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LOS DEMáS SEGUIMOS AQUí

Patrick Ness  

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Fragmento

CAPÍTULO PRIMERO, en el que el Mensajero de los Inmortales llega en una forma asombrosa: una niña en busca de una Vasija permanente, y, después de que ella lo persiga por el bosque, el indie Finn encuentra su sino.

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El día en que somos las últimas personas que verán con vida al indie Finn, estamos tumbados en El Campo, hablando del amor y de estómagos.

—Pues yo no lo creo —dice mi hermana, y la miro, sorprendido por la sutil tensión que percibo en su voz. Bañada por la luz del sol, me dirige un gesto afirmativo de complicidad, algo molesto, y luego vuelve a negar con la cabeza mirando a Henna—. Siempre hay opciones. No me importa que creas que es amor (una palabra, por cierto, que NO debería pronunciarse tan a la ligera): a pesar de eso, a pesar de esa palabra, puedes optar por hacer lo correcto.

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—Dije que estaba enamorada de su aspecto —dice Henna—. No de él. Estás tergiversando mis palabras. Y, además, no me refería a eso. Me refería a… cómo se llena el corazón. No, en realidad ni siquiera es el corazón: es el estómago. Lo sientes y todo sencillamente fluye.

—No, para nada —replica mi hermana con firmeza—. No. Para. Nada.

—Mel…

—Puedes sentir eso y aun así optar por hacer lo correcto.

Henna frunce el entrecejo.

—¿Por qué es una cuestión de «hacer lo correcto»? Estoy describiendo un sentimiento humano totalmente normal. Nathan está bueno.

Devuelvo la mirada al libro de texto de historia. Toco sus cuatro esquinas, una tras otra, contando en silencio. Veo que Jared se ha fijado.

—Dijiste que no tenías opción —insiste Mel—. Dijiste que si hubieras sido capaz de besarlo, lo habrías hecho allí mismo, te viera quien te viera. ¿Y si tiene novia? ¿Y si Tony hubiese estado cerca?

—Ya no salgo con Tony…

—Sí, ya, pero sabes lo sensible que es. Le habrías hecho daño y luego le habrías dicho que no tenías opción, una chorrada.

Henna se tapa la cara con las manos, frustrada.

—Melinda…

—Es algo que llevo fatal.

—Ya lo veo…

—Y no me llames Melinda.

—Henna tiene razón —dice Jared. Está tumbado de espaldas con la cabeza apoyada en el culo de Henna—. Es el estómago.

—En un chico, seguro que es algo situado más abajo —replica Mel.

—Eso es diferente —dice Jared al tiempo que se sienta—. La polla o lo que sea…, eso es deseo. Instinto animal. Esto es algo más.

—Sí —conviene Henna.

—Se siente exactamente aquí. —Jared se lleva una mano a la barriga. Es una barriga más bien grande, y sabemos que Jared no atrae la atención hacia ella así como así—. Y es como si en ese momento todo lo que creías dejara de servir. O de importar. Y todo lo que era complicado de pronto fuera tan sencillo como un sí o un no, porque el que manda es el estómago y te está diciendo que lo que deseas es posible y que no es la respuesta a todo pero sí lo único que va a hacer que las preguntas sean más soportables.

Se interrumpe y mira hacia el sol. Todos sabemos a qué se refiere. Él sabe que todos sabemos a qué se refiere. Nunca habla de eso. A los demás nos encantaría que lo hiciera.

—No es el estómago el que manda —dice Mel con voz serena.

—Oh —contesta Jared al caer en la cuenta—. Lo siento…

Mel sacude la cabeza para restarle importancia.

—No quería decir eso. Tampoco es el corazón el que manda. Él cree que sí, pero no. Siempre hay opciones. Siempre.

—No se puede optar por no sentir —interviene Henna.

—Pero se puede optar por actuar de una manera o de otra.

—Sí —dice Jared—, aunque es difícil.

—Los primeros cristianos creían que el alma estaba en el estómago —digo.

Se impone el silencio cuando una nueva ráfaga de viento barre la hierba, sola y desamparada, como diciendo «Seguid a lo vuestro».

—Me lo dijo mi padre una vez —añado.

Mel baja la mirada al ordenador portátil y empieza a teclear más respuestas de los deberes.

—Y yo me pregunto qué sabrá nuestro padre —dice ella.

