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LOS SUEñOS DE MI PADRE

Barack Obama  

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Fragmento



Índice

Los sueños de mi padre

Prefacio a la edición de 2004

Introducción

Primera parte. Los orígenes

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Segunda parte. Chicago

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Tercera parte. Kenia

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Epílogo

Notas

Sobre este libro

Sobre Barack Obama

Créditos

Pues ante Ti somos extranjeros,
y estamos de paso, como nuestros padres.

I CRÓNICAS 29:15

PREFACIO A LA EDICIÓN DE 2004

Ha transcurrido casi una década desde que este libro se publicó por primera vez. Como ya mencioné en la introducción original, la oportunidad de escribirlo surgió mientras estudiaba Derecho, y fue consecuencia, sin duda, de haber sido elegido el primer presidente afroamericano de la Harvard Law Review. A raíz de la modesta publicidad conseguida recibí un adelanto por parte de un editor, y me puse a trabajar en la creencia de que la historia de mi familia y mis esfuerzos por comprenderla, podrían servir para mostrar en alguna medida la segregación racial que ha caracterizado el devenir norteamericano, al igual que la fluctuante identidad —los saltos en el tiempo, los choques culturales— que marca nuestra vida moderna.

Como todo autor primerizo, me embargó la esperanza y la desesperación cuando llegó el momento de su publicación: la esperanza de que el libro tuviera éxito más allá de mis sueños juveniles y la desesperación de que no hubiese sido capaz de contar algo que mereciera la pena. La realidad se quedó en algún punto intermedio. Las reseñas fueron ligeramente favorables. De hecho la gente acudía a las lecturas que organizaba mi editor. Sin embargo, las ventas no fueron nada extraordinario. Así que, después de unos cuantos meses, seguí con mi trabajo cotidiano seguro de que mi carrera como escritor sería muy corta, aunque estaba contento por haber sobrevivido a esta experiencia con mi dignidad más o menos intacta.

No tuve mucho tiempo para reflexionar en los diez años siguientes. Dirigí una campaña de registro de votantes durante las elecciones de 1992, me integré en un despacho especializado en derechos civiles y comencé a enseñar Derecho Constitucional en la Universidad de Chicago. Mi mujer y yo compramos una casa, tuvimos la suerte de tener dos preciosas hijas, sanas y traviesas, y luchábamos para poder pagar las facturas. Cuando quedó vacante un escaño durante la legislatura estatal de 1996, algunos amigos me persuadieron para que me presentase al cargo, y lo conseguí. Antes de ocupar el puesto ya me habían advertido de que la política estatal carecía del glamour que ostentaba su homologa en Washington: se trabaja en la sombra, en temas importantes para algunos pero que no significan gran cosa para la mayoría de los ciudadanos de a pie (la regulación de las casas prefabricadas, o la incidencia de los impuestos sobre la depreciación del equipamiento agrícola). Sin embargo, encontré satisfactorio el trabajo, principalmente porque la política a este nivel permite resultados concretos a corto plazo: la ampliación del seguro de enfermedad para los niños de las familias sin recursos, o la reforma de una ley que envía a un inocente al corredor de la muerte. Y también porque en la sede gubernamental de un Estado grande e industrial, uno ve todos los días la realidad de una nación en continuo movimiento: madres de familia de barrios humildes, granjeros que cultivan maíz y judías, jornaleros inmigrantes mezclados con banqueros de barrios residenciales; todos compitiendo por hacerse oír y todos dispuestos a contar sus historias.

