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LOS QUE NUNCA OLVIDARáN

Fernando Butazzoni  

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Fragmento

A Herberts Cukurs lo mataron a martillazos en una casa de balneario situada en las afueras de Montevideo. El hombre, que había colaborado con los nazis durante la ocupación de Letonia, fue emboscado por un comando israelí infiltrado en Uruguay desde territorio argentino. Tras abrirle el cráneo como si fuera una calabaza, los atacantes le encajaron dos balazos por si acaso, aunque ya estaba muerto. Luego lo envolvieron en una frazada y lo metieron en un baúl. A manera de recordatorio colocaron sobre su pecho, junto con el martillo utilizado para cometer el crimen, un texto descriptivo de una masacre perpetrada en 1942 por tropas de las SS en Ucrania.

A continuación, los ejecutores se dedicaron a limpiar la escena del sacrificio. De acuerdo a los resultados posteriores es evidente que lo hicieron a las apuradas. Una vez cumplida la tarea, el jefe del comando volvió a comprobar el óbito, cerró el baúl y ordenó colocarle unos candados. Ese era el final previsto. El grupo abandonó la casa y se marchó del lugar en tres automóviles Volkswagen modelo escarabajo, los que fueron observados por varios albañiles que trabajaban en una construcción cercana. Al doblar en la primera esquina, la comitiva enfiló rumbo a la ciudad.

El crimen ocurrió el 23 de febrero de 1965, pero en ese momento nada se supo. En Uruguay, el presidente del gobierno había fallecido de forma súbita a comienzos de ese mismo mes. Tras el luto oficial y los funerales solemnes, el relevo del mando se efectuó sin excesiva pompa ni sobresaltos. A rey muerto, rey puesto. Así que luego de ese trance los días siguieron apacibles, con la molicie propia del verano en el sur del mundo.

Cukurs vivía con su esposa y sus hijos en Brasil, país en el que la familia se había afincado después de la guerra, en 1946. Su mujer daba por sentado que el laborioso Herberts estaría haciendo negocios en Montevideo, de modo que no se alarmó ante la falta de contacto. Los ejecutores, por su parte, se dispersaron esa misma tarde y luego tuvieron la precaución de cruzar el Atlántico, cada uno por una ruta distinta, para perderse en ciudades tan populosas como París o Roma. El destino final de todos ellos era Tel Aviv.

El cadáver recién fue descubierto once días más tarde, ya putrefacto, gracias a una denuncia efectuada desde Düsseldorf por los propios autores del homicidio, quienes a través de una carta brindaron la ubicación exacta de la casa, dieron a conocer una especie de proclama con las acusaciones contra Cukurs y comunicaron la ejecución de la sentencia correspondiente. En ese texto escrito en inglés —mecanografiado, según las pericias, en una máquina de escribir marca Alpina— y enviado por correo a las oficinas de la agencia de noticias AP en Bonn, ellos se denominaban a sí mismos «Los que nunca olvidarán». Era un título de fantasía para designar a una organización inexistente.

Era un nombre apócrifo, aunque no del todo. Los integrantes del comando llevaban marcadas a fuego las cicatrices del Holocausto. Cada uno de ellos tenía parientes directos entre las víctimas de los nazis: los padres de uno, los abuelos de otro, hermanos y hermanas, cuñados y cuñadas, tíos, primos, sobrinos. Se puede decir que «Los que nunca olvidarán» no era un nombre real, pero era verdadero.

La historia del asesinato de Cukurs fue contada cincuenta veces, cien veces. Se han hecho películas, obras de teatro, canciones, performances. Se escribió sobre ella en hebreo, inglés, español, portugués, alemán, letón, ruso. La polémica no tiene fin. Algunos académicos han sugerido que, debido a eso, el episodio ha ganado una posteridad a todas luces excesiva. Ensayos, reportajes, tesis de grado y hasta testimonios de primera mano abordan aquel crimen ocurrido hace más de medio siglo. Desde entonces, sin tregua, los dilemas jurídicos y morales se cruzan con mentiras, acusaciones y reproches.

Ahora yo lo escribo otras cien veces, busco más testimonios, más reportajes, más datos falsos. Lo retoco, le agrego una coma, le quito un adjetivo, voy y vengo, me pierdo. Trato de avanzar por ese camino, siempre al borde de un pozo profundo. Doy vueltas alrededor del agujero para buscar las piezas que faltan, los secretos guardados en alguna parte. Quizá estén ocultos en la bóveda blindada que ha de tener el Mosad en un edificio bien disimulado en los alrededores de Tel Aviv. Una bóveda en un sótano a prueba de bombas, de periodistas y de curiosos. Y también a prueba de mentiras y distorsiones, porque la muerte de Cukurs ha sido una fábrica de patrañas elaboradas con los fines más diversos, algunos de ellos incomprensibles.

Doblemente incomprensibles. A primera vista, esa historia es un apunte marginal y tardío de algunos hechos ocurridos durante la Segunda Guerra Mundial. Letonia, una patria que casi nunca existió como país, no fue un lugar relevante en el teatro de operaciones, y si bien en 1941 Herberts Cukurs era considerado una estrella en el firmamento europeo de la aviación, su asiento en el escalafón de la criminalidad nazi acabó por ser insignificante. Para colmo, la venganza judía contra él fue desprolija, tanto que ha provocado mil hipótesis.