El viento arrecia un poco («Lo siento mucho», lo imagino diciendo; al parecer, es un viento británico intentando entender cómo ha llegado hasta aquí), y Henna tiene que plantar la mano sobre una hoja de ejercicios que amenaza con salir volando.

—Pero ¿por qué seguimos usando papel?

—Libros —contesta Jared.

—Papel higiénico —dice Mel.

—Porque el papel es una cosa —digo yo—, y a veces se necesitan cosas además de pensamientos.

—No buscaba una respuesta —replica Henna al tiempo que guarda la hoja —unos apuntes sobre la guerra civil que repartió el profesor— debajo de su portátil convertible.

Vuelvo a tocar las esquinas del libro, contando mentalmente. Y otra vez. Y una vez más. Veo que Jared me mira con disimulo. Otra ráfaga de viento británico me alborota el pelo. («¡Buenos días por la mañana!» Oh, no, es irlandés.) Es un día soleado para que de pronto haga tanto viento. Solo venimos cuando hace buen tiempo, y abril y mayo han sido dos meses extrañamente cálidos. En realidad, El Campo no tiene mucho de campo; parece más un solar cuyo propietario nunca llegará a edificar porque muriera o lo perdiera en un divorcio o algo así, un cuadrado grande, cubierto de hierba y con varios tocones muy prácticos, que hay al final de la carretera en la que está mi casa. Además, queda aislado de todo lo demás por hileras de árboles. Habría que venir a propósito a esta zona para conocerlo, algo que nadie hace porque estamos tan en el quinto pino que lo único que hay por aquí es bosque superdenso. Por la noche se oyen coyotes y en nuestro jardín entran ciervos a todas horas.

—Eh —dice Jared—, supongo que soy el único que está haciendo el trabajo sobre la reconstrucción después de la guerra civil, ¿no?

—Yo también lo estoy haciendo sobre eso —digo.

—Ah, ¿sí? —dice Mel, angustiada—. Yo también.

—Y yo —dice Henna.

—¡¿Todos?! —se sorprende Jared.

Mel me mira.

—¿Te importaría hacerlo sobre otra cosa? Es decir, ¿verdad que no te importaría? ¿Verdad? ¿Verdad?

—Es que ya tengo un montón de apuntes… —digo.

—Pero a mí se me da muy bien el tema de la reconstrucción.

—Pues haz el trabajo sobre la reconstrucción…

—No podemos hacerlo los dos. El tuyo será de cerebrito y yo quedaré como una tonta.

Un clásico de mi hermana. Cree que es tonta. Y no lo es, en absoluto.

—Será mejor que el mío —dice Jared.

—Mikey, deja que lo haga yo.

Y en este punto, lo sé, la mayoría de la gente pensaría: «Típica hermana mayor marimandona», y la mayoría de la gente que no nos conoce se preguntaría por qué vamos al mismo curso, el último, cuando ella me saca más de un año, y la mayoría de la gente creería detectar un tono de niña mimada en su voz.

La mayoría de la gente se equivocaría. Mel no está lloriqueando. Me lo está pidiendo, y de una forma más o menos amable, tratándose de ella. Y la mayoría de la gente no advertiría en sus ojos el miedo por este examen.

Pero yo sí.

—Vale —digo—. Haré el trabajo sobre las causas.

Mel asiente en señal de agradecimiento. Se vuelve hacia Henna.

—¿Te importaría hacer tú también el trabajo sobre las causas?

—¡Eh! —dice Jared—. ¿Y yo qué?

—¿Lo preguntas en serio? —dice Mel.

—Bah, no, era broma. —Y se ríe.

Jared, a pesar de que es grande y alto, de que empezó a afeitarse a los once y de que juega de defensa en el equipo de fútbol americano desde que todos íbamos a primero, es de matemáticas. Dale números y brillará. Dale palabras y frases que haya que ordenar y su frente se arrugará de tal modo que podrás ver con exactitud el aspecto que tendrá cuando cumpla ochenta años.

—Mel —dice Henna—, tienes que dejar de…

Momento en el cual un indie sale corriendo de entre los árboles con la chaqueta de estilo retro aleteando a la espalda. Se sube las gafas de montura negra en la nariz y pasa a unos seis metros de nosotros. No nos ve. A decir verdad, los indies nunca nos ven, ni siquiera cuando estamos sentados a su lado en clase. Cruza El Campo y desaparece por entre los árboles del otro lado del claro, detrás de los cuales todos sabemos que solo hay un bosque espeso.

