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LOS DEMONIOS

Fiódor M. Dostoievski  

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Fragmento

1

Antes de referir los acontecimientos tan extraños que ocurrieron recientemente en nuestra ciudad, lugar donde hasta la fecha nunca había sucedido nada señalable, me veo obligado a remontarme tiempo atrás y anticipar algunos detalles biográficos acerca de Stepán Trofímovich Verjovenski, hombre muy respetable y de gran talento. Detalles que servirán de introducción a la crónica que me propongo escribir.

Lo diré francamente: Stepán Trofímovich siempre ha tenido entre nosotros un papel muy singular y, en todo momento, cívico. Amaba su papel de forma apasionada, hasta tal extremo que no hubiera podido vivir sin él. No piensen que lo comparo con un actor en escena, ¡Dios me libre!, tanto más cuando personalmente lo tengo en gran estima. En su caso, el hecho es efecto de la costumbre o, mejor dicho, de gusto, de un noble gusto que le ha llevado, desde la infancia, hacia una actitud cívica. Por ejemplo, encontraba gran placer en su situación de «perseguido» y «exiliado». Estos dos términos, aureolados de un prestigio clásico, le habían seducido de una vez por todas. Le engrandecían progresivamente a sus propios ojos, acabando por situarlo en una especie de pedestal muy agradable para su vanidad.

Una novela satírica inglesa del siglo pasado nos cuenta que un tal Gulliver,[1] al regresar del país de los liliputienses —que no medían más que dos pulgadas de alto—, se había acostumbrado de tal modo a considerarse un gigante que, al atravesar las calles de Londres, gritaba involuntariamente a los transeúntes y a los cocheros que tuviesen cuidado para no verse aplastados por él. Aún se imaginaba como un gigante entre enanos. Así, todos le injuriaban y se reían de él. Y los cocheros, gente grosera, azotaban al gigante con sus látigos. ¿Acaso era esto justo? ¿Y la costumbre no era todopoderosa? La costumbre había conducido a Stepán Trofímovich a una situación muy análoga que, en su caso, revestía formas más pueriles, más inofensivas. Puede expresarse así: en el fondo, era hombre excelente.

Estoy seguro de que al final de su vida todo el mundo le había olvidado por completo, pero sería una injusticia decir que su nombre no era conocido. Sin contradicción posible, había formado parte de una pléyade de grandes ingenios. Durante cierto tiempo, acaso un minuto a lo sumo, su nombre fue pronunciado por numerosas personas casi con la misma resonancia que los de Chaadáiev, Belinski, Granovski y Herzen,[2] que entonces debutaba en el extranjero. Desgraciadamente, la carrera de Stepán Trofímovich se vio interrumpida apenas empezaba por «un torbellino de circunstancias», según explicaba. Más tarde se encontró que no hubo tal «torbellino» ni semejante «circunstancia», al menos en su caso. Y es ahora, precisamente, en estos últimos días, cuando con gran sorpresa me entero de que Stepán Trofímovich no solo no se hallaba exiliado en nuestra provincia, como todo el mundo creía, sino que jamás lo habían sometido a vigilancia.

¡Cuánto puede la imaginación!

Había pasado toda su vida sinceramente convencido de que despertaba miedo en las altas esferas, que se seguían y controlaban todos sus pasos, y que cada uno de los tres gobernadores que administraron nuestra provincia a lo largo de los últimos veinte años venía prevenido contra él y provisto de instrucciones especiales respecto a su caso. Si se hubiese demostrado al excelente Stepán Trofímovich que sus temores eran infundados, seguramente se habría considerado vejado. Y, sin embargo, era un hombre inteligente y muy dotado, un hombre de ciencia, por así decirlo; claro que nada más que de ciencia. Y, puestos a decirlo todo, no había hecho gran cosa, incluso con toda su ciencia. Pero entre nosotros, en Rusia, eso es frecuente entre los hombres de ciencia.