De a poco he logrado avanzar bordeando el pozo de aquel asesinato. Pude sortear algunos escollos, pero no me ilusiono. Cada vuelta enseña una variante nueva, una leve torcedura en esa noria incierta. Se hace evidente que nada de lo sabido resulta fiable por completo. A veces son simples espejismos, la ilusión de haber encontrado un elemento clave que despejará todos los enigmas, lo cual se revela enseguida como un desatino. En ocasiones lo que me distrae y confunde es una especie de murmullo, un coro que recita fechas, nombres y lugares. Son voces que surgen aquí y allá en viejas cintas de película, en papeles celestes, en mapas con círculos donde se marcan sitios infames.

La trama del crimen, más oculta que descubierta, es una madeja enredada a propósito una y otra vez. El mecanismo para producir ese formidable embrollo ha sido simple: los que no tenían nada para decir hablaron todo el tiempo, y los que podían contar la verdad se empeñaron en callar. Nombres cambiados, fechas alteradas, lugares inexistentes, misterios de pacotilla, expedientes guardados bajo siete llaves, confesiones falsas, felonías.

Y también están las exageraciones. Me ha impresionado una versión reciente que incluye un dato estremecedor sobre el forcejeo previo al asesinato. Al parecer, mientras Herberts Cukurs luchaba por su vida contra los atacantes, antes de recibir el primer martillazo logró, con una dentellada, arrancarle un pedazo de dedo a uno de sus agresores. Lo mordió y se quedó con un trozo de dedo dentro de su boca. Había un relato previo que mencionaba ese mordisco, pero ahora resulta que la arremetida fue de tal ferocidad que una falange del asesino quedó metida en la boca de la víctima. Lo cuenta el periodista Ronen Bergman en un libro publicado en 2018 en Nueva York por el sello Random House.

Bergman está en contacto con fuentes de primer nivel en la Inteligencia de Israel. El libro, un mamotreto de setecientas páginas que se titula Rise and Kill First, lo leí para adelante y para atrás más de una vez. En realidad, aunque allí se ventilan decenas de operaciones encubiertas, asesinatos, atentados y otros muchos trapos sucios de los servicios israelíes y de los sucesivos gobiernos de ese país, acerca de Herberts Cukurs hay poca información, y la que hay es de pésima calidad. El autor le dedica dos páginas al episodio y los datos más básicos que ofrece están equivocados y, por lo tanto, todo el relato me genera desconfianza.

Escribe, por ejemplo, que la casa alquilada por el Mosad en Uruguay era «una lujosa mansión», lo cual es erróneo sin atenuantes, pues se trataba de una muy modesta vivienda que ni siquiera disponía de agua corriente. Agrega que en esa supuesta mansión esperaban a Cukurs «tres asesinos», cuando en realidad los emboscados allí eran cuatro, cinco si sumamos al que lo condujo mediante engaños hasta la casa, y seis con el observador que vigilaba dentro de un automóvil a pocos metros del lugar. Todos ellos aguardaban el momento propicio para matarlo. Bergman informa además que los complotados dejaron la sentencia firmada por «Los que nunca olvidarán» sobre el cuerpo del ejecutado, y eso también es mentira.

Concluyo que no hay motivos para creer en la versión sobre el pedazo de dedo arrancado. Supongo que será otra pista falsa, pero me pregunto qué sentido tiene sembrar una nueva pista falsa a partir de un trozo de dedo, sobre todo si la siembra se realiza cincuenta años después del crimen a través de un periodista que tiene credenciales de seriedad.

Le comento mis reservas a un amigo, al que llamaré Juan, quien además de ser profesor de Economía es un veterano analista de Inteligencia y, como tal, entendido en los meandros del espionaje. Soy de las pocas personas que están al tanto de sus actividades en ese ámbito. En general todos creen que él es un anodino docente universitario, alguien sin ningún destaque. Pero esa labor es apenas una fachada que le permite realizar otras tareas —mejor remuneradas y no tan edificantes—, las que acomete con facilidad debido, según él, a su casi infinita capacidad para asociar elementos en apariencia inconexos entre sí. También tiene, hay que reconocerlo, una memoria de elefante.

Somos amigos desde la adolescencia y le he sacado las castañas del fuego en más de una ocasión, así que me debe un par de favores. Empezó su carrera en una Embajada con labores de carpetero. Recolectaba información pública para confeccionar diagramas con fines de espionaje. Leía diarios, revistas, edictos, folletos promocionales y cuanto escrito cayera en sus manos; fijaba puntos aislados y después unía esos puntos y formaba figuras. Establecía correspondencias ocultas a partir de avisos fúnebres, declaraciones de personajes políticos, quiebra de empresas, algunos casamientos de la alta sociedad y ciertos viajes al extranjero. Los resultados eran sorprendentes y sus habilidades lo hicieron subir como un cohete. Ingresó sin tropiezos en ese mundo de códigos encriptados, dobleces y pasadizos ocultos.

Elegante, vestido con una distinción algo anticuada, Juan puede parecer una especie de dandi ya en el ocaso, pero en realidad es una máquina de procesar información. A veces se muestra como un hombre atento a su familia, un ciudadano puntilloso y conservador, aunque sus capas de fingimiento se superponen unas sobre otras y nunca se sabe si lo que enseña no es más que un artificio. Cada tanto vamos a almorzar juntos, y en esas ocasiones él acepta y hasta disfruta de mis pedidos para examinar asuntos de su oficio. Hace ya tiempo que lo fastidio con cuestiones referidas al Mosad, el Shin Bet y los israelíes, temas de los que conoce bastante.

Habla varios idiomas y quizá por eso le gusta demorarse en las palabras. Hoy toca el tema del argot. Se regodea en los detalles, con fruición me comenta que el lenguaje del Mosad, como el de cualquier servicio secreto, ha sido construido pieza por pieza a lo largo del tiempo, y que por

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