Hace unos cuantos meses gané la nominación del Partido Demócrata para ocupar un escaño como senador por el Estado de Illinois. Fue una carrera difícil en un campo plagado de candidatos importantes, cualificados y prestigiosos; yo simplemente era un negro con un nombre extraño, sin organización alguna que me apoyara ni riqueza personal, y por el que pocos apostaban. Cuando obtuve la mayoría de los votos en las elecciones primarias del Partido Demócrata, ganando tanto en los barrios de población blanca como negra, en las zonas residenciales como en el centro de Chicago, la reacción que siguió fue similar a la de mi elección para la Law Review. Los comentaristas de los principales medios expresaron su sorpresa y su sincera esperanza de que mi victoria supusiera un cambio significativo en nuestra política racial. Dentro de la comunidad negra había un sentimiento de orgullo por mi triunfo, un orgullo mezclado con la frustración de que cincuenta años después de Brown v. Board of Education[1] y cuarenta años después de que se aprobara el Acta de Derecho al Voto, todavía tuviéramos que estar celebrando la posibilidad (y sólo la posibilidad, ya que tengo por delante unas duras elecciones generales) de que yo pudiera ser el único afroamericano —y sólo el tercero desde la Reconstrucción— en llegar a senador. Mi familia, mis amigos y yo mismo estábamos desconcertados por la atención que despertábamos, conscientes en todo momento del abismo existente entre el brillo de los reportajes de prensa y las duras realidades de la vida cotidiana.

Del mismo modo que aquella popularidad de hace una década provocó el interés de mi editor, esta nueva serie de apariciones mías en la prensa le animaron a reeditar el libro. Por primera vez en muchos años cogí un ejemplar y leí unos capítulos para ver hasta qué punto podía haber cambiado mi voz con el paso del tiempo. Confieso que hice de vez en cuando una mueca de disgusto ante la pobre elección de una palabra, una frase equivocada, o la expresión de alguna emoción quizá demasiado indulgente o manida. Quería eliminar unas cincuenta páginas del libro dado que me gusta ser conciso. Sin embargo no puedo decir, francamente, que la voz del libro no sea la mía ni tampoco que hoy contaría la historia de forma diferente a como lo hice hace diez años, incluso si ciertos pasajes han resultado ser políticamente inconvenientes, carnaza para críticos comentarios y tendenciosas indagaciones de la oposición.

Lo que ahora ha cambiado de manera radical y decisiva es el contexto en el que se puede leer el libro. Empecé a escribir teniendo como telón de fondo Silicon Valley y el boom del mercado de valores; la caída del Muro de Berlín; Mándela, que con lentos y firmes pasos abandonaba la prisión para liderar un país; y la firma de los acuerdos de paz de Oslo. A nivel interno, nuestros debates culturales —en torno a las armas de fuego, el aborto y las letras de los raperos— eran más atractivos incluso que la Tercera Vía de Bill Clinton, un recorte del estado del bienestar sin ambición y sin drásticas aristas, que parecía incluir un amplio consenso subyacente sobre los problemas de la redistribución, un consenso al que incluso George W. Bush, con su «conservadurismo compasivo», iba a dar su aprobación. A nivel internacional, los escritores anunciaban el fin de la Historia, la consolidación del libre mercado y la democracia liberal, la sustitución de antiguos odios y guerras entre naciones por comunidades virtuales y batallas por la cuota de mercado.

Y luego, el 11 de septiembre, el mundo se fractura.

Queda lejos de mi habilidad como escritor poder aprehender aquel día y los que le siguieron: los aviones, como espectros, desapareciendo entre el acero y el cristal, las torres desmoronándose en cascada a cámara lenta, las figuras cubiertas de ceniza deambulando por las calles, la angustia y el miedo. No pretendo entender la locura nihilista que guió aquel día a los terroristas y que todavía hoy guía a sus correligionarios. Mi poder de empatía, mi habilidad para llegar hasta el corazón de otros no puede penetrar la mirada vacía de aquellos que asesinaron a inocentes con tan serena y abstracta satisfacción.