A su regreso del extranjero, ocupó brillantemente una cátedra en la universidad, hacia 1850. Pero no llegó a explicar más que algunas lecciones sobre los árabes, si no me equivoco. También sostuvo, de manera brillante, una tesis sobre la importancia política y económica que empezaba a adquirir la pequeña ciudad de Hanau entre 1413 y 1428, y sobre las circunstancias particulares, aún no del todo claras, que le impidieron lograrla plenamente. Esta hábil disertación hirió vivamente a los eslavófilos y de inmediato acarreó a su autor numerosos y encarnizados enemigos.

Posteriormente, algún tiempo después de haber perdido la cátedra, Stepán Trofímovich (para vengarse de algún modo y demostrar el talento que habían perdido) publicó en una revista progresista, donde se traducía a Dickens y se encomiaba a George Sand,[3] el principio de un estudio muy enrevesado acerca de las razones de la nobleza moral de no sé qué caballeros de cierta época, o algo por el estilo. Sea lo que fuese, el autor, en esta ocasión, barajó pensamientos muy elevados. Después se dijo que la continuación de ese estudio había sido prohibida por la censura, e incluso que la revista sufrió muchas molestias por haber publicado la primera parte. Es muy posible. ¿Qué no era posible en aquellos días? Pero, conociendo al autor, es más probable que no hubiera tal y que el mismo autor, por pereza, renunciase a concluir su obra.

Respecto a su curso sobre los árabes, tuvo que suspenderlo debido a que alguien (uno de sus enemigos reaccionarios) interceptó una carta de Stepán Trofímovich dirigida a no sé quién en la que relataba determinados incidentes. Se le exigieron explicaciones inmediatas. También se afirmaba, pero no sé si la historia es cierta, que por la misma época se había descubierto en Petersburgo una asociación de una treintena de personas dirigidas contra la moral y el Estado, que habrían trastornado todo el régimen social. También se decía que en tal asociación estaban traduciendo a Fourier.[4] Y, como hecho adrede, al mismo tiempo se recogía en Moscú un poema que Stepán Trofímovich había escrito en Berlín, seis años antes, durante su primera juventud, y cuyas copias obraban en poder de dos amantes de la poesía y un estudiante.

Este poema está ahora sobre mi mesa. Stepán Trofímovich me regaló un ejemplar autógrafo el año pasado: está ornado con una dedicatoria y encuadernado magníficamente en marroquí rojo. La obra, aunque extraña, no está desprovista de interés poético y demuestra talento. En esa época (entre 1830 y 1840, para ser exactos), se cultivaba mucho el género. Pero me resulta bastante difícil referir el tema, ya que no he comprendido nada.

Se trata de una especie de alegoría cuya forma liricodramática recuerda la segunda parte de Fausto. Empieza con un coro de mujeres al que sigue un coro de hombres; después aparece un coro de no sé qué poderes y la escena termina con un himno de las almas que no han vivido pero que tienen grandes deseos de vivir. Todos los cantos son muy confusos: se refiere a no sé qué maldición tratada continuamente con una especie de desapego irónico. A menudo cambia la escena y entonces se asiste a una «Fiesta de vida», en la que incluso los insectos se ponen a cantar. Después aparece una tortuga que pronuncia algunas palabras sacramentales en latín. Y si no recuerdo mal, un mineral, algo esencialmente inanimado, también se pone a cantar. Por lo general todo el mundo canta sin parar un momento, y si se habla es para discutir sin saber por qué, pero siempre en un tono elevado y digno. Enseguida cambia la escena de nuevo: ahora es un lugar salvaje donde un joven se pasea entre rocas mientras recoge hierbas que chupa; a la pregunta que un hada le hace de por qué chupa las hierbas, él responde que siente un exceso de fuerzas vitales y busca el olvido y lo encuentra en el jugo de las hierbas, pero que su principal deseo consiste en perder cuanto antes la razón (deseo bien superfluo). Después aparece un joven de una belleza inaudita. Monta un caballo negro y le sigue una multitud de gentes de todas las nacionalidades. El adolescente representa la muerte a que aspiran todos los pueblos. En fin, en la última escena se ve la torre de Babel; los atletas la concluyen cantando el himno de la nueva esperanza; y cuando alcanzan el hecho, el señor —digamos del Olimpo— emprende cómicamente la huida, y la humanidad, que ya sabe de quién procede, se apropia del trono y empieza una nueva existencia.

