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LAS TRINCHERAS DEL ODIO 4

Anne Perry  

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Fragmento

Título original: At Some Disputed Barricade

Traducción: Borja Folch

1.ª edición: junio, 2013

© 2006 by Anne Perry

© Ediciones B, S. A., 2013

Consell de Cent, 425-427 - 08009 Barcelona (España)

www.edicionesb.com

Depósito Legal: B-34703-2012

ISBN DIGITAL: 978-84-9019-427-0

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A mi hermano Jonathan, médico del ejército

 

 

 

 

 

Tengo una cita con la Muerte, en una trinchera en disputa.

ALAN SEEGER

Contenido

Portadilla

Créditos

Dedicatoria

Cita

 

1

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El sol se ocultaba en el horizonte de la yerma tierra de nadie cuando Barshey Gee llegó tambaleándose por la trinchera, con los brazos como aspas y las botas golpeteando las rejillas de listones que cubrían el suelo. Traía el rostro ceniciento y manchado de barro y sudor.

—¡Capellán! ¡Snowy se ha largado! —gritó chocando contra el muro de tierra para detenerse delante de Joseph—. ¡Me parece que ha saltado el parapeto! —exclamó con voz ronca de impotencia y desespero.

Aquella mañana Snowy Nunn había visto cómo el fuego de las ametralladoras partía en dos a su hermano mayor durante otro ataque inútil. Estaban a finales de julio de 1917, y aquel regimiento de Cambridgeshire llevaba empantanado en la misma franja de tierra devastada entre Ypres y Passchendaele desde el principio, desde aquellos lejanos días de valentía y esperanza en que imaginaban que todo habría concluido antes de la Navidad siguiente.

Ahora la mutilación y la muerte eran hechos cotidianos. Tres años después, la tierra apestaba a cadáveres y, por supuesto, a letrinas y a gas venenoso. Pero peor era aún ver al hermano con quien uno había crecido reducido a una masa sanguinolenta delante de tus narices. Al principio Snowy se había quedado tan aturdido que no reaccionó, como si el horror de semejante visión lo hubiese paralizado.

—Me parece que ha saltado el parapeto —repitió Bar-shey—. Ha perdido la chaveta. Se ha ido a acabar él solito con todo el Ejército alemán. Se lo van a cargar.

Tragó saliva.

—Lo haremos volver —dijo Joseph con más certidumbre de la que sentía—. A lo mejor lo han llevado al puesto de primeros auxilios. ¿Has...?

—Ya lo he comprobado —lo interrumpió Barshey—. Y también he ido a la cocina y he registrado todos los refugios subterráneos y los agujeros en que podría esconderse. Ha saltado el parapeto, capitán Reavley.

A Joseph se le hizo un nudo en el estómago. Era inútil aferrarse a una esperanza que ambos sabían vana.

—Ve hacia el norte, yo iré hacia el sur —dijo escuetamente—. ¡Pero ten cuidado! ¡No dejes que te maten en balde!

Barshey soltó una carcajada tan áspera que sonó casi como un sollozo y dio media vuelta.

Joseph enfiló en dirección contraria, al suroeste, hacia el lugar donde se podía saltar el parapeto con más facilidad para encontrar refugio entre lo que quedaba de los árboles destrozados por los obuses, renegridos y casi sin hojas incluso ahora, en pleno verano. Iba preguntando a los hombres que se encontraba por el camino.

—Buenas, capellán —saludó un centinela en voz baja desde su posición en el peldaño de tiro, escudriñando la creciente penumbra. Se oía el retumbo amenazador de los cañones alemanes que iniciaban el bombardeo nocturno, emitiendo por la boca fogonazos rojos. Los británicos respondían. En aquella sección también había regimientos canadienses y australianos.

—Buenas —contestó Joseph—. ¿Has visto a Snowy Nunn?

No tenía tiempo para ser más discreto. La aflicción le había hecho trizas el instinto de supervivencia.

Por descontado, Snowy había visto morir a otros hombres: quemados, ahogados, gaseados, congelados o volados en pedazos; algunos atrapados en las alambradas y acribillados a balazos. Pero presenciar la muerte violenta de tu propio hermano te desgarraba por dentro como ninguna otra cosa. Tucky había sido su protector y amigo de la infancia, el que lo acompañó en sus primeras aventuras de robar manzanas, el que le había enseñado sus primeros chistes atrevidos, el que había salido en su defensa en el patio del colegio. Era como si le hubiesen destruido obscenamente la mitad de la vida justo delante de él.