Se produce un silencio breve en el que todos intercambiamos miradas atónitas, y entonces una niña que brilla con luz propia sale corriendo de entre los mismos árboles que el indie. Tampoco ella nos ve, aunque brilla tanto que todos tenemos que protegernos los ojos, y luego desaparece por el mismo sitio que él.

Ninguno decimos nada.

—¿Era Finn? —pregunta Jared al cabo de un minuto.

—¿Qué Finn? —dice mi hermana—. ¿No se llaman Finn todos los indies?

—Creo que hay un par de Dylan —dice Henna— y un Nash.

—Por lo que sé, también hay dos Satchel —digo—. Un chico y una chica.

—Ese era uno de los Finn —dice Jared—. Estoy seguro.

Una columna de luz azul, lo bastante intensa para verse incluso a la luz del sol, se eleva de pronto desde donde el indie (creo que Jared tiene razón y que sí era uno de los llamados Finn) y la niña brillante deben de haber llegado.

—¿Qué hacen ahora? —pregunta Mel—. ¿Qué le pasaba a la niña?

—¿Y la luz? —añado yo.

—Espero que no vuelvan a volar el instituto —dice Jared—. Mi primo tuvo que celebrar la ceremonia de graduación en el aparcamiento.

—¿Crees que Nathan es un indie? —pregunta Henna, lo cual hace que Mel gruña.

—Por el nombre podría serlo —responde Jared, sin dejar de observar la brillante columna.

—¿Qué clase de tío se cambia de instituto cinco semanas antes de acabar el último curso? —pregunto, tratando de que mis palabras no dejen traslucir ninguna intención y tocando una vez más las esquinas del libro.

—La clase de tío del que Henna se enamora —dice Mel.

¡VALE YA! ¡YO NO DIJE QUE ESTUVIERA ENAMORADA DE ÉL! —grita Henna.

Mel sonríe con malicia.

—Pues parece que el tema te apasiona. ¿O es solo tu estómago el que habla?

El viento cesa de súbito.

—La luz se ha apagado —dice Jared.

La columna ha desaparecido. Ya no se oye a nadie corriendo. Miramos hacia los árboles, sin saber muy bien qué esperar, y luego todos damos un brinco cuando el portátil de mi hermana empieza a reproducir una canción que nos gusta. Es una alarma que ella había programado. Significa que nuestros padres han salido para ir a visitar a nuestra abuela.

Significa que ya es seguro ir a casa.

CAPÍTULO SEGUNDO, en el que la indie Satchel escribe un poema, y sus padres le dan con cariño el espacio que necesita para que sienta lo que deba sentir; luego un indie llamado Dylan llega a su casa, aterrado, para decirle que una misteriosa niña brillante le ha informado de la muerte del indie Finn; Satchel y Dylan se consuelan el uno al otro, platónicamente.

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En el transcurso de mi vida, he confesado a Henna mis sentimientos locos y desesperados hacia ella exactamente cero veces.

Tenemos mucho en común: un problemilla de ansiedad del que en realidad no nos gusta hablar, un mejor amigo o amiga a los que queremos tanto que ningún novio o novia podría competir con ellos, padres que… no son los mejores del mundo, precisamente. Tenemos en común a Mel, claro, y eso está bien, y ninguno de los dos es indie, aunque su nombre es totalmente indie (pero eso es porque su padre es extranjero, así que no cuenta, y, de todos modos, supongo que en Finlandia Henna no debe de ser muy indie; además, tiene un apellido imposible).

Somos amigos desde que teníamos ocho años, más de la mitad de mi vida ya, aunque casi siempre con mi hermana como intermediaria. He estado loca y desesperadamente enamorado de Henna desde que teníamos unos doce. Ella empezó a salir con Tony Kim un poco antes, y eso fue lo que, por supuesto, hizo que me diera cuenta de lo de «loca y desesperadamente». Cortó con Tony en Fin de Año y no ha vuelto a salir con nadie. Estamos en mayo.

Entonces, ¿qué he hecho los últimos cinco meses? Te remito al «cero veces» de más arriba.

—Despejado —dice Mel en el camino de entrada, con los eternos y distantes ladridos de fondo, y vemos que el coche de nuestra madre no está.

Vivimos en un barrio residencial de un barrio residencial de un barrio residencial de un barrio residencial de una ciudad a la que se tarda como una hora en llegar. Aquí no hay nada aparte de bosques y una Montaña gigantesca en el horizonte más inmediato que un día explotará y lo aplastará todo y a todos en esta parte del estado. Podría ocurrir mañana. Podría ocurrir dentro de cinco mil años. Cómo es la vida, ¿eh?