¡Y este era el poema que habían considerado en su tiempo peligroso!

El año pasado propuse a Stepán Trofímovich que lo publicase haciéndole ver que en nuestros días resulta totalmente inofensivo, pero rehusó con visible descontento. Mi opinión de que su poema no tenía nada peligroso le mortificó a tal extremo que a ello atribuyo la frialdad con que me trató durante dos meses. Luego supimos que, mientras yo le proponía publicar su poema en Rusia, lo editaban allá abajo; es decir, en el extranjero, en una recopilación revolucionaria y, naturalmente, sin permiso del autor.

Stepán Trofímovich se inquietó terriblemente nada más conocer la noticia. Y enseguida corrió a casa del gobernador y escribió una carta a Petersburgo, una carta justificativa y llena de nobleza que me leyó dos veces, pero que no llegó a enviar por no saber a quién dirigirla. Durante un mes estuvo muy inquieto; sin embargo, tengo el convencimiento de que en lo íntimo de su ser se sentía extremadamente halagado. Incluso no se dormía sin tener consigo el ejemplar de la recopilación que le habían enviado. Durante el día lo escondía debajo del colchón y no permitía a su sirvienta que hiciera la cama. A pesar de todo esto, adoptaba un aspecto arrogante, si bien temía recibir de un momento a otro un telegrama. No llegó ningún telegrama. Entonces se reconcilió conmigo, lo que prueba la bondad extraordinaria de su dulce corazón, exento de rencor.

2

No niego en modo alguno que Trofímovich haya sufrido por sus ideas, pero ahora estoy absolutamente convencido de que podría haber continuado sus lecciones sobre los árabes con solo dar las explicaciones necesarias. No obstante, herido en su amor propio, enseguida se persuadió, de una vez para siempre, de que su carrera estaba truncada definitivamente por el «torbellino de las circunstancias».

A decir verdad, la causa real de este cambio de carrera fue una proposición que le hizo en dos ocasiones, y en términos delicadísimos, Varvara Petrovna Stavróguina, rica propietaria y esposa del teniente general. Solicitó a Stepán Trofímovich que se encargara, en calidad de pedagogo y amigo, de la formación intelectual de su único hijo. Bien entendido, en condiciones inmejorables.

La primera vez que Stepán Trofímovich recibió esta proposición, aún se encontraba en Berlín y acababa de perder a su mujer. Era esta una señorita de nuestra provincia, un tanto ligera en aquellos tiempos juveniles, y con la cual no había sido muy feliz, a pesar de su hermosura. La carencia de recursos para subvenir a las necesidades del matrimonio y otras razones de carácter más delicado hicieron que se separasen. Ella murió tres años más tarde en París, dejándole un hijo de cinco, «fruto de un primer amor lleno de dicha y sin nubes», según me expresó un día Stepán Trofímovich. El niño fue enviado de inmediato a Rusia para que lo educasen unas tías lejanas en un rincón perdido del país.