Lo que sé es que la historia volvió aquel día con fuerza y que, de hecho, como nos recuerda Faulkner, el pasado nunca está muerto y enterrado —ni siquiera es pasado—. Esta historia colectiva, este pasado, me afecta a mí directamente. No sólo porque las bombas de Al-Qaeda han marcado, con precisión estremecedora, alguno de los paisajes de mi vida —los edificios, las calles y las caras de Nairobi, Bali, Manhattan—, ni porque a consecuencia del 11 de septiembre mi nombre sea una tentación irresistible para que republicanos fanáticos se burlen de él en las páginas web. Sino también porque la lucha subyacente entre un mundo de abundancia y otro de escasez, entre lo moderno y lo antiguo, entre quienes aceptan nuestra desbordante, conflictiva y complicada diversidad apostando por los valores que nos unen, y quienes, bajo cualquier bandera, slogan o texto sagrado, buscan alguna certeza o la simplificación que justifique la crueldad hacia aquellos que no son como nosotros —esa es la lucha que, a escala menor, plantea el presente libro—.

Lo sé, he visto la desesperación y el desorden de los desfavorecidos: cómo afecta la vida de los niños en las calles de Yakarta o Nairobi de la misma forma que a los del South Side de Chicago. ¡Qué débil es para ellos la línea que separa la humillación de la furia descontrolada! ¡Con qué facilidad se deslizan hacia la violencia y la desesperanza!

Sé que la respuesta de los poderosos a este desorden no es la adecuada: alterna una sorda complacencia con una firme e irreflexiva aplicación de la violencia, mayores sentencias de prisión y armamento militar más sofisticado cuando el desorden traspasa los límites prefijados. Sé que la represión, la adopción del fundamentalismo y la tribu son nuestra perdición.

Así, lo que ha constituido mi más íntimo y profundo esfuerzo para comprender esta lucha y encontrar mi sitio en ella, ha generado un debate público importante con el que estoy comprometido y que influenciará nuestras vidas y las de nuestros hijos en años venideros.

Las implicaciones políticas de todo ello serían tema para otro libro. Permítanme terminar con una nota personal. La mayor parte de los personajes que aquí aparecen forman parte de mi vida, aunque a distintos niveles: bien por razones de trabajo, de infancia, de geografía y de los azares del destino.

La excepción es mi madre, a quien perdimos con una brutal rapidez, víctima de un cáncer, pocos meses después de que se publicara este libro.

Había pasado los últimos diez años de su vida haciendo lo que más amaba. Viajó por el mundo, trabajó en pueblos lejanos de Asia y África ayudando a las mujeres a comprar una máquina de coser, una vaca lechera o a adquirir una educación que pudiera servirles en un mundo globalizado. Se reunía con amigos de las altas y bajas esferas, daba grandes paseos y observaba la luna. Recolectaba baratijas en los mercados de Delhi o Marrakech, un fular o una piedra tallada que le hiciera gracia o le llamara la atención. Escribía reportajes, leía novelas, atosigaba a sus hijos y soñaba con sus nietos.

Nos veíamos con frecuencia; nuestra relación seguía siendo estrecha. Mientras escribía este libro ella leía los borradores, corregía las historias que yo había malinterpretado, ponía cuidado en no hacer comentarios acerca de la descripción que hacía de su persona y, además, estaba siempre dispuesta a explicar o defender los aspectos menos halagüeños del carácter de mi padre. Llevó su enfermedad con resignación y buen humor, ayudándonos a mi hermana y a mí a proseguir nuestras vidas a pesar de nuestros temores, contradicciones y repentinos momentos de desaliento.

A veces he pensado que si hubiera sabido que no sobreviviría a su enfermedad, podría haber escrito un libro distinto, no tanto una reflexión sobre el padre ausente sino un homenaje a la persona que fue la única constante en mi vida. Gracias a mis hijas veo, día tras día, su alegría y su enorme curiosidad. No voy a intentar describir cuánto lloro aún su muerte. Sé que fue el espíritu más bondadoso y generoso que jamás he conocido y que lo mejor de mí se lo debo a ella.

INTRODUCCIÓN

En principio, mi intención fue escribir un libro muy diferente. La oportunidad de hacerlo surgió por vez primera mientras estudiaba en la Facultad de Derecho y después de resultar elegido el primer presidente negro

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