si se tambaleara el orden del universo. Estaba aturullado.

—Sir Basil les recibirá en la biblioteca —dijo con altivez—. Vengan por aquí.

Y sin molestarse en comprobar si le seguían, salió muy tieso de la cocina, ignorando a la cocinera, que se encontraba sentada en una mecedora. Lo siguieron a través del pasillo, pasaron por delante de la puerta de la bodega, por la despensa, por la antecocina, por la puerta que daba al exterior y conducía a la lavandería, por la sala de estar del ama de llaves y, finalmente, a través de una puerta tapizada de paño verde, accedieron a la planta principal.

Distribuidas sobre el parquet del vestíbulo había unas magníficas alfombras persas y las paredes estaban revestidas de madera hasta media altura y decoradas con excelentes paisajes. Monk tuvo el destello de un recuerdo que venía de épocas distantes, acaso el detalle de un robo, y las palabras «pintura flamenca» le vinieron a la cabeza. A partir del accidente quedaban muchas cosas atrás que estaban celadas y de las que sólo recuperaba de cuando en cuando algún atisbo, como el movimiento entrevisto por el rabillo del ojo al volver la cabeza, ya demasiado tarde para captarlo.

Ahora, sin embargo, no le quedaba más remedio que seguir al mayordomo y poner toda su atención en los datos que se tenían del caso. Debía salir airoso, sin dejar que nadie advirtiera hasta qué punto se movía a trompicones, elaborando y reconstruyendo hipótesis a partir de retazos para llegar al nivel de conocimientos que los demás le suponían. No tenían por qué saber que se valía de esas relaciones del hampa con las que cuenta todo detective. Era un policía famoso y la gente esperaba de él resultados brillantes. Lo leía en los ojos de todos, lo oía en sus palabras, el elogio espontáneo dispensado como algo que es de dominio público. Sabía también que se había hecho demasiados enemigos para permitirse el lujo de equivocarse. Lo percibía a través de palabras dichas a medias, en el tono de un comentario, en la pulla y el nerviosismo que la seguía, en la mirada desviada a un lado. Sólo gradualmente había ido descubriendo lo que había hecho en años anteriores para ganarse tanto miedo, envidia o antipatía de aquella gente. En una progresión lenta iba descubriendo pruebas de su extraordinaria pericia, de su instinto, de su persecución incansable de la verdad, de las largas horas consagradas al trabajo, de su implacable ambición y de su intolerancia frente a la pereza, la debilidad ajena, la deficiencia propia. Pese a todas las mermas que sufría desde el accidente, había conseguido resolver el dificilísimo caso Grey.

Estaban en la biblioteca. Phillips abrió la puerta, los anunció y se hizo a un lado para dejarlos pasar.

La estancia era de tipo tradicional, con las paredes cubiertas de estanterías. Una gran ventana mirador dejaba entrar la luz a raudales y la alfombra verde y demás accesorios infundían una sensación de bienestar, casi la impresión de estar en un jardín.

No había tiempo para detenerse en esas observaciones. Basil Moidore estaba de pie en el centro de la habitación. Era un hombre alto, de cuerpo algo desmadejado y nada atlético aunque no gordo todavía, y se mantenía muy erguido. No podía haber sido apuesto en ningún momento de su vida, sus rasgos eran demasiado cambiantes, su boca demasiado grande y las arrugas profundamente incisas en torno a ella más bien denotaban voracidad y temperamento que ingenio. Tenía unos ojos que llamaban la atención por lo oscuros y, pese a no ser bellos, eran penetrantes y extremadamente inteligentes. Su cabello fuerte y lacio estaba jaspeado de gris.

Ahora aquel hombre se sentía a la vez furioso y terriblemente desgraciado. Estaba pálido y abría y cerraba, nervioso, los puños.

—Buenos días, señor Moidore. —Monk se presentó y presentó a Evan.

Odiaba tener que hablar con aquellos que habían sido golpeados por la desgracia, y además la muerte de un hijo era una de las más terribles, pero ya estaba acostumbrado. No había pérdida de memoria capaz

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