Después de declinar en esta ocasión los ofrecimientos de Varvara Petrovna, nuestro Stepán Trofímovich volvió a casarse enseguida, tras un año de viudez, con una joven berlinesa un poco taciturna. Además, aún hubo otras razones que motivaron su negativa: tentado por el renombre de un profesor célebre en su época, también deseaba desplegar sus alas, y aspiraba a entrar en posesión de una cátedra para la cual se preparaba desde hacía tiempo. Más tarde, quemadas las alas, se acordó de la proposición que ya había declinado no sin dudas. La muerte repentina de su segunda esposa, después de un año de matrimonio, vino a arreglar todo gracias a la amistad y al verdadero interés que le testimoniaba Varvara Petrovna. Se precipitó en los brazos de esa amistad, y el curso de su existencia quedó regulado durante más de veinte años. He dicho que «se precipitó en los brazos», pero libre Dios al lector de todo pensamiento equívoco por esta expresión. No debe tomarse más que en un sentido elevado y moral. Una amistad espiritual, extremadamente sutil, unió en vida a estos dos seres tan notables.

Stepán Trofímovich aceptó este puesto de preceptor, con mayor agrado, al enterarse de que el pequeño predio heredado de su primera esposa se hallaba contiguo a Skvoréshniki, soberbio dominio suburbano que los Stavroguin poseían en nuestra comarca. Además, ello le liberaba de las pesadas ocupaciones universitarias y, en todo caso, le permitiría consagrarse a la ciencia y enriquecer la literatura nacional con obras profundas, en el silencio de su gabinete de trabajo. Obras que no pasaron del estado de proyecto durante toda su vida. Es decir, más de veinte años en lo que por revancha pudo «erigirse como la encarnación de un reproche ante la patria», según la expresión del poeta:

Como la encarnación de un reproche, ...

tú te eriges ante la patria,
liberal, idealista.

El personaje de que hablaba el poeta pudo tener el derecho, si lo quiso, de mantener durante toda su vida esa postura, que debió de resultar bastante fastidiosa. Pero nuestro Stepán Trofímovich, a decir verdad, no era más que un pobre imitador al lado de esas gentes. Además, mantenerse constantemente erguido era demasiado molesto para él, y con frecuencia se echaba de costado. Esto, hay que hacerle justicia, no le servía para continuar guardando una actitud de reproche. Por lo demás, aún era bastante bueno para la ciudad. Tendrían que haberle visto en el círculo, cuando se sentaba para jugar la partida de whist.[5] Toda su persona parecía decir: «¡Ah, estas cartas! Sí, juego a las cartas con usted. ¿Es esto digno de mí? ¿De quién es la culpa? ¿Quién me ha reducido a esta partida de whist? ¿Quién ha triturado mi carrera? ¡Que perezca Rusia!». Y con aire digno jugaba su triunfo.

Es preciso decir que adoraba las cartas, y a este respecto tuvo en los últimos tiempos escenas frecuentes y desagradables con Varvara Petrovna, con mayor razón, puesto que perdía siempre. Ya tendré ocasión de volver sobre esto. De momento solo indicaré que Stepán Trofímovich tenía conciencia de su pasión, al menos en algunas ocasiones, lo cual le ponía melancólico con frecuencia. En los veinte años de amistad con Varvara Petrovna, incurría tres o cuatro veces al año en lo que nosotros llamábamos «la tristeza cívica» (Varvara Petrovna gustaba mucho de esta expresión) o, para hablar más llanamente, melancolía.

Más tarde le dio por zambullirse en el champán, además de la «tristeza cívica», aunque Varvara Petrovna, muy sensible a este aspecto, se esforzó en preservarle continuamente de tan bajas inclinaciones. En realidad, tenía necesidad de niñera, ya que a veces se mostraba muy extraño: en medio del más fuerte acceso de «tristeza cívica», se ponía a reír del modo más vulgar. Incluso llegaban momentos en que se expresaba sobre sí mismo con cierta dosis de humorismo. Esto molestaba vivamente a Varvara Petrovna, que era de tradiciones clásicas y mantenía su mecenazgo movida por consideraciones de orden superior. Esta gran dama ejerció durante veinte años una influencia capital sobre su pobre amigo. Convendría, pues, dedicarle algunos instantes.