Joseph, que había visto el semblante de Snowy, sabía que cuando superase el aturdimiento de la primera impresión daría rienda suelta a su rabia. Pero no había contado con que lo hiciera tan pronto.

—¿Lo has visto? —preguntó Joseph al centinela de nuevo, esta vez con más severidad.

—No lo sé, capitán Reavley —respondió el centinela—, no he apartado la vista del frente.

—No ha hecho nada aún —dijo Joseph apretando los dientes para dominar la impotencia que crecía en su interior—. ¡Quiero dar con él antes de que lo haga!

Sabía lo que aquel hombre estaba protegiendo. Joseph era oficial y sacerdote, estaba sujeto al mando por rango y convicción. Corrían rumores de que parte del Ejército francés ya se había amotinado y declarado dispuesto a mantener sus posiciones, pero no a lanzar más ataques. La tropa exigía mejores raciones, permisos y un trato tan humano como fuese posible en medio de aquel sufrimiento universal. Había miles de acusados y más de cuatrocientos sentenciados a muerte aunque, al parecer, por el momento sólo un puñado había acabado frente al pelotón de fusilamiento.

En el Ejército británico las bajas habían sido igualmente espantosas. Los hombres estaban agotados y andaban con la moral por los suelos. Ahora corría la voz de otra ofensiva contra las líneas alemanas, pero no les quedaban ánimos para lanzarla. Todos habían visto a demasiados amigos muertos o lisiados por ganar unos pocos metros de barro, y nada había cambiado, salvo la cifra de bajas. Las simpatías del centinela estaban con los hombres, y tenía miedo.

—¡Por favor! —insistió Joseph en tono apremiante—. Han matado a su hermano y está mal. Tengo que encontrarlo.

—¿Para decirle qué? —replicó el centinela con hosquedad, volviéndose por fin para mirar a Joseph—. ¿Que hay un Dios en lo alto que nos ama y que todo saldrá bien al final? —preguntó con voz ronca de angustia.

Hacía mucho tiempo que Joseph no le decía eso a nadie. Ni siquiera confiaba en su propia fe en ello. Desde luego, tales palabras no servían de nada. Aquellos muchachos de diecinueve o veinte años, a quienes habían enviado a morir en un infierno inimaginable para quienes permanecían en casa, no querían que un sacerdote que casi les doblaba la edad les asegurase que Dios los amaba a pesar de que todo indicaba lo contrario.

—Sólo quiero impedir que cometa una estupidez sin detenerse a reflexionar —dijo Joseph en voz alta—. Conozco a su madre. Me gustaría devolverle al menos un hijo con vida.

El centinela no contestó. Dio la vuelta otra vez para mirar por encima del parapeto. El cielo se teñía de un suave y luminoso tono melocotón surcado por unas volutas de nubes escarlata que aún resplandecían al sol. Hacia poniente se distinguían unos cuantos árboles desnudos en lo que fuera el bosque de Railway, siluetas negras recortadas contra el color ardiente, cerca de las líneas alemanas, más allá de los bosques de Glencorse y Polygon. En aquella dirección prepararían el ataque.

—Yo no sé nada —dijo el centinela al fin—, pero pruebe en el bosque de Zoave. —Señaló vagamente con la mano—. Hay un par de sitios donde meterse para estar a solas. Si eso es lo que uno quiere.

—Gracias.

Joseph prosiguió su camino, presuroso. Unos pasos por delante oía los correteos de las ratas sobre el entablado. En las trincheras había millones de ellas que hurgaban entre los cuerpos sin enterrar. De noche los hombres, entre los que a menudo se encontraba Joseph, salían para traer los cuerpos de vuelta; los vivos primero y luego todos los muertos que podían.

Pasó ante los refugios subterráneos donde se guardaban las parihuelas y el material adicional de primeros auxilios, aunque se suponía que cada hombre llevaba consigo al menos lo imprescindible para restañar una herida. Estaba oscureciendo y, de vez en cuando, estallaban bengalas en lo alto, alumbrando brevemente el barro con un resplandor amarillento que causaba una ceguera momentánea a los hombres.

Joseph aún no sabía qué le diría a Snowy cuando diera con él. Tal vez lo único que podía hacer era estar a su lado, hacerle compañía en aquel silencio prolongado y angusti

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