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LUNA FUNESTA

Michael Connelly  

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Fragmento

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a casa de Lookout Mountain Road estaba apartada de la calle, acurrucada contra el empinado terraplén del cañón. Eso le permitía disponer de una considerable extensión plana de césped desde el amplio porche hasta la cerca blanca que lindaba con la acera. No era habitual en Laurel Canyon contar con un jardín tan inmenso, y menos tan plano, ni por delante ni por detrás. Ese terreno de césped sería el argumento clave en la venta de la finca.

La casa, según se había anunciado en la sección inmobiliaria del Times, iba a mostrarse desde las dos hasta las cinco de la tarde. Cassie Black aparcó junto al bordillo diez minutos antes de las dos y no vio ningún coche en el sendero de entrada, ni señales de actividad en la vivienda. El Volvo blanco familiar que pertenecía a los propietarios, y que solía verse aparcado fuera, no estaba. No sabía nada del otro coche, el BMW negro, porque el pequeño garaje de una plaza contiguo a la casa permanecía cerrado. En cualquier caso, interpretó la ausencia del Volvo como una prueba de que los propietarios iban a pasar el día fuera y no estarían presentes cuando enseñaran la casa. Eso estaba bien. Cassie lo prefería, porque no sabía cómo reaccionaría si al entrar se encontraba con la familia.

Cassie se quedó en el Boxster hasta las dos, y a partir de entonces empezó a preocuparse. Llegó a la conclusión de que había anotado mal la hora o, peor aún, que la casa ya había

L

MICHAEL CONNELLY sido vendida y las visitas canceladas. Abrió la sección inmobiliaria en el asiento de la derecha y comprobó la lista una vez más. No se había equivocado. Miró entonces el cartel de «En venta», clavado en el césped de la entrada, y verificó que el nombre de la agente coincidía con el del anuncio. Sacó el móvil de la mochila y llamó a la oficina de la inmobiliaria, pero no logró comunicarse. Esto no la sorprendió. Estaba en Laurel Canyon, y las comunicaciones por teléfono móvil casi nunca eran claras en los barrios de las colinas de Los Ángeles.

Sin nada mejor que hacer que esperar y dominar sus miedos, contempló la casa que se alzaba tras el letrero de «En venta». Según el anuncio era un bungaló California Craftsman construido en 1931. No sólo estaba apartada de la calle y pegada a la colina, sino que, a diferencia de los inmuebles más nuevos edificados a ambos lados, también hacía gala de una acusada personalidad. Era más pequeña que la mayoría de las viviendas vecinas; los arquitectos obviamente priorizaron el jardín grande y el carácter abierto de la propiedad. Las casas nuevas del barrio habían sido construidas hasta el límite de la superficie edificable, siguiendo la filosofía de que lo principal es el espacio interior.

El viejo bungaló tenía un gran tejado gris inclinado, al cual asomaban las ventanas de dos dormitorios. Cassie supuso que uno lo compartía la par

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