3

Existen amistades extrañas: dos amigos quisieran devorarse mutuamente, pero pasan toda su vida de este modo y sin separarse el uno del otro. Y verdaderamente les resulta imposible la separación. Aquel de ellos que por capricho rompiese el lazo de unión caería enfermo y hasta podría morirse. Sé perfectamente que en varias ocasiones, y después de mantener con Varvara Petrovna conversaciones de lo más íntimo, Stepán Trofímovich saltaba de su asiento y la emprendía con la pared a puñetazos.

No se trata de ninguna metáfora, pues en una ocasión llegó a desconchar el muro.

Se me preguntará cómo he podido conocer estos detalles y si he sido testigo de ellos. Podría responder que Stepán Trofímovich en numerosas ocasiones lloraba sobre mi hombro, mientras con gran lujo de detalles me describía cuanto pasaba en lo más profundo de su corazón. (¡Y qué no contaba entonces!) Sin embargo, explicaré lo que casi siempre sucedía después de semejantes crisis de lágrimas: al día siguiente se crucificaba acusándose de ingratitud. Se apresuraba a llamarme o acudía a mi propia casa para manifestarme, únicamente, que Varvara Petrovna era «un ángel de honor y delicadeza», mientras él era todo lo contrario. No contento con acusarse así delante de mí, se lo contaba todo a Varvara Petrovna en cartas muy elocuentes. En ellas confesaba, por ejemplo, que «la víspera había dicho a una tercera persona que ella lo retenía por vanidad, que estaba celosa de su ciencia, de su talento y que le odiaba, pero no se atrevía a mostrar el odio por miedo a que la abandonase y así destruir su reputación de mecenas». Le confesaba, en consecuencia, que se despreciaba y había resuelto matarse, aunque esperaba una última palabra de ella que debía decidir todo, etcétera, etcétera. Siempre eran de la misma clase.

Cualquiera puede imaginarse, después de esto, adónde llegarían las crisis nerviosas del más inocente de los cincuentones infantiles. Yo mismo tuve ocasión de leer un día una de esas cartas, escrita a continuación de una disputa envenenada, aunque nacida de una causa insignificante. Quedé espantado y le supliqué que no la enviase.

—Imposible... Es lo más honrado... Es mi deber. Moriría si no le confesara todo, absolutamente todo —me respondió con exaltación. Y la carta fue enviada.

En esto, precisamente, se diferenciaban los dos amigos: Varvara Petrovna jamás hubiera enviado semejantes cartas. Hay que decir que, como Stepán Trofímovich, adoraba escribir, aun cuando habitaban ambos la misma casa, solía escribirle todos los días, y hasta dos cartas diarias si sufría sus crisis nerviosas. Sé de buena tinta que ella siempre leía aquellas cartas con gran interés, incluso cuando eran dos al día, y luego las depositaba en una cajita donde se guardaban clasificadas y anotadas. Pero, además, las recordaba perfectamente.

Luego, tras haber dejado a su amigo sin respuesta durante todo un día, volvía a verlo al siguiente y no daba la menor muestra de que hubiera sucedido algo la víspera. Poco a poco Varvara Petrovna acababa por levantarle el ánimo, aunque él no se atrevía a recordarle el incidente, conformándose con mirarla de vez en cuando a los ojos. Ella, sin embargo, no olvidaba nada, mientras que él lo olvidaba velozmente, tranquilizado por la calma de Varvara Petrovna.

Sucedía a menudo que el mismo día, si llegaban amigos a la casa y se bebía champán, él reía y parloteaba. ¡Qué envenenadas miradas le lanzaba ella en esos momentos! Y él ni se enteraba. Pero una semana después, o bien un mes o seis más tarde, ella le recordaba alguna expresión de su carta, y luego toda la carta, con los menores detalles. Él enrojecía de vergüenza y se turbaba de tal manera que cogía diarrea.