Asfaltaron debidamente la carretera que lleva a nuestra casa apenas el año pasado, y nuestros vecinos son una mezcla de profesionales como mis padres que querían un trozo de tierra para construir una casa y otras personas que creen que los informativos de la Fox son demasiado liberales y se han construido búnkeres para guardar las armas. Por aquí, la gente cultiva o nabos orgánicos o plantaciones enormes de marihuana. Mis padres prefieren los narcisos.

No los pises. En serio: no los pises.

Los padres de Henna viven en la misma carretera, un poco más allá, pero es una casualidad porque en realidad nos conocemos de la iglesia a la que nuestras respectivas familias llevan cien años yendo. La madre de Henna es la ministra de música. Henna y ella son las únicas personas negras de toda la congregación. Para que te hagas una idea de cómo es nuestro pedacito de mundo. El padre de Henna es un podólogo finlandés blanco (más bien, muy blanco) que a veces va a África de misionero con la madre de Henna. Allí es donde Henna va a pasar este verano, el último verano que podría pasar con sus amigos del instituto antes de irse a una (muy cristiana) universidad. Estará en la República Centroafricana hablando francés nivel instituto con centroafricanos que acabarán siendo podólogos y ministros de música lo quieran o no.

Lo que esto significa es que esos cinco meses de última oportunidad desde su ruptura con Tony se han reducido ya a cuatro semanas y media de última oportunidad hasta la graduación. Dada mi tasa de éxito hasta la fecha, creo que no tengo muchas probabilidades.

Mel abre la puerta de casa, y, apenas hemos entrado dos pasos, María Magdalena, nuestra rechoncha gatita naranja, ha venido como un rayo y ronronea alrededor de las piernas de Jared. Él le acaricia el morro con un dedo.

—Ya te he visto —susurra, y Mari Mag se va derrumbando extasiada y de lado, como una hélice al caer.

—¿A alguien le apetece algo? —pregunta Mel camino de la cocina.

Jared pide una bebida energética. Henna pide una bebida energética. Yo pido una bebida energética.

—¿Y un poco de ayuda qué tal? —vocea Mel desde la cocina.

Voy. Miro el vaso de agua que se ha servido.

—No me pasa nada —dice en voz baja—. Se nos ha acabado la Coca-Cola baja en calorías y no soporto el sabor de esas cosas.

No le falta razón con lo de las bebidas energéticas, que tienen nombres como Monstropop, Rev o Lotusexxy, y que son, sí, bastante asquerosas, pero que también tienen tanta cafeína que es probable que no vuelva a dormir hasta que empiece la universidad.

Estamos al lado de la nevera. Abro la puerta. Hay una botella de Coca-Cola baja en calorías al fondo. Solo queda un culo, pero…

—Mikey… —susurra.

La miro a los ojos.

—A veces sencillamente no es fácil —dice—. No significa nada. Me has visto almorzar.

La he visto almorzar. Y tiene razón, estaba normal. En casa siempre es más difícil para ella.

Toco el borde de cada vaso, los cuatro, uno tras otro. Vuelvo a hacerlo.

—Maldita sea —mascullo, y lo hago una vez más.

Mel se limita a esperar. Tres veces parecen suficientes, así que cierro la puerta de la nevera y la ayudo a llevar las bebidas a los sofás.

—¿Qué creéis que ha pasado en El Campo? —pregunta Henna con aire preocupado—. Me refiero al indie.

—Espero que nada —contesta Mel—. Pero si se traen algo entre manos, será mejor que lo dejen para después de la graduación.

—Solo quería decir que espero que esté bien —dice Henna, y todos advertimos que está pensando en su hermano.

Los indies, ¡eh! Tú también los tienes en tu instituto. Ese grupo con cortes de pelo de enrollado-memo, ropa de segunda mano y nombres de los años cincuenta. Majetes, nunca malas personas, pero los que siempre acaban siendo los Elegidos cuando los vampiros aparecen o cuando la reina alienígena necesita La Fuente de Toda Luz o lo que sea. Son demasiado enrollados para no hacer nunca, jamás, algo como ir al baile de graduación o escuchar música que no sea jazz mientras leen poesía. Siempre andan con alguna historia de la que son los héroes. Los dem ...