Es bien cierto que Varvara Petrovna sentía con frecuencia un verdadero aborrecimiento por Stepán Trofímovich, pero este jamás se daba cuenta, por lo que acabó considerándole como a un hijo, como su creación, en parte como una especie de invento personal. Se había convertido en carne de su carne, y si lo conservaba y sostenía no era solo porque «envidiase su talento». ¡Oh, cómo debían de ofenderla tales suposiciones! Un amor intenso se mezclaba en ella con el odio, los celos y el desprecio que sentía por él. Ella vigilaba cada uno de sus pasos y en veintidós años no se cansó de cuidarlo y mimarlo con solicitud. Pasaba noches enteras sin dormir, si su reputación de sabio, poeta o ciudadano corría el menor peligro. Ella lo había «inventado», y era la primera en creer en su descubrimiento. Él era algo así como su sueño más preciado. Pero, en compensación, ella le exigía mucho. A veces, una completa esclavitud, y en esto era increíblemente rencorosa. He aquí dos hechos a propósito de esto.

4

Cierto día (era la época en que empezaba a hablarse de la próxima liberación del pueblo, y Rusia, con gran alegría, se disponía a renacer), Varvara Petrovna recibió la visita de un petersburgués que se hallaba de paso en nuestra ciudad. Era un barón muy bien relacionado en las altas esferas. Estaba al corriente de lo que sucedía en los medios más influyentes. Varvara Petrovna apreciaba mucho las visitas de este género, ya que desde la muerte de su marido había ido perdiendo poco a poco las relaciones que mantuviera en el gran mundo. Al final acabó por perderlas totalmente.

El barón pasaba una hora en su casa y tomaba el té en compañía de Stepán Trofímovich, a quien ella había invitado expresamente para exhibirlo. El barón le conocía de oídas, o simuló haber oído algo sobre él, pero durante el té apenas le prestó atención.

Debo aclarar que Stepán Trofímovich sabía comportarse correctamente. Poseía unos modales excelentes. Aunque de origen humilde, había tenido la suerte de educarse con una familia noble de Moscú, por lo que había recibido una buena educación. Hablaba el francés como un parisiense. El barón, por tanto, debió de comprender al primer golpe de vista qué clase de gentes rodeaban a Varvara Petrovna, aun en su retiro provinciano.

No obstante, esto no sirvió de mucho, pues cuando declaró que los rumores que circulaban respecto a la gran reforma eran completamente exactos, Stepán Trofímovich no se pudo contener y exclamó: «¡Hurra!», haciendo un gesto que explicaba su entusiasmo.

Aunque dicho grito fue muy moderado, y no sin cierta elegancia. Hasta se podría decir que el entusiasmo se había calculado, y el gesto, estudiado durante media hora ante un espejo, para soltarlo en el momento del té. Sin embargo, Stepán Trofímovich no acertó y el barón se permitió sonreír ligeramente para, a continuación, pronunciar una frase de las más corteses sobre la emoción, muy comprensible, que experimentaban todos los corazones rusos ante tan gran acontecimiento.

Inmediatamente se retiró y al despedirse no se olvidó de tender dos dedos a Stepán Trofímovich. Cuando este regresó al salón, Varvara Petrovna permanecía en silencio junto a la mesa, fingiendo que buscaba algo. De pronto se volvió hacia su amigo y, completamente pálida, con los ojos centelleantes, murmuró con la mandíbula apretada:

—¡Jamás se lo perdonaré!

Al día siguiente se comportó con él como si nada hubiera sucedido, y aun después no hizo alusión alguna al incidente. Pero trece años más tarde ella lo recuerda en un minuto trágico y se lo reprocha de nuevo, tan pálida como lo estuviera trece años antes.

Esta frase de «¡Jamás se lo perdonaré!» se la dijo a su amigo en dos ocasiones, en toda su vida. La primera vez que él la escuchó fue muchísimo antes de la visita del barón, y me parece que tuvo gran importancia en la vida de Stepán Trofímovich; por ello me decido a contarlo.

Era en la primavera de 1885, en el mes de mayo, poco después de saberse en Skvoréshniki del fallecimiento del teniente general Stavroguin, viejo descuidado y ligero que murió de una perforación de estómago en Crimea, adonde había sido destinado en activo. Varvara Petrovna vistió duelo, pero no pudo lamentar mucho la memoria del difunto, pues a causa de la incompatibilidad de caracteres vivían separados desde hacía cuatro años. Ella le pasaba una pensión porque el general, aparte de pertenecer a la nobleza más distinguida y contar con grandes amistades, no disponía más que de ciento cincuenta almas[6] y su sueldo. Toda la fortuna, incluido Skvoréshniki, pertenecía a la esposa, hija única de un rico granjero productor de aguardiente. Sin embargo, lo súbito de esta muerte la trastornó y la hizo retirarse completamente del mundo. Stepán Trofímovich, claro está, no la abandonó un instante.

La primavera estaba en pleno apogeo. Los cerezos silvestres florecían. Los atardeceres eran espléndidos. Los dos amigos se reunían todas las tardes en el jardín y se sentaban bajo un cenador hasta bien entrada la noche, confiándose sus sentimientos y sus ideas. Allí vivían minutos verdaderamente poéticos.

Varvara Petrovna, bajo la impresión del cambio experimentado en su destino, se mostraba más locuaz que de costumbre. Buscaba, por así decirlo, alcanzar el corazón de su amigo. Así transcurrieron varias veladas consecutivas.

Una suposición extraña anidó de forma inesperada en el espíritu de Stepán Trofímovich: «¿Esta viuda inconsolable no tendrá puesta en mí alguna mira? ¿No esperará una petición de matrimonio, cuando expire su año de luto?». Pensamiento cínico, pero ya se sabe que las personas cultas, dada la variedad y riqueza de sus ideas, son muy inclinadas a los pensamientos de tal linaje.

Se puso a examinar los hechos. Sí, era aquello que le parecía. Reflexionó y empezó a soñar: «Ciertamente su fortuna es inmensa, pero...». Varvara Petrovna, en efecto, no era nada bonita: alta, huesuda, amarillenta, con el rostro demasiado alargado y cierto aire caballuno.

Stepán Trofímovich vacilaba cada vez más, atormentado por las dudas, incluso lloró dos veces (claro que siempre lloraba con facilidad). No obstante, por la tarde, bajo el cenador, su rostro adoptaba una expresión entre caprichosa e irónica, aun sin desearlo, con una especie de fatuidad altiva. Estos cambios fisonómicos aparecían en su rostro de manera imprevista y se manifestaban con mayor claridad dada su naturaleza noble y educada.

Dios sabe lo que sucedía en el corazón de Varvara Petrovna, pero es muy probable que no sucediese nada que pudiera justificar las sospechas de Stepán Trofímovich. Por otro lado, ella jamás hubiera consentido en cambiar el apellido de Stavroguin, por muy glorioso que fuese el otro. Sin embargo, es posible que existiera por su parte algo de juego femenino, manifestación de una necesidad inconsciente, tan propia de una mujer en tales circunstancias. Pero yo no garantizo nada, porque hasta hoy aún son insondables las interioridades del corazón femenino.

Es de suponer que ella enseguida comprendió la extraña expresión del rostro de su amigo. Era buena observadora, y él, bastante ingenuo. Pero los encuentros nocturnos continuaron como de costumbre, con sus charlas poéticas e interesantes.

Una tarde, después de una charla llena de animación y encanto, se separaron con un cálido apretón de manos a la entrada del pabellón donde se alojaba Stepán Trofímovich. En él pasaba casi todos los veranos, después de abandonar la amplia y lujosa casa de Skvoréshniki.

Una vez en el pabellón, Stepán Trofímovich tomó distraídamente un cigarro y, sin encenderlo, se detuvo ante la ventana abierta. Contemplaba las nubecillas lige

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